sábado, abril 30, 2016

Research Matters II.

Finaliza un mes que preferiría olvidar, que preferiría enviar a un agujero negro cósmico; sin embargo, lo terminaré con una nota positiva: ya me he ventilado cien créditos de actividades obligatorias del doctorado. Sesenta de la formación transversal ( y ni uno más, porque no pienso regresar a las jornadas doctorales) y cuarenta de las propias jornadas de nuestro programa, las Research Matters. En estas sí que no me importaría repetir, para ir calibrando la evolución de mi proyecto, así como los de mis compañeras y compañeros. El mío fue defendido el pasado jueves, en la primera mesa de las sesiones, que curiosamente fue la única exclusivamente masculina. Que no se diga, yo la verdad es que ya he aprendido a ver cómo muchos de los tópicos que asociaba con este doctorado, de forma directa e indirecta, se van dinamitando. ¿No es mejor así? Nadie dijo que esto fuera a ser un aburrido y previsible camino trillado. 
Quise buscar un equilibrio, el mayor equilibrio posible en los cinco minutos de que disponía, entre las preguntas que debía responder y cierto tono personal. Creo que lo conseguí, al menos a la coordinadora del programa le gustó y, si a ella le parece bien, pues entonces ya puedo estar contento. La próxima embestida será a mediados de julio con la comisión de seguimiento. No me produce especial inquietud. Al margen de algunos errores propios y de problemas que yo no he podido controlar, el ritmo del doctorado no va tan flojeras. Hay una clase de incertidumbre que me molesta, y que no debí soportar ni en la carrera ni en el máster. Allí hacías el examen: aprobado o suspenso; entregabas el trabajo, muy mal tenía que estar para que suspendieras. Ahora, dependo del capricho de terceras personas a las que ni siquiera conozco. A la hora de enviar un proyecto de artículo o de comunicación, al margen de su calidad intrínseca, corres el riesgo de quedar fuera si no encaja demasiado con lo que buscan, o por otros motivos. Eso me pasó el propio jueves, después de las jornadas. Me respondieron de una revista queer que, por muy queer que fuera, había rechazado mi propuesta por el gran número de competidoras y porque no concordaba del todo con lo que buscaban. Eso sí, las gallinas que entran por las que salen. Coincidí con Alejandro, compañero y organizador del simposio de Santander, ese al que no asistí por tener el cerebro licuado aquellos días. La ponencia que no di se convertirá en un artículo para el boletín de la asociación, así que no todo ha sido esfuerzo baldío. La semana que viene deben contestarme de un congreso en Oxford. Dudo mucho que la respuesta vaya a ser positiva, aunque cosas más raras he visto. 
En suma, estos tributos bolonios de congresos y artículos es que lo debo pagar, aparte de redactar la tesis en sí. Coincidí, brevemente, con mi directora y la tutoría ya está más cerca. Ella también tiene problemas en su entorno, pero cree que estos baches son algo muy natural dentro de un proyecto a gran escala como el presente. Ella alberga bastante más experiencia que yo a ese respecto, por lo que la motivación está lejos de agotarse. El martes es el examen de Francés. El profesor nos dijo, al petit comité de fieles a su clase, que con lo puesto ya podríamos aprobarlo. Imagino que sí, de todos modos repasaré durante este puente para hacerlo dignamente. Sin aspirar a la, ejem, excelencia. No es el momento. Yo solo quería bautizarme en el idioma, lo he hecho con creces. Que el florido mayo nos rescate de esta, la hora más oscura. 

miércoles, abril 27, 2016

Nostalgia digital.


¡Agárrense las carteras! Hoy (al margen de que mañana tenga las jornadas doctorales) tocó excursión al rebautizado como Intu Asturias. No para mí, al menos no solo para mí, el caso es que quería comprar una colección de fotocromos de Martín, en exclusiva para la Fnac, que irán a engrosar el extenso fondo martiniano de mi hermano. No me he perdido por el Ikea esta vez, o San Ikea, según algún chascarrillo sobre la gente de León que aprovechó el día 23 para ir allí. Fui a tiro fijo a la cafetería para tomar un auténtico, por más que congelado, rollo de canela. Celebré así que he perdido todo el peso que gané en Santander (etc.) y me puedo permitir ese piscolabis.


