lunes, abril 14, 2014
La película-espanto de estas fechas.
Hay que reconocer que la película bíblica de esta Semana Santa, Noé, se ha ido un poco lejos a la hora de buscar el tema, hasta el comienzo mismo de la Biblia, en discordancia con los pasajes que se reflejan durante estos días. Puestos a escoger una historia con potencial, cercana en el relato a la de Noé, yo todavía estoy esperando a que alguien se atreva con una versión actual de la destrucción de Sodoma y Gomorra, tal vez un Roland Emmerich atronando la pantalla con gigantescas bolas de fuego, sería un cineasta con probada experiencia para el asunto.
Hasta entonces, para ver sodomitas y pecadores me basta con películas como esta, El desconocido del lago, que también guarda relación con el elemento acuático, aunque en un sentido diferente al de Noé. Esta película, al igual que La vida de Adele, fue premiada en la última edición de Cannes, una edición que llamaría bastante queer si no fuera porque estoy un poco harto de este término tras leer El género en disputa de Judith Butler, un libro tan influyente como insufrible en su lectura. No es una película de Semana Santa, desde luego. Puestos a idear un perverso acto de pornoterrorismo, se podría proyectar en alguna pantalla gigante el próximo viernes por la mañana, como colofón pagano y priápico del Genarín. A quienes todavía estuvieren borrachos les traería sin cuidado...
Este filme, muy bueno aunque dudo que sea el mejor del año, como afirmaban algunas revistas, destaca por su simpleza, lo que no quiere decir que sea una película simple. Simpleza de elementos: personajes, escenario, trama... Siguiendo el paralelismo con Adele, llega precedido de la etiqueta de (homo)sexualmente explícito. No, no es para tanto. Sí, hay sexo entre hombres, pero los planos explícitos se limitan a dos, protagonizados por dobles de pene (con perdón) y solo duran segundos. No tiene ningún sentido su inclusión, salvo que el director haya querido dar un toque de porno arty, como Lars Von Trier y otros provocadores.
La nimia trama sigue las andanzas de un hombre que aprovecha el veraneo para visitar, en un lago, la zona de levante, o, como resulta más popular en España, de cruising. Allí traba amistad con un observador pasivo, no en el sentido erótico, del panorama, y se enamora de otro habitual, derivando en una historia de amor fou, como dicen los franceses, y un thriller bastante heterodoxo. El lago, otro protagonista más de la película, es una especie de edén, siguiendo la línea bíblica, en el que los hombres pueden desnudar sus cuerpos, y también sus almas, sin miedo a los armarios, al qué dirán y a cualquier tipo de prejuicio. Por no haber, no hay ni mujeres, no aparece una sola actriz en todo el metraje, y el momento más cómico viene a cargo de un pazguato preguntándose dónde estarán las mujeres, que ni están ni se las espera.
Lejos de constituirse como apología del cruising, el filme provocará que algunos de sus espectadores se lo piensen un par de veces antes de irse con el primer desconocido que vean, por muy atractivo que sea este, en un entorno que de paradisíaco puede tornarse en salvaje y hostil. Es el problema que albergan esta especie de cotos cerrados, a diferencia de otros que se insertan en la estructura misma de la ciudad, y por lo tanto resultan menos amenazadores.
Si ya el naif cartel del filme puede escandalizar a algunas personas, entonces qué dirían del resto... En todo caso, esta película no llegará a todos los cines, ni mucho menos. Seguiremos esperando esa gran producción bíblica, con poco sexo pero muchos sodomitas a la brasa.
miércoles, abril 09, 2014
La última clase, el último sofoco.
Esta vez sí que es la última, a menos (raro escenario) que se aplace a después de Semana Santa. Nunca tuve la intención de eternizarme como estudiante, ni en la universidad de León ni en ninguna otra, pese a lo que pudiera haber sugerido algún neo-neoliberal, de esos que se levantan un día mascando ideas ajenas y no tienen nada mejor que hacer que criticar a quienes hemos trabajado duro en la carrera, cosa de la que dichos especímenes no siempre pueden presumir. Los siete años en la facultad han correspondido a la licenciatura, curso por año, y al máster; respecto a este último, desarrollado en dos debido a mi estancia inicial en el extranjero.
El máster quise hacerlo en Lund, no pudo ser, y, pese a que lo consideraba un trámite hacia el doctorado, el de aquí me está gustando mucho, ya lo creo. La docencia llega a su fin, y solo resta un trabajo fin de máster que, tal vez, pueda servirme como carta de presentación que me abra puertas de facultades foráneas. La asignatura de Teatro, la última aunque no debiera ser así; queda como postrera por la un tanto caótica localización de sus clases. Y, en esta semana final, hemos vuelta a la vieja aula de siempre, una de las más calurosas del edificio. Eso viene estupendo en invierno, y por invernal podríamos haber tenido a la semana pasada, con su lluvia y bajas temperaturas; en esta, ideal para tomar limonadas en una terraza, el golpe de calor por poco me ha vuelto a noquear, de nuevo, en esos incómodos bancos.
La profesora, que ya me conoce, repite chistes sobre el contenido de mi termo verde, otro clásico que ha sobrevivido durante estos años. En Cuarto, dijo que lo llenaba de absenta, por eso del espíritu del XIX. En realidad, lo que llevo allí es simple agua del lavabo, el antídoto contra no ya el veneno del teatro, en alusión a la obra analizada hoy, sino al veneno del verano anticipado. Y, por casualidades de la vida o por alguna estructura cíclica en esto, mañana concluimos, al igual que el curso pasado, coincidiendo con la espicha de nuestra facultad. Y, por fortuna, la ventana no da al césped, y así imagino que podremos tenerla abierta sin escuchar el Happy de turno, aunque bien happy voy a estar cuando termine. Y, sin embargo, no tan happy, la verdad es que es una lástima tener que pisar por última vez esas aulas para recibir clase. Volveré. Volveré para defender mi trabajo final, y, aunque a día de hoy me resulta una idea cuando menos bizarra, no puede descartarse del todo que alguna vez sea yo quien regrese para dar una clase, o una conferencia. ¿Estoy picando alto? Bueno, no hace falta ser neo-neoliberal para tener ambición.
Llega el momento del adiós. Mi profesora dijo que soy un espíritu sensible. Es cierto. Aunque, tal vez, debiera serlo algo más para echar una lagrimita ya solo ante la visión de la fotografía que he puesto para enmarcar esta entrada (una foto de Segundo). Podría mandársela a Carmen, para que la analizara en Cuarto Milenio. Algunas de las personas de allí han derivado en fantasmas en mi vida, no porque yo lo hubiera querido así.
lunes, marzo 31, 2014
Darth Vader for president!
¿Y qué hago yo escribiendo aquí, si tengo que redactar una informal letter para mañana? Aún digo más: ¿qué es eso de letters, si ya casi nadie escribe cartas? Tal vez el examen de Cambridge se haya quedado un poco apolillado en su concepción, en todo caso tomaré el ejercicio como si se tratase de una carta electrónica. Sea en español o en inglés, no me gusta escribir cuando el tema no es libre. Que recomiende a un amigo una academia de informática, ¡menuda mamonada! Prefiero escribir lo que me salga del bolo, como decía ese infecto libro que apareció a rebufo de los tropecientos grandes hermanos, inextinguible fenómeno.
Sea como fuere, es el último día del mes y supongo que ello me ha hecho regresar por aquí y dar cuenta de una insólita noticia, tan insólita que es verídica. El Partido de Internet, o algo así, de Ucrania ha presentado a Darth Vader como candidato a las elecciones presidenciales. Al margen de lo simbólico del gesto, el atractivo es innegable. Mejor votar a Lord Vader antes que a la extrema derecha. Al menos, ese personaje tuvo un proceso de redención, y en su juventud, antes de pasarse al lado oscuro, poseía los dulces rasgos de Hayden Christensen (¿qué ha sido de él?). En España, en cambio, seguro que triunfaría más un candidato estilo emperador Palpatine: por ejemplo, Rouco Varela, que incluso después de haberse jubilado sigue chupando cámara en funerales oficiales como el de hoy.
