lunes, octubre 31, 2011
Lluvioso Halloween.
Por mi parte, mi mejor homenaje a esta fecha hubiera sido visionar una buena película de terror, no como las que echan en la televisión, salvo excepciones. Otra noche será. Ahora demos la bienvenida a otro mes de clase, el único íntegro en lo que resta de cuatrimestre (hay que empezarlo con ánimo positivo, si no vamos listos).
lunes, octubre 24, 2011
Genealogía de móviles.
Poco importa que hoy haya sido el día más largo y pesado de la semana, no quiero que pase sin haber dejado constancia, aunque sea solo gráfica, de la celebración de mi cumpleaños. Por la tarde sufrí un boicot por parte de mi móvil, y suerte que pude cambiar la tarjeta a un primo lejano, más moderno, otro Nokia al que apodé El Rojillo, móvil de transición que he cambiado por su hermano gemelo, El Negrillo. No hay ninguna connotación aquí, solo los llamo así por su color, casi siempre he puesto apodo a mis móviles. Siempre en nuestro recuerdo estará el Huevomóvil, el auténtico móvil de los Abrasadores, con La cabalgata de las valkirias de Wagner. Pero, en fin, la vida de estos cacharros cada vez es más efímera. Y lo peor de todo es que de la noche a la mañana, sin dar síntomas, pueden estar a punto de arruinarte un evento así.
La foto está tomada en Mary te Quiero, pizzería que sufrió una metamorfosis desde que era la Latina, hacia un decorado más kitsch pero que no ha cambiado como punto de encuentro para primos ansiosos por degustar las botellas de vino de Antonio Banderas o las de Lambrusco con las que estamos brindando. Una de las degustantes es de la propia Emilia, cuna del caldo italiano, y parece que al menos dio su aprobado a este. Con Juan y Espe presentes, pudiera entenderse el brindis asimismo como un recuerdo a la abrasadora Car, que podrá reintegrarse a la convención de MTQ, esperemos, en Navidad. Por cierto, en su afán de transformismo este lugar no solo tiene bancos multicolor sino que ha incorporado a la carta sandwiches como los de Rodilla, ¡qué recuerdos! En fin. Solo quiero dejar constancia de esto y de que lo pasé muy bien y que no debo sentir los años porque el Lambrusco, dentro de su traición afrutada, me produjo con treinta años, en la jornada postrera, el mismo dolor de tarro que con veintinueve. Pero mereció la pena... Y a ver la próxima celebración, en la que (digo yo) ya podré dármelas de licenciado.
jueves, octubre 20, 2011
Bye, bye, gobernador de Libia.
Habrá quien no entienda, con toda razón, el epígrafe de este blog. Diré que tiene conexión con una canción de Franco Battiato, Carta al gobernador de Libia. Diría más, pero tampoco las fuerzas dan para mucho y... ¡he venido aquí para hablar no de mi libro, sino de mi cumpleaños!
El anterior gobernador de Libia, los de la boina, todos se conjuran para restarme protagonismo, ja, ja. Mientras sea para bien... Porque, tanto aquí como en Libia, es de desear que se abra una etapa de esperanza que además, simbólico evento, coincidiría con mi aniversario número treinta. ¿Acaso no es una buena noticia alcanzar una nueva década en la existencia? A mí no me resulta deprimente porque mi yo de treinta años ha evolucionado bastante a partir del yo de veinte (quizá en algunas cosas involucionado, eso sería caso aparte) y, si a partir de los veinte fui capaz de afrontar metas antes no sospechadas, no veo por qué ahora no vaya a poder suceder lo mismo.
No podemos elegir, claro está, que el día de nuestro cumpleaños sea festivo, por eso ha caído en la jornada con más clases. Menos mal que el churrasco de la cafetería pudo elevarme un tanto la tensión; al final, recordando el reboot o precuela (?) de El planeta de los simios (excelente, por cierto), volví a mis ancestros simios y cogí el hueso con la mano para comerlo a mordiscos y dejarlo mondo y lirondo. En realidad, fue un acto de protesta; estoy ya cansado de esas personas que no saben comer un filete sin rallar con el cuchillo en el plato. O yo soy hipersensible, o la peña está abotargada. La primera opción es más viable. Un simio hipersensible.
En fin, mañana, tras la única hora de clase, comenzarán los preparativos de mi celebración. Pretendo que sea austera, pero, no obstante, que marque cierta línea de lo que puede dar de sí esta década entrante. Sea como fuere, gracias por estar aquí un año más.
domingo, octubre 16, 2011
Con alcohol no tiene sentido.
También pone: Con alcohol no sientes. ¿Qué es lo que no se siente? ¿Aludirá a los cinco sentidos o a otras sensibilidades que sí es posible activar, quizá ralentizadas, con el consumo de alcohol? Quién sabe, en todo caso veremos si mañana sigue el mantelito de marras.
A mí el alcohol no me aísla pero, confieso, puede dormirme. Ayer me pasó. Además, antes había cometido un error que me resultó casi inexplicable. Por suerte, un bache de esos en los que te metes casi voluntariamente y luego, en la mayoría de los casos, eres capaz de salir por tu propio pie. ¿Estaba dicho error en relación con el alcohol? Bueno, se supone que esta sustancia me tendría que haber ayudado a evitarlo... En este primer mes he abierto algunos frentes y, la verdad, puede que haya que tener un poquito de paciencia para ver resultados, si es que los hubiera. Así que, señores ideólogos de la universidad, seamos francos: con alcohol, la moderación sí tiene sentido. Como en tantos otros aspectos de nuestra existencia. Esa sería la propaganda más eficaz.
martes, octubre 11, 2011
Impresiones preliminares.
miércoles, octubre 05, 2011
Quinto aniversario.
Han pasado cinco años desde que vivía en el piso de la foto, cuando aquellas tazas de té aún no estaban destrozadas y el traje con el que me iba a disfrazar, pero con el que en aquel momento trabajaba, no había sido aún sustituido por el más informal uniforme de universitario.
A finales del 2006, la eclosión de las redes sociales quedaba un poco lejos para mí, inicié este blog sin pensar en una posible continuidad a largo plazo. Las andanzas en el Corte Inglés eran lo bastante jugosas como para que evitara desperdiciar el plasmarlas en un blog al que al menos tuvieran acceso mis compañeros de trabajo y un reducido círculo de seguidores, algo que no ha variado hasta hoy, si bien hay ciertas rachas en las que he tenido múltiples visitas, incluso de lugares tan improbables como Irán o India. ¿Qué se les habrá perdido aquí?
