domingo, febrero 07, 2016

Crónicas parisinas VI.



Eros y Tánatos, dulce reposo e inquieto vicio, la serenidad y la saturación de las luces de neón... Llega la última jornada, la de los contrastes en un mismo barrio. Del inframundo a la cima, pasando por unos dantescos círculos de perdición. La muerte no es tan terrible cuando se pasea beatíficamente entre las tumbas, en compañía de una serie de gatos que no tienen el menor pudor de profanar las lápidas echándose una siesta sobre las mismas. El cementerio de Montmartre no es tan célebre como el Pere Lachaise (este último, uno de los pocos puntos que no visité, aparece en el filme colectivo Paris je t´aime); no obstante, gracias a su no tan obvio carácter turístico, estaba mucho más tranquilo aquella mañana de martes. Y no faltaban figuras célebres de todos los ámbitos, como la última morada de Truffaut, que aparece aquí abajo. 


No hace falta referirse al Moulin Rouge, pero sí me detendré en el restaurante Le Chat Noir, abierto en 1881, un siglo antes de que yo naciera. Dado que era el último día, me permití el lujo de almorzar allí. Durante mi paseo por el camposanto, me empezaron a dar algunas punzadas en la cabeza, quizá por todo el kilometraje acumulado. Dado que no quería morir allí, si bien pocos finales más románticos se me ocurren, me obligué a reponer fuerzas antes de ascender al Sacré Coeur. Con un camarero dominicano, no hubo problemas de entendimiento. Primero una sopa de verduras, y luego una especialidad que, según mi libro de texto, no es francesa, sino belga: mejillones con patatas fritas. Menuda pota de mejillones, pardiez. Con todo, lo más caro volvió a ser una botella de agua y un té. 



Continué por el Boulevard Clichy. Si no recuerdo mal, así se llama esta versión ampliada de la calle Montera, con su abundancia de sex-shops que, casi siempre, venden lo mismo. Un poco de prostitución, no demasiado a esas horas, y locales de Live Girls o, simplemente, burdeles, con captadoras a pie de calle. A mí me tocó sufrir a una, menuda chapa. Hablando primero en español, luego en italiano, luego en francés, luego en una mezcla de todos, me abordó para que entrara en un sitio con el inequívoco nombre de All In. La entrada era veinte euros, me lo dejaba en diez por ser yo y, una vez dentro, creí entender que habría servicios suplementarios, como el masaje sexy... Se explayó en argumentos de que si en el resto de antros de Pigalle solo había travestis, o a saber qué más. Yo el único masaje lo quería en los pies, que estaban cantando ópera y suplicando ya un descanso. Como fuera que la mujer entendió mi interés en no perder tiempo por alcanzar la cúpula del pío santuario, o, más bien, porque se arrojó a interceptar a un señor más mayor, cual si hiciese un placaje de la Super Bowl, el caso es que quedé libre de aquella intermediaria del averno. 


A fin de cuentas, nada de lo que ofrecía esa calle era diferente de lo que pueda encontrarme en Madrid, o incluso en Oviedo. Mi última etapa era el Sacré Coeur, y allí me dirigí a través de unas escaleras con otros molestos vendedores de lo que fuese que ofrecieran. 




Tal vez por no ser un lugar tan reconocible a nivel internacional como Notre Dame o la Torre Eiffel (ni tan céntrico), la subida a la cúpula solo me costó cinco pavos. O, quizá, en la entrada viniera incluido el esfuerzo de llegar hasta la misma, a través de unas escaleras de caracol que, a diferencia de las de la catedral, eran tan estrechas que debieran haber puesto un cartel a la entrada: Abstenerse personas voluminosas, de determinado grosor. Arriba, muy poco gente, por fortuna, y la última ración de vista impresionante combinada con vertiguillo de arrimar la espalda a la fría pared. 






Aquí, mi amiga la gárgola en un selfie que se hizo. Por lo que respecta a la entrada al templo, era gratis, si bien imagino que se financiará a través de la gran cantidad de velitas con las que hacer ofrendas en el interior. Yo hice mi óbolo, tenía el día caritativo, tras realizar otra donación en el cementerio. O eso, o que quería librarme de calderilla, el caso es que me llevé de recuerdo mi primer libro en francés. Y no Le petit Nicolas ni nada por el estilo, no. Me refiero a la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. Lo compré en la librería de la basílica, en la que dos empleados estaban partiéndose la caja, haciendo caso omiso de la señal que pide silencio en el interior. Llevaba queriendo leer ese tratado desde que vi reflejadas algunas líneas en relatos de Proust, aquel cuya tumba no pude visitar finalmente. Suelo leer literatura mística, al margen de que comulgue más o menos con sus ideas. ¿Que si lo estoy entendiendo? La mayor parte, sí. Al menos así creo que se aprenden los idiomas. 