Desde luego que, si realmente Darth Vader pudiese existir y llegase a presidente, hasta los rusos tendrían que recular. Para España, se podría proponer a otro lord, incorruptible ante el saqueo, Eddard Stark. En la foto de arriba, cuando no se habían inventado los selfies, aparezco junto al gran Vader en una exposición, retratado por el amigo Hal. Que la Fuerza me acompañe, en verdad, para la última semana de junio: el 28, día del Orgullo, el mayor orgullo para mí será aprobar el examen de Advanced, que cae en dicho día. Y, tal vez esa misma semana, tenga que entregar en depósito mi trabajo de fin de máster. ¿Dónde los depositan? Ni idea. El caso es que la defensa, concepto que suena muy bélico para una simple exposición de veinte minutos, caerá en julio. No veo necesario ir con bermudas y sandalias, aunque sí acompañarme de mi icónica cantimplora verde. Se espera una primavera tan tormentosa como su propio comienzo...
domingo, marzo 09, 2014
La resaca del Oscar acabó bien.
Después de ver el estado en el que se encontraba uno de mis compañeros el último día de clase, llegué a la conclusión de que bien podría haberme presentado yo, con toda la resaca del Oscar, el lunes pasado. No lo hice, y no me arrepiento. Ese día la profesora, además de enfadarse por mi falta de asistencia, comenzó a tratar a los alumnos, no precisamente unos recién llegados a la universidad, en modo preescolar, incluso revisando los libros con sus notas como quien revisa los cuadernos de escritura que vendía yo en mi época de Pozuelo. Vapores del lunes, serían, que se le fueron pasando a medida que recordaba que yo, hace tres años, era un alumno bastante ejemplar en su asignatura, hasta tal punto que eso llegó a causarme problemas con otros de los asistentes. Al día siguiente, no me dijo absolutamente nada, y las tres jornadas de clase han sido provechosas, y con su punto justo de diversión, algo que no se puede decir de todas. Bien está lo que bien acaba.
Tras ver una de las triunfadoras de la gala, Frozen, no puedo quitarme de la cabeza el tema que ganó la estatuilla. Natural. Además de ser un gran tema, en la línea de los mejores de la casa, el personaje que lo canta tiene varios puntos en común conmigo: prefiere el frío al calor (claro que eso puede formar parte de su maldición), y, al igual que otros héroes y heroínas Disney, le planta cara a las dificultades, aunque eso suponga construirse un enorme castillo en lo alto de la montaña, en el que disfrutar de sus poderes, poco comprendidos por los súbditos que acaban de coronarla reina. Yo, por fortuna, no estoy en un castillo de hielo, sino bien rodeado en esta por otra parte decadente ciudad, pero el ambiente nórdico que transpira el filme, con sus renos y sus trolls, me recuerda hacia dónde debo volver mis pasos.
PD- Por favor, espero que esa nueva moda de las películas mastodónticas de temática LGTB sea pasajera. Tras las tres horas de Adele, ahora casi otras tres con Laurence anyways, filme que desbarra tanto que tal vez hasta el propio Almodóvar podría sentirse abrumado ante él. Si no estás contando epopeyas de la Tierra Media, más vale que no dejes en tres horas lo que puedes contar en dos...
domingo, marzo 02, 2014
Last Oscar in Spain?
Sí, tengo que aguantar hoy. ¿Dónde estaré a finales de febrero del año que viene? Me encantaría saberlo. ¿Tendré, si no Canal Plus, al menos internet para verlo por estrímin? Quién sabe. Hasta entonces, aprovecha el momento, carpe diem. Y dos placeres siempre son mejor que uno. Primero Cuarto Milenio, luego nos trasladamos hasta LA. Ya se ve, mucho tiempo disponible para escribir en el blog, pero, a decir verdad, no tenía pensado hacerlo. Ya tengo la quiniela de Fotogramas, como en los viejos tiempos, los Mr. Corn made in USA, con un extraño sabor que tal vez boicotee las escasas horas de sueño. Y hablando de boicot... Mañana comienza la asignatura de Teatro. Una asignatura participativa. Como todas, solo que esta en serio. ¿Estaré en condiciones? Bueno, todavía no he agotado en este curso mi cupo de horas fumadas. Todo sea por amor al arte, y amor a Hollywood, con su mezcla de espectáculo y miserias. En la foto de arriba, para que pueda comprobarse que yo también sabía manejar una cámara. Claro que lo mío es la escritura...
jueves, febrero 27, 2014
La increíble nota menguante.
Al fin he visto la segunda parte de El Hobbit. Si bien es meritoria la recreación del dragón Smaug (o Esmó, depende de quién lo pronuncie), ninguna escena me pareció tan emotiva como la de Gollum en la primera, que vi en Copenhague. No me atrevería a decir que la tercera, y última, pueda visionarla también en el extranjero. Pero, vistas como están las cosas, tampoco puedo negarlo.
En León no me quedo con beca. Y, por tanto, no tengo intención de quedarme. Ni mi expediente ni mi premio me han servido siquiera para pasar la primera fase de la beca que me serviría para realizar el doctorado. ¿Por qué no? Bueno, porque me han bajado cuatro décimas. No parece que se las hayan comido con patatas, por lo visto es un proceso de ponderación, que no acabo de entender bien, si es que entiendo algo, en el que tienen en cuenta factores como la media obtenida en mi clase. Bueno, ¿y qué coño tiene que ver lo que hayan sacado mis compañeros o compañeras con lo que he sacado yo? ¿Por qué algunas notas suben, con este procedimiento, y otras bajan?
Lo único que se es que el hecho de quedarse fuera por cuatro décimas es lo bastante humillante como para despreciar sus recortadas dádivas. Si por mí fuera, ya sabría yo por dónde empezar a recortar. No importa... De todos modos, tenía ganas de volver al extranjero. Un mes me supo a poco. Justo había tenido mi primera cita seria cuando hubo que hacer las maletas. Aunque, si quiero asegurarme mi estancia fuera, más me valdrá conseguir otra clase de citas, académicas y/o laborales. Ya podía traslucirse a través de mi entrada anterior. Si fui capaz de lavar platos y tazas con restos momificados de cruasanes en el Rodilla, en el peor de los casos también podré pagarme la tesis haciendo esa clase de oficios para los que supongo que no pedirán aprobar el Advanced. Por si acaso, a seguir preparando el Inglés, aunque ello conlleve escuchar a locutores que parecen haberse pasado de pintas en el Sant Patrick´s Day, igual que yo hace ahora un año. Familiares, amigos y conocidos en ciudades foráneas, que se preparen para la chapa que voy a dar para ver si alguna universidad de su zona, por remota que sea, está dispuesta a apadrinarme (o a amadrinarme, al fin y al cabo universidad es de género femenino).
miércoles, febrero 19, 2014
La paradoja sándwich.
Durante mi último viaje a Madrid he podido comprobar cómo una empresa ha ido a peor, mientras que otra, en la que yo mismo trabajé antes de planear el asalto definitivo a mi licenciatura, ha ido a mejor, al menos en lo que respecta a su imagen. El viaje en tren de clase preferente ha perdido bastante el sentido que se le daba a ese adjetivo. ¿Qué privilegios tiene ahora? Casi ninguno. El periódico, y a la ida se les olvidó pasármelo. Lejanos ya quedaron esos tiempos de opulencia, con aperitivo, cena y copa, copa que casi nadie quería. Debieran haber aprovechado, mientras pudieron. Hay otros beneficios más intangibles que sí se han conservado, como el espacio, la mayor tranquilidad y silencio; lógico, al ver cómo se ha devaluado el servicio, y que ello no ha implicado una bajada en la tarifa, los viajeros se habrán cambiado a vagones más económicos, como puede que haga yo en el futuro.