Bajo la invocación del Gobernador de Libia (el simbólico, el actual ya poco gobierna), comencé la nueva experiencia que me ha aportado sensaciones positivas, quizá también alguna negativa. Un espacio como este, claro está, depende mucho de los vaivenes de nuestro devenir. Yo en aquel entonces no tenía decidido completar mi antigua carrera aquí en León, de manera presencial. ¡Acabarla con treinta años! Al comienzo parecía deprimente, pero estoy a punto de cumplirlos y, francamente, se me ha pasado muy rápido. Es el curso final. La mayor parte de materias son atrayentes y, sí, tengo un cierto cansancio, pero no tanto por el trabajo en sí sino porque quiero abrir nuevos horizontes y dejar atrás esta etapa. Bueno, es cuestión de meses, digo yo.
El blog ha bajado en número de entradas, sin que ello implique desidia por mi parte. Ni todos los años son iguales, ni siempre se tiene algo demasiado interesante que decir. Lo único evidente para mí es que, a menos que suceda algo imposible de prever, quiero continuar con este espacio que, en el efímero mundo cibernético, ha cumplido la respetable edad de cinco años. Aquí me tendréis, y aquí os espero. Gracias por haberme acompañado en el trayecto.
lunes, septiembre 26, 2011
El día del No Comienzo.
viernes, septiembre 23, 2011
Día de la Visibilidad Bisexual.
Os adjunto esta noticia aparecida en internet:
http://www.ileon.com/actualidad/008965/los-bisexuales-reclaman-una-sociedad-plural
No está mal para una ciudad como León... ¡Feliz día!
jueves, septiembre 15, 2011
Red State.
Esta película es sorprendente en varios sentidos. Para empezar, es de Kevin Smith, que ha tocado muchos palos y se ha estrellado en unos cuantos. El comienzo es muy suyo: tres adolescentes acuden a la llamada del sexo fácil a través de internet con una mujer mayor que ellos. Vista en versión original, os aseguro que el fuckómetro (el medidor de la palabra fuck) está cerca de explotar por sobrepasar los límites. Sí, tiene detalles de humor que se podrían decir a lo Kevin Smith, como ese sheriff que hace cruising de incógnito (o al menos eso le gustaría a él). Pero, si al principio pudiera parecer una comedia, ¿en qué se convierte luego? Por momentos, en una especie de thriller con retazos de terror. Ya sabéis, los jóvenes encerrados que intentar escapar de un grupo de pirados.
No obstante, hacia mitad de la película se produce un cambio, la historia se convierte en un asedio, con ciertos ecos del salvaje oeste, y termina como una metáfora de Estados Unidos tras el 11-S, y cómo para acabar con un grupo de terroristas (que no merecen mi compasión, desde luego) unos burócratas no dudan en dar órdenes de disparar a todo lo que se mueva, aunque sean niños pequeños. Al final, todo un caos en el que solo se salva la dignidad del personaje de John Goodman y que, curiosamente, concluye a través de una graciosa casualidad.
Pues nada, si os animáis descubriréis a un director que se reinventa, una película que no es la típica de horror adolescente sino que toca las pelotas, y cómo la posibilidad de tener sexo gratis y fácil puede esconder una contrapartida chunga. ¿Y por qué se llama Red State? Bueno, supongo que si os metéis en internet podáis resolver fácilmente ese punto...
domingo, septiembre 11, 2011
Estampas matritenses (y II).
Aprovechando que la edición de entradas de este blog parece haber felizmente cambiado a mejor, voy a dedicar esta segunda parte a la memoria de aquellos amigos a los que las razones profesionales, o de otra índole, han llevado a establecerse en la capital, como también yo en su día estuve allí hasta que decidí regresar a por Filología, pese a considerar que cinco años podían ser demasiados. Pues ya veis... Pronto empieza el último acto. ¡Telón!
Yendo por la céntrica Malasaña, te puedes encontrar de todo, como esta terraza situada enfrente de un cine X (¿pero queda alguien que vea ese tipo de películas en sitios así? O acaso irán a... Miedo). Ahí arriba estoy con Nacho, y este posa con Jose no en el sofá de su casa, sino en un bar de la calle Barco, con una decoración muy hogareña a la par que confortable. Tanto, que nos dejaron entrar con unas deliciosas pizzas cortadas al peso en un establecimiento de al lado, de una masa fina y muy diferente a los mazacotes de esos puestos abiertos hasta altas horas de la madrugada y cuyo fin principal parece ser el de absorber el alcohol a través de toda su grasaza.
No querría terminar sin tener un recuerdo para un buen amigo y seguidor del blog. Una parada antes de bajarme en Majadahonda, en el tren sonó la metálica voz de El Barrial. Centro comercial, y sentí un escalofrío al pensar que había atravesado un agujero temporal para retornar a algún domingo en el que me tocara currar allí, como ese en que llegué un poco tarde y me cayó la bronca, para luego comprobar que el jefe picajoso se dedicaba a perder el tiempo de charloteo durante media hora. Nevermore! Costó que nos hicieran la foto, puesto que la cámara es ya una señora de edad que tiende a apagarse cuando siente el contacto de unos dedos extraños que no sean los míos. No obstante, aquí está la instantánea, y, si no me dan el coñazo con insistencia en la facultad, espero regresar para otro cónclave Hopewell-Tis, con la posibilidad de integrar otros invitados.
Y ahora, vuelta a la realidad, próxima parada: automatrícula. Tiempo de parada: corto, como sea que ya he elegido las asignaturas y habrá que tocar madera para que no me haya equivocado. Así que a empezar con espíritu elevado, llevando el lema, aunque se repita, de El viaje llega a su fin.
viernes, septiembre 09, 2011
Estampas matritenses (I).
miércoles, agosto 31, 2011
LOS CERDOS. Entrega 48 y última.
EPÍLOGO.
Poco más de un año después de aquel funesto suceso, Jonás llegó en tren a una idílica residencia campestre, la cual celebraba una especie de merienda de confraternización entre los que permanecían dentro, los visitantes de fuera y aquellos que se encargaban de velar por el funcionamiento de la institución. Todos estaban siendo agasajados en los jardincillos que circundaban el complejo principal, un lugar de recreo que, no obstante, perdía fuerza frente a la majestuosidad natural del bosque que envolvía todo aquel recinto como una túnica protectora.
Penélope se encontraba disfrutando del animado ágape, una más entre familiares, compañeros y personal; residía aún allí, por su propia voluntad y sin sensación alguna de encierro, antes bien de una liberación que saboreaba al tiempo que los primeros instantes de su maternidad. Su pequeño reposaba en una sillita junto a ella, en sus pocos meses de existencia daba muestras de una plácida tranquilidad, dormitando ajeno a las risas que surgían del grupo en el que se había apostado su madre.
