lunes, septiembre 26, 2011

El día del No Comienzo.



Hoy ha sido el día de mi No Comienzo en clase. Por fiarme de los confusos horarios de internet, por no indagar y porque tampoco me informaron; al final, no obstante, no he hecho el viaje en balde; al menos ha servido para librarme de un par de créditos pendientes, y para aprovechar más el día, por ejemplo escribiendo aquí. 
Ayer vi la película del cartel. Ah, ¿que no sabéis polaco? Yo tampoco. Se llama Suicide Room, y es una de esas rarezas que solo se pueden encontrar rastreando. Probablemente, con ese título, no sea lo mejor para empezar el curso con buen pie, pero merecía la pena verla, aunque sea porque sale un chico bastante guapo, durante media película en calzoncillos (no tan guapos). Sí, claro, es deprimente, es la historia de un emo que se vuelve hikikomori, para esto es inútil el diccionario de la RAE. Y no sucede en Japón, sino en Polonia (a menos que haya entendido yo mal). Al comienzo, tras un baile universitario que parece de coña porque todos tienen tipo de modelo, se emborrachan y el prota, por eso de las apuestas, se da el lote con un amigo cachitas, mientras son grabados por móvil. Pero bueno, ¿qué diría Juan Pablo II? 
Luego, la cosa se magnifica por las redes sociales, el tío se reprime y decide pasar de las clases y encerrarse en su cuarto. Allí se integra en una pandilla virtual, esa Suicide Room, con tíos que tienen ridículos avatares de minotauros y robots, liderados por una chavala de pelo rosa y mucho peligro. A partir de ahí, veremos los esfuerzos de sus padres por sacarle de esa vida conectada a la red. Claro que, al final, aparte de predecible, la cosa parece un poco absurda: ¿por qué los padres no le cortan antes el internet? ¿Por qué no custodian mejor su medicación? En definitiva, ¿qué les llevó a tener un hijo, si con sus respectivos trabajos apenas podían disfrutar un momento de sexo en el coche? 
Yo nunca he sido gótico, ni emo. Mi palidez es natural, eso sí. El pelo liso no me quedaba mal, pero rizado me resulta más auténtico. Estuve tentado de ir a clase con la capucha echada y sombra negra en los ojos, pero pocos se podrían haber impresionado, puesto que no había nadie y, además, pintas más raras se han visto por allí. Si es posible, demando para este curso un erasmus polaco como el de la película, y no como las polacas del año pasado, que después de garabatear cuatro cosas que les dije para nuestro trabajo ni siquiera me invitaron a una birra... Mañana veremos. 

viernes, septiembre 23, 2011

Día de la Visibilidad Bisexual.



Os adjunto esta noticia aparecida en internet: 


http://www.ileon.com/actualidad/008965/los-bisexuales-reclaman-una-sociedad-plural

No está mal para una ciudad como León... ¡Feliz día!








jueves, septiembre 15, 2011

Red State.



God hate fags. Es posible que hayáis visto este lema en la televisión o en alguna película como la que nos ocupa. Ciertamente, parece incurrir en una contradicción. Si Dios odia a los homosexuales, ¿entonces por qué no dotó al género humano de una única orientación? No se si el pastor que protagoniza esta historia podría responderme en uno de sus delirantes sermones. Con todo, este es el punto de partida de Red State: un funeral por un joven gay asesinado, y al lado manifestantes de una extraña comunidad religiosa con carteles que señalan a la penetración anal como la vía más rápida para ir al infierno. ¡Por Libia!
Esta película es sorprendente en varios sentidos. Para empezar, es de Kevin Smith, que ha tocado muchos palos y se ha estrellado en unos cuantos. El comienzo es muy suyo: tres adolescentes acuden a la llamada del sexo fácil a través de internet con una mujer mayor que ellos. Vista en versión original, os aseguro que el fuckómetro (el medidor de la palabra fuck) está cerca de explotar por sobrepasar los límites. Sí, tiene detalles de humor que se podrían decir a lo Kevin Smith, como ese sheriff que hace cruising de incógnito (o al menos eso le gustaría a él). Pero, si al principio pudiera parecer una comedia, ¿en qué se convierte luego? Por momentos, en una especie de thriller con retazos de terror. Ya sabéis, los jóvenes encerrados que intentar escapar de un grupo de pirados. 
No obstante, hacia mitad de la película se produce un cambio, la historia se convierte en un asedio, con ciertos ecos del salvaje oeste, y termina como una metáfora de Estados Unidos tras el 11-S, y cómo para acabar con un grupo de terroristas (que no merecen mi compasión, desde luego) unos burócratas no dudan en dar órdenes de disparar a todo lo que se mueva, aunque sean niños pequeños. Al final, todo un caos en el que solo se salva la dignidad del personaje de John Goodman y que, curiosamente, concluye a través de una graciosa casualidad. 
Pues nada, si os animáis descubriréis a un director que se reinventa, una película que no es la típica de horror adolescente sino que toca las pelotas, y cómo la posibilidad de tener sexo gratis y fácil puede esconder una contrapartida chunga. ¿Y por qué se llama Red State? Bueno, supongo que si os metéis en internet podáis resolver fácilmente ese punto... 

domingo, septiembre 11, 2011

Estampas matritenses (y II).



Aprovechando que la edición de entradas de este blog parece haber felizmente cambiado a mejor, voy a dedicar esta segunda parte a la memoria de aquellos amigos a los que las razones profesionales, o de otra índole, han llevado a establecerse en la capital, como también yo en su día estuve allí hasta que decidí regresar a por Filología, pese a considerar que cinco años podían ser demasiados. Pues ya veis... Pronto empieza el último acto. ¡Telón!



Yendo por la céntrica Malasaña, te puedes encontrar de todo, como esta terraza situada enfrente de un cine X (¿pero queda alguien que vea ese tipo de películas en sitios así? O acaso irán a... Miedo). Ahí arriba estoy con Nacho, y este posa con Jose no en el sofá de su casa, sino en un bar de la calle Barco, con una decoración muy hogareña a la par que confortable. Tanto, que nos dejaron entrar con unas deliciosas pizzas cortadas al peso en un establecimiento de al lado, de una masa fina y muy diferente a los mazacotes de esos puestos abiertos hasta altas horas de la madrugada y cuyo fin principal parece ser el de absorber el alcohol a través de toda su grasaza. 



No querría terminar sin tener un recuerdo para un buen amigo y seguidor del blog. Una parada antes de bajarme en Majadahonda, en el tren sonó la metálica voz de El Barrial. Centro comercial, y sentí un escalofrío al pensar que había atravesado un agujero temporal para retornar a algún domingo en el que me tocara currar allí, como ese en que llegué un poco tarde y me cayó la bronca, para luego comprobar que el jefe picajoso se dedicaba a perder el tiempo de charloteo durante media hora. Nevermore! Costó que nos hicieran la foto, puesto que la cámara es ya una señora de edad que tiende a apagarse cuando siente el contacto de unos dedos extraños que no sean los míos. No obstante, aquí está la instantánea, y, si no me dan el coñazo con insistencia en la facultad, espero regresar para otro cónclave Hopewell-Tis, con la posibilidad de integrar otros invitados. 



Y ahora, vuelta a la realidad, próxima parada: automatrícula. Tiempo de parada: corto, como sea que ya he elegido las asignaturas y habrá que tocar madera para que no me haya equivocado. Así que a empezar con espíritu elevado, llevando el lema, aunque se repita, de El viaje llega a su fin

viernes, septiembre 09, 2011

Estampas matritenses (I).





¡Ya estamos aquí! Y con dos semanas, poco más, de libertad todavía. A lo Mesonero Romanos, aunque con un espíritu menos castizo y conservador, puedo traer como recuerdo una serie de estampillas matritenses, de fotos realizadas por esa cámara que ya está pidiendo a gritos una jubilación. Cada vez que la saco, parece que me diera vergüenza, ya todo el mundo con sus teléfonos inteligentes (aunque si tan inteligentes son, que se presenten a los exámenes por mí), y cacharros digitales del tamaño de una libretita. Solo podría haber un shock más grande si sacara una de carrete, y desechable, como las que vendían no hace tantos años.
Pero relajemos y, antes de que llegue el mal tiempo (o bueno, que al menos nos libra del calor), ahí dejo mi estampa en la plaza de Chueca, degustando un mojito a las frutas del bosque en la terraza de la coctelería La mariquita (dejo en vuestras manos la decisión de si ese nombre revela mayor o menor gusto). No suelo tomar copas para el postre y esa, aunque estaba deliciosa, quizá no me sentó del todo bien. La culpabilidad estaría entre esta y el frappuccino del Starbucks en el que aproveché para colgar la última entrega de la novela. Nunca me sentaron demasiado bien las cosas del Starbucks, sus tés me han llegado a dar náuseas. Y no solo lo digo porque sea un sitio poco económico...


Antes de ese postre bautizado con hielo, estuvimos comiendo justo al lado, en el mercado de San Antón, uno que han reformado recientemente y que en su segunda planta tiene puestos de tapeo, no ciertamente al estilo leonés pero sí más exótico e internacional: que si un italiano, un japonés, un griego... Analicemos mi petit menú: ensalada de tomatitos, queso feta con pimientos, hamburguesa de solomillo con cebolla caramelizada, todo ello regado con una copa de Lambrusco, que quizá tenga que asumir parte de su culpabilidad en el malestar provocado junto al frappuccino y al mojito.