Durante uno de mis paseos por Madrid, me acerqué al sitio donde tuve mi primer trabajo allí, el Rodilla de la glorieta de Bilbao. Hace años ya, por lo que supuse que no vería ninguna cara conocida. Así fue. Y no solo las caras habían cambiado, también la estética del local. Tanto el letrero como la decoración interna habían envejecido, por así decir, luciendo un estilo vintage que parecía rememorar los primeros establecimientos de la marca en Madrid, que ya tiene un porrón de años, tal vez se acerque al siglo. La paradoja residía en el contraste con un plantel rejuvenecido. Un trío de buenos mozos, con los que ya pudiera haber coincidido yo en su momento. Además, habían desterrado la camisa negra, a la que solo parecía faltarle el alzacuellos, por una camiseta del mismo color, mucho más moderna y funcional.
Cuando yo estuve allí, entre otras jefas, había una auténtica bruxa constrictor que me traía por la calle de la amargura, obsesionada con la limpieza, como si estuviera atravesando de forma permanente la fase anal freudiana. Fue una de las principales razones para abandonar ese lugar. En estos tiempos en los que se habla tanto de la iniciativa privada, de los emprendedores, del autoempleo, deberían contratar a muchas jefecillas como esas, para que cualquier empleado albergara la esperanza de convertirse en su propio patrón. Me sorprendió encontrar a ese trío de maromos porque, durante mi singladura laboral, solo éramos dos varones, y uno estaba relegado al inframundo por decisión propia. Sí, mi compañero no salía de su cueva sandwichera, donde preparaba las brandadas de bacalao y similares, pero lo hacía así por no querer atender de cara al público. ¡No le culpo! Así no tenía por qué enfrentarse al yonqui habitual, al vagabundo que pintaba mujeres desnudas, a la señora histérica (o varios ejemplares de la especie), etc. ¿Dónde estaban todos esos personajes durante mi visita el domingo anterior? ¡Me han cambiado mi Rodilla! Para bien, diría yo, y además con wifi.
Pero ni el wifi ni nada sirvió para que llegara a mi correo mensaje alguno sobre si paso o no a la siguiente fase de la beca. Si no paso, creo que debería plantearme volver a mirar destinos en el mapa. Hoy es el Día contra la LGTBfobia en el Deporte. Algunas ligas de fútbol europeas han hecho campañas para sensibilizar sobre este tema, mientras la española se queda de brazos cruzados y labios cerrados. Bueno, tal vez no sea mala idea ir a alguno de esos países más sensibles, con mayor dotación en sus presupuestos educativos y mejores expectativas de empleo, aunque solo sea rellenando sándwiches en alguna cueva. Para algo serviría mi experiencia, no solo académica.
martes, febrero 11, 2014
Winterfell.
El estoico gigante, que no en vano ya resucitó una vez, recibe la primera gran nevada del invierno en León. ¿La última? Quién sabe. Nada sorprendente, también nevó en febrero el año pasado. Yo pude contemplarlo desde un gran ventanal, y, por cierto, no llevaba más ropa que la que lleva el monstruo de piedra. El intermitente temporal, por lo visto, se llevó por delante el letrero del lugar que me acogía durante esa nevada mañanera, las letras que forman el nombre de ese poeta casi homónimo. Ese destrozo me resultó muy simbólico, y más que sucediera en este mismo mes. Daría para una serie de reflexiones de carácter más literario que las que suelo hacer aquí.
El caso es que, un mes después, regreso a Madrid. Allí compré el primer volumen de Canción de hielo y fuego, que estoy a punto de concluir. Y vaya si el invierno ha aparecido, pero, claro, no de forma tan cruda como tendrían que soportarlo los Stark y compañía. Habrá quién piense que por qué regreso a ese piso, a pasar frío, pero nada que no solucionen un par de mantas, un forro polar que me sirva como bata, etc. Ojalá vea nevar en Madrid. Es un show, pero también un caos. No tengo clase hasta el día 27, así que me puedo permitir romper un poco la rutina. La semana que viene continuaré con los ya pocos trabajos del máster, en concreto uno de los más densos. No podré asistir a la obra de teatro que primero nos sugirió y luego casi nos obligó a ver nuestra siguiente profesora. Desconocedora, supongo, de los detalles, nos mandó asistir a una de las más caras del auditorio, en la que no cabía ningún tipo de descuento por carnet universitario. Tras dos mil quinientos del ala por la matrícula completa, pretender forzar a alumnos, algunos sin ningún ingreso, a vaciarse más la cartera resulta absurdo.
Es posible que me vaya con una intriga en curso. Saber si paso, o no, la primera criba de las becas FPU. La fecha estimada es la segunda mitad de febrero, pero algunas personas ya han sido informadas, mientras que yo (tal vez por enviar la solicitud casi en el plazo límite) no. Puede que en el Matadero, o en algún lugar capitalino con wifi, me pueda llevar la sorpresa, positiva o negativa. Lástima de haberme titulado en esta época de vacas flacas, donde hasta las Erasmus se han rebautizado como Plus, al estilo de los asientos de autobús del Alsa...
domingo, enero 19, 2014
El cálido invierno.
El pasado viernes tuvo lugar un bufo episodio en la facultad, que ahora cierra a las ocho por eso de ahorrar algo en el consumo eléctrico. Debido a una planificación mejorable en las exposiciones de la última asignatura que hemos cursado, salimos a las ocho y media, cuando ya no quedaba nadie y la puerta estaba cerrada. Ahorrando en iluminación, en efecto, las escaleras estaban oscuras y al menos las barandillas podían guiarnos casi a ciegas. Parecía una nueva versión de Tesis, con la salvedad de que no estábamos totalmente encerrados, ni hizo falta que apareciese la profesora para abrir con llave, había allí un timbre destinado a ese fin, como descubrí a su debido momento.
Salvado por la puerta, que no por la campana, gracias a esa circunstancia pude disfrutar de una noche muy especial. No importa el tiempo desapacible. Ya lo pude comprobar el pasado invierno, justo hace ahora un año. La estación puede tornarse bien cálida en buena compañía. Una lluvia persistente, factor que a mí nunca me ha resultado especialmente melancólico, lo es menos cuando con una mano sostienes el paraguas, y el otro brazo lo enlazas con el de una persona especial. Esa es la estampa que perdí. Y la estampa que recuperé. ¿Por algunos minutos? Quién sabe. Si solo fueran minutos, hubiera merecido la pena de todos modos. Hubiera gozado igualmente con un recuerdo que se me hacía lejano. Y es que, al igual que en ciertas ocasiones el tiempo parece detenerse, en otras parece avanzar tan rápido que apenas te das cuenta de los cambios que podría conllevar. Por lo que a mí respecta, en este comienzo del año me siento ilusionado de nuevo. Si la ilusión se queda en eso, ilusión, bienvenida sea igualmente, pues su mera existencia ya me ha iluminado, como un rayo de sol entre las espesas cortinas de agua.
Salvado por la puerta, que no por la campana, gracias a esa circunstancia pude disfrutar de una noche muy especial. No importa el tiempo desapacible. Ya lo pude comprobar el pasado invierno, justo hace ahora un año. La estación puede tornarse bien cálida en buena compañía. Una lluvia persistente, factor que a mí nunca me ha resultado especialmente melancólico, lo es menos cuando con una mano sostienes el paraguas, y el otro brazo lo enlazas con el de una persona especial. Esa es la estampa que perdí. Y la estampa que recuperé. ¿Por algunos minutos? Quién sabe. Si solo fueran minutos, hubiera merecido la pena de todos modos. Hubiera gozado igualmente con un recuerdo que se me hacía lejano. Y es que, al igual que en ciertas ocasiones el tiempo parece detenerse, en otras parece avanzar tan rápido que apenas te das cuenta de los cambios que podría conllevar. Por lo que a mí respecta, en este comienzo del año me siento ilusionado de nuevo. Si la ilusión se queda en eso, ilusión, bienvenida sea igualmente, pues su mera existencia ya me ha iluminado, como un rayo de sol entre las espesas cortinas de agua.
viernes, enero 10, 2014
Winter has already come.