Con la locura de Pigalle damos por terminado este primer (espero que no único) viaje a París. Ya al defender la tesina había querido escaparme unos días, pero finalmente fue gracias a la oportunidad brindada por Paco que he disfrutado de la estancia en el primer mes del año. Por lo demás, doy casi por hecho que el verano será para dedicarlo a la tesis con devoción monacal, y ya veremos si hay ocasión de nuevas visitas al extranjero. Una, casi obligada, sería la estancia internacional para el doctorado. Barajo ir a Irlanda. Respecto a ciudades, me gustaría ver Amsterdam. Y no, no por el barrio rojo, cual si yo fuera mi antiguo casero sueco, que fue llevado allí a los dieciséis años bajo la supervisión entusiasta de su propio padre. Por ahora, toca trabajo, estoy con un artículo/ponencia y considero que este viaje me ha inspirado y dado energía para, una vez he escrito ya el esqueleto, completarlo a mi gusto y al de, of course, mi directora. Gracias por acompañarme a lo largo de estas jornadas, con todos los dimes y diretes que me han ocupado en colgarlas aquí. Salut! 

viernes, febrero 05, 2016

Crónicas parisinas V.


La barrabasada final de todo este tráfico de cacharros electrónicos ha sido que, en la cronología de estas crónicas, el número III vaya por delante del IV. ¿Por qué? No tengo ni idea. Soy capaz de escribir un artículo, pretendidamente, científico, como el que acabo de comenzar hace poco, pero no se responder a una cuestión tan, a priori, banal como esa. En todo caso, ¿qué importa? Hasta yo se que el III viene antes que el IV, quienes lean este blog no tendrán mayor problema en reconstruir el orden. Me alegraré, en todo caso, de haber recuperado el portátil y hacer más llevadero y rápido el proceso de escritura. 


¡Comencemos, pues, el día de los museos! En realidad mi jornada empezó en el Jardín de las Tullerías, junto al Louvre, pero no voy a colgar fotos de allí porque creo que sería excesivo. Que hablen las obras de arte. Fue mi día récord, unos 27 km. recorridos, y la mayoría en el Louvre. Ninguna sorpresa. Yo ya sabía que era inabarcable, incluso en dos jornadas, me limité a ver todo lo que quería ver y considero que el provecho que saqué a la visita fue bastante alto. Desde las estatuas aladas de Babilonia hasta la Venus de Milo, también sin sorpresa rodeada de grupos de asiáticos queriendo inmortalizar el momento (a ser posible, con ellos mismos en el encuadre). Las estatuas grecorromanas, o de inspiración grecorromana, siempre han estado entre mis secciones predilectas en cualquier museo. La sala de escultura de la foto de abajo contiene el Esclavo moribundo de Miguel Ángel, y está llena de estudiantes de Bellas Artes, presumo, bocetando en sus blocs a partir de la obra de los grandes maestros. 


También en la misma sala, este Eros y Psique que me gustó lo suficiente como para llevarme, a modo de souvenir e inductor de mi inspiración, un cuaderno con su efigie grabada en la portada. 


Ningún museo sin sus efebos, como este busto de Antinoo (todavía tengo pendiente de leer las Memorias de Adriano), a cuya belleza clásica no me pude resistir. 


Otra de las estrellas, la Victoria de Samotracia. 



Aunque, para grandes estrellas, se supone que la principal es la Mona Lisa. Para nada. Es pequeña y está oculta tras un cristal y separada por una barandilla, no hablemos ya del batallón de mirones y selfie-adictos enfrente. En todo caso, aquí está mi captura de la misma, junto a obras célebres de Delacroix o David. 







 Este desnudo masculino es de un autor no muy renombrado, que yo sepa, pero me gustó lo bastante como para tenerlo de protector de pantalla en el móvil, hasta que encuentre una instantánea mejor (o no). 




Tomé fuerzas en una especie de pastelería dentro del Louvre, único lugar donde fui capaz de sentarme un rato sin que me clavaran mucho y comer un trozo de pizza, una botella de agua y un enorme macaroon, o como se diga, de chocolate, el único en su especie que tomé en Francia. 