Cuando Jonás enfilaba la vereda que se dirigía hacia los jardines, se cruzó con otro visitante que también venía a reencontrarse con Penélope. Se trataba de Al; hacía un tiempo desde la última vez en la que Jonás había charlado con su amigo, y pudo comprobar que la metamorfosis en su nueva figura pastoril se había consumado con suma naturalidad, lejos de constituir una patochada como la que él había imaginado en sus primeras y mordaces consideraciones. Al, en efecto, iba vestido como un pastor, no necesariamente cual las figurillas de terracota de un nacimiento, aunque de ellas sí parecía conservar la estampa de entusiasmo y un corderillo al hombro de su rebaño, que llevaba como presente para el que podría ser su propio hijo.
Ambos se abrazaron con alborozo, y compartieron esos últimos pasos antes de llegar a la posición en la que Al no solo pudo saludar a Penélope, sino también a varios conocidos de la etapa en la que él residió en el centro. Admiraron al pequeñín pero sin levantarle, no querían turbar su sueño. Al sacó del zurrón una bota de vino, rebautizada como odre, y la alzó con el propósito de que todos le imitaran en el anticipo de un brindis.
- ¡Amigos reunidos en la floresta, salud! ¡Brindo por este infante, al que desde tierras norteñas le he traído como presente el corderillo más lozano de mi rebaño!
Todos brindaron y Al se echó al gaznate un trago generoso de vino, antes de que una mujer madura, residente allí y que siempre había albergado un sentimiento maternal respecto al joven, le interpelara en tono lastimero.
- Pero Al, no querrás que le hagamos daño a esa monada de animalito, que parece todo de algodón, ¿verdad?
- Bueno, Marisa, yo ya no soy el dueño de su destino. ¿Acaso se interesaron los pastorcillos que fueron al portal de Belén por si sus presentes se transformaban en chuletillas o algo así? Bueno, siempre podrá crecer aquí; no será por falta de pastos…
- Estoy segura de que a Jorge le encantará el regalo, y él todavía no puede comer chuletillas…- dijo Penélope, entre risas- Pero ahora está fuera de combate, y mejor será que así esté durante un rato. Aprovechando esta tranquilidad, me gustaría dar un paseo por el bosque, tener un paréntesis dentro de la merendola.
- Que te acompañe Jonás- sugirió Al- Aquí mis antiguos camaradas y yo vamos a rememorar una serie de batallitas, y no querría que fueras a acompañar a tu criatura al mundo de los sueños.
- ¡Justo a tiempo, pues!- exclamó ella, mientras con un brazo se amarraba al de Jonás y con el otro empujaba la sillita, orientando la expedición hacia la menos transitada espesura.
Paseando por zona tan alejada del bullicio, que no daba muestras de albergar otra presencia humana que las suyas, Jonás comenzó a observar a Penélope bajo otra luz, ya no la matizada por el carácter umbrío del bosque sino la que le otorgaba el sereno semblante de la maternidad.
- Cuesta creer que solo haya pasado poco más de un año desde la última vez que nos vimos, ¿verdad?- comentó- Desde el atentado. Nunca, en aquel momento, llegué a pensar que algún día podría verte así… en esta faceta.
- ¿Podría haberlo pensado yo?- añadió Penélope, con una sonrisa.
- He evitado la cárcel- continuó Jonás- He evitado todo lo malo que podría haber surgido de esa locura que me invadió. Y, lo más importante para mí, es que he conseguido lo que creí perder para siempre, la posibilidad de verte otra vez. En definitiva, que tu perdón ha llegado más pronto de lo que imaginaba.
- ¿Qué perdón?- inquirió Penélope, restando importancia al asunto- ¿El perdón porque nunca quisiste acabar con mi vida, como siempre supuse? Tú solo quisiste matar… a los cerdos. A veces es complicado saber qué es lo que va a perjudicarnos. Imagina que con tu actitud me hubieras evitado coger un tren que me llevaría a una muerte segura, por plantear una hipótesis. ¡Todo podría haber sucedido ese maldito día!
- Sin embargo- replicó Jonás, con una nota de amargura- creo que podría haber salvado a muchas más personas. Cuando vi a esa figura del baño, la del chándal…
- ¡No te culpes por eso!- le interrumpió Penélope- Lo que importa es que ahora los dos estamos bien. ¿Tendríamos que sentirnos culpables por ser supervivientes? Mira, Jonás, durante mi estancia aquí estoy sintiendo de nuevo los beneficios de ver las cosas con una mirada positiva. Y ahora ya me siento con ganas de abandonar el edén, de salir de este encierro en el que entré por mi propia voluntad, y por mi propia voluntad saldré en unos días. En realidad, me he tomado esa merienda como una especie de fiesta de despedida, lo cual es un poco egocéntrico por mi parte, je, je, en todo caso no me gustaría demorar mucho mi regreso allí, así que cuéntame tú qué tal durante este tiempo. ¿Has vuelto a tu tierra?
- Sí, y con más suerte de lo que pensaba. Una empresa me ha comprado la patente de mi último invento… Un arma mortal contra las cucarachas, ¿te lo puedes creer? Mientras esas pequeñas cabronas sigan repugnando al personal, creo que podré seguir ahorrando. Y me gustaría ayudarte un poco con el niño, si lo ves necesario, claro; más allá del posible vínculo que tengamos, podría ser el padrino. Un padrino sin bautizo.
Por respuesta, Penélope bajó la mirada hacia la cabecita dormida de su retoño, con embeleso.
- Tienes suerte- le comentó en un susurro- de tener un padrino que te manda corderitos, y otro que te manda billetes.
Jonás la imitó con una sonrisa, observando los rasgos del pequeñín.
- ¿Sabes? Siempre se me dio mal sacar parecidos respecto a bebés, frente a esos que se los sacan ya a las pocas horas de vida. Sin embargo, este niño me recuerda más a Al. ¿No tienes curiosidad al menos por saber quién es su padre?
Penélope se encogió de hombros, indicando que le resultaba indiferente.
- Si acaso- sugirió, con acento irónico- podríais alternaros los papeles entre Al y tú, ¿no crees? Una vez harías de papá, y otra de tío.
- Eso suena mejor que irnos alternando como papá y papá.
Este último comentario provocó una carcajada en Penélope, tan entusiasta y limpia como los trinos de los pájaros que se refugiaban en las altas copas de los árboles. Ella siguió riendo, sin importarle el sueño de su hijo, que continuó estable por momentos, y Jonás dejó también que su alegría escapara a borbotones hasta que, de una forma espontánea y que no había premeditado en modo alguno, sus labios se juntaron con los de Penélope, sin que ninguno de los dos supiera a ciencia cierta quién había sido el primero que inició el acercamiento.