Un viaje a Madrid nunca es un viaje inútil, poco importa que fracase la misión principal que me lleve allí. Y, bajo mi punto de vista, no fue un fracaso absoluto. Fue un viaje relámpago, por el cual he perdido dos clases de Inglés y una del máster, como daño colateral. Respecto al máster, en plena recta final de aquí a dos meses, la asistencia es importante, pero tampoco es que nos obliguen a asistir convertidos en armas bacteriológicas andantes, puesto que me fui a Madrid con catarro, y he vuelto, claro está, con catarro, al permanecer en un piso frío; supongo que tampoco ayudó el hielo en el que están enterrados los botellines de cerveza de la foto de arriba, pero, en fin, también tenía que disfrutar un poco del viaje, aunque se tratara de un viaje oficial...
Mi papel, de hecho, fue el correcto. Fui a enseñar un piso a una posible interesada, que a la postre no lo estaba tanto, pues no apareció. Y tampoco avisó. Un cambio de parecer al que estoy acostumbrado, en muchos aspectos de mi vida, pero que no por ello me resultó menos irritante. Ni se dignó a contestar mi mensaje. Suerte tiene de que en esta sociedad la seriedad se valore poco, y por un asunto así no vaya a perder la cabeza sobre los hombros. No digo esto porque vaya a comprar una espada, sino porque, como podéis comprobar, he comenzado a leer el libro Game of Thrones, primero de una saga inconclusa a día de hoy. ¿A qué se debe el retraso? ¿Por qué no me sumé al carro cuando comenzó la serie televisiva basada en dicha saga, de la cual tampoco he visto ni un capítulo? Bueno, yo no suelo seguir modas. Pero el género fantástico siempre me gustó, y ahora estoy terminando de leer una trilogía de estilo semejante. En Reyes me cayó un pequeño volumen de frases del enano Tyrion Lannister, uno de los personajes, y la verdad es que me gustó la prosa. El libro era en inglés, y este tomo también lo he comprado en inglés, compensando así un poco el fumarme las primeras clases del año.
Solo he leído el prólogo, y está bastante bien. Aparecen, a priori, unos personajes congelados, lo cual me recordó cómo la noche anterior me quedé aterido en la cama, por haber colocado solo una manta en vez de dos. Winter is coming... Como en los medios insistían siempre en las escenas de desnudos de la serie, estuve por llegar a la conclusión de que la saga era una especie de Tolkien con tetas. Tópicos que deberé revisar. Por cierto, también he estado leyendo ensayos del maestro JRR, ya que no me dio tiempo a ver la segunda parte de El Hobbit. Menuda erudición que tenía, yo jamás llegaré a ese nivel, claro que tampoco me preocupa... Espero que el final del máster concuerde bien con esta manía que me ha entrado de ir acumulando tochos que leo simultáneamente. En el caso de los libros de George RR Martin, orondos como el propio autor, tampoco es que tenga demasiada prisa en terminarlos. Así le voy dando tiempo para que acabe los que restan...
domingo, enero 05, 2014
El otro No Aniversario.
Ciertamente, este blog no es una red social, aunque ahora forma parte, en cierto modo, de una. Sea como fuere, nunca pretendí que este espacio estuviera expuesto de forma masiva. Yo no critico las redes sociales, aunque, desde luego, la comunicación no visual y no presencial me ha traído algunos disgustos. En compensación, también he ahorrado bastante tela. Pongamos el caso del what´s up, que no es propiamente una red social sino una herramienta en ocasiones malhadada, a la cual yo llegué más tarde que otros y otras colegas. La ventaja es que es gratis. La desventaja es que es gratis. Cualquier persona ociosa puede meterse en su cama, a horas no muy tardías de la noche pero ya respetables, y enviar pensamientos mal alumbrados a quien desee. Otra cosa es que el receptor quiera leerlos, o responderlos. Dicha herramienta es bastante chivata, lo cual ya debiera repercutir en su reputación. Y no sirve, seamos francos, para conversaciones de verdad. Ya desde el primer curso de carrera nos insistían en el esquema del proceso comunicativo y, pardiez, en estos chats virtuales hay una carencia considerable de contexto. ¿Qué puede hacer la pragmática en estos casos? Llevo un año entero beneficiándome de ese económico sistema, y a la vez sufriendo a personas que lo toman como atalaya para lanzar soflamas que no hubiesen arrojado a centímetros, o a otras personas que, sencillamente, no quieren escuchar (más apropiado sería decir que no quieren leer).
Me quedaré, al menos ahora, con las ventajas, que me ayudaron a crear un momento irrepetible justo ahora hace un año. Sí. Irrepetible. Ya se que es un adjetivo-comodín, pero, querido público, esta vez no ha sido escogido a la ligera. Si digo irrepetible, quiere decir que no se podrá volver a repetir, al menos en todas sus cualidades. No he querido ser banal en este sentido, no podría serlo. La cobardía de algunas de esas personas a la hora de atrincherarse en los recursos virtuales se atenuaría si pudiese conseguir espacios libres, en los cuales crear una atmósfera de intimidad que restablezcan una comunicación normalizada. No pido otra cosa a los Reyes Magos. Pero no será fácil, así que voy a tener que ayudarles, como si fuese un elfo de Papá Noel que se pasa a la otra facción...
Nota críptica- La Maset Premium de abadía fue la pócima ritual.
Me quedaré, al menos ahora, con las ventajas, que me ayudaron a crear un momento irrepetible justo ahora hace un año. Sí. Irrepetible. Ya se que es un adjetivo-comodín, pero, querido público, esta vez no ha sido escogido a la ligera. Si digo irrepetible, quiere decir que no se podrá volver a repetir, al menos en todas sus cualidades. No he querido ser banal en este sentido, no podría serlo. La cobardía de algunas de esas personas a la hora de atrincherarse en los recursos virtuales se atenuaría si pudiese conseguir espacios libres, en los cuales crear una atmósfera de intimidad que restablezcan una comunicación normalizada. No pido otra cosa a los Reyes Magos. Pero no será fácil, así que voy a tener que ayudarles, como si fuese un elfo de Papá Noel que se pasa a la otra facción...
Nota críptica- La Maset Premium de abadía fue la pócima ritual.
martes, diciembre 31, 2013
El No Aniversario.
Año tras año, este blog se reduce en entradas, quiero pensar que no en calidad (¡hay que ser optimistas, que estrenamos año!). No es falta de inspiración, desde luego: las crónicas escandinavas, un (muy) íntimo poemario, artículos para libros colectivos... y para qué hablar de los numerosos essays del máster, que también se basan en la escritura, desde luego. También estoy bocetando una historia de terror. Me encanta el género, no es por subirme al carro de mi buen amigo Hopewell, cuyas dos últimas novelas aún desconozco si han llegado a provincias. De ser así, Sus Majestades de Oriente ya sabrán qué regalo me hará especial ilusión.
Lo positivo de enmarcar un evento de relieve en un día como hoy es que, al ser el último del año, es difícil que se olvide. Ahora bien, si dicho evento no termina como a uno le hubiera gustado, un día como hoy puede volverse muy cansino, con todo ese rollo de las uvas de la suerte, el champán y el inevitable epílogo del cotillón y la siempre caótica noche de salir todos y no encontrarse nadie. Bueno, ya he rebasado el mediodía del 31, y no me siento especialmente mal. Por Libia, no tendría por qué estarlo.
El 14 se abre con muy buenas perspectivas, y una potente reserva de confianza respecto a los planes en curso, y otros que se otean en el horizonte. La consigna podría ser: confianza en mi trayectoria, y ningún respeto por quienes no confían en mi persona o en mi carrera. De hecho, es la consigna que he estado poniendo en práctica estos días. La segunda parte, solo si me obligan. La toxicidad, que solo venga de las rituales toxinas que se ingieren en noches como esta (pero es sabio moderarse año tras año, y que el naciente no se asuste ante nuestra espantosa cara post-celebración).
