lunes, junio 28, 2010
Orgullo LETB.
viernes, junio 25, 2010
El cónsul de Sodoma.
jueves, junio 24, 2010
No tengo miedo al fuego eterno (II)
No tengo miedo al fuego eterno (I)
No me refiero al fuego de la hoguera, en el cual en otro tiempo quizá hubiera ardido alguna supuesta bruja o un sodomita, me refiero a parte de una canción de La Oreja de Van Gogh, a cuyo concierto al fin asistí ayer. Tras ciertas negociaciones, al final me quedé solo como el gobierno, fue el precio a pagar por mi asistencia y lo he pagado muy gustosamente. Por no tener compañía ya me perdí la oportunidad de verlos tocar con Amaia Montero, no quería perder ninguna otra, mucho menos siendo gratis. Pero ahora me he quitado una espina, con un broche perfecto a un cuatrimestre perfecto y una sensación de felicidad permanente durante la hora y media que duró. La primera canción, precisamente, fue Sola, pero no me di por aludido. No es que no tuviera gente, la tuve después; lo cierto es que la gente tenía otros intereses, lo cual me parece legítimo. Embriagado por la música de la Oreja y en medio de una multitud, tampoco se puede decir que estuviera como un profeta en el desierto.
domingo, junio 20, 2010
Llibertat.
martes, junio 15, 2010
El último.
sábado, junio 12, 2010
Hispana.
miércoles, junio 09, 2010
La Oreja de San Juan.

Andan por las redes sociales quejándose (al menos aquellos que no tienen tanto que estudiar como yo) de lo paupérrimas que van a ser las fiestas de San Juan y San Pedro este año en León. Tienen su razón, pero no es menos cierto que, cuando hay que ahorrar, se debe empezar por lo prescindible. Quien quiera buenos conciertos, tendrá que pagárselos, y la gente parece más dispuesta a eso antes que a comprar discos. De hecho, el precio de algunas entradas es absurdamente alto, no es de extrañar que Miley Cyrus no lograra abarrotar el Rock in Rio, aunque vacío no es que estuviera... Ella, al margen de ser fenómeno infantil, es aún una recién llegada.
lunes, junio 07, 2010
Chica de ensueño, criaturas de pesadilla.

Ayer, aunque solo fuera por hacerme compañía ahora que estoy momentáneamente solo, me puse a ver el concierto de Miley Cyrus en Rock in Rio. Me quedé estupefacto, la verdad. Tenía la idea de que sería una puritana integrista como los hermanos Jonas, pero salió a escena, muy desarrollada para su edad, muy ligera de ropa y arrastrándose por el suelo enseñando su generoso escote a cámara. ¡Ohú! Bueno, en una entrevista que leí decía ser una persona muy espiritual, pero que creía que se debe respetar a todo el mundo, ya que su mejor amigo es gay (tópico) y es su peluquero (tópico al cuadrado). Sí, parece que quiere cambiar su público infantil por uno al estilo de Lady Gaga. Como sea que aparenta unos cuantos años más de los que tiene, eso restó indecencia al hecho de que me excitara ligeramente.
viernes, junio 04, 2010
Adiós, Tercero.
domingo, mayo 23, 2010
Sin cerdos.
lunes, mayo 17, 2010
viernes, mayo 14, 2010
LOS CERDOS. Entrega 7.
En regresando a la cocina, Jonás fue directo hacia el congelador. Hasta hace poco vacío, había ocupado la mitad de su espacio con una bolsa de cubitos de hielo del chino y la carne sobrante de aquella lección inicial. El joven supuso que, si durante todos los días del curso regresaba con semejante cantidad de provisiones, pronto el electrodoméstico quedaría saturado. No eran tiempos, con todo, de andar arrojando comida, por muy mal cortada que se encontrase esta. Se imaginó que la mayoría de sus compañeros del taller se hallarían agradecidos si les cediera su carne para repartir entre su numeroso clan. Más allá del filetón, que continuaba casi crudo en su parte interna, Jonás necesitaba refrescarse de inmediato.
Al abrir la puerta del congelador, se encontró con una cucaracha correteando por el borde de la misma, ya que el hecho de que hubiera surgido del interior era poco probable. El insecto desapareció con la misma rapidez con la que había entrado en escena, pero Jonás no pudo refrenar un respingo; el cuchillo, que aún tenía en la mano, se deslizó hacia el suelo sin causarle daño alguno. El joven había ahogado un grito. No sentía temor, sino sorpresa; tampoco le hubiera molestado parecer una asustada damisela, dada su situación solitaria en el cuarto. Era una cucaracha, de eso no le cabía duda, aunque no una de esas clásicas y negruzcas como las que solían aparecer en otros pisos. Aquella le resultó más alargada y de tonalidad marrón, un tamaño medio pero lo bastante considerable como para que le repugnara su presencia en el linde de su almacén de comestibles.
Sintiendo como la llamada de esa raza que había colonizado el piso en una sigilosa invasión, Jonás observó que por el fregadero aparecían otras, esas apenas crías, del tamaño de una hormiga o incluso menor. Superado el instante de aturdimiento, Jonás se dirigió hacia allí. Bichos promiscuos, a la par que tontos, pensó, ellas mismas se han colocado en la trampa y van a caer en su propio Mar Rojo. Accionó el grifo, y el agua las arrastró a través de esas cañerías en las que supuso que tendrían su imperio, por no hablar de otros múltiples escondites de los que el viejo piso andaba sobrado. Algunas escaparon por el suelo y Jonás cogió la escoba para barrer su existencia. No obstante, en la desbandada la mayoría se le esfumaron y el joven, resignado y negándose a que ese imprevisto ataque le fuera a disuadir de su objetivo principal, abrió el congelador sin temor alguno y se aprovisionó de un par de piedras.