Pasé luego a la Fnac, con la suerte de obtener la colección entera de ocho carteles que homenajean los que solía haber en los cines, ahora ya en bastante desuso. No siempre que voy allí termino saliendo con libros, pero en este caso salí con dos, compra bastante justificada. No me tentó el consumismo, pero reconozco que me picó el gusanillo al pasar por una sección que no es de las que más visito... La de juegos de ordenador y consola. Como motivo nostálgico, ahora ha salido el Heroes VII. Yo me quedé en el IV... No lo compré, no tengo pensado hacerlo y tampoco se si funcionaría en este portátil, por mucho que esté formateado, bla, bla. Por cierto, la primera versión del Heroes ya ha cumplido veinte años. ¡Sí que hemos crecido, Abrasadores! En cambio, me sorprendió ver que vendían una consola Mega Drive, en plan vintage pero actualizada, tan solo para enchufar en la tele y jugar. La tenía mi prima Car y, actualizando los precios, ahora está bastante económica, sobre todo teniendo en cuenta que viene con... ¡ochenta juegos! Algunos morralla, pero otros verdaderos clásicos que me chiflaban, como el Golden Axe, ese al que echaba cinco duros y otros cinco duros en las recreativas. ¿Caeré en esta regresión infantil freudiana, poniendo en riesgo de demolición el edificio de la tesis? El tiempo dirá, no lo descarto aunque, por suerte, se controlarme. Incluso si tuviera que jugar como un enano con un hacha más grande que él para repartir estopa, sin duda sería una verdadera válvula de escape para la tensión de la escritura, y mejor repartir leña virtual que no real, digo yo. 
Caiga o no caiga el juego, lo cierto es que, tras tantos años, me he sacado la tarjeta de la Fnac, en plan reconciliación después de que no me dejaran trabajar allí. Todavía recuerdo la absurda entrevista, con sus cuentos de globos a punto de hundirse y gente a la que tirar por la borda. Seguro que en este mismo blog me referí a ella en su día. Bueno, estoy a una o dos compras de amortizarla, así que no he perdido nada con hacerla... 

sábado, abril 23, 2016

Maldita tesis / La tesis maldita.


Una recomendación, para este Día del Libro. Ya he hablado antes de esta novela gráfica, ¿no? O cómic, como se quiera, porque un cómic tampoco debería colgarse otros rótulos para parecer más respetable. Y este lo es, y además divertidísimo. Ayer leía un artículo de la revista Muy Interesante sobre el poder sanador del humor. Siendo esto así, durante un par de días duros en Santander pude solazarme con esta historia que, curiosamente, parodia un asunto que para mí no puede ser más serio. Imagino que por eso lo he disfrutado tanto, porque la identificación ha sido absoluta. 
Además, fue todo un flechazo. Después de la visita de nuestra familia madrileña, fui a la librería Nexus 4 para adquirir un manga que ellos no habían tenido tiempo de comprar. Un grato descubrimiento ese lugar. No solo tenían el citado manga, y varios ejemplares de Las horas perdidas de Víctor, sino que, además, como ya apunté en su momento, era la primera librería especializada que yo haya visto con un pequeño rincón de temática LGTB, tanto en cómic como en novelas de tipo fantástico o similar. Si vuelvo a Santander, en circunstancias más relajadas, espero volver a pasar por allí. 
A priori no tenía ninguna compra en mente, pero ya solo leer el argumento del cómic y echar un vistazo a sus páginas me confirmó que debía adquirirlo. Narra la historia de una profesora de instituto que deja su empleo para hacer una tesis sobre Kafka (a pesar de que le dicen que el sesenta por ciento de las tesis de literatura no se terminan). A partir de ahí, todos los problemas que debe afrontar, como el plazo de tres años que se acaba estirando, las clases mal pagadas, o no pagadas, que imparte en la universidad, el escepticismo de su pareja y sus familiares, o un director de tesis bastante pedante que no le hace el menor caso. A este último respecto, debo decir que, pese a que este año no he visto aún, en presencia, a mi propia directora, su personalidad no podría ser más distinta a la del personaje de ficción. Ambos hemos viajado bastante, por placer u obligación, y, por lo que respecta a esta semana, ella no ha podido darme una tutoría porque su padre fue ingresado en el hospital, algo a lo que ya tuvo que enfrentarse el pasado curso. ¡Maldito mes este! Suerte que ya solo le queda una semana. No se si será gafe el mes, o será gafe nuestro proyecto; si así fuera, habría que pasar de hablar de la maldita tesis a la tesis maldita. En todo caso, tampoco está yendo tan mal. Yo sigo enviando abstracts, la semana que viene repito en las jornadas de nuestro doctorado si no hay nuevos impedimentos... Y, lo que es más importante, el contacto entre ambos permanece fluido, aunque sea en el campo virtual. Yo agradezco sus palabras, su ánimo y estoy de acuerdo con ella en lo básico: que, siendo tiempos difíciles, no hay que abandonar. Esto es una carrera de fondo. Lamento que mi propia trayectoria no sea tan hilarante como para poder convertirla en una historia tan cómica como la de esta novela, pero, siguiendo el espíritu del reportaje que leí ayer, el sentido del humor debería ser lo último que perdamos, en cualquier circunstancia. 