Desconozco si el próximo año seré más o menos fiel que este al blog, lo que es seguro es que no tengo la menor intención de abandonarlo, pues ha registrado momentos muy importantes en mi vida, como en la críptica primera entrada de este año que se nos va, y que ni siquiera yo entiendo al leerla a día de hoy. Pero para eso estamos los escritores, para plasmar pensamientos alucinatorios y, llegado el caso, que los descifren, si pueden, los sufridos filólogos del mañana. Feliz 2014, y que el Gobernador de Libia, (who the hell is he?) os ampare.
jueves, diciembre 05, 2013
Despedidas en la niebla.
Hoy ha sido una jornada un tanto crepuscular, con espesa niebla, el frío se da por supuesto y al menos han encendido las luces navideñas, pero es un espejismo para alegrar el puente, y el encendido permanente quedará para las fiestas. A pesar de hacer el máster en dos cursos, realmente la parte de más enjundia se la lleva este 2013, con 11 asignaturas cursadas de 15, comenzando a contar desde que en febrero me subí a este tren en marcha. Las clases se reanudarán tras los Reyes, y el trabajo, eso sí, continúa en casa.
Además de despedir a mis compañeros y compañeras hasta el año que viene, aunque tal vez haya algún encuentro antes de esa fecha, despedí asimismo a un profesor que me ha impartido, parcial o totalmente, cinco materias. Curiosamente, esta ha sido en la que le he visto menos cómodo. Bueno, el tema tampoco era para sentirse de ese modo, pues, en los tres últimos días, hemos hablado sobre nazismo, además de la proyección de la estupenda película The Reader (El lector). Del mismo modo que en Cuarto nos invitó, el último día, a tomar una caña o lo que fuese en la cafetería, hoy la despedida ha tenido necesariamente un carácter más melancólico, con los poemas de Paul Celan, algunos leídos personalmente por el autor, antes de arrojarse al Sena. Me quedaba con las cañas pero, en fin, si el máster tiene entre sus fines el complementar la formación que hemos recibido en la carrera, entonces cabe señalar que de Identidad Europea poco dimos en Filología Hispánica. No es la rama que voy a seguir, ni en el trabajo fin de máster ni en el futuro, pero plantea un interés indudable, a la par que incómodas preguntas.
Con solo un mes de retraso (no está mal para León), se ha estrenado La vida de Adele, y esa película sí será objeto de análisis, cuando pueda verla, eso sí, en versión original, y con la opción de detener su visionado para tomar notas. Mucho mejor que ir yo solo al cine, con la posibilidad de que se me siente un voyeur al lado. Sí, creo que el voyeurismo lleva afectando a esa película desde que ganó en Cannes. ¿Cómo es posible, si no, que yo haya podido ver sus escenas eróticas antes de ver la película en sí misma? Las mismas, por cierto, cortesía de un enlace de la versión digital de Cinemanía. Es un enlace a una página pornográfica, englobado dentro de una web de cine que no lo es. Me resulta absurdo, porque las escenas que he visto no son pornográficas, y mucho menos en el sentido de escenas entre mujeres que suelen verse en esa clase de sitios. Me han parecido realistas, y naturales, claro que necesito el contexto del filme en sí. Habrá que planear unos cuantos visionados. Y no porque las actrices sean guapas, que también...
Hablando de mujeres con sexualidades no normativas, os dejo con este vídeo de Marlene Dietrich, referido a la última clase del año, la de hoy. Por hacer un contraste, bien pudiera haber colgado uno de Aquí llega Condemor o alguna absurdez similar, que siempre logran divertirme. No obstante, vaya este como mi particular homenaje a un profesor que me ha proporcionado muy buenos momentos a lo largo de estos años.
viernes, noviembre 22, 2013
El largo parto.
¡Aquí está! Catorce meses después, el título de mi carrera, junto al plus del suplemento europeo, el papel bilingüe pensado, especialmente, para solucionarte la papeleta si hay que emigrar, como supongo que será mi caso. Tras una espera tan dilatada, al menos me concedieron como regalo una carpeta, cosa que no recuerdo en el caso de Cinematografía. Aquel no era un título oficial, y es de imaginar que, a menor caché, menos dispendios.
El único mes íntegro en cuanto a docencia está llegando a su fin, y ha sido una balsa de aceite, excepto algún incidente aislado que no tenía nada que ver con la universidad y que, por algún motivo que ahora mismo no me explico del todo, llegó a salpicar el honorable templo del saber. Las clases se me han pasado tan fugazmente como imaginaba. Es una pena, porque, además, estoy conociendo a alguna persona interesante con la que, asimismo, coincidiré fugazmente a menos que haga algo para remediarlo. El trabajo de fin de máster estará basado, a grandes rasgos, en una comparativa entre el cómic El azul es un color cálido y la película que se inspiró en él, la célebre La vida de Adele. Célebre porque ganó la Palma de Oro en Cannes, pero, de hecho, a León no ha llegado, y si llega lo hará por los circuitos alternativos habituales.
Habrá quien se pregunte que por qué tomé la decisión de hacer el trabajo sobre una película y un cómic que no había leído. Mi intuición, empero, no me traicionó. El cómic, novela gráfica si queremos ponernos finos, lo estoy terminando ahora. Sabía que iba a tocarme, así ha sido; es bello y triste, estoy escribiendo en el blog, en parte, para descansar antes de su desenlace. Creo que el trabajo podrá ser un broche muy digno para el máster, y quizá para mi estancia en la facultad, a falta de saber las opciones de doctorado.
También he rememorado el aniversario del viaje a Suecia. Increíble, parece que haya pasado un milenio desde entonces. Pero mi percepción se debe a que en este año 13 que va llegando a su fin han sucedido toda clase de peripecias, buenas y malas, pero que en su conjunto podrían dar, desde luego, para otra emotiva historia del estilo de la que estoy leyendo. La espera de la Navidad, ya lo creo, se hacía más intensa en esos paisajes nórdicos, aunque aquí ya se haya alcanzado un frío tal que, si no nieva, lo hará en cuanto me despiste. La nieve traerá consigo otra copiosa palada de recuerdos... Quizá aún me de tiempo a visitar Madrid antes del fin del año, libre de basuras aunque quizá también libre de iluminación festiva, todo está por ver. Nada me impediría comprar las dos últimas novelas del amigo Hopewell, la última de las cuales se estrena hoy. ¡Felicidades! Nada mejor que auto-regalarse libros de amigos. De momento, mi obligación es regresar a la historia de Clementine (rebautizada a posteriori Adele) y Emma. Respecto al parto al que aludía en el título, se ha fraguado tras tres intentos y, si su obtención no ha sido algo tan extraordinario como el premio que obtuve en septiembre, podría no obstante dar pie a consideraciones acerca de la constancia, y también de la paciencia, la manera de evitar distracciones que pretenden desviarnos de nuestro camino y que a la larga se quedan, ¿cómo era?, en polvo, en sombra, en nada.
domingo, octubre 27, 2013
El último curso.
Sí, el último, creo yo. Nunca se debe utilizar muy a la ligera cualquier referencia a una última vez; no obstante, considero que mañana comienza a efectos lectivos (tutorías ya he tenido algunas) no solo el último curso en la universidad, sino también el más corto, junto al anterior. Lejos mi intención de querer jubilarme como estudiante, como sugirió alguien poco informado de mis últimas andanzas. Si, como deseo, llego a hacer el doctorado, lo haré como un trabajo, con un salario; de lo contrario, no veré ningún sentido a investigar sin un mínimo sustento en que se base ese período de investigación. Soy consciente de que, para una parte de la población, solo trabajas si ganas dinero, algo tajantemente negado por mi parte durante los últimos años. Lo que sí tengo muy claro es que, por mucho que se hable de estudios de doctorado, en cuanto termine el máster me consideraré como un ex-estudiante, valga la cacofonía. Si preparo la tesis, entonces seré un investigador o, si nos ponemos finos, un doctorando.