Jonás no necesitó de muchas conjeturas para imaginarse que la cocina era el bastión fuerte de los insectos, así que en el salón se sentía ajeno a ellos, el whisky le bastó para ahogar sus escrúpulos e incluso dedicó el primer trago a esa numerosa, si bien indeseada, comunidad de compañeros de piso. Se había puesto a cenar al lado de la ventana, aunque su comida no es que se viera lo bastante ligera como para aliviarle el calor. Mientras engullía el filete, un par de chorrillos de sangre le bajaban por las comisuras de los labios, dando fe de que lo había dejado en su peculiar punto. Decidió hacer una pausa para llamar a su padre, desconociendo si le iba a pillar con mucho o poco trabajo. Él se había mostrado reticente al giro que había dado su vida, y relatarle el asunto de las cucarachas era en cierto modo darle la razón, pero Jonás necesitaba una serie de informaciones concretas que tal vez él pudiera ofrecerle.
Cogió el móvil y llamó al mesón, sin sospechar que en aquel momento su padre lo que se disponía a coger era un cochinillo listo para el asado, otra de esas piezas como las que tanta fama habían otorgado a su establecimiento. Sin embargo, el afán paterno por tener noticias suyas pudo lograr que compatibilizara cerdo y teléfono en el mismo momento, sin cesar de moverse por la cocina.
- ¡Jonás! ¿Qué tal? Estoy un poco liado, hijo, pero dime, ¿cómo te apañas?
- ¡Hola, papá! Perdona, me imaginé que tendrías curro aunque no sabía cuánto. Solo quería preguntarte una cosilla sobre el piso.
- A ver si te puedo ser de ayuda, porque últimamente no es que haya parado demasiado por allí…
- Ya- Jonás no sabía muy bien cómo abordar el tema de los bichos justo cuando su padre estaba cocinando- El caso es que… ¿Tú sabes si aquí solía haber… cucarachas? Bueno, el caso es que quizá sea un problema del bloque de viviendas, o solo que hayan salido por el calor, el caso es que me ha parecido ver unas cuantas, no es que sean una plaga pero bueno…
Aunque Jonás no pudiera observarlo, su padre frunció el ceño, sujetando el teléfono contra el hombro mientras preparaba al puerquito para su sesión de horno. Al poco reaccionó ante el asunto.
- ¡Ah! Claro, ahora me lo imagino, pero es que ya hace tiempo de eso. Fue tu abuela. Antes de enfermar guardó un cesto de patatas vete a saber dónde, por una de esas estanterías debajo de la cocina, y cuando quise darme cuenta eso se había convertido en un festín de cucarachas. ¡Y no creas que no intenté librarme de ellas! Eché polvos, eché insecticida pero nada. No se si las que has visto vendrán de ahí o será cosa de ahora, en todo caso vas a tener que echarle paciencia, ya me cuesta mantenerlas a raya aquí mismo…
Jonás comprendió. Había acudido a su progenitor buscando una respuesta fácil, que no había hallado. Es por eso que aquel pudo reconvenirle, como había imaginado.
- De todos modos te avisé de que no te metieras en ese cuchitril, lo que tendríamos que hacer es venderlo y que el que venga luego que apechugue con las cucarachas y con lo que haga falta. Jonás, ¿al menos te está sirviendo de algo estar allí?
- Bueno, he empezado un curso de auxiliar de carnicería.
Auxiliar de carnicería. En el tono en el que lo había dicho, resultaba hasta pedante y todo. Fue un error, lo supo, una carta mal jugada y mejor hubiera sido mentir, pero el whisky y el calor le estaban haciendo bajar la guardia. Se imaginó a su padre quedándose atónito. O, mejor dicho, desilusionado, aunque sus palabras resonaron por el teléfono con tono comprensivo.
- ¿Auxiliar de carnicero? ¿Qué es eso? Si de cortar carne se trata, para eso te hubieras quedado aquí para que te enseñara yo, que tú vales para eso y para mucho más.
- Es para ir tirando- objetó Jonás, tratando de recular a destiempo- No estoy muy instalado aún aquí, quiero ir poco a poco con mis experimentos…
En el fondo, él no quería dar explicaciones lógicas porque no sabía si podría encontrarlas. La lógica no era el sentido que le había acompañado durante aquel viaje. Es posible que su padre lo supusiese, por ello tampoco quería insistir demasiado.
- Mira, Jonás, si lo que quieres es estar un tiempo fuera me parece bien. Los jóvenes se cansan de estar aquí y tú has trabajado mucho, hijo, pero tampoco me extrañaría mucho si tras el verano te veo otra vez por acá.
- Uf… No se, papá, aún es pronto para saber eso. Ya te digo que ni siquiera he sacado los cacharros de trabajo, a ver si me pongo ahora con ello. Ya estamos en contacto, igual me escapo para allá un fin de semana, igual me tienes que dar clases particulares porque esto de partir no me viene de familia…
Jonás sonrió. Lo de volver un fin de semana era una excusa, pero lo de las clases en verdad lo hubiera deseado, para volver al taller demostrando al monitor sus progresos.