Ese beso, al que habían llegado de una manera tan natural como incierta en sus inicios, tuvo un espía, una suerte de peeping tom que, despertado de su siesta al resguardo de un arbusto cercano, observaba las evoluciones de la pareja con niño. Se trataba de uno de los internos, un vejete de apariencia tan inofensiva como su curiosidad, que solo quería solazarse con esos instantes de felicidad captados de la manera más casual, y que estaba contemplando con una enigmática mueca en el rostro, difícil de interpretar.
Si pudiéramos haber adoptado su punto de vista, observaríamos cómo Jonás y Penélope eran transformados en dos humanos con rostro porcino que juntaban los hocicos y luego los separaban con una beatífica sonrisa.
FIN
domingo, agosto 21, 2011
Cerrado (o casi) por vacaciones.
martes, agosto 16, 2011
Follow me!
domingo, agosto 14, 2011
Camp Hell.
martes, agosto 09, 2011
LOS CERDOS. Entrega 47.
Dentro de su habitual ronda para la inspección de actividades no programadas en los retretes, una pareja de guardas de seguridad descubrieron a Al, dormitando en uno de los mismos, con los pantalones en su sitio y sin ofrecer a priori una imagen de vagabundo o toxicómano habitual. Habitual no pero quizá episódico, los guardas pensaron que posiblemente estaría drogado; así era en verdad, aunque no llegara a ese estado por voluntad propia. Arrastraron su cuerpo hacia el lavabo, para pasar su cabeza debajo del grifo y que de este modo pudiera ir recobrando la consciencia.
- ¡Venga, chaval, espabila!- le dijo uno, sujetando la nuca de Al bajo el agua.
Este comenzó a rumiar unos sonidos inconexos, que se dirían leves protestas ante quienes intentaban sacarle del profundo sueño inducido. Al ver que el joven estaba, poco a poco, de vuelta, el guarda cortó el agua y le incorporó, sujetándole todavía por si acaso.
- ¿Qué mierda es lo que te has metido?- le preguntó el otro, mientras Al les dirigía una entrecerrada mirada, cual si fueran imágenes producidas aún por el sueño.
- Hum…- balbució Al- No me acuerdo… No me acuerdo…
- ¡Qué sorpresa!- comentó el primero, sonriente.
- Aunque…- añadió Al, tratando de recuperar las imágenes previas- Sí, Jonás…
- ¿Jonás?- repitió el segundo guarda- ¿Fue él quien te dejó así? ¿Te dio algún tipo de droga para… ya sabes…?
Antes de que el vigilante pudiera utilizar sus dotes para la mímica, el ruido de una tremenda explosión, procedente del andén, llegó hasta los aseos, haciendo que los cristales se resquebrajaran. Los guardas soltaron de repente a Al, quien, todavía aturdido, tuvo que apoyarse en el lavabo para no terminar en el suelo; no fue el único, también los guardas sufrieron un shock de tal calibre que por poco no acabaron perdiendo el equilibrio. No obstante, la entereza profesional se impuso y, sin mediar una palabra con el joven a quien estaban interrogando, salieron corriendo del aseo, dejándole en un estado de tal confusión que no estaba demasiado seguro de haber despertado por completo.
Cuando Jonás y Penélope salieron del túnel, pudieron obviar toda la escena que había tenido lugar dentro del mismo; creyendo escapar del infierno, habían desembocado en otro similar. Él cortó sus ligaduras y, mientras ella se desentumecía, contemplaron el andén, convertido en caos después de que otro tren, que circulaba en dirección contraria, hubiera explotado también al tiempo que llegaba a la estación. Había un vagón ardiendo, y los usuarios estaban huyendo como podían, obviamente bloqueando las escaleras de subida al vestíbulo. En esa ocasión, fue Penélope quien tuvo que coger del brazo a Jonás para tirar de él.
- ¡Jonás, rápido! ¡No sabemos si va a explotar algo más!
Se dejó llevar por aquella mujer a la que poco antes había tenido atada y a sus pies. Parecía bloqueado por el pánico, aunque en realidad lo que se estaba gestando dentro de Jonás era un proceso de transformación que difería radicalmente de lo que había sentido al bajar desde el tren. Contemplando, absorto, aquellas imágenes de puro miedo y dolor que se sucedían alrededor, veía a esos humanos, antes orgullosos y seguros dentro de sus trajes, ahora comportándose propiamente como animales sufriendo en un matadero del que pretendían escapar dentro de una monstruosa avalancha.
El cambio consistió en que ya no aparecían como cerdos para Jonás. Habían recuperado una faz tan humana como la que él mismo lucía, aturdida, doliente, desesperada ante la incertidumbre de si podrían respirar de nuevo el aire libre, de si llegaría el final para esa jornada que habían comenzado como tantas otras. Las lágrimas en los ojos empezaban a provocarle que contemplara borrosas aquellas figuras que se habían desprendido de su basta y alucinatoria apariencia. A contracorriente, una de aquellas sombras, que jamás se había confundido como animalesca a los ojos de su amigo, se encontraba bajando las escaleras mientras, a gritos que apenas podían destacar entre el bullicio, pronunciaba su nombre y el de Penélope.
A riesgo de ser aplastado por aquella marea que solo se guiaba por la supervivencia propia, Al se hacía paso a empujones, lo hubiera hecho incluso a mordiscos si eso hubiera supuesto alcanzar la posición en la que Penélope alzaba su brazo, esperanzada pero al mismo tiempo incrédula hasta que no pudiera reencontrarse con su acompañante perdido. Jonás, cada vez más cegado por la cortina de su propio llanto, apenas pudo observar cómo su amigo al fin llegaba a abrazarse con Penélope.
domingo, agosto 07, 2011
LOS CERDOS. Entrega 46.
Jonás condujo a Penélope hasta el extremo del andén. Ella iba imaginando hacia dónde desembocaría esa especie de secuestro pacífico en el que estaba involucrada.
- Jonás- exclamó, adivinando su intención una vez se encontraron al lado de la abertura del túnel- Si quieres acabar con mi vida, con la tuya o con las dos, te podría indicar formas más agradables de hacerlo.
- El tren todavía tardará un rato en llegar- dijo él, a modo de respuesta- ¿Nos está mirando alguien?
- No, Jonás- replicó ella, con burla- Al menos no en teoría, si no contamos las cámaras de seguridad. Oye, ¿has planeado mucho lo que quiera que estés haciendo ahora?
Jonás se encogió de hombros.
- No demasiado. Hasta esta mañana, esto no era más que el producto de una oscura fantasía que me había cruzado la cabeza varias veces. Ahora estoy improvisando un poco. ¡Quién sabe! Quizá dentro de unos minutos esté en comisaría. Entonces, tendré que seguir improvisando.