Creo que ya no puedo subir más fotos (o sí, y este blog me está tocando las narices de nuevo). Sea como fuere, dejaremos las del Centro Pompidou, un museo bastante diferente pero no por ello de menor interés, al que llegué, por desgracia, ya con el ánimo un tanto bajo. Despediré la serie desde la elevada panorámica del Sacré Coeur. Y, tras el placer parisino, ahora a continuar con el curro. Si mi labor como investigador cuaja, no será por falta de oportunidades de que me inviten a ciudades varias, según tengo entendido... 







lunes, febrero 01, 2016

Crónicas parisinas III.



Tercer intento, imagino que penúltimo de esta semana antes de poder volver a la antigua usanza. Hoy toca la jornada dominical, dividida en dos entradas como sea que tuvo un largo recorrido. Para lograr otra pateada de 22 km sin perecer en el intento, descubrí el buffet del hotel junto a Paco y su socio Asleigh, que luego nos acompañaría en el paseo. Buenas proteínas, y también, de manera inevitable, un poco de quincalla cien por cien francesa, para luego quemar durante todo el día, como crepes o gofres. Bajamos por la Madeleine hasta la Ópera, un edificio imponente y dorado, para llegar hasta el Louvre, que no teníamos pensado visitar pero que nos sirvió de escenario para fotos como la de arriba.




Yo no lo tenía en mi agenda, pero Paco dijo que no podía perderme la Saint Chapelle y yo le hice caso, desde luego, que para eso está más experimentado en la capital francesa. No se equivocaba. Esta pequeña joya gótica era merecedora de una breve, pero intensa, visita, con esas vidrieras que, barriendo para casa, solo pueden competir con las de León. Fue mandada construir por el rey San Luis, con cuya estatua aparezco retratado.


Íbamos a alcanzar uno de los escenarios más míticos de París, Notre Dame. Lástima que ninguno de los socios en la empresa pudieran subir conmigo a la torre, debido a sus responsabilidades dentro del hotel, al menos me dejaron a las puertas de ese santuario que tanto había enardecido mi imaginación cuando vi la versión Disney de Nuestra Señora de París , de Víctor Hugo. Acabo de comenzar la lectura de la novela original, por cierto. 


Tras visitar el interior, que es gratis, me apunté a la inevitable cola para subir a la torre. Sí, otra clavada (menor que en Eiffel) y otra ración de vértigo, necesario si quería remedar a Quasimodo gritando: ¡Está en sagrado! Y, claro, visitar a sus amigas las gárgolas, bastante silentes en esa ocasión. Las vistas, a pleno día, eran grandiosas. A disfrutarlas, pues, y en la próxima entrega hablaré del almuerzo frente al templo y la búsqueda, cercana, de la mítica librería Shakespeare and Company.








PD- Tras comprobar mi frustración a la hora de dar a estas imágenes un formato que a mí me guste, ya sea por inutilidad propia, de estos cacharros o ambas, no pienso dejar el trabajo a medias: cuando recupere mi viejo pero fiable portátil, remozaré cuanto sea necesario. 








domingo, enero 31, 2016

Crónicas parisinas IV.




Muchas veces, a lo largo del viaje, aprovechaba el mantra de Bueno, tal vez nunca regrese aquí para enfrentarme a una puñalada trapera en algún restaurant. En realidad, solo sucedió un par de veces. La primera, por otra parte, tenía la excusa de que quería aprovechar la terraza parisina a la vera de Notre Dame con el fin de sacar algunas fotos para el proyecto artístico sobre Hitch, del cual daré más detalles en el otro blog. Como muestra, este bodegón con los atributos característicos del personaje y, de fondo, un vasito de vino al indignante precio de 6 pavos. No se pasan demasiado con la comida, como la omelette que pedí, pero respecto a la bebida... 


Enfrente de la catedral se halla la célebre librería Shakespeare and Company, imán de bohemios, literatos, turistas angloparlantes, etc. Yo solo adquirí dos libros durante mi viaje y el primero fue allí, un ejemplar que no solo sirve como souvenir, sino que podrá ser un compañero fiel en mi investigación doctoral. Y me pusieron el sello de la tienda, además. 


Por la tarde estuve en el Parque de Luxemburgo, cuyas fotos las tengo en la cámara y quizá las cuelgue desde Oviedo. Pasé por la Sorbona y por el Panteón de personalidades ilustres. No entré, quizá por no aumentar el kilometraje o porque ya bastante pasta había gastado por entonces. 