- Muy bien. Un beso, hijo.
- Igual. Ciao!
Jonás se metió otro trozo sangrante en la boca, meditando que, antes de tomarse otro whisky, bueno sería adentrarse en el maremágnum que tendría que ser su laboratorio, no fuese que las nieblas y la digestión le anclasen a aquella mesa.
domingo, mayo 09, 2010
LOS CERDOS. Entrega 6.
- A la hora de cortar filetes – comenzó el monitor- tenéis que estar muy atentos al juego de muñeca. Colocáis la base del cuchillo en la carne y luego lo dejáis deslizar suavemente hacia abajo para que vaya cortando la pieza. No hace falta presionar con fuerza, tan solo girar la muñeca con suavidad y que corra. ¡Suave y que corra!
¡Suave y que corra!, se repitió Jonás como un mantra, observando si los movimientos del maestro hacían honor a sus indicaciones. Amarrando el trozo de carne con la mano enguantada, con la otra colocó en efecto la parte final del cuchillo encima y deslizó el filo de forma limpia, hasta sacar un filete delgado al que pronto hicieron compañía otros dos de la misma consistencia. El monitor cogió uno entre los dedos para mostrarlo a sus aprendices de ejemplo.
- Las señoras suelen preferir filetes finos, para empanar o para hacer flamenquines, por ejemplo. A menudo os los pedirán así, acostumbraos a cortarlos delgados.
Antes de la clase los asistentes habían tenido que firmar en un listado, ya que cierto número de ausencias conllevarían no obtener el diploma. El monitor repasó las fotografías por encima, tratando de quedarse con aquellos rostros encuadrados por la misma visera.
- A ver, Jonás- anunció- Te ha tocado.
¡Oh, mierda!, pensó, si bien exhibiendo una sonrisa cohibida en la que expresaba sencillez y una disculpa por adelantado previendo que su suerte de primerizo iba a ser nula. No supo en ese instante por qué fue escogido para abrir la terna, quizá porque su nombre no destacaba por lo habitual, aunque los de algunos de sus compañeros latinos tampoco se quedaban cortos. Jonás fue aleccionado sobre cómo colocarse el guante metálico y afilar el cuchillo, antes de ponerse a la tarea. Su hendidura en la carne dio buen resultado, pero guió la senda del cuchillo de forma tan desviada que al final lo que salió de allí fue un filete estrecho en punta que luego se fue ensanchando hasta alcanzar un dedo de grosor. Jonás, avergonzado, cogió la considerable pieza y la colocó junto a las que había extraído el carnicero, deseando que quedara disimulada como una gorda y amorfa hermana de estas. El monitor, dulcificando una mirada de disgusto, le dio una palmada en el hombro.
- Bueno, no está mal- comentó- No está mal para un león, claro. ¡Menudo filetón! Pero bueno, en la primera vez tampoco pido milagros. Recuerda: ¡suave y que corra!
Jonás asintió, mientras regresaba al corro. No estaba acostumbrado a ser el blanco de la sorna de sus maestros, aunque este había estado bastante suave, como el movimiento de su muñeca, por ser el primer intento.
- Ariadna Velászquez- llamó luego, y la colombiana, que antes de comenzar ya se había metido en el bolsillo a casi toda la clase, se adelantó con un Ay mamasita y una mueca guasona
Sin embargo, cuando se puso a cortar lo hizo con seguridad, concentración y desgajó dos finas piezas que por poco alcanzaban la perfección de las que había puesto el maestro de muestra. Claro que ella no tenía la menor intención de presumir; acabada la tarea, retornó su semblante risueño.
-¡Vaya!- comentó el monitor, sin querer dar mucha sensación de asombro- Tú ya tenías experiencia en esto, ¿verdad? Bueno, todos podéis aspirar a imitarla, con un poco de técnica y bastante de paciencia.
- Con paciencia y salivita se la metió el elefante a la hormiguita- apostilló Ari, provocando la carcajada general. No así la de Jonás, quien consideró, con cierto prejuicio por su parte, que en su destreza los factores del sexo y de su nacionalidad habían ayudado en buen grado.
No obstante, tuvo que cambiar esas ideas más tarde, porque no había un perfil homogéneo para el buen cortador de filetes. Algunos hombres también demostraron buena mano, y alguna mujer también le acompañó en preparar carnaza para los animales del circo.
El azar quiso luego gastarle una broma provocando que, durante el reparto del género cortado, su propio filetón le cayera en el lote, algo de lo que no fue consciente hasta que llegó a su casa. Jonás enrojeció ante la osadía de aquella pieza que insistía en perseguirle, para su humillación, y decidió sacrificarla aquella misma noche. No era de tomar carne para cenar, mucho menos con aquel tiempo sofocante, pero decidió que digerir aquel mazacote sería más ligero que digerir el fracaso que había sufrido. ¡La primera en la frente! Cogió una de las vetustas sartenes de su abuela y al menos agradeció que hubieran incorporado la modernidad de unas placas de vitrocerámica. Puso el fuego al mínimo y dejó que el trozo de carne se fuera cocinando de forma muy lenta. Por fortuna se encontraba solo y no tendría que dar explicaciones a nadie que se escandalizara porque el corazón de aquel filete estuviera crudo cuando se dispusiera a sacarlo al plato. Jonás sonrió con desprecio, recordando al hipotético receptor de sus artes como carnicero.