Aproveché la estancia en el mercado para el más difícil todavía, comer unos noodles con palillos. Los japoneses son listos, porque los comen directamente de boles que pueden acercar a la cara, y de esa manera es más fácil utilizar los palillos que en el absurdo caso de tener que acercar un plato hondo y enorme. Aquí acaba la lección gastronómica de hoy, en la próxima serie colocaré algunas estampas más con amigos, alternando a lo grande por Madrid o sus aledaños. ¡Buen provecho!

miércoles, agosto 31, 2011

LOS CERDOS. Entrega 48 y última.

EPÍLOGO.

Poco más de un año después de aquel funesto suceso, Jonás llegó en tren a una idílica residencia campestre, la cual celebraba una especie de merienda de confraternización entre los que permanecían dentro, los visitantes de fuera y aquellos que se encargaban de velar por el funcionamiento de la institución. Todos estaban siendo agasajados en los jardincillos que circundaban el complejo principal, un lugar de recreo que, no obstante, perdía fuerza frente a la majestuosidad natural del bosque que envolvía todo aquel recinto como una túnica protectora.

Penélope se encontraba disfrutando del animado ágape, una más entre familiares, compañeros y personal; residía aún allí, por su propia voluntad y sin sensación alguna de encierro, antes bien de una liberación que saboreaba al tiempo que los primeros instantes de su maternidad. Su pequeño reposaba en una sillita junto a ella, en sus pocos meses de existencia daba muestras de una plácida tranquilidad, dormitando ajeno a las risas que surgían del grupo en el que se había apostado su madre.

Cuando Jonás enfilaba la vereda que se dirigía hacia los jardines, se cruzó con otro visitante que también venía a reencontrarse con Penélope. Se trataba de Al; hacía un tiempo desde la última vez en la que Jonás había charlado con su amigo, y pudo comprobar que la metamorfosis en su nueva figura pastoril se había consumado con suma naturalidad, lejos de constituir una patochada como la que él había imaginado en sus primeras y mordaces consideraciones. Al, en efecto, iba vestido como un pastor, no necesariamente cual las figurillas de terracota de un nacimiento, aunque de ellas sí parecía conservar la estampa de entusiasmo y un corderillo al hombro de su rebaño, que llevaba como presente para el que podría ser su propio hijo.

Ambos se abrazaron con alborozo, y compartieron esos últimos pasos antes de llegar a la posición en la que Al no solo pudo saludar a Penélope, sino también a varios conocidos de la etapa en la que él residió en el centro. Admiraron al pequeñín pero sin levantarle, no querían turbar su sueño. Al sacó del zurrón una bota de vino, rebautizada como odre, y la alzó con el propósito de que todos le imitaran en el anticipo de un brindis.

- ¡Amigos reunidos en la floresta, salud! ¡Brindo por este infante, al que desde tierras norteñas le he traído como presente el corderillo más lozano de mi rebaño!

Todos brindaron y Al se echó al gaznate un trago generoso de vino, antes de que una mujer madura, residente allí y que siempre había albergado un sentimiento maternal respecto al joven, le interpelara en tono lastimero.

- Pero Al, no querrás que le hagamos daño a esa monada de animalito, que parece todo de algodón, ¿verdad?

- Bueno, Marisa, yo ya no soy el dueño de su destino. ¿Acaso se interesaron los pastorcillos que fueron al portal de Belén por si sus presentes se transformaban en chuletillas o algo así? Bueno, siempre podrá crecer aquí; no será por falta de pastos…

- Estoy segura de que a Jorge le encantará el regalo, y él todavía no puede comer chuletillas…- dijo Penélope, entre risas- Pero ahora está fuera de combate, y mejor será que así esté durante un rato. Aprovechando esta tranquilidad, me gustaría dar un paseo por el bosque, tener un paréntesis dentro de la merendola.

- Que te acompañe Jonás- sugirió Al- Aquí mis antiguos camaradas y yo vamos a rememorar una serie de batallitas, y no querría que fueras a acompañar a tu criatura al mundo de los sueños.

- ¡Justo a tiempo, pues!- exclamó ella, mientras con un brazo se amarraba al de Jonás y con el otro empujaba la sillita, orientando la expedición hacia la menos transitada espesura.

Paseando por zona tan alejada del bullicio, que no daba muestras de albergar otra presencia humana que las suyas, Jonás comenzó a observar a Penélope bajo otra luz, ya no la matizada por el carácter umbrío del bosque sino la que le otorgaba el sereno semblante de la maternidad.

- Cuesta creer que solo haya pasado poco más de un año desde la última vez que nos vimos, ¿verdad?- comentó- Desde el atentado. Nunca, en aquel momento, llegué a pensar que algún día podría verte así… en esta faceta.

- ¿Podría haberlo pensado yo?- añadió Penélope, con una sonrisa.

- He evitado la cárcel- continuó Jonás- He evitado todo lo malo que podría haber surgido de esa locura que me invadió. Y, lo más importante para mí, es que he conseguido lo que creí perder para siempre, la posibilidad de verte otra vez. En definitiva, que tu perdón ha llegado más pronto de lo que imaginaba.

- ¿Qué perdón?- inquirió Penélope, restando importancia al asunto- ¿El perdón porque nunca quisiste acabar con mi vida, como siempre supuse? Tú solo quisiste matar… a los cerdos. A veces es complicado saber qué es lo que va a perjudicarnos. Imagina que con tu actitud me hubieras evitado coger un tren que me llevaría a una muerte segura, por plantear una hipótesis. ¡Todo podría haber sucedido ese maldito día!

- Sin embargo- replicó Jonás, con una nota de amargura- creo que podría haber salvado a muchas más personas. Cuando vi a esa figura del baño, la del chándal…

- ¡No te culpes por eso!- le interrumpió Penélope- Lo que importa es que ahora los dos estamos bien. ¿Tendríamos que sentirnos culpables por ser supervivientes? Mira, Jonás, durante mi estancia aquí estoy sintiendo de nuevo los beneficios de ver las cosas con una mirada positiva. Y ahora ya me siento con ganas de abandonar el edén, de salir de este encierro en el que entré por mi propia voluntad, y por mi propia voluntad saldré en unos días. En realidad, me he tomado esa merienda como una especie de fiesta de despedida, lo cual es un poco egocéntrico por mi parte, je, je, en todo caso no me gustaría demorar mucho mi regreso allí, así que cuéntame tú qué tal durante este tiempo. ¿Has vuelto a tu tierra?

- Sí, y con más suerte de lo que pensaba. Una empresa me ha comprado la patente de mi último invento… Un arma mortal contra las cucarachas, ¿te lo puedes creer? Mientras esas pequeñas cabronas sigan repugnando al personal, creo que podré seguir ahorrando. Y me gustaría ayudarte un poco con el niño, si lo ves necesario, claro; más allá del posible vínculo que tengamos, podría ser el padrino. Un padrino sin bautizo.

Por respuesta, Penélope bajó la mirada hacia la cabecita dormida de su retoño, con embeleso.

- Tienes suerte- le comentó en un susurro- de tener un padrino que te manda corderitos, y otro que te manda billetes.

Jonás la imitó con una sonrisa, observando los rasgos del pequeñín.

- ¿Sabes? Siempre se me dio mal sacar parecidos respecto a bebés, frente a esos que se los sacan ya a las pocas horas de vida. Sin embargo, este niño me recuerda más a Al. ¿No tienes curiosidad al menos por saber quién es su padre?

Penélope se encogió de hombros, indicando que le resultaba indiferente.

- Si acaso- sugirió, con acento irónico- podríais alternaros los papeles entre Al y tú, ¿no crees? Una vez harías de papá, y otra de tío.

- Eso suena mejor que irnos alternando como papá y papá.

Este último comentario provocó una carcajada en Penélope, tan entusiasta y limpia como los trinos de los pájaros que se refugiaban en las altas copas de los árboles. Ella siguió riendo, sin importarle el sueño de su hijo, que continuó estable por momentos, y Jonás dejó también que su alegría escapara a borbotones hasta que, de una forma espontánea y que no había premeditado en modo alguno, sus labios se juntaron con los de Penélope, sin que ninguno de los dos supiera a ciencia cierta quién había sido el primero que inició el acercamiento.

Ese beso, al que habían llegado de una manera tan natural como incierta en sus inicios, tuvo un espía, una suerte de peeping tom que, despertado de su siesta al resguardo de un arbusto cercano, observaba las evoluciones de la pareja con niño. Se trataba de uno de los internos, un vejete de apariencia tan inofensiva como su curiosidad, que solo quería solazarse con esos instantes de felicidad captados de la manera más casual, y que estaba contemplando con una enigmática mueca en el rostro, difícil de interpretar.

Si pudiéramos haber adoptado su punto de vista, observaríamos cómo Jonás y Penélope eran transformados en dos humanos con rostro porcino que juntaban los hocicos y luego los separaban con una beatífica sonrisa.

FIN

domingo, agosto 21, 2011

Cerrado (o casi) por vacaciones.

Se ha vaciado Madrid. ¡Aprovechemos para ir! Ha terminado lo que ha constituido un verdadero vía crucis para no creyentes y creyentes que no han compartido esta explosión de alegría. Una pena que el Vaticano sea pequeño y el papa no se pueda llevar en su regreso a Rajoy, los Borbones y toda la corte de pelotas oficial. Dicen que ha sido un éxito el evento. Natural, ya lo puede ser trayendo a gente de todo el mundo. Al margen del éxito real o relativo, lo que sí es absurdo es esa manía de compararlo con lo que llaman orgullo gay. Eso sí, nadie podrá hablar de imagen estereotipada de los peregrinos, no son tan diferentes. Llevan tops, pantaloncitos-calzoncillos, hacen botellón y duermen en el suelo, unos al lado de otras y sin camiseta. Es un comentario poco espiritual, pero bastantes me alegraron la vista. Casi me dio pena no haber adelantado el viaje, pero, no, me hubiera dado una lipotimia...
Cuando el papa cogió el avión, yo me encontraba pecando. Bueno, pecando, eso es lo que diría él. Luego me calló un chaparrón, podría entenderse como castigo divino pero lo cierto es que ni el papa se libró de la lluvia. ¿Y si me hubiera confesado con él en el Retiro? Buf, igual llega la próxima edición de Río de Janeiro y todavía no hemos terminado. Y si al menos pensara que la mayoría de esas faltas son verdaderamente censurables...
Pues lo dicho. Que si puedo volveré por aquí a escribir, a saber cómo. Disfrutad lo que queda de verano...

martes, agosto 16, 2011

Follow me!