Para terminar, me dirigí, pasando el ayuntamiento, al barrio de Marais. Vi el centro Pompidou desde fuera, programando la visita para el lunes al igual que la del Louvre. Mi parada final fue en la Plaza de la República, que se ha convertido en improvisado memorial de los infaustos atentados de noviembre. 



Llegando al ecuador del viaje, como quien dice, en próximas entregas desgranaré la jornada dedicada a museos y el punto de contraste, picante-místico, que supuso el barrio de Montmartre. Llega el momento de recuperar un teclado de verdad...








viernes, enero 29, 2016

Crónicas parisinas II.


A la merde, necesito un teclado y un ratón. Los quebraderos de cabeza que me dio ayer esta entrada casi me llevaron a inventar un nuevo deporte olímpico, el lanzamiento de tableta. Vale que esto sirva para Instagram, donde ayer estrené una cuenta conjunta con Hitch (TisandHitch), pero para el blog... Ejem. Paciencia, mes amis. Lo importante es dejar constancia del viaje. La primera comida fue en el restaurante Marco Polo, enfrente del hotel. Después, Paco y yo nos desplazamos hacia el centro, pasando por la iglesia conocida como la Madeleine, que parece más bien un templo neogótico. Ahí aprendí que soy un inútil haciendo panorámicas con el teléfono. Todavía estoy a tiempo de aprender, ahora que soy instagramer.


Llegamos a la Place de la Concorde, con ese obelisco que Napoleón se trajo de souvenir y una gigantesca noria. ¡Cómo les gustan las alturas a los franceses, alcanzar el ciel de París! Lo iba a comprobar pronto, en el mismo día, para bien o para mal. 



Cruzamos el puente sobre el río Sena. Es un punto que, como otros tantos de la ciudad, hemos podido ver en innumerables ocasiones en el cine u otros medios, pero que merece la pena ir allí para asumir la verdadera dimensión de una urbe enorme y majestuosa, tanto como su río navegable. A mí me encanta esta foto que me hizo Paco, con Notre Dame al fondo.


Por desgracia, las excursiones fraternales se vieron reducidas por el timetable de Paco, verdadera razón de nuestra estancia allí. No daría tiempo a visitar el museo de Orsay (el único que me quedé con ganas de ver), pero sí para acercarnos a la torre Eiffel, que por la tarde-noche goza de una espléndida iluminación. Él se vería muy ajustado como para subir a la cumbre, pero al menos sí  podría tomar testimonio de nuestra llegada.


Primer dilema del viaje: tras el recorrido conjunto del día  (metro, avión, metro), comenzaba a sentirme fatigado, sin imaginar que era solo el comienzo de la tortura. Podría haber tomado el taxi junto a Paco, pero, tras haber aprovechado al vuelo la ocasión de esa estancia, no iba a perder la de llevar a cabo algo que hacen hasta los niños pequeños, por mucho vértigo que me diese. La ascensión, más allá de la mera masificación turística, resultaba simbólica, no para los palurdos de nacionalidades varias allí reunidos pero sí para mí. Era no solo una tour, sino un tour de force para mi persona. Y lo peor de todo es que me iban a clavar bien por ello. 





No se si esta aplicación, que ya ayer me mutiló una foto, me respetará todas las de hoy o tendré que utilizar otros métodos. Hablábamos de clavadas y, además, una cola que parecía breve y luego se reveló como punta del iceberg. Tras cascar los 17 machacantes, ya comenzaba a arrepentirme nada más me subí al primer ascensor, el que llevaba a la segunda planta. La vista, impresionante, merece la pena, eso sí, y más en el top, que es el que permanece enrejado. Un sitio romántico, se supone, con lugares comercialmente marcados como A place to kiss. Incluso tenía en la cola, frente a mí, una pareja chico y chico cogidos del brazo, no sería la única que me encontrase en París. Más que amor, el lugar me provocaba respeto. Una de las tónicas del viaje fue la de hacer fotos, con móvil o cámara, teniendo la espalda bien pegada a la pared. De la segunda a la primera planta bajé por las escaleras, otra experiencia que quería completar pero que no me entusiasmó tanto como para hacer lo mismo de la primera a la salida. Algo que sí viví de primera mano es cómo, cada hora en punto, la torre comienza a reverberar cual farolillo, hecho que se refleja en esta foto.