jueves, abril 14, 2016

Know your limits.



Este es un mensaje polivalente, que lo mismo puede aparecer en un libro sobre zen que en una botella de cerveza. ¿En serio? Sí. Know your limits. En una Desperados, cortesía de los amigos de Jill con quienes no pude coincidir estos días, pone eso junto a dos iconos que a priori no me afectan mucho: el de la mujer embarazada (no me afectaría de forma directa, aunque la bebida siempre relaja, valga la redundancia, los límites) y el del coche. Suerte que sí conozco estos. Bueno, si me bebiera de seguido el pack de seis, ya estaríamos hablando de otra cosa. Pero tampoco es como la Kastel, si es que se escribe así, birra potente donde las haya. 
Si escribo esto en mi entrada mil y una es porque este motto viene al pelo de lo que estoy planeando, con la ayuda del cuaderno El Carro del que ya hablé. En los últimos días he escrito mucho de forma personal. Es lógico. La tesis aguarda su turno, y este no se hará esperar. Los límites no siempre nos los marcamos nosotros mismos. Este ha sido un año de acontecimientos imprevisibles, y, por lo tanto, tampoco se pueden hacer planes a muy largo plazo. Esta misma tarde, sin ir más lejos, iba a ir a clase de Francés cuando la jornada se ha torcido hacia una actividad no prevista, pero más adecuada para el contexto. ¡Enhorabuena! Ya he llegado a otro límite, este el de ocho clases fumadas, el máximo para presentarse al examen. Aunque, claro, el concepto de fumarse remite a otras realidades bastantes más livianas que aquellas por las que he faltado a una clase que, en verdad, me gusta bastante, y que me ha servido para lo que quería: alcanzar unas nociones básicas y, voilá, el curso que viene veremos si sigo aprendiendo el idioma, aunque sea en clases particulares. 
La semana que viene sí se hará presente ese estado tan etéreo llamado normalidad. Pero la rueda gira. Estoy a mitad de camino del doctorado. Más o menos. Si no lo resalté en la entrada número mil, fue porque se me fue la olla. Pero, vaya, mi cabeza funciona mejor que este ordenador, lo aseguro. Su boicot, ahora mismo, es el que menos me preocupa. ¡Este cacharro sí que ha conocido sus límites, y ha ido más allá! 

martes, abril 12, 2016

La Entrada Número Mil: El Carro.



Hay luz al final de la chimenea (aunque en esta foto no pueda apreciarse muy bien). ¡Mil entradas ya! Bueno, no se puede negar que en algunos sectores de mi vida he sido una persona constante, como en este blog: diez años y mil entradas. Debería ser motivo de celebración, si no llegase en un momento un tanto sombrío. En todo caso, son factores imprevisibles. Lo que importa es que este espacio, además de un testimonio de mi existencia, de mi obra y de otras cuestiones más, ha seguido una evolución que, claramente, ha sido para mejor. Solo hay que ver cómo eran las primeras entradas... Claro que, entonces, esto para mí no constituía otra cosa que un juguete nuevo, que usaba un poco como vía de escape para un trabajo un tanto frustrante. El día de los Five Carros marcó un hito aunque hay que reconocer que el amigo Oli llegó a superar esa marca. 
¿Cuál será el rumbo que seguirá este blog? Me gustaría saberlo, yo que ni siquiera se cuál será el mío propio a partir de que termine el presente curso. Suerte que yo siempre he tenido un modo (en ocasiones no muy fiable) de aclararme: la escritura. Por ello, hoy compré un cuaderno en la tienda Friking, en serio, cuya portada muestra una evolución de los joystick de consola. Voy a bautizarlo como El Carro, y apuntaré todas mis posibles alternativas para un futuro bastante cercano. Me salió esa carta en el tarot esta semana. Vale, la que salió la semana pasada no pudo ser más errónea, pero es que yo no me creo al cien por cien, ni por asomo, lo que marcan los arcanos. En este caso, no obstante, me da que acertaron de pleno. ¡El carro! Me suena a esa frase que me han repetido hasta la saciedad en los últimos días: Hay que tirar p´alante. Sí, aunque se haya estropeado una rueda, o incluso haya que cambiar las cuatro. El camino se llenará de luces y sombras, del mismo modo que los caballos que tiran del carro son blancos y negros, pero eso es algo asumido. Se abren numerosas bifurcaciones, lo cual siempre resulta estimulante. Sería injusto si dijese que este curso ha sido una mierda, pues ha albergado momentos para el recuerdo, pero voy a robar un eslogan de la política: se huelen aires de cambio. 
¿Para mejor? Eso espero, tratando de no repetir los errores tanto de este año como del pasado. On the road. Vamos allá, a por otras mil entradas si nos ponemos muy generosos. Yo sigo escribiendo en papel, tal y como acabo de mencionar, pero este etéreo espacio ha dejado un poso bastante profundo en mí. Y no me abulta en el cajón. Merci por haberme acompañado hasta el momento. 