Dije en su momento que no, que ya andaba sobrado con los feisbuks, blogs, tuentis y similar, pero finalmente me he hecho de Twitter. @TisLeon, para quien le interese, no se si hay algún modo de enlazar el Twitter al blog pero todavía no he investigado. Me falta por colgar el epílogo de la novela, pero, francamente, con esta temperatura no es que apetezca (a diferencia de otras novelas mías, en esta no hay sorpresa final). Si no lo escribo ahora lo haré durante mi viaje low cost a Madrid. Sí, espero gastar poco, aunque imagino que más que los peregrinos que, debo suponer, solo dejarán beneficios en McDonalds y, claro está, en los chinos, que nunca dejan pasar este tipo de eventos.
Pues nada, no se si me cundirá lo del Twitter, si tendré muchos seguidores, lo que está claro es que, a diferencia de este blog, en 140 caracteres no puedo explayarme mucho. ¿Servirá ese invento para ligar también? Porque en ese espacio habría que ser más bien directo...

domingo, agosto 14, 2011

Camp Hell.


Buceando por ahí me encontré con esta película de dos títulos, Camp Hope-Hell, cada uno de los cuales tiene su propia lógica, no se ha estrenado en las salas y podría catalogarse como filme de terror, aunque no es un terror al uso me ha parecido a mí. He querido traerla a este blog porque resulta como el reverso perverso de toda la peregrinación que estos días está pasando por mi ciudad, como anticipo a la JMJ de Madrid.
La película dice basarse en hechos reales, algo habitual cuando se trata de una historia un tanto absurda, y que ya hemos podido ver en otras películas de temática demoníaca. Habría que ver hasta dónde llega la realidad y dónde empieza la cosecha del guionista y director... El Camp Hope del título es un campamento cristiano para adolescentes, con una ideología que, al menos desde mi perspectiva, peca de integrista. Allí llega un chico aquejado de pesadillas en las que el Diablo le atormenta, y de visiones extrañas. A medida que se le va la pinza cada vez más, pide ayuda al sacerdote que dirige el campamento; mal encaminado, pues el cura ya ha enviado al manicomio a un antiguo asistente, interpretado por Jeese Eisenberg. El guía espiritual, obsesionado con la masturbación y los pecados de la carne, tratará de inculcarle un camino de pureza que se pierde por culpa, claro, de una tentadora Eva en forma de compañera de campamento, con la que el joven tiene relaciones sexuales, si estimáis llamar así a un magreo con frotamientos varios y pegajoso final. A partir de esa polución, esa falta, el Diablo ganará fuerzas y el Camp Hope se transformará en el Camp Hell...
Aunque la película me dejó impresiones enfrentadas, en conjunto creo que me gustó. Para mí el Diablo no deja de ser un producto de la imaginación, pero ciertos momentos me resultaron inquietantes. No obstante, el mayor terror es el que se desprende del hecho de que ideologías así existan en la realidad y puedan quebrar la entereza de ánimos jóvenes e inestables. No parece el caso de los peregrinos que han llegado este fin de semana, se los ve felices e incluso podría envidiar parte de su entusiasmo. Me parece bien que vayan a ver al Papa, no tanto toda la lista de privilegios en la que se ha convertido esta visita, una suerte de carta a los Reyes Magos que ha conseguido paralizar Madrid, motivo por el cual yo no pondré mis pies ahí hasta que no acabe todo el tinglado.
Mención aparte, por supuesto, merece la cabalgata de pelotas a la que vamos a asistir la semana que viene, entre ellos también los de este gobierno en el que hace tiempo que dejé de creer. ¿Alguien puede extrañarse de que pierdan, si no saben encontrar a su público? En León ya han perdido. El nuevo alcalde que han puesto dijo el otro día, si no leí mal, que debemos aprender de los peregrinos para luchar por los valores tradicionales. Si esas son las preocupaciones que reflejan las encuestas...

martes, agosto 09, 2011

LOS CERDOS. Entrega 47.


Dentro de su habitual ronda para la inspección de actividades no programadas en los retretes, una pareja de guardas de seguridad descubrieron a Al, dormitando en uno de los mismos, con los pantalones en su sitio y sin ofrecer a priori una imagen de vagabundo o toxicómano habitual. Habitual no pero quizá episódico, los guardas pensaron que posiblemente estaría drogado; así era en verdad, aunque no llegara a ese estado por voluntad propia. Arrastraron su cuerpo hacia el lavabo, para pasar su cabeza debajo del grifo y que de este modo pudiera ir recobrando la consciencia.

- ¡Venga, chaval, espabila!- le dijo uno, sujetando la nuca de Al bajo el agua.

Este comenzó a rumiar unos sonidos inconexos, que se dirían leves protestas ante quienes intentaban sacarle del profundo sueño inducido. Al ver que el joven estaba, poco a poco, de vuelta, el guarda cortó el agua y le incorporó, sujetándole todavía por si acaso.

- ¿Qué mierda es lo que te has metido?- le preguntó el otro, mientras Al les dirigía una entrecerrada mirada, cual si fueran imágenes producidas aún por el sueño.

- Hum…- balbució Al- No me acuerdo… No me acuerdo…

- ¡Qué sorpresa!- comentó el primero, sonriente.

- Aunque…- añadió Al, tratando de recuperar las imágenes previas- Sí, Jonás…

- ¿Jonás?- repitió el segundo guarda- ¿Fue él quien te dejó así? ¿Te dio algún tipo de droga para… ya sabes…?

Antes de que el vigilante pudiera utilizar sus dotes para la mímica, el ruido de una tremenda explosión, procedente del andén, llegó hasta los aseos, haciendo que los cristales se resquebrajaran. Los guardas soltaron de repente a Al, quien, todavía aturdido, tuvo que apoyarse en el lavabo para no terminar en el suelo; no fue el único, también los guardas sufrieron un shock de tal calibre que por poco no acabaron perdiendo el equilibrio. No obstante, la entereza profesional se impuso y, sin mediar una palabra con el joven a quien estaban interrogando, salieron corriendo del aseo, dejándole en un estado de tal confusión que no estaba demasiado seguro de haber despertado por completo.


Cuando Jonás y Penélope salieron del túnel, pudieron obviar toda la escena que había tenido lugar dentro del mismo; creyendo escapar del infierno, habían desembocado en otro similar. Él cortó sus ligaduras y, mientras ella se desentumecía, contemplaron el andén, convertido en caos después de que otro tren, que circulaba en dirección contraria, hubiera explotado también al tiempo que llegaba a la estación. Había un vagón ardiendo, y los usuarios estaban huyendo como podían, obviamente bloqueando las escaleras de subida al vestíbulo. En esa ocasión, fue Penélope quien tuvo que coger del brazo a Jonás para tirar de él.

- ¡Jonás, rápido! ¡No sabemos si va a explotar algo más!

Se dejó llevar por aquella mujer a la que poco antes había tenido atada y a sus pies. Parecía bloqueado por el pánico, aunque en realidad lo que se estaba gestando dentro de Jonás era un proceso de transformación que difería radicalmente de lo que había sentido al bajar desde el tren. Contemplando, absorto, aquellas imágenes de puro miedo y dolor que se sucedían alrededor, veía a esos humanos, antes orgullosos y seguros dentro de sus trajes, ahora comportándose propiamente como animales sufriendo en un matadero del que pretendían escapar dentro de una monstruosa avalancha.

El cambio consistió en que ya no aparecían como cerdos para Jonás. Habían recuperado una faz tan humana como la que él mismo lucía, aturdida, doliente, desesperada ante la incertidumbre de si podrían respirar de nuevo el aire libre, de si llegaría el final para esa jornada que habían comenzado como tantas otras. Las lágrimas en los ojos empezaban a provocarle que contemplara borrosas aquellas figuras que se habían desprendido de su basta y alucinatoria apariencia. A contracorriente, una de aquellas sombras, que jamás se había confundido como animalesca a los ojos de su amigo, se encontraba bajando las escaleras mientras, a gritos que apenas podían destacar entre el bullicio, pronunciaba su nombre y el de Penélope.

A riesgo de ser aplastado por aquella marea que solo se guiaba por la supervivencia propia, Al se hacía paso a empujones, lo hubiera hecho incluso a mordiscos si eso hubiera supuesto alcanzar la posición en la que Penélope alzaba su brazo, esperanzada pero al mismo tiempo incrédula hasta que no pudiera reencontrarse con su acompañante perdido. Jonás, cada vez más cegado por la cortina de su propio llanto, apenas pudo observar cómo su amigo al fin llegaba a abrazarse con Penélope.

domingo, agosto 07, 2011

LOS CERDOS. Entrega 46.

Jonás condujo a Penélope hasta el extremo del andén. Ella iba imaginando hacia dónde desembocaría esa especie de secuestro pacífico en el que estaba involucrada.

- Jonás- exclamó, adivinando su intención una vez se encontraron al lado de la abertura del túnel- Si quieres acabar con mi vida, con la tuya o con las dos, te podría indicar formas más agradables de hacerlo.