Las señoras, las señoras… Bah. ¿Por qué tendría que preocuparse él de ese ente informe llamado las señoras, y su ansia de filetes finos que esconder bajo la capa del rebozado, quizá convirtiéndolos en esos flamenquines cuya definición trató de recordar, sin fortuna? La perfección en aquel arte era tan relativa como en cualquier otra. A fin de cuentas, aquel mundo había pasado de la rotundidad de unas carnes a lo Rubens al estado rayano en la anorexia que imperaba en la actualidad; o, mirado de otro modo, su filetón no hubiera desentonado junto a un cuerno de cerveza en el festín de un jefe vikingo, mientras que ahora era despreciado por las modas que imponían aquellas señoras que, quizá, no distarían mucho de los clientes del mesón de sus padres. Por favor, este filete no está demasiado pasado… Esos degustadores de suelas de zapato con las que él se complacería en golpearlos.
Pues no, a él le gustaba la carne poco hecha y pensaba tragarse ese filete regado, para desquitarse, con una buena cantidad de whisky. Trasteando por la cocina descubrió un cuchillo parecido al que habían utilizado en el curso, y un afilador. Creyó que era el momento de hacer los deberes y, aunque no le fue posible llevarse una pieza de ternera en la mochila, al menos los instrumentos los tenía al alcance para practicar su juego de muñeca, como si se tratara de meter una pelota de golf.
Amarrando el cuchillo con cuidado, Jonás salió de la cocina y atravesó el salón, que aún estaba bastante vacío y él no tenía previsto utilizarlo en gran manera. Todos los trastos de su mudanza los había trasladado a una habitación anexa, a un dormitorio ahora sin uso que iba a convertir en un laboratorio sui generis. Aparte de un televisor, varias sillas y una estantería con recuerdos familiares, el mueble de mayor provecho era una mesa situada al lado de la ventana que daba al patio, la cual estaba abierta para contrarrestar el sofoco. Allí era donde Jonás se dispondría a dar buena cuenta de la pieza que había dejado al calor.
Su piso no era demasiado grande, no había lo que se pueda denominar un pasillo, así que al final del salón se abrían tres puertas, una daba a su dormitorio, otra al cuarto en el que tenía pensado trabajar y la tercera al baño, bastante reducido, en el que el lavabo, el retrete y la ducha se disponían seguidos, casi tocando los unos con los otros. Jonás se colocó enfrente del espejo, de perfil.
- Suave y que corra. Suave y que corra- iba musitando, al tiempo que repetía el movimiento que les había enseñado el monitor.
Tras cuatro o cinco intentos, se sintió bastante ridículo y abandonó. Lo que es la técnica no le parecía lo más complejo del mundo, pero sin materia en la que ponerla en práctica su ejercicio se quedaba corto. Decidió volver para comprobar cómo iba el filetón.
martes, mayo 04, 2010
Alterada tensión.
sábado, mayo 01, 2010
LOS CERDOS. Entrega 5.
II
Jonás Virgil tuvo que esperar algunos días antes de ingresar en el curso de auxiliar de carnicero. Mientras tanto, se dedicó a realizar breves incursiones por la ciudad, entre el turismo y la necesidad, que eran sofocadas por el propio sofoco, el cual le llevaba a guarecerse en la fresca vaciedad de su piso, aún algo lejos de ser habitable. Tuvo que pasar el trámite de una entrevista más, con la seleccionadora de personal de los supermercados Apolo, pero esta no prestó tanta atención a las circunstancias personales de Jonás y se comportó como lo que su aspecto sugirió al joven: una afable matrona vestida con una especie de traje negro de la cabeza a los pies, como si la oscuridad formara parte un agujero cósmico destinado a absorber parte de su abundante materia. Por alguna informal razón que Jonás no llegó a comprender, su entrevistadora en un momento dado se sentó en la mesa de trabajo a repasar documentación varia, desde entonces ya no pudo mostrar demasiada atención por sus palabras.
A partir de su cintura, la mujer desarrollaba como dos contenedores de grasa excedente, dos jamones en los que el tocino hubiera cantado victoria en su batalla contra lo magro. Jonás, que desde su llegada había estado malcomiendo más por desidia antes que por miseria, contempló aquella gran reserva y fantaseó sobre la posibilidad de que, tras la entrevista, viniera una parte práctica para probar su pericia con el cuchillo, teniendo que extraer un tasajo a modo de liposucción in situ. Pero él, que no albergaba la menor intención antropófaga, empezó a imaginar otras tiras de panceta, de origen porcino, dorándose en aquella vetusta cocina de su abuela que aún no había estrenado. La idea del cursillo se le hizo más apetitosa ante esa delicia virtual…
La entrevista tuvo lugar en un hipermercado de la cadena, situado a unas diez paradas de metro del domicilio de Jonás, el cual también disponía de un aula destinada a la formación. Para aprovechar el paseo más allá de ese mero trámite, el joven se prometió comenzar a tomarse en serio su tarea de hombre soltero con casa a medias y compró algunas viandas en el que sería su futuro taller. En la sección de bebidas espirituosas, Jonás se detuvo cierto tiempo en la fila de las botellas de whisky. Se decidió por una de calidad ligeramente superior a la media de lo que un joven de su posición podría permitirse. Quería bautizar su morada con un licor con ínfulas de nobleza, sin llegar a la ostentación. Respecto a los hielos, los imprescindibles cubitos, no necesitaban llegar hasta esa categoría. Los múltiples establecimientos regentados por chinos, alrededor de su barrio, bien podrían suministrarle la frescura en la que se fuera diluyendo aquel brebaje.