domingo, abril 10, 2016

Los Cantos de Maldoror.


Te ha llegado un libro. ¿Qué clase de últimas palabras son esas? Bueno, si son dirigidas a mi persona, entonces ya parecen más significativas. Y, desde luego, nunca debieron haber sido unas últimas palabras. Hay personas que no se despiden porque no quieren, así de simple; otras, sencillamente no pueden. El día antes de que yo disfrutara de mi reencuentro con Ponferrada, me llegó ese mensaje final, esa despedida posmoderna por what´s up. ¿Y qué libro es el que ha marcado semejante fatalismo? No podría ser otro mejor: Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont, que ni era conde ni nada. 



Esta obra maldita, que no había leído hasta ahora ni he comenzado aún, la encargué en realidad porque, además de estar en mi lista de hipotéticas lecturas, viene en una cuidada edición, ilustrada por Martín. Tampoco se me ocurre mejor ilustrador, pardiez, merced a las pesadillescas imágenes que evoca esta obra, Cual si de un Necronomicón se tratase, la aparición de la misma dio el pistoletazo a dos semanas y media de verdadera pesadilla, dando la impresión de que su malditismo pervivía a través de los siglos, y que, tal vez, debí hacer caso a la advertencia que venía en su contraportada: Lector, por tu propio bien, aléjate de este libro cuanto puedas. 


En todo caso, pese al recuerdo funesto, espero disfrutar de esta obra y que tal vez el propio Martín nos dedique sendos ejemplares, a mi hermano y a mí, en la acostumbrada cita navideña. No debería cargar de negatividad este volumen, del mismo modo que sería absurdo hacerlo con el último libro que compré en Santander, la novela gráfica Maldita tesis; una obra mucho más humorística y luminosa, de la que hablaré en otro momento. Los objetos se empapan del recuerdo, es inevitable. Y no solo los objetos, incluso el mítico Cuarto Milenio, que en una década me ha acompañado en tantos dimes y diretes, adquirirá una pátina algo triste puesto que, en los últimos meses, solíamos verlo juntos cuando coincidía que yo estaba en León. En su memoria, seguiré disfrutándolo, y empezaré esta misma noche (si no me duermo, claro está). 

jueves, abril 07, 2016

El lamento de las montañas.