- El tren todavía tardará un rato en llegar- dijo él, a modo de respuesta- ¿Nos está mirando alguien?

- No, Jonás- replicó ella, con burla- Al menos no en teoría, si no contamos las cámaras de seguridad. Oye, ¿has planeado mucho lo que quiera que estés haciendo ahora?

Jonás se encogió de hombros.

- No demasiado. Hasta esta mañana, esto no era más que el producto de una oscura fantasía que me había cruzado la cabeza varias veces. Ahora estoy improvisando un poco. ¡Quién sabe! Quizá dentro de unos minutos esté en comisaría. Entonces, tendré que seguir improvisando.

Jonás la impulsó a bajar hacia las vías, que fueron siguiendo mientras se adentraban en el túnel. Jonás abría la marcha, colocándose en la frente un potente foco que había traído en la mochila para alumbrarse.

- ¿Hasta dónde tendremos que caminar?- preguntó ella, más por romper el silencio que para obtener una respuesta clara.

- Hasta que lleguemos a un punto en el que nadie nos moleste desde afuera.

Y no debió de ser muy lejos, porque tras algunas decenas de pasos más Jonás se detuvo.

- Ahora túmbate encima de la vía- le ordenó, mientras extraía algunas cosas de su mochila.

- Vaya- comentó Penélope, si bien obedeciendo con docilidad- ahora llegamos a la parte menos amable, ¿verdad?

Jonás no contestó, tan solo comenzó a atarla de pies y manos, con unos nudos resistentes que intentó no ceñir demasiado.

- ¿Aprietan?

- ¿Qué cojones importa que aprieten?- gritó ella, irritada por su actitud- ¿Te preocupas por los nudos antes de hacer que me pase un tren por encima?

- Tú no sabes qué es lo que quiero.

- No- admitió Penélope- pero lo imagino. Ya lo imaginé ayer, cuando quedamos y pude comprobar que necesitas mucha más ayuda de la que estás dispuesto a asumir. ¿Sabes por qué he venido hasta aquí, siguiéndote como un perrito? ¿Sabes por qué no te he dado una patada en los huevos y he echado a correr? ¿Sabes por qué estoy relativamente tranquila? Pues porque tengo la sensación de haber pasado por lo que tú estás pasando. Por eso, creo que estás llevando a cabo un intento de homicidio, al igual que yo tuve mis intentos de suicidio. Estás buscando un desesperado intento de llamar la atención, Jonás, eso es lo que significa toda esta inmensa escenificación, con las cuerdas, la oscuridad, el tren, y supongo que el cuchillo tampoco te lo habrás olvidado.

Jonás no se dejó impresionar por sus palabras.

- Debería haberte amordazado antes de atarte. De hecho, es lo que voy a hacer.

Jonás extrajo un esparadrapo que pudiera sellar al fin la boca de Penélope, pero al verlo ella se precipitó a hablar.

- Espera. Antes de que lo hagas, me permitirás que diga una última cosa: estoy embarazada.

Jonás, por un momento, se quedó estupefacto, para luego mofarse de ella.

- Ahora sí que te has ganado el esparadrapo. ¿Eso era lo único que se te ocurría?

- Es lo cierto. Ahora bien, ¿quién es el padre? No tengo ni idea, aunque tú tienes un cincuenta por ciento de posibilidades. El otro cincuenta estaría en manos de Al. Lo creas o no, solo me he acostado con vosotros en los últimos meses. Y suelo tomar precauciones pero, en fin, el exceso de Lambrusco puede ayudar bastante a concebir hijos.

Jonás se quedó con el esparadrapo en la mano, meditabundo, hasta que decidió introducirlo de nuevo en la mochila.

- No te cuento esto para inspirar compasión, ni tampoco estoy llorando por eso- dijo Penélope mientras, en efecto, las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas- Pero tenías que saberlo, era mi obligación. ¿Lo has oído? ¡Tú sabrás si quieres que tu posible hijo, en vez de mediante pastillas o mediante garfios muera aplastado bajo las putas ruedas de un tren! ¡Prefiero que me degüelles! ¡Venga, si de verdad estás tan tarado, rájame el cuello como si fuera un cerdo de esos que ves!

Jonás, al dejar el esparadrapo, sacó el cuchillo fileteador, y se agachó junto a ella, indeciso, como si se estuviera meditando entre liberarla o herirla. Finalmente, le dirigió unas secas palabras.

- ¿Y de verdad pretendías parir al niño en ese manicomio? Si no me mientes, la mayor tarada aquí eres tú.

- ¡Parir o no parir!- se mofó Penélope- Pues, francamente, yo todavía no tenía decidido qué hacer: si tenerlo o no, si decírtelo a ti, o a él… Me has obligado a precipitar las cosas, Jonás, ahora apechuga con las consecuencias.

Antes de poder contestar, Jonás comenzó a escuchar cómo el tren se aproximaba. Por instantes se quedó sin aliento. La máquina se dirigía hacia su posición antes de lo que hubiera esperado.

- Yo de ti me apartaría a un lado- le dijo Penélope, con la mayor frialdad.

Pese a ello, la joven aún albergaba ciertas esperanzas de que Jonás cortaría las cuerdas con el cuchillo, pero tendría que actuar con rapidez. No pudo. Mientras el tren se estaba acercando, de pronto escucharon una terrible explosión, cuya onda expansiva arrojó a Jonás hacia el suelo. Provenía del tren, que pudieron percibir no lejos de ellos como una gigantesca bola de fuego. Sin dudarlo un instante más, Jonás se enderezó sin aparentar que la caída le hubiese provocado dolor y, recuperando el cuchillo, se dispuso a preparar una huida desesperada antes de que el humo, que ya les estaba haciendo toser, pudiera asfixiarlos o, peor aún, que la explosión consistiera tan solo en el preludio de una serie. Sujetando el mango del cuchillo entre los dientes, levantó a Penélope con los brazos y, lo más deprisa que pudo así cargado, corrió de vuelta al andén, que, en sentido ya no solo metafórico, podían vislumbrar como la luz al final del túnel, si bien el humo les había envuelto en una nube tóxica, fiel reflejo del caos que había comenzado y del que pensaban que podrían escapar una vez llegados a la salvación del andén.

jueves, agosto 04, 2011

LOS CERDOS. Entrega 45.


Al se encontraba lavando sus manos, sin que en apariencia nadie más se hallara presente en el aseo, cuando Jonás entró como una exhalación, dejándole un escaso margen de reacción para la sorpresa cuando lo descubrió a través del espejo. Jonás agarró a su amigo por la espalda y, arrastrándole hacia un retrete que tenía la puerta abierta, apretó contra su rostro un pañuelo, impregnado en un elixir de fabricación casera que consiguió adormecerlo en pocos segundos. Jonás entornó la puerta del retrete con el pie, mientras sujetaba a Al, quien apenas pudo ya escuchar los susurros que le transmitió su amigo, a modo de disculpa.

- Lo siento, tío… Ya ves, al final se me ha ido también la puta cabeza. Pero volveré, volveré pronto a recogerte.

Al no respondió puesto que se había completado el proceso de sedación y descansaba en brazos de Jonás, con la cabeza caída. Este se propuso dejarlo sentado en la taza del retrete, de tal manera que no hubiera muchas opciones de que se cayera al suelo. No obstante, Jonás escuchó cómo se abría la puerta del retrete de al lado, que él había tenido por vació. Permaneció quieto, sujetando a Al con expectación. Bien sabía que, en estaciones de tren como esa, los retretes podían adquirir usos secundarios que no hacían extraña la visión de cuatro pies bajo la puerta de los mismos; en eso podía consistir su perdición si un guardia de seguridad era el que acababa de salir del habitáculo, pero no fue así. La figura que salió fue directamente hacia el lavabo, no dirigió su mirada hacia el retrete vecino ni siquiera a través del espejo.

De hecho, Jonás no llegó a percibir su mirada, ni el resto de sus rasgos faciales. Al igual que él, llevaba una visera calada, e iba cargando con una mochila zarrapastrosa y más pesada que la suya. Viendo eso, y el chándal que vestía, Jonás podría haber deducido que se trataba de alguien joven, con un tipo delgado; no obstante, no podía estar seguro y tampoco es que le importara mucho pero, en sus circunstancias, sintió un pinchazo de curiosidad por vislumbrar un poco mejor al individuo. No quiso arriesgarse. La puerta del retrete seguía entornada, y él no tenía intención de abrirla ni una rendija más. De lo poco que pudo ver fue que, a la hora de lavarse las manos, el hombre, pues hombre le parecía, dejó junto al grifo un teléfono móvil. Tras secarse las manos de forma mínima, se dispuso a marchar; a Jonás le pareció que fuera a dejarse el teléfono, pero en el último momento lo recogió, saliendo del aseo y provocando simultáneamente un suspiro de alivio por parte de Jonás.


Penélope se estaba retocando un poco delante del espejo, y, pese a la recomendación de Al, estaba tardando más de lo que este hubiera deseado. Con todo, su acompañante no había asomado el hocico para recriminárselo, lo cual estaba enturbiando el rictus de la joven con una sombra de sospecha. Por eso, cuando vio entrar a Jonás no se sorprendió demasiado.

- ¡Buenos días, Jonás!- saludó, con falso entusiasmo- Te esperaba.

- ¿Seguro?- replicó él, vigilando que nadie entrara.

- Te esperaba desde que supe que Al había ido a visitarte anoche. Por cierto, ¿él está bien?

- Lo está- aseguró Jonás, grave- Él es mi amigo.