Finalmente, sin dar por concluido el paseo, me acerqué a la avenida de los Campos Elíseos, que no me pareció demasiado diferente de la Gran Vía, para ver el Arco del Triunfo, al cual ya no pude subirme pues había cerrado. 



Cuando volví al hotel, una app (aparentemente inútil) del móvil me informó de que había recorrido 20 km en la jornada. Lo más sorprendente es que no sería el día récord, iría en crescendo hasta alcanzar el cúlmen el lunes, día de ir a museos, lo cual en sí mismo también podría considerarse actividad olímpica (ahí están quienes se llevan su propio taburete). En fin, vamos a ver cómo queda el formato de esta entrada, confiando en que no tenga que hacer meditación trascendental para controlar mi ira.









jueves, enero 28, 2016

Crónicas parisinas I.



¡Llega el más difícil todavía! Voy a escribir mi primera entrada de blog en el iPad. Excúsenme  por 
adelantado las posibles erratas y cambios de formato. No quise llevar el portátil, que no es precisamente ligero, a París. Ahora me estoy ayudando de un puntero con el aspecto de un lápiz para preescolares. Cuando vuelva a tener un teclado de verdad, imagino las crónicas podrán ser más prolijas

En todo caso, va a ser un reportaje especialmente visual, como no podría ser de otro modo en una ciudad tan fotogénica, y con un material tan abundante en móvil y cámara. La foto de arriba muestra el día de mi llegada, frente al hotel Hilton Opera. Sito en la rue Saint Lazare, junto a la estación del mismo nombre y enfrente de una Fnac en la que me registraron bastante más que en la de Madrid. La vigilancia, como es obvio, se hallaba reforzada, pero eso no me impidió disfrutar la estancia, y mucho. París bien vale la penitencia de unos pies machacados, más de 80 km. en cuatro días. Lo se por el contador de mi móvil, chivato de mis excesos. 
Así, sin prisa porque algunas visitas y anécdotas merecen ser narradas con cierto detalle, seleccionaré en mis próximas entradas las instantáneas más representativas para ilustrar este viaje tan corto como intenso. De los que a mí me gustan, yo que prefiero calidad a cantidad en todos los ámbitos de mi vida. Sirva esto de prólogo (y de entrenamiento con el juguetito), y os dejo con una foto de celebración, que resume el espíritu fraternal de la estancia: yo junto a Paco en el Grand Salon del hotel, brindando por la Ciudad de la Luz, oh lá lá!


PD- Ya empiezo a ver en la edición que esto es una basura y que parece que Paco, artífice de la visita, aparece cortado en la foto. Trataré de arreglarlo. Si no, mis ganas de escribir podrán más que la tentación de usar la tableta como objeto volante.

PD 2- ¡Por Libia, lo conseguí!

miércoles, enero 20, 2016

Les trois dames.