Un par de jornadas más tarde, cuando ya había recibido pero no desempacado su bata de científico al igual que el resto de sus aperos, Jonás se vio envuelto en otros albos ropajes, también en forma de bata pero esta destinada a una actividad inédita hasta entonces en él. Sobre la bata se había atado un delantal de un tono verduzco oscuro, y remataba su uniforme una gorra con el distintivo de los supermercados Apolo. Jonás se contempló de esa guisa ante el espejo de los aseos del hipermercado. Temió en principio que iba a quedar convertido en un mamarracho, y que si acaso podría colgar esa instantánea junto a su título como doctor, ilustrando las piruetas que el destino le había marcado; luego convino que, pese a una delgadez progresiva, el disfraz prestado le confería cierto grado de virilidad, aunque le faltaba un elemento imprescindible: el cuchillo.
Bajó por las escaleras de servicio hasta el aula, la cual se mantenía dentro de una temperatura fresca que vivificó sus sentidos. No era una clase al uso, como las de su facultad, si acaso una especie de almacén reconvertido en sala de despiece con espacio más que sobrado para los veinte o treinta alumnos que iban a asistir al taller. Al fondo comunicaba con la cámara frigorífica, fuente de la materia prima a trocear, y en la parte central había dispuestas unas alargadas mesas metálicas, con superficie a prueba de cortes. En un extremo se encontraban otros elementos como una máquina para picar la carne, un fregadero de cara a las tareas de limpieza y otra mesa rectangular con una báscula y rollos de papel para embalar las piezas al final de cada sesión. Colocadas de forma más o menos ordenada pudo ver otras partes básicas del instrumental: toda clase de cuchillos, afiladores, fregonas dentro de cubos, etc.
Alrededor de la mesa principal había un revoltijo de batas, gorras y delantales como los suyos, entre el grupo pudo distinguir al monitor. Supuso su cargo porque era la única figura que no iba tocada con visera, pese a que hubiera sido un disimulo a su alopecia, y más por su actitud antes que por la edad. El alumnado no era homogéneo, aunque ese factor tampoco lo había esperado Jonás. El número de mujeres superaba por poco al de hombres, y la mitad de los presentes denotaban un origen latinoamericano. Respecto a la edad, varios parecían haber sobrepasado ya el ecuador de su existencia, Jonás los etiquetó como parados con poca expectativa, dados sus años, de obtener un nuevo empleo. En el otro extremo también había dos o tres adolescentes con el aspecto de compatibilizar esa ocupación veraniega con sus estudios, o quizá no los cursaran y aquella fuera su primera experiencia en el mundo laboral.
No catalogó, pues, al maestro cocinero por su edad; pese a la calvicie le echó unos cuarenta, quizá no cumplidos. Era de estatura media, bien formado sin llegar a fornido. Se encontraba saludando y bromeando con los alumnos, Jonás percibió en él un buen gracejo castizo, no exento de mala leche como pronto podría comprobar; una persona simple, en un sentido no peyorativo de la palabra, ese fue su juicio a priori. No se sentía muy a gusto a las órdenes de alguien así, quizá por un aristocrático sentido de su dignidad que se cuidaría de mostrar mientras estuviera dentro de aquel reducto.
Jonás, aunque su objetivo al trasladarse a esa ciudad no era el de hacer amigos, procuró guardar las formas y se acopló al grupo al estilo de una onda concéntrica. A su llegada le envolvió un halo de carcajadas, alumnos y monitor tenían la vista fija en el foco que las provocaba. Era una mujer latina, estaba en la treintena bien larga, rasgo que más tarde dejaría patidifuso a Jonás cuando se enteró de que era abuela. Más allá de su condición familiar, respondía al nombre de Ariadna Velásquez y era de nacionalidad colombiana, como algunos de sus compañeros allí. Ari, así la llamaban todos, era gruesa pero no en demasía, remataba su bonachona figura con un pelo corto, de punta y teñido de rubio con briznas rojizas, aunque en ese momento estuviera cubierto por la gorra reglamentaria.
Todo su ser desprendía, de forma generosa, un vitalismo y una jocosidad que a Jonás le recordó a comportamientos similares que ya había podido notar en personas de su vecindario. Dentro de la algarabía que provocó en la sala, él no se sintió contagiado de su humor procaz, aunque no pudo evitar lucir una sonrisilla cuando le llegaban retazos de sus chistes verdes. No obstante, el monitor pronto quiso ir al ajo y se hizo acompañar de un par de muchachotes para traer la carne desde la cámara frigorífica. A su regreso el monitor plantó sobre la mesa un trozo rosáceo y de estructura más o menos cilíndrica. A falta de empezar con las clases teóricas y merced a lo visto en el mesón, Jonás lo identificó como ternera. Antes de ponerse a la tarea, el monitor se enfundó en la mano izquierda un guante de protección, formado con una malla metálica, requisito obligatorio a menos que quisieran correr el riesgo de que el número de sus dedos bajara de la decena. Cogió luego el cuchillo fileteador y se puso a afilarlo con esmero, dispuesto a enseñar a sus alumnos la lección inicial.