Bastó una tutoría la semana pasada para revitalizar mi optimismo respecto a una posible beca FPU para permanecer en la universidad. ¡Sí, parece que todavía hay becas! Y, en la misma sesión, se sentaron las bases para el trabajo de fin de máster. Por otra parte, hemos alcanzado la cifra de diez u once alumnos, según cómo se mire, y el curso no corre peligro en absoluto, es una cifra en la línea de la carrera, y se acerca a la media requerida por los organismos oficiales. Al igual que sucedió entre febrero y abril, las clases volarán en un suspiro. Una lástima, pero al mismo tiempo un alivio, porque, una vez finalizado el máster, podré enfrentarme a mi futuro próximo, que es lo que estoy deseando. No tengo mucho más que añadir ahora mismo, tan solo volver a acomodarme del modo menos lastimoso posible en las tablas de la facultad, no más de un par de horas al día, y dejarme llevar por este postrero viaje que, curiosamente, concluirá en los albores de la primavera (al menos en lo que se refiere a la docencia).
domingo, octubre 06, 2013
Séptimo aniversario.
Ayer, en efecto, se cumplió el séptimo aniversario de este blog. Si no escribí esta entrada entonces no fue por falta de tiempo, sino por simple descuido. De hecho, estuve jugando una partida al Héroes, partida triunfal en la que llegué a amasar la suma de más de cuatro millones, para mí los quisiera en la vida real. Ese, el único videojuego al que dedico algo de tiempo, suele ser un recurso cuando no hay demasiados proyectos en rodaje; no obstante, creo que a partir de la semana que viene voy a retomar la escritura y la corrección de obras ya escritas, a la espera de ver qué sucede con el máster.
Después de la consabida inyección de moral que supuso el premio, se cierne un nubarrón de dudas sobre mis actuales estudios. Ahora mismo hay tres personas matriculadas en el máster. Con tres personas, desde luego, no se impartiría. Pero hay otras dos que, como yo, han completado más o menos la mitad de las asignaturas, y por tanto se prevé que continúen. El número asciende a cinco, y hay otras dos alumnas que casi seguro van a formalizar su matrícula. Siete, pues, y, contando con alguna otra posible incorporación, lo dejaremos en nueve o diez. Se supone que el mínimo es diez, aunque siempre hay un margen de flexibilidad. Yo tengo la impresión de que la gente está tardando en matricularse, casi hasta el comienzo de las clases, tal y como, por otra parte, ocurría en la carrera. No creo que sea tan solo por dejadez, sino por cuestión de becas, presupuesto, etc. Yo no voy a mostrarme pesimista a este respecto, pero no me quedaré tranquilo hasta que no reciba un correo confirmando que el máster va a impartirse.
Si no fuera así, sería un colosal cataclismo, aunque en León ya estoy aprovechando el tiempo, he comenzado a ir a clases de Inglés para preparar el Advanced, en la academia Galway, tras el coladero de pasta que supuso el TOEFL. Inglés y máster, eso necesito para irme fuera. Sobre todo lo primero, porque lo segundo sería más bien para el doctorado.
Así, celebro este séptimo aniversario del blog con cierta incertidumbre, pero también con la seguridad de que, en muchos aspectos (no en todos), estoy mejor que cuando lo comencé como vendedor del Corte Inglés, antes de las crisis. Cierto que tenía un trabajo estable, que posiblemente hubiera conservado, pero me retiré a tiempo, e hice bien. Tampoco este gran leviatán del comercio ha sido inmune a la caída del consumo, y no hablemos ya de la venta de libros, que eso sí que ha caído tan en picado que, además de amenazar el futuro de las librerías, integradas o no en centros comerciales, echa un poco para atrás a quienes tenemos obras recién concluidas, que nos gustaría ver editadas. De todos modos, no es algo que me preocupe. Para escribir, ya lo dijo Virginia Woolf, hay que tener dinero y un cuarto propio. Lo segundo sí lo tengo, y lo primero, por ahora, no me lo va a proporcionar la escritura, así que voy a centrar mis esfuerzos en los dos factores que enumeré más arriba, pudiendo compatibilizarlos con cierta creatividad y con este blog, reducido pero nunca abandonado (a menos que surja una circunstancia muy adversa o, por paradójico que resulte, muy positiva para mí).
Muchas gracias a quienes me habéis acompañado hasta aquí. Siento que me dejo ideas en el tintero, que no puedo expresar ahora mismo de forma correcta, ¡qué se le puede pedir a una mañana dominical, aunque no esté acompañada de resaca! De todos modos, me sorprende que haya sobrevivido siete años un espacio que comencé un poco como un juego, como una moda, con entradas cortas y no demasiado reflexivas acerca del absurdo diario en el centro de trabajo. Es verdad que el blog poético ha quedado congelado, pero no es menos verdad que, coincidiendo con ello, este es el primer año en el que he sido capaz de escribir un poemario completo. ¿Que se publica? ¿Que gusta o no gusta? Eso me da igual. El destinatario del mismo posiblemente nunca lo llegará a leer, puesto que ha preferido la comodidad de vivir entre las sombras. Esa historia sí que daría, además de para poemas, para unas cuantas entradas de blog, cuando no un extenso relato. Pero hoy celebramos a los Abrasadores, que hace pocas semanas se reunieron casi en su totalidad junto con el resto de familia, y todavía, por largos años sea, siguen bajo el amparo protector del gobernador de Libia.
domingo, septiembre 29, 2013
En tiempos difíciles...
Llegó finalmente el día de la inauguración oficial, la apertura del curso académico 13/14, y con ella la entrega de Premios Extraordinarios de Fin de Carrera, como el que me dispongo a recoger en la foto de arriba. El momento capta las felicitaciones que recibo del rector; el señor con aspecto de maestro Yoda sito a la izquierda del mismo, que parece que me está dando la bendición, y el señor sito a la derecha, que es el consejero de Educación, cosa que yo desconocía pues pensé que se sentaría con las autoridades, y sin el uniforme característico. Tras la entrega de los premios, y la consiguiente huida de quienes solo hubieran ido allí para recogerlos o para asistir al acto de entrega, llegó la lección inaugural, acerca del sedentarismo y el ejercicio físico. Un tema muy de actualidad, curiosamente el doctor que la impartió no se mostró muy activo durante la misma, sino más bien imperturbable. Leyó su lecture sin que la era del Power Point hubiera llegado hasta él, ahora que durante el máster ha llegado incluso hasta mí. A su favor hay que reconocer que se la había currado y era muy interesante, además de limitarse a una media hora, con lo que el acto concluyó puntualmente, a las dos.
La clausura, aparte del Gaudeamus Igitur que siempre suena en esta clase de actos, vino a cargo del rector. Hizo un discurso bastante reivindicativo, sobre todo teniendo en cuenta que sus peticiones se dirigían a la entidad que representaba aquel que estaba sentado junto a él. Eso sí, hay cosas que no llego a ver, como eso de conseguir 35 alumnos de nuevo ingreso por carrera, al menos en la antigua Filología Hispánica. Se mire por donde se mire, no se puede juzgar a todas las carreras por los mismos criterios. Parafraseando al consejero, podría afirmarse que no se trata de suprimir carreras, sino de hacerlas ya no más potentes, que también, sino más atractivas, el atractivo y el empuje del idioma español y su rica tradición literaria son un filón que debe ser explotado con más ahínco. Que se mire, si no, a China, donde Filología Hispánica sí tiene una gran demanda, y asimismo demanda profesores de Español (no en vano, había representantes del Instituto Confucio en el acto). La frase que sí subrayaría, desde luego, es aquella con la que el rector concluyó su discurso, en referencia al generoso donante anónimo que sacó de apuros a varios estudiantes pendientes de pago en sus matrículas: En tiempos difíciles es cuando se descubre a las buenas personas. No creo que la merma en las becas se pueda compensar con donaciones anónimas; no obstante, hasta que la situación mejore, es un clavo al que agarrarse.