Jonás la impulsó a bajar hacia las vías, que fueron siguiendo mientras se adentraban en el túnel. Jonás abría la marcha, colocándose en la frente un potente foco que había traído en la mochila para alumbrarse.
- ¿Hasta dónde tendremos que caminar?- preguntó ella, más por romper el silencio que para obtener una respuesta clara.
- Hasta que lleguemos a un punto en el que nadie nos moleste desde afuera.
Y no debió de ser muy lejos, porque tras algunas decenas de pasos más Jonás se detuvo.
- Ahora túmbate encima de la vía- le ordenó, mientras extraía algunas cosas de su mochila.
- Vaya- comentó Penélope, si bien obedeciendo con docilidad- ahora llegamos a la parte menos amable, ¿verdad?
Jonás no contestó, tan solo comenzó a atarla de pies y manos, con unos nudos resistentes que intentó no ceñir demasiado.
- ¿Aprietan?
- ¿Qué cojones importa que aprieten?- gritó ella, irritada por su actitud- ¿Te preocupas por los nudos antes de hacer que me pase un tren por encima?
- Tú no sabes qué es lo que quiero.
- No- admitió Penélope- pero lo imagino. Ya lo imaginé ayer, cuando quedamos y pude comprobar que necesitas mucha más ayuda de la que estás dispuesto a asumir. ¿Sabes por qué he venido hasta aquí, siguiéndote como un perrito? ¿Sabes por qué no te he dado una patada en los huevos y he echado a correr? ¿Sabes por qué estoy relativamente tranquila? Pues porque tengo la sensación de haber pasado por lo que tú estás pasando. Por eso, creo que estás llevando a cabo un intento de homicidio, al igual que yo tuve mis intentos de suicidio. Estás buscando un desesperado intento de llamar la atención, Jonás, eso es lo que significa toda esta inmensa escenificación, con las cuerdas, la oscuridad, el tren, y supongo que el cuchillo tampoco te lo habrás olvidado.
Jonás no se dejó impresionar por sus palabras.
- Debería haberte amordazado antes de atarte. De hecho, es lo que voy a hacer.
Jonás extrajo un esparadrapo que pudiera sellar al fin la boca de Penélope, pero al verlo ella se precipitó a hablar.
- Espera. Antes de que lo hagas, me permitirás que diga una última cosa: estoy embarazada.
Jonás, por un momento, se quedó estupefacto, para luego mofarse de ella.
- Ahora sí que te has ganado el esparadrapo. ¿Eso era lo único que se te ocurría?
- Es lo cierto. Ahora bien, ¿quién es el padre? No tengo ni idea, aunque tú tienes un cincuenta por ciento de posibilidades. El otro cincuenta estaría en manos de Al. Lo creas o no, solo me he acostado con vosotros en los últimos meses. Y suelo tomar precauciones pero, en fin, el exceso de Lambrusco puede ayudar bastante a concebir hijos.
Jonás se quedó con el esparadrapo en la mano, meditabundo, hasta que decidió introducirlo de nuevo en la mochila.
- No te cuento esto para inspirar compasión, ni tampoco estoy llorando por eso- dijo Penélope mientras, en efecto, las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas- Pero tenías que saberlo, era mi obligación. ¿Lo has oído? ¡Tú sabrás si quieres que tu posible hijo, en vez de mediante pastillas o mediante garfios muera aplastado bajo las putas ruedas de un tren! ¡Prefiero que me degüelles! ¡Venga, si de verdad estás tan tarado, rájame el cuello como si fuera un cerdo de esos que ves!
Jonás, al dejar el esparadrapo, sacó el cuchillo fileteador, y se agachó junto a ella, indeciso, como si se estuviera meditando entre liberarla o herirla. Finalmente, le dirigió unas secas palabras.
- ¿Y de verdad pretendías parir al niño en ese manicomio? Si no me mientes, la mayor tarada aquí eres tú.
- ¡Parir o no parir!- se mofó Penélope- Pues, francamente, yo todavía no tenía decidido qué hacer: si tenerlo o no, si decírtelo a ti, o a él… Me has obligado a precipitar las cosas, Jonás, ahora apechuga con las consecuencias.
Antes de poder contestar, Jonás comenzó a escuchar cómo el tren se aproximaba. Por instantes se quedó sin aliento. La máquina se dirigía hacia su posición antes de lo que hubiera esperado.
- Yo de ti me apartaría a un lado- le dijo Penélope, con la mayor frialdad.
Pese a ello, la joven aún albergaba ciertas esperanzas de que Jonás cortaría las cuerdas con el cuchillo, pero tendría que actuar con rapidez. No pudo. Mientras el tren se estaba acercando, de pronto escucharon una terrible explosión, cuya onda expansiva arrojó a Jonás hacia el suelo. Provenía del tren, que pudieron percibir no lejos de ellos como una gigantesca bola de fuego. Sin dudarlo un instante más, Jonás se enderezó sin aparentar que la caída le hubiese provocado dolor y, recuperando el cuchillo, se dispuso a preparar una huida desesperada antes de que el humo, que ya les estaba haciendo toser, pudiera asfixiarlos o, peor aún, que la explosión consistiera tan solo en el preludio de una serie. Sujetando el mango del cuchillo entre los dientes, levantó a Penélope con los brazos y, lo más deprisa que pudo así cargado, corrió de vuelta al andén, que, en sentido ya no solo metafórico, podían vislumbrar como la luz al final del túnel, si bien el humo les había envuelto en una nube tóxica, fiel reflejo del caos que había comenzado y del que pensaban que podrían escapar una vez llegados a la salvación del andén.
jueves, agosto 04, 2011
LOS CERDOS. Entrega 45.
Al se encontraba lavando sus manos, sin que en apariencia nadie más se hallara presente en el aseo, cuando Jonás entró como una exhalación, dejándole un escaso margen de reacción para la sorpresa cuando lo descubrió a través del espejo. Jonás agarró a su amigo por la espalda y, arrastrándole hacia un retrete que tenía la puerta abierta, apretó contra su rostro un pañuelo, impregnado en un elixir de fabricación casera que consiguió adormecerlo en pocos segundos. Jonás entornó la puerta del retrete con el pie, mientras sujetaba a Al, quien apenas pudo ya escuchar los susurros que le transmitió su amigo, a modo de disculpa.
- Lo siento, tío… Ya ves, al final se me ha ido también la puta cabeza. Pero volveré, volveré pronto a recogerte.