El corro de pupilos, antes tan alborotador, se alineó en fila para atenderla. Jonás meditó que, en el fondo, la sala no distaba tanto de parecerse a un laboratorio; precisando más, a una sala de disección. Ellos, discípulos enbatados, iban a asistir al análisis de un cadáver animal, al menos de una de sus partes. Jonás, acostumbrado en sus estudios a tratar con partículas infinitamente más pequeñas, se mostraba expectante.
viernes, abril 30, 2010
RUMIMRÓM, O DE LA HIPOCRESÍA OSCULAR DE ESTA SOCIEDAD. ( y II)
Curiosamente el mismo día en el que compré la Fotogramas pude leer antes una noticia que denunciaba la homofobia en una caseta de la Feria de Abril, de la que echaron a una pareja gay por besarse. Por supuesto que el propietario no hablaba de homofobia, sino en plan: es mi caseta, son mis reglas. Vinieron luego las matizaciones, siempre tan queridas en estos casos: que si él dice un morreo y los otros dijeron un pico, que si lo de los besos ahí estaba mal visto, también para heteros… Debo de tener una visión estereotipada y rancia sobre esa celebración, yo creía que era todo alegría y alegría, poco me imaginaba que alguna caseta pudiera tener reglas iraníes en ese sentido. No es el primer incidente así, ni será el último, excepto en aquellos sitios en los que la tolerancia se da por supuesta. Aún recuerdo la agradable, que no morbosa, sensación que noté a finales del verano pasado, viendo a dos mujeres besándose en la terraza del Europa, frente a la Pulchra Leonina y a unos pasos del obispado. León se mueve, sin duda, también vi a una pareja de osos paseando de la mano por Santo Domingo…
Volviendo a los bares, para evitar confusiones y, siguiendo la estela de las leyes sobre el tabaco, quizá habría que establecer carteles del tipo En esta zona te puedes besar, junto a una bandera del arco iris, o Zona de morreos heteros (por no utilizar letreros más ofensivos). La diferencia es que tragando el humo del tabaco te puede dar un infarto; eso no tiene por qué sucederte si ves a dos hombres o dos mujeres besándose. Si te sucede, da el infarto por bien empleado a modo de aviso para que cambies el chip… Lo positivo, en todo caso, de incidentes de esta clase es que quita la razón a aquellos que aseguran que los homosexuales ya tienen todos sus derechos, englobando dentro de ese término a todo el colectivo LGTB, desde luego. Tener derechos es que, al igual que mi compañera se da un morreo con un maromo, pudiera yo llegado el caso darme un morreo con mi compañero sin que mirasen mal (bueno, en Filosofía y Letras tan mal no mirarían…). Eso se cura sobre todo siguiendo una premisa tan importante que es para ponerla en mayúsculas: Educación.
Porque, más allá del filtro de los prejuicios, ¿a quién le puede molestar un beso? Incluso cuando quienes se ven envueltos dentro de él no sean especialmente hermosos, a diferencia de la película, es un acto bello en sí, de variada connotación según qué clase de beso sea. No es algo de lo que avergonzarse, sino que puede constituir una tabla de salvación, un recuerdo que nos ilumina con el hálito de la esperanza en aquellos momentos en los que nos falta calidez. Es un signo de vida, quien lo niegue está negando la realidad.
No tengo más que decir por ahora. A lo largo de mes y medio voy a toparme con siete trabajos y cuatro exámenes, si bien no todos del mismo esfuerzo. Confío en que este blog no se vea perjudicado por ello; yo voy a seguir, aunque sea a cuentagotas, con la novela Los cerdos y a ser posible con la poesía, es algo que necesito y veo positivo mantener, si bien en perfil bajo, hasta el verano.
Continuando con el tema que he tratado en estas líneas, esta noche me dispongo a ver una película en la que tengo puestas muchas expectativas, Un hombre soltero, de Tom Ford, con Colin Firth y la magnífica (e incomprensiblemente no oscarizada) Julianne Moore. Si merece la pena espero poder hacer alguna reflexión en unos días sobre la misma.
miércoles, abril 28, 2010
RUMIMRÓM, O DE LA HIPOCRESÍA OSCULAR DE ESTA SOCIEDAD. (I)

El título puede parecer pedante, supongo que será el influjo de estudiar tanta literatura. El caso es que, ahora que vivimos un no deseado, al menos por mí, verano anticipado, es tiempo de soltarse la ropa y por ello voy a hablar, entre otros asuntos, de Una habitación en Roma, la última película de Julio Medem. No se ha estrenado, y no tengo interés en verla, pero me gusta más su título en inglés: Room in Rome, en su aliteración resulta más eufónico, algo así como Rumimróm. Al margen del título, en su cartel ni sale una habitación, ni sale Roma. Antes bien sugiere un paisaje idílico en el que dos náyades (la mitología como justificación del desnudo) se entrelazan sin sugerir relación erótica alguna más allá del sobresaliente, en ambos sentidos, culito de una y la mirada cómplice de ambas hacia el espectador-voyeur.