Estoy en la víspera de mi viaje, y eso conlleva algunos preparativos, ya sean útiles o inútiles; esta es una consideración que, en muchos casos, no se puede hacer a priori. Parece ser que voy a un hotel elegante, el Hilton Opera (no tanto como el Ritz, que lleva tiempo cerrado y ayer sufrió un pavoroso incendio). Eso no significa que el ambiente tenga que ser asimismo elegante. Ahora no, porque la predicción me daba temperaturas bajo cero, pero en verano supongo que no falten los clásicos turistas con sandalias y calcetines. En todo caso, aprovechando la circunstancia, las rebajas y el hecho de que necesito ir adquiriendo ropa más seria para posibles entrevistas de trabajo, la otra tarde me pasé por la tienda de saldos, o de ropa ecológica, por no decir de segunda mano. Este último término tiene un significado de lo más peyorativo, asociado a la indigencia, pero yo no lo veo así. Comprar una chaqueta usada, pero en buen estado, no debiera estar tan lejos de adquirir un libro en buen estado en una librería de viejo. La tienda, por cierto, perteneciente a una cadena de Cáritas, también tiene excelentes libros a precio bajo, como el que mencioné de Enrique de Vicente. 
Yo defiendo el reciclaje y el aprovechamiento, frente al consumismo desaforado. Hasta utilicé la carcasa de uno de las pavos de Acción de Gracias, congelada durante Navidad, para hacer un caldito muy propio de la semana más fría del año. Ya mi hermano Pedro, cuando vino a verme, había comprado una camisa en la misma tienda, que descubrí gracias a él. No tuvo asesoramiento, entonces, pero yo sí, por la cortesía de tres damas que, si no todas al menos alguna, hacían labor de voluntariado allí. Una de ellas, la que me abordó en un principio y me despidió a la salida, era una viuda que había residido en París, ella sí muy elegante, que me recordaba un poco a cierta profesora de Literatura de la carrera. Ella me recomendó varias americanas, con la ayuda de otra señora, con aspecto de bruja buena, y una tercera más joven. Se valoró el largo de manga, entallaje, tipo de tela, etc. Finalmente, por un precio ridículo que en otra tienda me habría dado igual para un par de camisetas, me llevé aquella con la que poso en la foto, tipo ejecutivo dispuesto a dar una charleta o el ya célebre elevator pitch, y otra de tela más gruesa, que con vaqueros y la boina pintaría perfecta para tomarse algo en el barrio de Marais. 
Es cierto que cuando voy a comprar ropa prefiero estar a mi bola, y que no gusto de que me analicen como a un figurín. No obstante, agradezco la colaboración y dedicación de les trois dames para mi llegada a la (auto)proclamada Meca de la moda. Eso sí que es espíritu de voluntariado, con una calidad de atención varios puntos más alta que la que he visto en personal sí remunerado. Regresaré allí, que además tengo la tarjeta y, por si fuera poco, el dependiente va a mi mismo gimnasio. 
Por cierto, una película ambientada, parcialmente, en París, es La chica danesa. Un filme bien joli (bonito), pero que adolece de falta de ritmo. Sirve para descubrirme una maravillosa actriz sueca, Alicia Vikander. Tan bella como estupenda intérprete. Sin desmerecer al protagonista, cuya androginia, evidente desde sus primeros papeles, sin duda le habrá ayudado a transformarse. Mejor película es Carol, que desde luego podría servirme como referencia para el doctorado. Ninguna de estas dos propuestas LGTB han sido nominadas a mejor película. Así que falta de diversidad racial, por lo cual está habiendo boicot, pero también de diversidad afectivo y sexual. Lástima. Este año toca testosterona, la de los tres títulos con más candidaturas. Magníficos, por cierto, pero hubiera preferido una mayor variedad de historias. Y creo que, en principio, toca el momento de despedirse. Quizá pueda estrenar mi iPad para escribir alguna entrada desde París. Sería estupendo, si me es posible. A bientot!

domingo, enero 17, 2016

Pre-cognición.

Siguiendo con el libro de Enrique de Vicente, pasamos al terreno de la pre-cognición, la profecía o la adivinación. Aunque, realmente, creo que debería hablar de simple intuición. Hay factores, en esta semana, que no pude prever. Noticias que no esperaba, como el hecho, ya que estamos en materia, de que la exposición de Cuarto Milenio va a viajar a León en marzo, al Petit Palais (a.k.a. Palacín), un edificio del que hasta ahora desconocía el uso, si es que lo tenía. Me emociona que llegue a mi ciudad, pero, claro, no se si debería aflojar doce aurelios para una muestra que apenas difiere de la del año pasado, salvo algunas adquisiciones de esta temporada (como los personajes de los cuentos maravillosos, el programa visto en Reyes). Dejemos el asunto para marzo, pues. 
Pre-cognición quizá no, pero sí tuve la intuición de que esta semana podría ser demasiado tranquila en Oviedo. Previendo ello, el pasado fin de semana en León hice todo lo que podía hacer: salir, tapear, jugar al Risk (sí, esto tampoco pude imaginarlo a priori), y demás. Era la tempestad antes de la calma, y esta es mi calma antes de la tempestad. Hablando de forma metafórica, por supuesto. No quiero tormentas cuando llegue a la conocida como Ciudad de la Luz, y mucho menos cuando me encuentre dentro del avión. Ahora mismo, albergo una sensación de tabula rasa en lo que se refiere a este año. No en todos los aspectos, claro. El doctorado ya lleva un trecho. Antes de comenzar con las inscripciones en esa tabula, me he reservado unos días para preparar un viaje, por otro lado, corto. Un viaje como metáfora de lo que puede ser este año: habrá que tomar decisiones. En París, para ver las zonas que más apetezcan, que no tienen por qué coincidir con las más obvias o visitadas. La mítica librería Shakespeare and Co. por ejemplo, es un punto que me interesa más que varios museos. 
Hace tres años de mi primera toma de contacto con Oviedo, sin tener la menor idea de que terminaría viviendo aquí (aquel día llovía, al igual que hoy). El viaje a París también es muy simbólico, sin que por ello tenga que acabar viviendo allí también. Pero llega en el momento apropiado. Como señalan el maestro Enrique y Dragó (que dice que quiere ser mujer para experimentar un verdadero orgasmo), su nombre proviene de Isis (Par-Isis), y qué duda cabe de que esta poderosa diosa egipcia puede convertirse en un buen augurio para un doctorado tan centrado en las representaciones femeninas. Prefiero la ciudad de Isis a la ciudad del amor, rótulo que no deja de encubrir cierta vertiente comercial. Por Isis y por Tutatis, vamos allá. Marchons