- Yo creía que también lo era- contestó ella y, sin inmutarse lo más mínimo, empezó a repasarse la sombra de ojos- ¿Vas a matarme aquí mismo? Pues hazlo pronto, no olvides que este es el aseo de señoras.

- Solo quiero que me acompañes. Y que lo hagas pronto, antes de que escandalicemos a alguien.

Penélope guardó sus útiles de maquillaje en el bolso y, dándose la vuelta, se cogió del brazo de Jonás, como si fueran una pareja.

- Muy bien. Iré contigo, no es necesario que me fuerces. ¿Puedo llevar la maleta?

Ella intentaba discernir algo bajo la sonrisa, en apariencia inocente, de Jonás, que le contestó:

- Pues claro. Estamos en una estación, ¿verdad?

Al salir del aseo, se cruzaron con una anciana y, aunque Jonás y Penélope iban a paso ligero, él la reconoció como la vecina que no contestaba a su saludo en las escaleras. Esa vez, fue él mismo quien no la saludó, pero en cambio le dirigió una sonrisilla de disculpa, para que así la anciana pudiera tener una anécdota más que comentar, acerca de los usos secundarios de los retretes que, al menos en esa ocasión, no iban en contra del orden establecido.

martes, agosto 02, 2011

LOS CERDOS. Entrega 44.

XIII

A la mañana siguiente esa misma mochila, ligeramente abultada, acompañó a Jonás cuando este se bajó en la estación del cercanías. Él, con una cara de sueño que disimulaba mediante la visera del cursillo, que se había calado lo bastante aunque no tanto como para perder ojo respecto al cartel de la estación señalada. Al bajar del vagón, Jonás se sintió transportado hacia las escaleras mecánicas que descendían hacia el vestíbulo. Ya no es que se encaminara hacia allí, sino que tuvo la impresión de ser absorbido por las fuerzas circundantes a su persona, que la impelían no solo a caminar, sino a hacerlo muy rápido si no quería verse avasallado por una turbamulta de zapatos recién lustrados y maletines que dejaban en la indigencia a su vetusta mochila.

Esa hora temprana, comúnmente conocida como hora punta, congregó a la salida del tren a cientos de trabajadores que se apresuraban a tomar esas escaleras. Al ver a esa apelotonada masa de personas, casi empujándose unas a otras, Jonás percibió que pronto perdían su condición de personas completas, y se transformaban en una gigantesca piara de cerdos. La mayoría de esas porcinas cabezas se acoplaba a un traje impoluto, lo cual le resultó más grotesco si cabe. Sin embargo, en esa ocasión no pareció importarle. Lo daba por hecho. Al margen de que pudiera haberse acostumbrado más o menos a esas visiones, su mente no se focalizaba en ellas, sino en su propio interior, en los planes que le habían llevado hasta allí, luciendo un aspecto poco envidiable.

Iba abstraído, y su imagen exterior proyectaba calma. Se dejaba mecer, primero por el gentío mutado y luego por el runrún de las escalerillas, considerando ese como el momento que precede a los grandes retos de la vida, aquellos de desenlace incierto y que requieren perseverancia justo hasta el último segundo antes de llevarlos a cabo. Para Jonás, todo cambiaría en el instante de pisar el vestíbulo. Por ello, mientras la escalera le iba descubriendo el que sería teatro de sus operaciones, fue activando todos sus sentidos para registrar el escenario lo antes posible. Pronto ya no tendría el resguardo de la multitud y desembocaría en la extensa planta baja, que albergaba un ordenado conjunto de puntos de información, tiendas y cafeterías.

Jonás se sorprendió al comprobar que en una de estas últimas, más cerca de su posición de lo que le hubiera gustado, se encontraban desayunando Penélope y Al, en una mesa colocada fuera del establecimiento. De todos modos, ambos parecían muy enfrascados en su conversación como para reparar en su presencia. Penélope prestaba más atención a su maleta de ruedas, e intercambiaba numerosas risas con su acompañante. Viéndolos, parecían una pareja de novios más dentro de la estación, a punto de embarcarse en un viaje. Nada hacía suponer que el destino de Penélope implicara dramatismo. Jonás se iba acercando poco a poco, calándose la gorra aunque no tanto como para llamar la atención; en ocasiones, un exceso en el querer ocultarse podría ser la vía más rápida para perder el anonimato. Sencillamente, optó por convertirse en un viajero más y, con ese fin, recogió alguno de los múltiples periódicos gratuitos que parecen propiedad común por parte de los usuarios del tren.

Leyendo, esperando a alguna circunstancia inconcreta, Jonás vigiló la zona cercana a la cafetería; Al y Penélope, tras haber apurado su bebida, se estaban levantando, lo cual le hizo maniobrar para que no se cruzaran con él al salir del recinto. Un corto trecho más allá de la cafetería se encontraban unos aseos públicos, y Jonás se imaginó que hacia allí guiarían sus pasos, cada cual al que le correspondía. Antes de entrar, ella se detuvo un momento, mientras sacaba del bolso un pintalabios. Al exhibió una sonrisa mordaz y a Jonás le pareció escuchar, aunque quizá se lo imaginó puesto que conocía bien a su amigo:

- No tardes mucho, ¿eh? Que tampoco vamos a la Mansión Playboy…

En el momento en el que Al desapareció dentro del baño, Jonás se apresuró a seguirle allí dentro. Era consciente de que, al margen de que aún tuviera dudas sobre lo que iba a cometer, el éxito o el fracaso de esto mismo podría determinarse por una cuestión de segundos.

domingo, julio 31, 2011

LOS CERDOS. Entrega 43.


Jonás regresó al presente para fijar sus ojos en aquella flauta, que al final había recuperado, y que llegó al piso al mismo tiempo que él. Tenía pensado guardarla, por no despertar en su amigo un recuerdo agridulce para ambos. De hecho, a los pocos minutos Al le llamó para comunicarle que se encontraba cerca de su calle. Cuando entró a su domicilio, lo hizo tosiendo y algo confuso ante el estado del mismo, y eso que aún no había llegado a la cocina.

- ¡Vaya…!- murmuró, tras haber saludado efusivamente a su amigo.

Jonás tenía curiosidad por preguntarle dónde se alojaba esa noche, pero al final no lo hizo, suponiendo además que su amigo iba a disponer de pocas horas para el sueño.

- Aunque veas esto un poco patas arriba, puedo ofrecerte una copa. No tengo hielo… En realidad sí lo tengo pero no te gustaría su sabor, creo.

Los comentarios aumentaron la confusión de Al, pero se limitó a asentir.

- ¡Sí! Qué más da cómo esté, si me va a quemar la garganta igual… Lo necesito de todos modos.

- Lo necesitamos- precisó Jonás, yendo a buscar otro vaso a la cocina.

Al echó un vistazo hacia esa habitación, pero retiró el rostro en seguida, con disgusto.

- ¡Maldita sea, Jonás! ¿Qué es ese manto de bichos? Ya me habías dicho que el piso era viejo, pero tanto…

- Las cucarachas no las heredé. Digamos que intenté convivir pacíficamente con ellas, pero al final me acabé hartando. El gas…

- ¿Así que era eso?

Al no se sentó, sino que siguió vagando un rato por el salón, lo cual incrementaba el nerviosismo de Jonás; quería evitar de un modo más o menos educado que su amigo fisgara por el piso.

- ¡Quién lo hubiera imaginado!- dijo Al con cierta burla, tras tomarse un lingotazo de whisky- Esta es la principal investigación que te retiene aquí: un cucarachicida.

- No solo eso- replicó Jonás, algo irritado.

- Ya- dijo Al, pero tuvo que interrumpirse por un acceso de tos, que no fue provocado por la bebida- Pues para insectos no se, pero creo que a una escala más grande podrías utilizarlo de arma química. A mí ya empieza a fulminarme…

- Si quieres una máscara puedes cogerla en el laboratorio.

- ¡Oh, el laboratorio!- exclamó Al, llegando hasta ese antiguo trastero en el que el desorden le dejó más estupefacto- ¿Pero tú puedes trabajar aquí?

- El desorden es temporal- comentó Jonás, entrando tras él- Pero, vamos, no creo que vayas a encontrar mucho de interés aquí.

- ¿Cómo que no?- contestó su amigo, señalando hacia el cuadro de Penélope- Tranquilo, no voy a husmear demasiado. ¿Estamos con secretitos, a estas alturas? Pero… ¡Qué puntazo!

Al había descubierto de repente la escopeta, que le fascinó desde un primer momento y se dirigió a cogerla.

- ¡No me digas más! Era de tu abuelo, ¿verdad?

Jonás, al principio, iba a decirle que no se encontraba cargada, pero luego cambió de opinión.

- Sí. Y ten cuidado con ella, es vieja pero peligrosa.

- ¿Peligrosa?- repitió Al, observando la mirilla telescópica- Bah, ojalá hubiéramos tenido un trasto de estos y no un par de cuchillos, ¿no crees?

Pese a que aún no había localizado la flauta, Jonás comprobó que Al se había acabado refiriendo al episodio de la montaña.

- La suerte es que no la hubiera tenido el pastor- remató, lúgubre, mientras se sentaba en la cocina. Ya no tenía ganas de seguir detrás de su amigo.

Al tomó asiento también, dejando la escopeta apoyada en la pared, junto a él.

- Bien, vayamos entrando al tema, porque mañana tengo que madrugar.

- Ya algo me comentaste por teléfono, ¿verdad?

- Sí. Pero, ya que al fin nos hemos reencontrado, me gustaría hablar un poco sobre ti mismo. Si no te importa…

- Bueno, ya dijiste que ibas a ser directo, así que mejor empieza pronto.