Al no respondió puesto que se había completado el proceso de sedación y descansaba en brazos de Jonás, con la cabeza caída. Este se propuso dejarlo sentado en la taza del retrete, de tal manera que no hubiera muchas opciones de que se cayera al suelo. No obstante, Jonás escuchó cómo se abría la puerta del retrete de al lado, que él había tenido por vació. Permaneció quieto, sujetando a Al con expectación. Bien sabía que, en estaciones de tren como esa, los retretes podían adquirir usos secundarios que no hacían extraña la visión de cuatro pies bajo la puerta de los mismos; en eso podía consistir su perdición si un guardia de seguridad era el que acababa de salir del habitáculo, pero no fue así. La figura que salió fue directamente hacia el lavabo, no dirigió su mirada hacia el retrete vecino ni siquiera a través del espejo.
De hecho, Jonás no llegó a percibir su mirada, ni el resto de sus rasgos faciales. Al igual que él, llevaba una visera calada, e iba cargando con una mochila zarrapastrosa y más pesada que la suya. Viendo eso, y el chándal que vestía, Jonás podría haber deducido que se trataba de alguien joven, con un tipo delgado; no obstante, no podía estar seguro y tampoco es que le importara mucho pero, en sus circunstancias, sintió un pinchazo de curiosidad por vislumbrar un poco mejor al individuo. No quiso arriesgarse. La puerta del retrete seguía entornada, y él no tenía intención de abrirla ni una rendija más. De lo poco que pudo ver fue que, a la hora de lavarse las manos, el hombre, pues hombre le parecía, dejó junto al grifo un teléfono móvil. Tras secarse las manos de forma mínima, se dispuso a marchar; a Jonás le pareció que fuera a dejarse el teléfono, pero en el último momento lo recogió, saliendo del aseo y provocando simultáneamente un suspiro de alivio por parte de Jonás.
Penélope se estaba retocando un poco delante del espejo, y, pese a la recomendación de Al, estaba tardando más de lo que este hubiera deseado. Con todo, su acompañante no había asomado el hocico para recriminárselo, lo cual estaba enturbiando el rictus de la joven con una sombra de sospecha. Por eso, cuando vio entrar a Jonás no se sorprendió demasiado.
- ¡Buenos días, Jonás!- saludó, con falso entusiasmo- Te esperaba.
- ¿Seguro?- replicó él, vigilando que nadie entrara.
- Te esperaba desde que supe que Al había ido a visitarte anoche. Por cierto, ¿él está bien?
- Lo está- aseguró Jonás, grave- Él es mi amigo.
- Yo creía que también lo era- contestó ella y, sin inmutarse lo más mínimo, empezó a repasarse la sombra de ojos- ¿Vas a matarme aquí mismo? Pues hazlo pronto, no olvides que este es el aseo de señoras.
- Solo quiero que me acompañes. Y que lo hagas pronto, antes de que escandalicemos a alguien.
Penélope guardó sus útiles de maquillaje en el bolso y, dándose la vuelta, se cogió del brazo de Jonás, como si fueran una pareja.
- Muy bien. Iré contigo, no es necesario que me fuerces. ¿Puedo llevar la maleta?
Ella intentaba discernir algo bajo la sonrisa, en apariencia inocente, de Jonás, que le contestó:
- Pues claro. Estamos en una estación, ¿verdad?
Al salir del aseo, se cruzaron con una anciana y, aunque Jonás y Penélope iban a paso ligero, él la reconoció como la vecina que no contestaba a su saludo en las escaleras. Esa vez, fue él mismo quien no la saludó, pero en cambio le dirigió una sonrisilla de disculpa, para que así la anciana pudiera tener una anécdota más que comentar, acerca de los usos secundarios de los retretes que, al menos en esa ocasión, no iban en contra del orden establecido.
martes, agosto 02, 2011
LOS CERDOS. Entrega 44.
XIII
A la mañana siguiente esa misma mochila, ligeramente abultada, acompañó a Jonás cuando este se bajó en la estación del cercanías. Él, con una cara de sueño que disimulaba mediante la visera del cursillo, que se había calado lo bastante aunque no tanto como para perder ojo respecto al cartel de la estación señalada. Al bajar del vagón, Jonás se sintió transportado hacia las escaleras mecánicas que descendían hacia el vestíbulo. Ya no es que se encaminara hacia allí, sino que tuvo la impresión de ser absorbido por las fuerzas circundantes a su persona, que la impelían no solo a caminar, sino a hacerlo muy rápido si no quería verse avasallado por una turbamulta de zapatos recién lustrados y maletines que dejaban en la indigencia a su vetusta mochila.
Esa hora temprana, comúnmente conocida como hora punta, congregó a la salida del tren a cientos de trabajadores que se apresuraban a tomar esas escaleras. Al ver a esa apelotonada masa de personas, casi empujándose unas a otras, Jonás percibió que pronto perdían su condición de personas completas, y se transformaban en una gigantesca piara de cerdos. La mayoría de esas porcinas cabezas se acoplaba a un traje impoluto, lo cual le resultó más grotesco si cabe. Sin embargo, en esa ocasión no pareció importarle. Lo daba por hecho. Al margen de que pudiera haberse acostumbrado más o menos a esas visiones, su mente no se focalizaba en ellas, sino en su propio interior, en los planes que le habían llevado hasta allí, luciendo un aspecto poco envidiable.
Iba abstraído, y su imagen exterior proyectaba calma. Se dejaba mecer, primero por el gentío mutado y luego por el runrún de las escalerillas, considerando ese como el momento que precede a los grandes retos de la vida, aquellos de desenlace incierto y que requieren perseverancia justo hasta el último segundo antes de llevarlos a cabo. Para Jonás, todo cambiaría en el instante de pisar el vestíbulo. Por ello, mientras la escalera le iba descubriendo el que sería teatro de sus operaciones, fue activando todos sus sentidos para registrar el escenario lo antes posible. Pronto ya no tendría el resguardo de la multitud y desembocaría en la extensa planta baja, que albergaba un ordenado conjunto de puntos de información, tiendas y cafeterías.
Jonás se sorprendió al comprobar que en una de estas últimas, más cerca de su posición de lo que le hubiera gustado, se encontraban desayunando Penélope y Al, en una mesa colocada fuera del establecimiento. De todos modos, ambos parecían muy enfrascados en su conversación como para reparar en su presencia. Penélope prestaba más atención a su maleta de ruedas, e intercambiaba numerosas risas con su acompañante. Viéndolos, parecían una pareja de novios más dentro de la estación, a punto de embarcarse en un viaje. Nada hacía suponer que el destino de Penélope implicara dramatismo. Jonás se iba acercando poco a poco, calándose la gorra aunque no tanto como para llamar la atención; en ocasiones, un exceso en el querer ocultarse podría ser la vía más rápida para perder el anonimato. Sencillamente, optó por convertirse en un viajero más y, con ese fin, recogió alguno de los múltiples periódicos gratuitos que parecen propiedad común por parte de los usuarios del tren.