jueves, enero 14, 2016

Telepatía.

Entre los libros en proceso de lectura que datan del año pasado, y entre los cuales debo establecer la conveniente jerarquía, anoche leí un capítulo de Enrique de Vicente sobre la telepatía. No es algo que yo me precie de experimentar, pero sí es cierto que una voz en mi cabeza, desde que pasaron los Reyes, me decía que eso de pasar una semana entera como un mandarín, yo solo aquí en el piso, era una opción poco probable, al menos hasta el verano. En efecto. El plazo se ha acortado, y ya he vuelto a la rutina, esta vez del segundo semestre (o como quieran llamarlo) que, no obstante, pronto quedará rota por el viaje a París. 
Semejante escapada ha constituido un golpe de buena suerte en este inicio de año y, tal vez por mantener un equilibrio, también se ha visto acompañado de algunos contratiempos. Aquí en Oviedo, por ejemplo, bien me vendría dominar algunos de esos poderes mentales de los que habla el buen maestro Enrique. Me encantaría saber qué es lo que está pensando alguna que otra persona. Aunque satisfacer la curiosidad podría ser peor que permanecer en la duda. Nuestra mente debe protegerse contra invasiones externas, al igual que si, como se refleja en el libro, alguien pretendiera introducir sus propias ideas o intenciones en nuestro cerebro. Yo no quisiera llegar a tanto, me bastaría con conocer mentes dotadas de mayor coherencia. Es un buen propósito para este año naciente. Mientras tanto, no dejaré que ninguna circunstancia vaya a estropear mi entusiasmo por el viaje, en cuya preparación (tampoco tanta, que son tres días) me ocuparé lo que queda de semana y principios de la que viene. Au revoir! 

sábado, enero 09, 2016

Protestas al desnudo.



No tengo vetados los pechos femeninos (ni los masculinos, ni los que no respondan a otras categorías) en este blog, pero, por si hubiera quien me quisiese endosar esa molesta cortinilla de Este espacio contiene imágenes que pueden resultar inapropiadas, bla, bla, valga esta captura de una de las protagonistas del documental Everyday Rebellion, cabeza y cuerpo visible del movimiento Femen. Este filme, que versa sobre diversas maneras de protesta pacífica, sigue los pasos de esta organización, al igual que otras de diferentes países, como el 15-M español, las revoluciones o conatos de revolución en Siria, Egipto o Irán, el Occupy Wall Street, etc. El póster que aparece en la foto representa la inocencia y la esperanza representadas en la figura infantil, pero la carátula del dvd que saqué yo de la biblioteca es bastante más explícita, con esta y otras dos Femen protestando desnudas frente a la embajada egipcia en Estocolmo, tapándose con los libros que representan las tres grandes religiones monoteístas, precisamente, aquella parte representativa del pecado según estas mismas religiones. Espero que al menos fuera en verano. 
Y no en verano, sino ayer mismo, una artista, a priori no adscrita a este movimiento, se desnudó en Colonia, Alemania, para protestar por la oleada de agresiones físicas y sexuales, además de robos, que se organizaron en Nochevieja, aprovechando la celebración y las aglomeraciones. No entiendo el alemán ni la leyenda de su cartel, pero no hacía falta utilizar mucho la lógica para deducir que su intención era expresar este mensaje: no importa que una mujer vaya desnuda por la calle, eso no la hace culpable si es violada. El culpable es el agresor. Al menos esa es mi interpretación. Sobran esas patrullas de caballeros, como a sí mismo se llaman de modo tan ridículo, que pretenden defender a sus damas. Para eso ya están las fuerzas de seguridad y, ante todo, una educación en contra de las violaciones. Esto último no es fácil de implantar, desde luego, en la mayoría de las culturas, sea de nativos o migrantes. Pero todo está relacionado. En Nochevieja, en Madrid, también un chico fue agredido, esta vez con un viril puñetazo, al grito de Maricón de mierda. Colonia, Madrid, el engranaje del miedo y el odio, realidades dependientes como todo buen Jedi sabe, se extiende por este y otros continentes. La lucha no es fácil, y sí fácilmente reversible, como se expresa en este documental que, no obstante, también cuenta varias historias de éxito. Creo que es un excelente motivador para estos comienzos de año. Las pequeñas rebeliones del día a día, que pueden ser tan humildes como una simple pelota de ping-pong. 

martes, enero 05, 2016

Epifanías varias.