- Te dije que estaba algo preocupado por ti. Y ahora veo que, para bien o para mal, estaba en lo cierto. Cuando nos separamos en aquel bosque pensaba que un cambio de aires te vendía bien. Y ahora me encuentro con que, en vez de aires nuevos, lo que has hecho es gasearte la casa.

- Muy ingenioso. ¿No pensarás que he intentado suicidarme?

- ¿Y por qué no?- replicó Al, sin inmutarse- Todos tenemos demonios. Y tú también, no creas que Penélope y yo no hemos hablado de eso. Y, perdóname que te diga, ella no va a poder ayudarte, pero yo sí. Para ella puede ser vital el quedarse en ese centro, pero yo sí puedo permanecer contigo en este piso, hasta que logres superarlo.

- ¿Hasta que supere el qué?- replicó Jonás con acritud, aunque era consciente de que perder los nervios iba a favorecer la tesis de su amigo- Mira, si lo que crees tú, o ella, es que se me está pirando la pinza, suéltalo ya y no marees la perdiz, por favor. ¿Estoy loco?

- Te estás volviendo loco. Eso es lo que Penélope notó en ti y, obviamente, ella tiene bastante experiencia en ese tipo de percepciones. Lo siento, Jonás, yo también lo veo. Y, como no estoy acostumbrando a verte así, el cambio me parece más fuerte. Tú siempre fuiste el formal, el estudioso… Yo era el que cometía locuras. Y puede que, después de todo este tiempo, si te da por cometer a ti una locura sea una locura acumulada, enorme, espantosa. Ya no solo cargarte a un puñado de bichitos. ¡Esa es la punta del iceberg! Y por eso quiero que, de momento, estés lejos de ella, que esperes al menos hasta que su situación sea más estable.

Pese a que el tono de Al no podía ser más comprensivo, Jonás se levantó con una mirada fulminante que su amigo no evitó, sabedor de que sus palabras podrían provocar una brecha entre ambos.

- La conclusión a la que llego- murmuró Jonás, arrastrando las palabras, al tiempo que las imprimía un matiz amenazante- es que tú quieres que me aleje de Penélope. A su vez, ella también me quiere lejos. Y mañana vais a ir a la estación para salir de viaje, hacia un destino en teoría conocido, y yo no estoy permitido siquiera a acompañaros para despedirme. Llámame loco si quieres, no te faltarán razones. Del mismo modo, te digo que no tengo por qué creerme nada de lo que me estás contando, ni de lo que me contó ella. Puedo creer que mañana vais a desaparecer juntos, así de simple.

Al se levantó de un modo brusco, de tal manera que la escopeta cayó al suelo, con el cañón apuntando hacia la puerta de la cocina. Observó a Jonás como si aceptara su desafío, lejos ya toda actitud de comprensión. De hecho, le propinó un pequeño pero enérgico empujón, que hizo que el cuerpo de Jonás se balanceara un poco hacia atrás pero no amenazó su equilibrio. Por si acaso, ya tenía localizada la escopeta como medida disuasoria; reculó hacia la cocina, siendo conducido hacia allí por el avance de su amigo.

- ¡Eres un imbécil!- le increpó este, con otro empujón que le hizo traspasar el umbral de la cocina- No me puedo creer que todavía sigas obsesionado por lo que pudiera pasar entre ella y yo. ¿Pero es que no tienes ojos en la cara? O, mejor dicho, ¿no tienes un ápice de sensibilidad?

Jonás comenzó a pisar cucarachas muertas, temiendo que, si Al volvía a empujarle, podría resbalar y estamparse contra ese repugnante suelo.

- ¿Cómo puedes estar celoso? ¿Cómo?- continuó Al- ¿Para eso viniste a buscarme a la montaña? Y todavía insinúas que estoy con ella… Pues mira lo que te digo, ojalá no la hubieses traído allí. Ella no tuvo la culpa, pero su presencia lo trastocó todo. Si de mí dependiera, jamás habríamos salido de ese claro en el bosque. ¿No crees que sería lo mejor, Jonás? Tú y yo viviendo juntos, al margen del mundo, como en esas églogas que todavía no he sido capaz de escribir. ¿Y si todavía estuviéramos a tiempo? ¡Tú y yo, desaparecidos para siempre, que se joda el mundo!

Una maligna sonrisa se dibujó en el rostro de Jonás.

- Todavía estamos a tiempo de desaparecer juntos- le dijo, y recogió la escopeta del suelo, ofreciéndosela a Al.

Este, en principio, no supo muy bien a qué se estaba refiriendo, no desde luego a sus ideas bucólicas. La mirada de Jonás oscilaba entre su amigo y el depósito de gas natural que se alzaba en la cocina. Al comprendió finalmente.

- ¿Eso te gustaría?- exclamó, agarrando la escopeta- ¿Qué saltásemos por los aires? Vamos, tú no me ofrecerías una escopeta cargada. ¿Te crees que soy gilipollas? ¡No te rías de mí!

Al enfureció, golpeando con la culata de la escopeta el pecho de Jonás, quien, como temía, se cayó al suelo pero arrastró con él a su ofuscado colega. Ambos forcejearon por el control del arma, si bien de modo poco violento, hasta que se la quedó su legítimo propietario y Al se enderezó, asqueado, necesitando otro trago.

- ¡Gracias Jonás!- gruñó- ¡Gracias a tu plaga acabas de anular las pocas horas de sueño de las que disponía, y salimos a las ocho!

Al se llevó la mano a la boca, demasiado tarde. Hizo un gesto jedi con los dedos, moviéndolos delante de Jonás.

- Tú no has escuchado nada de esto- exclamó, con voz robótica.

- Tus frikadas son inútiles conmigo- se burló Jonás desde el suelo, en el fondo encontraba bastante mullida la alfombra en la que se habían convertido las finadas cucarachas.

- Mira, no tengo tiempo para discutir contigo más. Si piensas sobre lo que te he dicho, mañana no aparecerás allí. Cuando vuelva de ese sitio te llamaré, ¿vale?... ¡Ah! Si no es molestia, voy a tomar un par de cosas para el camino.

Al le cogió una de las botellas, no la de Lambrusco y, antes de que él pudiera reaccionar, le agarró por los brazos para enderezarle un poco, hasta que él pudo agacharse y plantarle un beso en los labios; no introdujo la lengua, pero estuvo algunos segundos con la boca abierta, abarcando la suya, hasta que se despegó y, sin mediar palabra, salió del piso.

Jonás, después de esa brusca y no esperada incorporación, volvió a tumbarse en el suelo, ya no le daba tanto asco y, de hecho, se estaba adormilando. Su estado le pareció una suerte de variación sobre el cuento de La bella durmiente; Al le había besado no para despertarle, sino que para que se durmiera y, de ese modo, no albergara la tentación de dirigirse a ese tren, en el caso de que supiera a qué tren dirigirse. Si esa hubiese sido su intención, cerca hubiera estado de conseguirla, pero al fin Jonás se impulsó para ir, en primer lugar, a lavarse las manos. Luego salió de la cocina, y comprobó que Al le había sustraído la botella menos vacía. Ahí su amigo ya no habría obrado con tanta pericia, pues apurar todo el alcohol restante sí que hubiese dejado fuera de combate a Jonás, mucho más allá de las ocho de la mañana.

Se conformó con lo que había, y recogió la escopeta del suelo. Con esta, regresó al laboratorio, dentro del cual sintió una inesperada paz dentro de su desorden. Dejando el arma, iluminado por alguna idea súbita, comenzó a contribuir a ese caos revolviendo más aún el armario, del que extraía todo tipo de objetos, incluso los que parecían más insignificantes. Se detuvo de forma especial en una vieja mochila de excursionista; comprobó su capacidad y que, pese a su apariencia poco lustrosa, no había perdido resistencia en las asas. La apartó hacia algún rincón libre del cuarto, si es que eso era posible, y continuó el registro.


jueves, julio 28, 2011

LOS CERDOS. Entrega 42.

Ajenos a lo que sucediera en el lugar de acampada, Al y Jonás se hallaban dentro de un relajante espacio de sobremesa, tumbados uno junto al otro en el marco del fresco refugio. Jonás, al menos por unos instantes, sí había olvidado a Penélope, al campamento y, bajo los efluvios del vino que comenzaba a surtir efecto, agarró la flauta para intentar sacar algunas notas. No lo consiguió a la primera, pero eso no parecía importar a su compañero, que se había abstraído, luciendo una sonrisa de placidez que en otro contexto podría haberse tomado por bobalicona, con la mirada perdida entre las copas de los árboles. Con el brazo derecho rodeó el hombro de Jonás, atrayendo su cabeza hasta que se rozó con la suya. Él no pareció incomodarse por esas muestras de afecto, quizá por la bebida o porque el reencuentro entre los amigos en verdad hacía que estuvieran justificadas.

- Esta es mi idea de la felicidad- declaró, de modo solemne, sin volver la cabeza hacia su amigo- Este entorno, esta comida y, ahora, tu compañía, que era lo que me faltaba. Ya no necesito más inspiración, creo que pronto podré ponerme a escribir.

No obstante, la armonía en la que se encontraban se rompió cuando hacia ese lugar apartado llegaron los ecos de un estridente silbido. Se rompió tan solo para Jonás, que se incorporó como si en ese mismo momento hubiese recuperado la memoria. Al permaneció en la misma postura, todavía con el brazo extendido y frunciendo el ceño en señal de disgusto porque Jonás hubiera desecho una imagen idílica para él.

- ¿Qué sucede?- exclamó.

- El silbato. ¿No lo oyes?

- Sí. Algo me parece escuchar. ¿Y qué? Será el pastor ese llamando a las cabras o algo así.