Dice Medem que no quería despertar el típico morbo del espectador masculino viendo a dos chicas guapas besándose. Loable intención aunque, ya solo de ver las imágenes que vienen en la Fotogramas, creo que lo de los besos es lo de menos… Es de suponer que al rodar Lucía y el sexo tampoco pretendería que la gente, no me refiero ya a género alguno, se quedase con el cuerpo de Paz Vega, aunque se paseara en pelotas sin venir a cuento dentro de un guión que yo no llegué a comprender en lo que vi de película, que no la vi entera (de él solo he visto completa La pelota vasca, que no incluía ningún desnudo de Otegui o Arzallus. ¡Gracias!). Francamente, yo no comprendería que alguien fuera al cine solo para excitarse. Para eso ya hay miles de vídeos dentro de la red, con chicas tan guapas como Anaya y Yarovenko, aunque supongo que peores actrices, besándose y haciendo todo lo que la película no mostrará o solo sugerirá. Quien quiera satisfacer ese morbo bien lo podrá hacer desde su casa, sin más espectadores; otro gallo cantaría si, como propone jocosamente la revista, el filme se hubiera rodado en tres dimensiones…
En el póster no salen las ninfas besándose, aunque al principio yo pensaba que así sería. Un cartel de este modo, si los ayatolás del Metro o de otros medios de transporte permitieran colgarlo, correría el posible riesgo de ser robado. En caso de que los protagonistas fueran masculinos, antes bien el riesgo sería de ser quemado. No voy a decir nada que no sea conocido, pero bueno es que establezcamos comparaciones. Hablemos de la película I love you Philip Morris, con otra pareja, Jim Carrey y Ewan Mc Gregor, haciendo de pareja. Pese a estar protagonizada por actores de valía, con cambio de registro en el caso del primero, la productora se está planteando no estrenarla en las pantallas, quizá ni siquiera la saque en DVD, y en la más tolerante Europa habrá que ver si llega.
¿Es posible esto, el que acabe en un negocio ruinoso? Pudiera ser, pero de todos modos me extraña. Sean Penn, que no acostumbraba a hacer de gay, ganó el Oscar con su Harvey Milk, película no muy sexual pero con besos incluidos también. ¿No sirvió para nada el éxito de Brokeback Mountain (hurto de Oscar, no me cansaré de decirlo, incluido)? Quizá no, quizá fue una benigna excepción. Quizá impere la hipocresía oscular de quienes están a favor de que dos hombres se besen pero no quieren verlo. Por cierto, no busquéis en el diccionario el adjetivo que acabo de utilizar. En la tarea de un escritor cabe innovar la lengua también… Una habitación en Roma se basa en una película chilena con pareja heterosexual. Rizando el rizo, a ver quién se atreve con una tercera versión con dos hombres o, mejor aún, una bisexual con dos hombres y una mujer (un hombre y dos mujeres seguiría sonando a porno barato). Eso sería, como el nuevo Bifrutas de Pascual, binatural y birefrescante, o como leches se anuncie en su publicidad.
domingo, abril 25, 2010
LOS CERDOS. Entrega 4.
Poco avanzado el inicio de dicha jornada, Jonás Virgil se encontraba dentro de una cita que ni tenía prisa en concertar ni tenía la menor intención de retrasar un día más: una entrevista en la oficina de empleo. Mientras desayunaba, una bolsita de té negro y una magdalena que le ofrecieron en el autobús, y luego al ducharse, para poner a raya el sudor y el sopor de una noche desvelada, Jonás había ido trazando un guión mental sobre cómo podría desarrollarse esa entrevista. Luego, cuando estuvo frente a la joven que tenía que encargarse de ella, de su edad o quizá un poco mayor, su intuición comenzó a captar gestos delatores de que iba a seguir, en gran medida, ese guión.
Jonás jugaba al despiste, iba bien vestido, con una camisa fresca que no le adhería el calor, daba la impresión de que, en vez de a la oficina de empleo, iba al empleo mismo, a intentar engatusarlo para conseguirlo. Había algo en su figura discordante de la tónica general en la rutina de esa joven entrevistadora, algo que se puso en mayor evidencia cuando ella comenzó a repasar su currículo. Jonás, observando en su rostro una expresión de no dar crédito, esbozó una sonrisilla vanidosa; por disimularla, comenzó a coger folletos acerca de cursos para desempleados en los que fingía poner mayor o menor interés.
La entrevistadora, como si tuviera que hacer un comentario de su currículo línea a línea, iba desgajando datos que Jonás confirmaba con un leve asentimiento, ocultando su propia opinión bajo una máscara impasible.
- Tienes treinta y tres años. Cierto, pero aparento menos, como suele pensar la gente y pensarás tú misma a juzgar por tu actitud. ¡Gracias por el cumplido! Recientemente has obtenido el doctorado en Química; cuentas además con numerosos seminarios y, en la actualidad, disfrutas de una beca por parte de unos prestigiosos laboratorios para realizar un proyecto de investigación. ¿Y ahora qué? Cómo me gustaría que tus labios pronunciaran lo que tu rostro está expresando con diáfana claridad.
Pero esas tres palabras no salieron de boca de la entrevistadora. Jonás se había distraído más de la cuenta contemplando uno de los folletos cuando se vio obligado a recoger el guante que en cierto modo ella le arrojaba.
- Es cierto- comentó- Tengo esa beca. Bien, digamos que… El prestigio de esos laboratorios no se ha traducido en la cuantía de la beca. En una palabra… En mi ciudad natal me encontraba viviendo con mis padres y con esa subvención apenas me daba para independizarme. Tenemos un negocio familiar, un mesón para que el yo he sido siempre un inepto redomado y, bueno, con eso hemos ido tirando hasta que me vi en la necesidad de trasladarme aquí, por motivos personales…
Jonás se sentía embarazado y algo bobo, circunstancias también previstas en su guión. Creyó mezclar varias ideas, algunas inconexas, justificando su vida mucho más allá del folio del currículo, hasta llegar a la llave mágica, al motivo de los motivos personales, expresión ante la que supuso que su interlocutora se quedaría estática, con cara de interrogante frente a la que él no soltaría la menor prenda. No fue así.