Desconozco si hubo un tiempo en el que obtener este premio conllevaba una recompensa económica. En todo caso, ahora ya no llega ni para el vino que tiempos ha ofrecían tras la inauguración. Yo no lo hice por el dinero, ni por presumir. Simplemente, era mi obligación. Solo lamento no poder viajar en el tiempo cinco o seis años atrás, para mostrárselo a quienes ponían en duda mi decisión de acabar la carrera. Todavía hay quien parece no compartir que quiera hacer el doctorado, pero, como son ejemplos aislados, algún converso al neoliberalismo de forma tan zafia que da vergüenza ajena, no voy a inmutarme por ello. De todos modos, a estos conversos habría que recordar que, en su momento, podría haber ganado una buena suma al mes en León como contratado por la Universidad, que ahora hace malabarismos para financiarse como dejó bien clarito el rector hace dos días. El doctorado no se estudia, se investiga, y, aquí ya no, pero en otras universidades conlleva un salario, como pude comprobar en Lund. Y, como sea que he considerado al máster como el germen del doctorado, y en dicha concepción voy a basar mi trabajo final de julio, confío en que a partir de la semana que viene, comenzado el mes, empiece a recibir noticias de los profesores y profesoras que deben enviarme sus indicaciones de cara a la preparación de las asignaturas. Sin son tiempos difíciles, también es tiempo de plantar cara.
jueves, septiembre 26, 2013
Marranadas.
He convertido el Matadero de Madrid en una especie de cuartel general, dado que, hasta el momento, me resulta el sitio más cool de Legazpi (¿tal vez el único?), y además me permite usar el wifi de forma gratuita. Allí hay un cine y dos teatros, además de sus respectivas cafeterías o cantinas, y en una de las salas tenían en cartel una obra llamada Marranadas, basada en una novela que no he leído. Por lo visto, la protagoniza una figura porcina, supongo que hembra por la melena platino que se le alborota en la foto de arriba de grotesco modo; en el póster aparece un actor con una máscara de gocho, lo que hacía que los niños la confundieran con Peppa Pig. Confieso que me desagradó la similitud con el argumento de la novela que colgué en este mismo blog. ¡Todo está inventado, colegas! Mi novela, de hecho, estaba ambientada en el barrio, aunque el nombre de este no apareciera, y la conexión es lógica entre Los cerdos y el Matadero, no solo en la mía sino, supongo, en el hecho de quienes han escogido esa obra teatral para representarla en ese recinto.
Para marrano, el estado de mi calle en este verano. Me quedé estupefacto al leer que desde el Ayuntamiento pretendían bajar la tasa de basuras. ¿No sería preferible mejorar la limpieza? No solo es culpa de quienes gobiernan, claro, que también hay gente bastante guarra; muy bien si quieren beber en la calle, pero al menos que se hagan cargo de los desperdicios... A tal grado llegó el asunto, que vino una vecina del bloque para que firmara a favor de mantener la calle más limpia, alegando que habían aparecido hasta ratas. ¡Bueno, yo ratas no he visto, bastante tuve en su día con las cucarachas!
Por lo demás, el viaje muy bien, he visto a quien no pude ver en verano, y también a quien ya había visto. He descubierto un bufé asiático como los que había en Suecia, pero en plan vago. Es un bufé giratorio: los platos, en pequeñas raciones, van apareciendo junto a tu mesa. Al constituir una suerte de pequeñas tapas, permite variar entre sabores sin quedar excesivamente repleto.Lo prefiero antes que las grasientas tapas del Tigre, esa abarrotada sidrería. Por cierto, ahora que mi intención es recibir clases de Inglés, no pude dejar de notar un cartel que indicaba Hay un nuevo Tigre abierto en la calle tal y tal, con su traducción al inglés (porque los jóvenes y gallardos extranjeros van hacia ese lugar como mosquitos a la luz), que era esta: There is a new Tiger open... En su afán de traducción, tradujeron hasta el nombre del bar, que es como si al Burger King le llamáramos El Rey de la Hamburguesa, por no hablar de cómo sonaría Pollo Frito de Kentucky.
En fin. Podría relatar muchas más anécdotas del viaje, pero me encuentro en la víspera de que me entreguen el premio de fin de carrera, entrega simbólica pues se tratará de un diploma, pero la solemnidad del acto, con todos esos catedráticos y el rector vestidos de colorida manera, me provoca cierto nerviosismo de chaval en la noche de Reyes Magos. En todo caso, es un magnífico pistoletazo, si no cañonazo, de salida para el medio curso que viene, el último en León a menos que quiera echar raíces aquí, algo que no sucederá si yo puedo evitarlo.
domingo, septiembre 08, 2013
Calentando motores.
Ayer me confirmaron, como suponía, que no puedo acceder a la beca de colaboración para el máster por la peregrina razón de que estoy en segundo curso, y solo vale para el primero. En realidad, el máster no tiene dos cursos, lo que pasa es que, debido a mi viaje al extranjero, lo he dividido en dos mitades. Vamos, que no me han echado atrás por expediente académico, y en ese sentido me siento algo estafado. La llaman beca, pero lo cierto es que es un trabajo, para colaborar durante tres horas al día en el departamento de mi facultad. Tras un consabido recorte de cincuenta euros, la cantidad a ganar por mes me permitía aún aspirar a ciertos cambios en este último curso en la universidad.
Hace unos días vi la película Weekend, de temática gay. No me atrevo a decir LGTB porque casi no aparece nadie más que sus dos protagonistas, gays, y el término bisexual ni se menciona. Narra una historia de amor fugaz pero intensa, con grandes dosis de realismo. Bueno, no se si todo me pareció igual de realista, porque el miembro más armarizado de la pareja, por así decirlo, tenía alquilado un piso individual con el dinero de su trabajo como socorrista, y todavía le sobraba sueldo para tomar copas en clubs nocturnos y gastarlo en drogas bastante conocidas en este país durante la época del boom. Bueno, tal vez en Reino Unido los salarios puedan estirarse más, en todo caso siempre me ha llamado la atención cómo, incluso en filmes que se pretenden naturalistas, las fuentes de ingresos de los personajes suelen ser un tanto oscuras.
¿A qué viene esta digresión, aparte de para recomendar una buena película, de escasa repercusión más allá de los círculos a los que parecía dirigida? Bueno, es que, precisamente, el objetivo de la beca de colaboración hubiera sido alquilar un estudio, imagino que más cutre que el que se convierte en escenario recurrente del filme. León podrá ser una ciudad con limitaciones, pero al menos el alquiler es barato. Más lo sería compartiendo vivienda, pero la persona con la que pretendía hacerlo se ha evaporado, de modo temporal o definitivo, y tampoco quiero arriesgarme a soportar dosis de chaladura como las que viví en Suecia, si no conozco a otras personas en ese sentido. A pesar de que duermo mejor de manera individual, ya me gustaría tener una cama grande donde compartir momentos como algunos de los reflejados en la película. Todavía es pronto para saber qué sucederá en este curso. No obstante, el piso de Madrid sigue disponible, y allí iré dentro de poco, para disfrutar de unos días sin el agotador corsé del calor en agosto.
Con matrículas más caras que en otras ciudades y menos becas, la estrategia no parece la mejor para retener alumnos, pero, como el máster me gusta y los resultados hasta ahora han sido muy buenos, me he puesto ya a preparar el trabajo final, que pretendo que sea el germen del doctorado (este, sí, a realizar en otra universidad). Ya ni sueño con aquella época en la que se me prometían unos mil doscientos del ala a cambio de hacerlo aquí. Con todo, en el fondo eso es positivo, porque me obligará a salir fuera y no eternizarme en esta ciudad. En algunos días de este verano me he sentido como inmerso en un círculo de difícil escapatoria, es por ello que tener un destino alternativo en el horizonte me entusiasma tanto como la perspectiva de terminar este máster con un trabajo interesante, moderno y que me abra nuevas vías de aprendizaje y también profesionales. Seguiré calentando motores con esa meta.