Leyendo, esperando a alguna circunstancia inconcreta, Jonás vigiló la zona cercana a la cafetería; Al y Penélope, tras haber apurado su bebida, se estaban levantando, lo cual le hizo maniobrar para que no se cruzaran con él al salir del recinto. Un corto trecho más allá de la cafetería se encontraban unos aseos públicos, y Jonás se imaginó que hacia allí guiarían sus pasos, cada cual al que le correspondía. Antes de entrar, ella se detuvo un momento, mientras sacaba del bolso un pintalabios. Al exhibió una sonrisa mordaz y a Jonás le pareció escuchar, aunque quizá se lo imaginó puesto que conocía bien a su amigo:
- No tardes mucho, ¿eh? Que tampoco vamos a la Mansión Playboy…
En el momento en el que Al desapareció dentro del baño, Jonás se apresuró a seguirle allí dentro. Era consciente de que, al margen de que aún tuviera dudas sobre lo que iba a cometer, el éxito o el fracaso de esto mismo podría determinarse por una cuestión de segundos.
domingo, julio 31, 2011
LOS CERDOS. Entrega 43.
Jonás regresó al presente para fijar sus ojos en aquella flauta, que al final había recuperado, y que llegó al piso al mismo tiempo que él. Tenía pensado guardarla, por no despertar en su amigo un recuerdo agridulce para ambos. De hecho, a los pocos minutos Al le llamó para comunicarle que se encontraba cerca de su calle. Cuando entró a su domicilio, lo hizo tosiendo y algo confuso ante el estado del mismo, y eso que aún no había llegado a la cocina.
- ¡Vaya…!- murmuró, tras haber saludado efusivamente a su amigo.
Jonás tenía curiosidad por preguntarle dónde se alojaba esa noche, pero al final no lo hizo, suponiendo además que su amigo iba a disponer de pocas horas para el sueño.
- Aunque veas esto un poco patas arriba, puedo ofrecerte una copa. No tengo hielo… En realidad sí lo tengo pero no te gustaría su sabor, creo.
Los comentarios aumentaron la confusión de Al, pero se limitó a asentir.
- ¡Sí! Qué más da cómo esté, si me va a quemar la garganta igual… Lo necesito de todos modos.
- Lo necesitamos- precisó Jonás, yendo a buscar otro vaso a la cocina.
Al echó un vistazo hacia esa habitación, pero retiró el rostro en seguida, con disgusto.
- ¡Maldita sea, Jonás! ¿Qué es ese manto de bichos? Ya me habías dicho que el piso era viejo, pero tanto…
- Las cucarachas no las heredé. Digamos que intenté convivir pacíficamente con ellas, pero al final me acabé hartando. El gas…
- ¿Así que era eso?
Al no se sentó, sino que siguió vagando un rato por el salón, lo cual incrementaba el nerviosismo de Jonás; quería evitar de un modo más o menos educado que su amigo fisgara por el piso.
- ¡Quién lo hubiera imaginado!- dijo Al con cierta burla, tras tomarse un lingotazo de whisky- Esta es la principal investigación que te retiene aquí: un cucarachicida.
- No solo eso- replicó Jonás, algo irritado.
- Ya- dijo Al, pero tuvo que interrumpirse por un acceso de tos, que no fue provocado por la bebida- Pues para insectos no se, pero creo que a una escala más grande podrías utilizarlo de arma química. A mí ya empieza a fulminarme…
- Si quieres una máscara puedes cogerla en el laboratorio.
- ¡Oh, el laboratorio!- exclamó Al, llegando hasta ese antiguo trastero en el que el desorden le dejó más estupefacto- ¿Pero tú puedes trabajar aquí?
- El desorden es temporal- comentó Jonás, entrando tras él- Pero, vamos, no creo que vayas a encontrar mucho de interés aquí.
- ¿Cómo que no?- contestó su amigo, señalando hacia el cuadro de Penélope- Tranquilo, no voy a husmear demasiado. ¿Estamos con secretitos, a estas alturas? Pero… ¡Qué puntazo!
Al había descubierto de repente la escopeta, que le fascinó desde un primer momento y se dirigió a cogerla.
- ¡No me digas más! Era de tu abuelo, ¿verdad?
Jonás, al principio, iba a decirle que no se encontraba cargada, pero luego cambió de opinión.
- Sí. Y ten cuidado con ella, es vieja pero peligrosa.
- ¿Peligrosa?- repitió Al, observando la mirilla telescópica- Bah, ojalá hubiéramos tenido un trasto de estos y no un par de cuchillos, ¿no crees?
Pese a que aún no había localizado la flauta, Jonás comprobó que Al se había acabado refiriendo al episodio de la montaña.
- La suerte es que no la hubiera tenido el pastor- remató, lúgubre, mientras se sentaba en la cocina. Ya no tenía ganas de seguir detrás de su amigo.
Al tomó asiento también, dejando la escopeta apoyada en la pared, junto a él.
- Bien, vayamos entrando al tema, porque mañana tengo que madrugar.
- Ya algo me comentaste por teléfono, ¿verdad?
- Sí. Pero, ya que al fin nos hemos reencontrado, me gustaría hablar un poco sobre ti mismo. Si no te importa…
- Bueno, ya dijiste que ibas a ser directo, así que mejor empieza pronto.
- Te dije que estaba algo preocupado por ti. Y ahora veo que, para bien o para mal, estaba en lo cierto. Cuando nos separamos en aquel bosque pensaba que un cambio de aires te vendía bien. Y ahora me encuentro con que, en vez de aires nuevos, lo que has hecho es gasearte la casa.
- Muy ingenioso. ¿No pensarás que he intentado suicidarme?
- ¿Y por qué no?- replicó Al, sin inmutarse- Todos tenemos demonios. Y tú también, no creas que Penélope y yo no hemos hablado de eso. Y, perdóname que te diga, ella no va a poder ayudarte, pero yo sí. Para ella puede ser vital el quedarse en ese centro, pero yo sí puedo permanecer contigo en este piso, hasta que logres superarlo.
- ¿Hasta que supere el qué?- replicó Jonás con acritud, aunque era consciente de que perder los nervios iba a favorecer la tesis de su amigo- Mira, si lo que crees tú, o ella, es que se me está pirando la pinza, suéltalo ya y no marees la perdiz, por favor. ¿Estoy loco?