- ¿Y vas a seguir con tu investigación, entonces?
- ¡Desde luego!- afirmó Jonás, como si sostener lo contrario hubiera sido ya propio de un demente- Seguiré en cuanto me manden mis materiales, pero hasta entonces necesito algún ingreso. No es que haya pasado mucho tiempo en esta ciudad, pero… Tengo la impresión de que te cobran casi por salir a la calle.
Y casi por respirar, sobre todo durante esta estación.
La joven sonrió, corroborando su opinión.
- Es posible que puedas encontrar algo a tiempo parcial, ya sabes, para sufragar gastos y poder seguir al mismo tiempo con tu estudio. En verano hay más oferta en ese sentido, quizá no tanta como antes pero, eso sí, dudo que vaya a poder encontrarte algo… Adecuado a tu nivel, vamos.
- ¿Mi nivel?- repitió Jonás sonriendo, el ego satisfecho pero destilando cierta sorna- Bueno, no tengo ningún problema con eso. Voy a seguir con lo mío, lo demás poco me importa. Si he llegado a conocer a médicos que trabajaban en un videoclub, y eso cuando los videoclubs todavía eran un negocio a tener en cuenta…
- Pero, ¿vienes con alguna idea sobre lo que te gustaría, al menos?
La entrevistadora no había pasado por alto que, dentro de su jugueteo con los papeles, Jonás se había guardado un folleto debajo de su carpeta. Era el único en el que se había detenido un poco más allá de la mera sensación de distraerse. Lo sacó de allí, alargándoselo.
- Bueno, no tenía nada pensado. Pero creo que esto me gustaría.
Jonás no mentía. Nada tenía pensado, solo dejarse llevar y fiarse de su intuición y el azar, que le había deslizado aquel papel entre los dedos. La joven le observó con sorpresa, quizá pensara que se estaba quedando con ella, que todo formaba parte de una gigantesca broma destinada a cubrir un poco el vacío del verano.
- ¿Estás seguro, Jonás?- dijo ella, y le mostraba el panfleto cual si por ser científico no supiera leer- Esto es un curso para formar auxiliares de carnicero, un programa desarrollado entre la comunidad y la cadena de supermercados Apolo. Durante ocho semanas te forman y luego te dan un diploma, no se te asegura el entrar a trabajar en la compañía aunque eso depende del rendimiento que tengas en el curso. Y tú crees que yo voy a tenerlo bajo, muy bajo. Por lo que me has comentado antes… Parece que no te gusta mucho la hostelería, ¿verdad?
Jonás descubrió lo que ella había entendido como contradicción en su discurso, se apresuró a matizar.
- Bueno, no se si la carnicería se puede equiparar a la hostelería, aunque obviamente tengan que ver… En el mesón tenemos buenas carnes, no es que quiera presumir de ello pero es cierto, lo que pasa es que es mi padre quien se ocupa sobre todo de esas cosas. Yo, en fin, no quiero parecer un científico pirado, pero no se me da bien atender las mesas, los clientes… Esos palurdos que engullen como puercos. Muchas veces he ayudado a mis padres a la hora del cierre, recogiendo y limpiando… Limpiar me relaja, es cierto, creo que me va a venir bien viendo cómo está el piso de mis abuelos. Pero bueno, de mirar también se aprende, creo yo, y he visto cortar muchos filetes. Aunque nuestra especialidad es el cochinillo, el cochinillo asado.
Jonás cortó su alocución, le parecía absurdo tener que justificarse por aspirar a un curso en el que seguramente entraría cualquier hijo de vecino, sin empleo y con poca o ninguna cualificación. ¿Acaso iba ella a hundir su boquita en el tierno lomo de la delicatessen de su mesón? No lo veía. Aunque, por otro lado, le hubiera encantado verlo.
- No dudaba de tu capacidad. Pero debes tener en cuenta que esto es un curso, no un trabajo en sí. Te van a formar, eso no te da acceso directo al mundo laboral pero sí puede abrirte puertas, en esa misma empresa o al menos en otra de cara al curriculum, claro que… ¿Se puede mejorar tu curriculum con esto?
- Al menos no será una mancha- apostilló Jonás.
- Si acaso puedo decirte que el género que cortáis durante las clases, es decir, la carne, no se pone a la venta evidentemente pero tampoco se tira. Al final de la jornada se divide según el peso entre los alumnos.
La joven se quedó callada de repente. Jonás pensó que quizá no quisiera utilizar la expresión de que, en cierto modo, les iban a pagar en carne. ¡Nada menos! Con el insistente fantasma de Alonso Polión sobrevolando de nuevo en su presente, Jonás pensó que, fuera como fuese, esa actividad iba a resultar un curioso distraimiento, justo lo que necesitaba entonces.
viernes, abril 23, 2010
¿Volveré a Torrellas?
Todavía estoy esperando una asignatura que ponga en su programa cuántos trabajos, en verdad, va a requerir, pero esperaré sentado porque, con excepciones, ninguna es por completo sincera en ese sentido. Por ello tengo que enlazar un trabajo con otro y por ello no estoy pudiendo cumplir algunos de mis objetivos, como seguir con esa novela que empecé a colgar por aquí, si en este puente pudiera parir un par de páginas estaría genial, pero no puedo comprometerme a ello. Hablando de parir, a lo único a lo que hay que dar un último empujoncito, a semejanza de la parturienta, es al curso.