Hace unos días vi la película Weekend, de temática gay. No me atrevo a decir LGTB porque casi no aparece nadie más que sus dos protagonistas, gays, y el término bisexual ni se menciona. Narra una historia de amor fugaz pero intensa, con grandes dosis de realismo. Bueno, no se si todo me pareció igual de realista, porque el miembro más armarizado de la pareja, por así decirlo, tenía alquilado un piso individual con el dinero de su trabajo como socorrista, y todavía le sobraba sueldo para tomar copas en clubs nocturnos y gastarlo en drogas bastante conocidas en este país durante la época del boom. Bueno, tal vez en Reino Unido los salarios puedan estirarse más, en todo caso siempre me ha llamado la atención cómo, incluso en filmes que se pretenden naturalistas, las fuentes de ingresos de los personajes suelen ser un tanto oscuras.
¿A qué viene esta digresión, aparte de para recomendar una buena película, de escasa repercusión más allá de los círculos a los que parecía dirigida? Bueno, es que, precisamente, el objetivo de la beca de colaboración hubiera sido alquilar un estudio, imagino que más cutre que el que se convierte en escenario recurrente del filme. León podrá ser una ciudad con limitaciones, pero al menos el alquiler es barato. Más lo sería compartiendo vivienda, pero la persona con la que pretendía hacerlo se ha evaporado, de modo temporal o definitivo, y tampoco quiero arriesgarme a soportar dosis de chaladura como las que viví en Suecia, si no conozco a otras personas en ese sentido. A pesar de que duermo mejor de manera individual, ya me gustaría tener una cama grande donde compartir momentos como algunos de los reflejados en la película. Todavía es pronto para saber qué sucederá en este curso. No obstante, el piso de Madrid sigue disponible, y allí iré dentro de poco, para disfrutar de unos días sin el agotador corsé del calor en agosto.
Con matrículas más caras que en otras ciudades y menos becas, la estrategia no parece la mejor para retener alumnos, pero, como el máster me gusta y los resultados hasta ahora han sido muy buenos, me he puesto ya a preparar el trabajo final, que pretendo que sea el germen del doctorado (este, sí, a realizar en otra universidad). Ya ni sueño con aquella época en la que se me prometían unos mil doscientos del ala a cambio de hacerlo aquí. Con todo, en el fondo eso es positivo, porque me obligará a salir fuera y no eternizarme en esta ciudad. En algunos días de este verano me he sentido como inmerso en un círculo de difícil escapatoria, es por ello que tener un destino alternativo en el horizonte me entusiasma tanto como la perspectiva de terminar este máster con un trabajo interesante, moderno y que me abra nuevas vías de aprendizaje y también profesionales. Seguiré calentando motores con esa meta.
miércoles, agosto 21, 2013
El Madrid surreal y bochornoso.
No tengo remedio. Me hice una especie de autopromesa, la de no permanecer en el piso de Madrid más allá de cinco días, mientras no se solucionara, al menos, el problema de la fuga de agua, ya que no el de poder ducharme. No cinco, sino ocho permanecí allí, con un calor como el que había esperado. Yo no soy un rata, aunque en los últimos días me parezca que alguien me lo ha llamado de forma más o menos indirecta (que me equivoque en esto, por favor, pues se trata de una persona a la que aprecio); no obstante, no quise llamar a ningún servicio de fontanería, temiendo que por cualquier nimiedad pudieran cobrarme más allá de esos ciento cincuenta euros que me cundieron para toda la estancia. A fin de cuentas, estamos hablando de un piso que apenas ya se utiliza, por lo que la posibilidad de arreglarlo, y el desembolso que conlleva, debe analizarse con más calma.
¿Que hace calor en agosto en Madrid? Es como decir que lo hace en el infierno. Ya me tocó a mí trabajar en la capital durante ese mes, y bien lo sabéis por el blog. No es una circunstancia que fuera a echarme para atrás. Ni a mí ni a los miles de turistas que se agolpaban para poder ver la exposición de Dalí en el museo Reina Sofía. El artista, gran experto en marketing, estaría encantado de ver esas colas que parecían dignas de un concierto de una estrella de la música o similar. No conseguí ver la exposición junto a Oli. El primer día, la postergamos para después de comer; por la mañana habíamos visitado el Caixa Fórum (que ya es de pago) para entrar en una muestra sobre el visionario del cine, George Meliés, si es que lo he escrito bien. De vuelta a Atocha, no quedaban entradas. El domingo, tampoco. Y eso que la hora era más temprana, a mediodía. Con todo, pudimos acceder gratis para ver el Gernika, que siempre es una experiencia sobrecogedora y, al ser tan grande, no hay que abrirse paso casi con los codos, como me sucedió con Dalí. Finalmente, el jueves pasado, festivo, llego a las diez y media de la mañana, y tras tres cuartos de hora de cola consigo la entrada, establecido el pase a la una y media. Nadie crea que, por eso de compartimentar las horas, las salas estaban más vacías. Ni en sueños, es la exposición más masificada que he visto en la vida, y es una pena, porque estaba bastante bien organizada. Lo más ridículo fue ver a dos trabajadoras del museo chistando a la gente para que hablara más bajo, como si los cuadros sufrieran por el ruido, y pretendieran hacer creer a esos turistas en chanclas que estaban visitando una iglesia. Si no querían jaleo, tendrían que haberse planteado la exposición de otra manera, o subir la entrada de ocho a veinte euros...
Tras salir del museo me di un paseo nostálgico, y caluroso casi hasta la extenuación, hasta el barrio de la Latina, pasando por mi antigua calle de Gasómetro, con la casa donde viví y el Telepizza en el que curré. No fue el único punto que me refrescara la memoria, pues en la calle de la Paloma, donde tomé esa foto con los monigotes, estaba el portal en el que residían, hasta hace pocos meses, Nacho y Jessica. Los bares de ambiente del barrio, como el que existe al lado del portal, se habían sumado a las fiestas de la Paloma con una sucesión de coloridas vírgenes y alguna drag queen animando al personal, lo cual daba una estampa como de película de Almodóvar en los años ochenta.
Yo me tomé un vaso de sangría y continué caminando hasta hallar un sitio para comer que estuviese fresquito, y no se limitara a ofertar los grasientos productos que suelen destacar en las barracas al aire libre que se alineaban por las calles de la feria. Lo que hubiera dado entonces por llegar a la llamada playa de Arganzuela, que no debe pillar lejos de mi barrio, pero, aunque visité el Madrid Río, no pude caminar demasiado por las mismas y soleadas razones. Podría ser peor, desde luego, podría estar ahora mismo allí, con alerta naranja, y añorar las nieves eternas de Furulund, por fortuna he regresado a León y puedo afirmar, desde aquí, que Legazpi es un barrio más interesante de lo que puede parecer a simple vista.
El Matadero es el buque insignia cultural del mismo; por desgracia, en agosto estaba prácticamente clausurado, pero al menos pude comprobar que tenía wi-fi gratuito, sin necesidad de ir a ningún bar a gastarse la tela para mandar algún que otro whats up. Y, respecto a Madrid Río, como podéis ver resulta un buen sitio para desconectar y pasear, si bien tenía, en ese tramo, poca arboleda para resguardarse del sol, por lo cual no pude ir muy lejos y me quedé en una terraza tranquila, con un precio como el que se acostumbra en Madrid y sin ni siquiera invitar a un cuenco de alpiste, supongo que lo que se paga es la vista...
Por cierto, qué ironía me resulta, visto ahora, el nombre de la cerveza. El Matadero, nombre asimismo irónico para un centro cultural, queda al fondo de la estampa, al otro lado del río. La visita me ha parecido satisfactoria y bien aprovechada, sin importar el sudor, las carencias acuíferas y el surrealismo alrededor del surrealismo de algunos momentos. Al menos no hubo cucarachas. Bueno, cierto es que, si viniera otra plaga, apenas encontraría ya qué comer en toda la cocina, así que mejor que escojan un objetivo más suculento...
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