La epifanía no solo se celebra mañana, sino que yo mismo me encuentro celebrando varias, surgidas a raíz de la preparación de mi primer artículo/comunicación, basado en una novela de Beatriz Gimeno. Epifanía puede ser la idea que, canalizada a través de algún objeto o acontecimiento que pudiera parecer banal, surge de modo súbito, en ocasiones como clave para avanzar en un proyecto creativo, o de investigación, etc. También se puede mostrar en retrospectiva, como un hallazgo que hice en mi piso en diciembre, el cual me dejó estupefacto pero desde un primer momento supe que me vendría bien para este artículo. Ahora veo que sí, puede ser uno de los motivos centrales. 
Esta novela también habla de mí. Razón de más para que la analice, porque, como si la autora, a quien por ahora no tengo el gusto de conocer, se hubiese introducido en mi mente, hace referencia a episodios que viví hace varios años, a aniversarios de recuerdo dudoso pero que, si bien con diferente espíritu, veo reflejados en sus páginas. Eso ha constituido otra epifanía más y, si no fuera porque estoy que doy botes con la tos y debo cumplir las obligaciones sociales de estas fechas, creo que me pondría como un poseso a redactar las primeras líneas del texto. Ya vendría luego con el barniz y la bibliografía, a darle un poco de formato. En todo caso, si va a ser mi primer artículo que aparezca en una revista (aunque sea en una que no lea nadie), quiero que, a juego con el tono queer y transgresor de la novela, no me quede tan aséptico como algunos que he estado leyendo, que contenga el balance justo de atrevimiento y cientificismo para que mi directora no me lo tire a la cabeza. No se, para mí la investigación es eso. Si no, mejor dedicarse a otra cosa. De camarero, igual, sería mucho más competente que algunos de los que nos han atendido estos días. ¡Felices Reyes! 

viernes, enero 01, 2016

Sweet Sixteen.

Daría la impresión de que todas las Nocheviejas se parecen, especialmente si se celebran siempre en la misma ciudad y por los mismos sitios. La memoria o, en su caso, este mismo blog indican lo contrario. Hay cambios, variables que en ocasiones parecen leves cuando en realidad están marcando un giro de timón. No cambia, eso sí, que en algún momento de las navidades siempre voy a sentirme más fastidiado. El año pasado fue en Reyes, ahora tocó Nochevieja pero, no obstante, quise salir, aunque no fuera más que para ver a esos amigos con los que no he podido coincidir, dado el carácter eminentemente familiar que esta época posee para mí. 
Dado que lo primero que me sirvieron en este año fue una caña avinagrada, que fui incapaz de terminar pero cuyo sabor, no obstante, no resultaba tan desagradable en mi garganta bloqueada, pareciera un mal presagio para este año naciente. Back to basics, luego recalamos en Benito, que más que nunca parecía una verbena de pueblo, sin faltar el Himno de León. Para contrastar con el centenario recinto, la última parada (para mí) fue el Circus. Cuatro horas de celebración, más que suficiente, máxime cuando todavía hay tiempo para ver a los colegas, y con la mayoría de ellos coincido en cualquier fin de semana en que venga de Oviedo. 
Un año que trae a Yoda en el mes de octubre del calendario de Fotogramas no debería ser malo, desde luego. Fue el personaje que más eché de menos en el Episodio VII. Quizá George Lucas también, por eso reniega del giro dado a su creación. En el filme también había momentos íntimos, pero en ocasiones se perdía el hilo entre el ruido y la furia. Espero que la sabiduría del maestro nos ilumine durante estos doce meses, cada uno de ellos con sus propias decisiones que tomar, empezando por anoche mismo. ¿Quedarse o no quedarse más? A juzgar por el número de bacilos con los que estoy llenando este ordenador, la respuesta aquí resulta diáfana. Felices 16, pues. El siglo se hace adolescente, eso siempre es interesante.