- Te estás volviendo loco. Eso es lo que Penélope notó en ti y, obviamente, ella tiene bastante experiencia en ese tipo de percepciones. Lo siento, Jonás, yo también lo veo. Y, como no estoy acostumbrando a verte así, el cambio me parece más fuerte. Tú siempre fuiste el formal, el estudioso… Yo era el que cometía locuras. Y puede que, después de todo este tiempo, si te da por cometer a ti una locura sea una locura acumulada, enorme, espantosa. Ya no solo cargarte a un puñado de bichitos. ¡Esa es la punta del iceberg! Y por eso quiero que, de momento, estés lejos de ella, que esperes al menos hasta que su situación sea más estable.
Pese a que el tono de Al no podía ser más comprensivo, Jonás se levantó con una mirada fulminante que su amigo no evitó, sabedor de que sus palabras podrían provocar una brecha entre ambos.
- La conclusión a la que llego- murmuró Jonás, arrastrando las palabras, al tiempo que las imprimía un matiz amenazante- es que tú quieres que me aleje de Penélope. A su vez, ella también me quiere lejos. Y mañana vais a ir a la estación para salir de viaje, hacia un destino en teoría conocido, y yo no estoy permitido siquiera a acompañaros para despedirme. Llámame loco si quieres, no te faltarán razones. Del mismo modo, te digo que no tengo por qué creerme nada de lo que me estás contando, ni de lo que me contó ella. Puedo creer que mañana vais a desaparecer juntos, así de simple.
Al se levantó de un modo brusco, de tal manera que la escopeta cayó al suelo, con el cañón apuntando hacia la puerta de la cocina. Observó a Jonás como si aceptara su desafío, lejos ya toda actitud de comprensión. De hecho, le propinó un pequeño pero enérgico empujón, que hizo que el cuerpo de Jonás se balanceara un poco hacia atrás pero no amenazó su equilibrio. Por si acaso, ya tenía localizada la escopeta como medida disuasoria; reculó hacia la cocina, siendo conducido hacia allí por el avance de su amigo.
- ¡Eres un imbécil!- le increpó este, con otro empujón que le hizo traspasar el umbral de la cocina- No me puedo creer que todavía sigas obsesionado por lo que pudiera pasar entre ella y yo. ¿Pero es que no tienes ojos en la cara? O, mejor dicho, ¿no tienes un ápice de sensibilidad?
Jonás comenzó a pisar cucarachas muertas, temiendo que, si Al volvía a empujarle, podría resbalar y estamparse contra ese repugnante suelo.
- ¿Cómo puedes estar celoso? ¿Cómo?- continuó Al- ¿Para eso viniste a buscarme a la montaña? Y todavía insinúas que estoy con ella… Pues mira lo que te digo, ojalá no la hubieses traído allí. Ella no tuvo la culpa, pero su presencia lo trastocó todo. Si de mí dependiera, jamás habríamos salido de ese claro en el bosque. ¿No crees que sería lo mejor, Jonás? Tú y yo viviendo juntos, al margen del mundo, como en esas églogas que todavía no he sido capaz de escribir. ¿Y si todavía estuviéramos a tiempo? ¡Tú y yo, desaparecidos para siempre, que se joda el mundo!
Una maligna sonrisa se dibujó en el rostro de Jonás.
- Todavía estamos a tiempo de desaparecer juntos- le dijo, y recogió la escopeta del suelo, ofreciéndosela a Al.
Este, en principio, no supo muy bien a qué se estaba refiriendo, no desde luego a sus ideas bucólicas. La mirada de Jonás oscilaba entre su amigo y el depósito de gas natural que se alzaba en la cocina. Al comprendió finalmente.
- ¿Eso te gustaría?- exclamó, agarrando la escopeta- ¿Qué saltásemos por los aires? Vamos, tú no me ofrecerías una escopeta cargada. ¿Te crees que soy gilipollas? ¡No te rías de mí!
Al enfureció, golpeando con la culata de la escopeta el pecho de Jonás, quien, como temía, se cayó al suelo pero arrastró con él a su ofuscado colega. Ambos forcejearon por el control del arma, si bien de modo poco violento, hasta que se la quedó su legítimo propietario y Al se enderezó, asqueado, necesitando otro trago.
- ¡Gracias Jonás!- gruñó- ¡Gracias a tu plaga acabas de anular las pocas horas de sueño de las que disponía, y salimos a las ocho!
Al se llevó la mano a la boca, demasiado tarde. Hizo un gesto jedi con los dedos, moviéndolos delante de Jonás.
- Tú no has escuchado nada de esto- exclamó, con voz robótica.
- Tus frikadas son inútiles conmigo- se burló Jonás desde el suelo, en el fondo encontraba bastante mullida la alfombra en la que se habían convertido las finadas cucarachas.
- Mira, no tengo tiempo para discutir contigo más. Si piensas sobre lo que te he dicho, mañana no aparecerás allí. Cuando vuelva de ese sitio te llamaré, ¿vale?... ¡Ah! Si no es molestia, voy a tomar un par de cosas para el camino.
Al le cogió una de las botellas, no la de Lambrusco y, antes de que él pudiera reaccionar, le agarró por los brazos para enderezarle un poco, hasta que él pudo agacharse y plantarle un beso en los labios; no introdujo la lengua, pero estuvo algunos segundos con la boca abierta, abarcando la suya, hasta que se despegó y, sin mediar palabra, salió del piso.
Jonás, después de esa brusca y no esperada incorporación, volvió a tumbarse en el suelo, ya no le daba tanto asco y, de hecho, se estaba adormilando. Su estado le pareció una suerte de variación sobre el cuento de La bella durmiente; Al le había besado no para despertarle, sino que para que se durmiera y, de ese modo, no albergara la tentación de dirigirse a ese tren, en el caso de que supiera a qué tren dirigirse. Si esa hubiese sido su intención, cerca hubiera estado de conseguirla, pero al fin Jonás se impulsó para ir, en primer lugar, a lavarse las manos. Luego salió de la cocina, y comprobó que Al le había sustraído la botella menos vacía. Ahí su amigo ya no habría obrado con tanta pericia, pues apurar todo el alcohol restante sí que hubiese dejado fuera de combate a Jonás, mucho más allá de las ocho de la mañana.
Se conformó con lo que había, y recogió la escopeta del suelo. Con esta, regresó al laboratorio, dentro del cual sintió una inesperada paz dentro de su desorden. Dejando el arma, iluminado por alguna idea súbita, comenzó a contribuir a ese caos revolviendo más aún el armario, del que extraía todo tipo de objetos, incluso los que parecían más insignificantes. Se detuvo de forma especial en una vieja mochila de excursionista; comprobó su capacidad y que, pese a su apariencia poco lustrosa, no había perdido resistencia en las asas. La apartó hacia algún rincón libre del cuarto, si es que eso era posible, y continuó el registro.