- No, no te lo conté. Antes de marcharme le di a Penélope un silbato, para que me llamara si pasaba algo.

- Igual no pasa nada. Igual solo se está impacientando porque no vuelves… O eso o que te echa de menos.

- ¡Vamos, Al! No me voy a quedar con la duda. Puedes estar aquí si quieres, si todo va bien volveré con ella.

- Oh, no, no- replicó Al, levantándose con torpeza- Si tú vas, yo voy. Y, si es una urgencia, creo que sabré llevarte hasta el valle de una forma más rápida que cuando tú llegaste aquí.

Al tomó el papel de guía y, dejando allí los restos de la comida y cogiendo solo lo que creyó necesario, como su navaja, empezó a correr por entre los árboles con una agilidad que Jonás nunca hubiera imaginado­; era como si su amigo, tras una breve convivencia con el espacio natural, se hubiera adaptado de tal modo que a él le costaba seguirle; las ramas le azotaban el rostro y, al menos así, le hacían olvidar las copas de vino que había tomado. Jonás estaba atento al sonido del silbato, que resonó un par de veces más hasta que se ahogó, creándole una gran sensación de alarma.

Si bien al principio pareció tomarlo a la ligera, observó que Al se deslizaba por el bosque con la navaja en la mano, como preparándose para cualquier contingencia. Y la apretó con más fuerza cuando, al desembocar en el valle, vieron a dos figuras que forcejeaban en el suelo; aquella que estaba encima de la otra, por su apariencia, fue reconocida como la del pastor, también por parte de Jonás. Alrededor se encontraba el rebaño de cabras, que huyó despavorido cuando Jonás y Al, ya sin ninguna duda acerca de lo que estaba sucediendo, corrieron hacia allí con una desencajada expresión de furia, blandiendo ambos sus armas de filo.

Penélope estaba en el suelo pero, ni mucho menos desvalida, luchaba bravamente por el control del mazo, que Polifemo intentaba arrebatarle con una mano. La otra no la tenía ociosa, sino destinada a aquel fin que ella había temido; había apretado sus pechos, como si la estuviera ordeñando, le había arrancado el sujetador de un tirón e intentaba romper su camiseta, encontrando más resistencia de la que hubiera esperado. Los perros, al notar a los intrusos llegando a la carrera, se abalanzaron sobre ellos, pero no habían contado con que los dos amigos, al ver a Penélope dentro de aquel peligro, enfurecieron hasta tal punto que, aullando como demonios, comenzaron a cortar el aire con sus cuchillos, y alguno de estos tajos recayó en el lomo de los mastines, que se retiraron con un lastimero gruñido.

- ¡Suéltala, cabrón!- gritó Jonás cuando ya estaba cerca de ellos.

El pastor, pese a su apariencia ruda, no pudo por menos que acobardarse al ver a los dos jóvenes que parecían muy dispuestos a apuñalarle, se levantó y empezó a correr a través del valle. Al se agachó para abrazarse con Penélope, pero Jonás no paró de correr; no sentía el cansancio, solo un hormigueo de odio que le impedía detenerse.

- ¡Jonás!- dijo Al- ¡Párate, es peligroso, no conoces esta montaña! ¡Deja que se vaya, le denunciaremos!

Pero Jonás no quería escucharle, solo estaba preocupado por no perder de vista al fugitivo; siendo realista, supuso que Al tenía razón, que no podía disputar una carrera con el pastor en su propio terreno, pero no iba a arrojar la toalla hasta que no viera cómo la forma se perdía en el horizonte.

- Penélope, cariño, voy a tener que seguirle- le dijo Al, estampando un beso en su mejilla- Esto puede acabar mal.

Ella, que agarraba el mazo temblorosamente, sin articular palabra por el estrés postraumático, solo pudo asentir y ver cómo Al se unía a la persecución, ya no contra Polifemo sino para detener a su propio amigo. No obstante, ella no quería desempeñar un mero papel de víctima, y por eso se esforzó en levantarse de ese suelo que la había visto casi rendida, dispuesta a seguirlos aunque fuera de lejos. Su agresor había llegado hasta un terreno en el que creyó encontrar una buena opción de escapada. Se trataba de una ladera cuesta abajo, de una cierta inclinación; estaba sembrada de piedras, algunas de un tamaño considerable, lo cual imprimía bastante dificultad a la bajada; eso lo consideró una gran ventaja en su beneficio.

El denominado como Polifemo no era estúpido, desde luego; se dejaba llevar, aparte de por sus instintos primarios, por una astucia asimismo primordial, un instinto que le llevó a considerar que Jonás nunca podría seguirle por aquellas rocas. Hubo un matiz que no tuvo en cuenta, el que, antes de lo que se imaginaba, Jonás llegó corriendo hacia su posición y se arrojó hacia él, con el cuchillo de su abuelo en ristre. Por fortuna para él, de un manotazo el pastor logró que Jonás arrojara el arma hacia las rocas, donde se perdió en alguna rendija que lo haría irrecuperable en esas circunstancias. Jonás cayó encima del cuerpo de Polifemo, ambos aterrizaron al borde de la ladera, en un precario y peligroso equilibrio. Jonás, una vez hubo perdido el cuchillo, solo tenía las de perder porque a fuerza bruta le ganaba de sobra su adversario.

Una mano, la misma que había apretado los pechos de Penélope, se dispuso a apretar el cuello de Jonás, y le hubiera dejado sin respiración si no llega a ser por la intervención de Al, que propinó al pastor una patada en el rostro, arrojándole hacia atrás. Algunas piedras comenzaron a rodar ladera abajo, y Al temió que, si no se alejaban de allí, el riesgo de un derrumbe iba a ser excesivo.

- ¡Jonás, vámonos!- gritó, al tiempo que le ayudaba a levantarse, su amigo estaba tosiendo tras el intento de asfixia; luego se dirigió al pastor- ¡Y tú, desaparece de mi vista! ¡La próxima vez que quieras follar, con una mujer, ya puedes ir ahorrando, aunque tendrás que esperar hasta que salgas de chirona!

Las palabras de Al parecieron impresionarle pero, en vez de huir, pensó que lo mejor sería librarse de esos molestos testigos; cogió del suelo un canto tan grande como su puño, que arrojó con pericia hacia la cabeza de Jonás, y estuvo a centímetros de impactarle. Por el rabillo de su único ojo, Polifemo observó que Penélope también se acercaba hasta allí, aunque ella no se viera muy capacitada para caminar deprisa; eso le excitó más hacia la pelea, ya se había calentado con los preliminares y tuvo claro que, una vez hubiera terminado con sus defensores, la violación le iba a saber a gloria, ella pagaría el doble por toda la tensión que se encontraba viviendo. Así animado, comenzó a recoger una piedra tras otra, que iban a estrellarse a escasa distancia de sus oponentes.

- ¡Joder!- exclamó Al, mientras esquivaba una que le pasó rozando- ¡Ahora sí que te has ganado el mote de Polifemo!

Jonás, repeliendo como podía esa nueva agresión, pudo observar cómo el intento de homicidio que estaba llevando a cabo el pastor podría convertirse en suicidio pues, dentro de la furia con la que estaba recogiendo piedras del suelo, pareció no darse cuenta de que estaba creando una peligrosa inestabilidad en el mismo.

- ¡Para ya, gilipollas, vas a matarte!- le advirtió, pero no fue suficiente.

El suelo bajo los pies de Polifemo comenzó a correrse, en un inicio de desprendimiento. Él tropezó hacia atrás y se cayó, rodando cuesta abajo y siendo enterrado por una avalancha de rocas, algunas grandes como megalitos funerarios que fueran a rubricar su desdichado fin. Los tres jóvenes observaron, con la boca abierta, el fondo del barranco, en el cual no se veía ni una mínima parte del pastor.

- Bueno, a ese ya nadie le saca de ahí- dijo Al, viendo que ninguno de los otros rompía el silencio- Ha tenido un fin triste, pero el que él mismo se ha buscado.

- ¿Estás seguro de que nadie le sacará de ahí?- replicó Jonás.

- Bueno, ¿y quién le echará de menos? ¿Sus perros? ¿Sus cabras?

- No le echarán de menos, pero verán que ha desaparecido. Y nosotros seremos sospechosos.

Aun en esos momentos de tensión, Al no pudo contener las carcajadas.

- ¿Pero qué dices? ¿Sospechosos? Ese tío primero intenta violar a Penélope, luego intenta ahogarte, luego nos zumba una lluvia de pedradas y, al final, se entierra a sí mismo, aunque posiblemente ya estaba enterrado en vida. ¿Y nosotros tenemos culpa de algo? ¡Díselo a Penélope!

La aludida no había intervenido hasta entonces, porque todavía estaba asumiendo el trago por el que se vio obligada a pasar. Trató de calmarse, y que las palabras pudieran brotar con naturalidad.

- Aquí no estamos hablando de si él se lo merecía o no. Por lo que a mí respecta, creo que sí. Pero, pensando fríamente, entiendo a Jonás. Sí, podemos decir que él tropezó y se cayó. Pero también nos podrían decir que le tiramos nosotros, que le enterramos porque ya lo habíamos matado. La única solución es que pensemos sobre esto con calma y alcancemos un acuerdo los tres.

- ¿Con calma?- repitió Jonás, sintiendo que esa vez sí iba a perder el control- ¿Me vais a pedir calma, si por enredarme con vosotros voy a pasar de científico prometedor a supuesto asesino de un tarado follacabras? ¡Sois una maldita pareja de dementes!

- Jonás, estás yendo demasiado lejos- protestó Penélope, con un tono gélido.

- ¿Y te quejas de nosotros?- añadió Al, encarándose con él- ¿Acaso te pedí yo que vinieras? Ninguno de nosotros tiene la culpa, ha sido el fatum.

- ¿No puedes hablar normal por una vez?- apostilló Jonás.

- El fatum, - repitió Al, ignorándole- el malhadado destino. Por un momento pensé rozar la felicidad, cuando estábamos allí en el bosque, uno junto al otro… Pero el destino nos mandó a ese cabrero, como podía haberse servido de cualquier otra herramienta. ¿Tienes miedo, Jonás? Muy bien, pues recoged el campamento y marchad. Vete de aquí, y vete de la ciudad, busca alternativas, te vendrá bien. ¡Ah! No te olvides de recoger la flauta. Es un regalo, y me ha parecido que lo aceptabas. ¡Allí te espero!

Al se marchó corriendo, en dirección a su refugio boscoso. Jonás no quiso seguirle, finalmente explotó y cayó, llorando, entre los brazos de Penélope, que también dejó salir sus sentimientos del mismo modo. Jonás se sentía reconfortado en el abrazo; al mismo tiempo, notó remordimientos que le atacaban porque él había disfrutado el descanso, algo ebrio, mientras ese cuerpo al que se amarraba estaba a punto de ser ultrajado, de convertirse en un objeto y, si se resistía mucho, quizá hubiese quedado tan inerte como un objeto.

- En parte, creo que Al tiene razón- susurró Penélope- Quizá te venga bien dejar todo esto. Una temporada, por lo menos. No se trata de que él o yo queramos que te vayas. Eso tendrá que salir de ti mismo.

Jonás se despegó de su cuerpo y, sin mediar palabra, comenzó a tomar la senda hacia el bosque.

- Voy a intentar solucionar esto- declaró, cuando ya había caminado unos metros; de repente, se dio la vuelta, y Penélope, con una sonrisa más bien triste, señaló el silbato, como si se hubiera adelantado a sus pensamientos.

- No creo que vaya a volver a necesitarlo…- exclamó ella.

domingo, julio 24, 2011

LOS CERDOS. Entrega 41.

Jonás se internó por la floresta, sin tener una ruta prefijada, suponiendo que, como la masa boscosa que rodeaba al valle tampoco es que tuviera una extensión muy vasta, era poco probable que se perdiera; saldría hacia el otro lado del valle, en todo caso. Antes que por un sendero, comenzó a guiarse por un extraño y agudo sonido que llegaba hasta él. Al principio lo atribuyó a los pájaros, pero a medida que se iba acercando más a él lo tomó como proveniente de alguna clase de instrumento. Siguiendo su rastro, alcanzó un claro en el que, tumbado a la sombra y junto a un arroyuelo, Al se encontraba tocando la flauta de pan, la misma que con el tiempo terminaría en su trastero. Su amigo, en efecto, se había vestido de pastor, con un zurrón y algunas viandas diseminadas en un mantel a su lado; un pastor aún sin ganado, como había supuesto él. Al observarle, el joven no se sorprendió, sino que le sonrió desde el sitio.

- ¡Bienvenido, Jonás! ¿Qué es esa cara? ¿Esperabas que me sorprendiera? Bueno, me estoy acostumbrando a la montaña, y mi oído también; por otra parte, tenía la esperanza de que podría veros algún día. Es el signo de que no me habéis olvidado. Y te felicito, ¿cómo me has encontrado tan pronto?

- Bueno, no se me ocurrían muchos más sitios.

- Pues, ya que has descubierto mi refugio, voy a ofrecerte algo de mi hospitalidad. ¡Venga, siéntate aquí! Estoy disfrutando esto mucho más que cuando éramos pequeños. Creo que ahora lo veo bajo una sensibilidad nueva.

- Me encantaría, Al, pero debería volver a donde he dejado a Penélope. Ella podría preocuparse si tardo mucho… O si no vuelvo contigo.

- ¡Bah! Esa chica se las apaña bien, te lo aseguro. ¿Habéis subido la montaña y llegado hasta aquí, del tirón? Vamos, no puedes seguir sin un frugal tentempié de pastor.

Después de todo lo que le había costado lograr ese reencuentro, Jonás no tenía ganas de disputar por las cuatro rodajas de queso que Al estaba cortando con una navaja. Y tampoco tenía la menor gana de rechazar su invitación, pues andar le había abierto el apetito y no se aprovisionó al abandonar el campamento. Al fin se sentó plácidamente a la sombra, junto a su amigo.

- ¿Te gusta mi locus amoenus?- inquirió Al, sirviéndole en un tosco plato las rodajas con un poco de pan de hogaza.

- Eso no se, pero la merienda tiene una pinta estupenda.

- Sí, para que sepa bien hay que regarla con el contenido de este odre- dijo Al, sacando una bota de vino, de la cual sirvió un poco en un asimismo tosco vaso de madera.

- ¿Un odre? Pues a mí eso me parece una típica bota.

- Ya, bueno… Pero, en este entorno, creo que merece la pena interpretar un poco, ¿no?

- Ya…- replicó Jonás, burlón, alzando la copa- Como cuando estábamos en el estudio de Penélope, ¿verdad? Tenemos que hacer una violación de esas.

- ¿Cómo?- inquirió Al, aturdido.

- Espera… No, no. Libación. Ja, ja.

Al sonrió, por la confusión, y alzó su copa junto a la suya, brindando.

- ¡Por nuestro reencuentro! Aunque todavía no es completo, tendremos que repetir esto cuando bajemos con Penélope.

Lo cierto era que Jonás, tras haber apurado con avidez su copa, comenzaba a olvidarse de su compañera de travesía. Sentía una fuerte curiosidad por el tipo de vida que Al había estado llevando desde que decidió abandonar la civilización.

- Y, dime, ¿ya te has acostumbrado a tu vida como pastor?

- De momento estoy en una fase de adaptación- comentó Al, arrojando lejos de sí la corteza del queso- Pero sí que he conocido a un pastor auténtico. Por desgracia, no hacemos buenas migas. No le veo como mi compañero de églogas. El pobre es feo, desentona con esta belleza natural, y le falta un ojo. Siendo poco original, le he bautizado como Polifemo. Es de pocas palabras y mejor así, porque ya me resulta inquietante estando callado… Pero, ¡en fin!, yo voy haciendo progresos. ¿Has visto mi flauta de pan? La he diseñado yo mismo.

Al le ofreció la flauta, que en efecto tenía todo el aspecto de ser de manufactura propia.

- Me gustaría que aprendieras a tocarla.

- ¿Estás de coña?- replicó Jonás- Instrumentos de laboratorio todos los que quieras, pero ya sabes que esto no es lo mío.

- Da igual. Si vives en este sitio, aunque sea una temporada, verás cómo te dejas llevar por la música, lo que salga de ahí te parecerá un sonido celestial aunque igual no te dieran ni unas monedas si la tocaras en la calle. Y, si no quieres, no la toques. Quédatela como un presente de mi parte. De este modo enterraremos ese desencuentro que tuvimos la última vez. Tenía la esperanza de que vendrías, de que las cosas no podrían terminarse así.

- ¡Vale! Me la quedo. Si me dejan sin fondos para investigaciones, preferiré tocar esto antes que un acordeón.

Ajena a este ágape del que, por distancia, se hallaba necesariamente excluida, Penélope estaba ultimando el montaje de la tienda de campaña, clavando piquetas en el suelo con un mazo neumático. De repente escuchó cómo los cencerros y ladridos que ya habían notado se acercaban hacia su posición, lo cual en principio no tenía por qué inquietarla; siguió a lo suyo, mientras se aproximaba un reducido rebaño de cabras, custodiado por un par de mastines que se acercaron a ella amenazantes, enseñando los colmillos.

- ¡Qué monos!- exclamó con burla, mostrando el mazo para que vieran que ella tampoco es que se encontrara desarmada. Como la mayor parte de los urbanitas, tenía unas ciertas nociones acerca de qué peligros encontrar en el campo, y mostrar miedo ante los perros no era la mejor idea para mantenerlos a raya. No obstante, un silbido del pastor hizo que se retiraran.

Este apareció después, y su sola visión hizo que Penélope no pudiera disimular una mueca de asco. Era el mismo al que Al se había referido como Polifemo. Además del parche en un ojo, todo su aspecto parecía señalar que el hombre estaba tan lejos de todo contacto humano que no se había molestado en conservar una apariencia algo agradable. Le dominaba la suciedad tanto en el físico como en la ropa y un cabello tan áspero como la maleza del lugar. Penélope dedujo que, bajo esa capa de mugre, habría un hombre no muy mayor en cuanto a edad, pero descuidado, poco agraciado y, lo que más le inquietaba, con un comportamiento extraño que podría acarrear malas intenciones.

- ¡Hola!- exclamó Penélope, fingiendo un tono agradable.

No obstante, el pastor no hablaba. Sumido en el silencio, se limitaba fijar su único ojo en ella, como embobado. Eso le pareció Penélope, o tímido o retrasado mental.

- ¿Hola?- repitió- ¿Pasa algo malo? ¿Es que te he invadido los pastos? Porque, vaya, creo que el valle es lo bastante grande…

Penélope no quiso hacer el esfuerzo de justificarse. Le resultaba absurdo; aquel tipejo, probablemente, ni la estaría escuchando. No le interesaban sus palabras, y temió que sí lo hiciera su cuerpo, de ahí su fijación y el aletargamiento, que se diría el estado previo de una bestia salvaje lista para saltar en cualquier momento.

- ¡Muy bien!- exclamó, blandiendo el mazo- No me hables si no quieres, pero tampoco te acerques demasiado. Si no tuve miedo de tus chuchos, tampoco lo tendré de ti.