En esta movida Semana Santa, movida y a todas luces marcada ya para siempre, mis amigos me recomendaron unos vídeos de Dokusho (no lo escribo bien, pero ese ahora es el menor de mis problemas) Villalba, maestro zen español. Así he hecho, y también saqué un libro suyo de la biblioteca. Siempre me gustaron las lecturas sobre zen, no en vano el primer libro que compré en Oviedo estaba bastante relacionado con el tema. Ahora mismo, más allá de esas políticas anales que merece la pena reivindicar aunque suenen a chiste (y es precisamente por esa hilaridad por lo que deben ser reivindicadas), necesitaba un alimento más espiritual. Algo que me ayudase a relativizar conceptos y trascender la visión materialista y dualista de nuestra realidad actual. La voz del valle, el color de las montañas, así se llama el libro del maestro. Las montañas no solo han jugado un papel muy importante  en mi vida, sino también han sido escenario recurrente a lo largo de los últimos tiempos, no fuera más que viéndolas desde el autobús. Observando una montaña, según la filosofía zen, se puede hallar la iluminación. A mí hasta ahora no me ha sucedido, pero su mera contemplación sí me produce una serenidad tal que no es de extrañar que el monasterio zen al que se refiere el maestro se situé en un entorno de este cariz. 
Yo nunca he sido un montañero de pro, lo asumo sin ningún pudor, pero es evidente que tengo una conexión muy especial con los puertos y los montes, por herencia materna y paterna. El mismo concepto de los Abrasadores, con quienes he compartido estos últimos días, no se entiende sin aquellas excursiones a veces tan suicidas, peña arriba y abajo, que nos marcábamos.Es un legado que debo mantener y transmitir, si no a mi descendencia (es pronto para saber si esta existirá), al menos sí a través de mi escritura. Allí, en la grandeza de estos colosos, tal vez sea donde, parafraseando a Dokusho, nos traslademos como parte de un continuum de energía cósmica, una vez abandonamos nuestros cuerpos físicos. Habrá a quien le suene demasiado pseudo-místico, pero no deja de remitir a una sabiduría que ha sobrevivido cientos de años, y que vale para bastante más que para bautizar algún spa o algún suplemento de periódico. Frente al ansia del tener más, y más, sin saciarnos nunca, es bonito apreciar la simple belleza de una rosa, como la de arriba, o de un paisaje mil veces transitado pero que nunca nos cansa. Por lo que a mí respecta, y aunque no haya evidencia científica, estoy seguro de que las montañas sienten, a su modo, y también se lamentan. Pero renacen, especialmente ahora en primavera, y siguen su ciclo. Seamos duros y resistentes, como ellas. 

lunes, abril 04, 2016

jueves, marzo 31, 2016

Cuídate de los idus de marzo.

De nuevo en León, tras un mes de mucho rodaje y del que, aunque parezca mentira, hoy es su último día. En sus inicios compré los diarios de Gil de Biedma, y me da la impresión de que hayan transcurrido un par de  lustros desde entonces. Creo que se debe a la intensidad, para bien o para mal. Los idus de marzo pasaron y hemos sobrevivido a ellos. Pensaba que a partir de abril viajaría menos, aunque eso ya no depende de mis planes. En todo caso, ya lo decía ayer, las prioridades están claras. Y no voy tan mal de tiempo. No haré como la doctoranda del cómic que leí, tres años sin escribir una sola página de su tesis, pero sí un apasionante resumen de 69 páginas. Se burlaban en sus viñetas de la poca capacidad de síntesis de los investigadores humanísticos. Bueno, por fortuna yo sí la tengo, es por ello que, en esta última entrada de mes, preferiré ser sintético. Ha habido un aluvión de hechos, de palabras, de lugares. Ahora, para cerrar, silencio. 

miércoles, marzo 30, 2016

Bubbles.



Hello, darling! I´m Bubbles! Champagne for everyone! Muy lejano parece ya el tiempo de Little Britain, ciertamente. Las burbujas, estos días, han sido las que han surgido en el hidromasaje del gimnasio al que me ha invitado con generosidad mi hermano Paco en Santander, al igual que a otras cosas. En el Metropolitan, gimnasio y spa, he intentado contrarrestar la tensión de estos días mediante el ejercicio físico, por un lado, y la sauna, la piscina y los masajes por el otro. Pardiez, menudo mes de masajes, y todos bastante diferentes. El de la ducha a presión, podría decirse que me taladraba la columna y me dejaba rojo el culo, pero mereció la pena. 


Hospital-gimnasio-ruta gastronómica. Todo se puede compaginar, quizá salvo el doctorado. Al respecto de este, mi mayor progreso ha sido leer un cómic llamado Maldita tesis, en el que me he sentido tan identificado que me ha proporcionado una buena dosis de carcajadas. Lo encontré en la librería Nexus 4, donde también tenían varios ejemplares de Las horas perdidas del amigo Víctor. Por primera vez en una tienda de este estilo, comprobé cómo había una pequeña sección de cómic LGTB y novela fantástica de esta índole. Incluso un manga gay, demasiado explícito creo yo para llevarlo al hospital. Aunque, para cultura nipona, el restaurante japonés al que volvimos a ir. Ahí tenéis mi plato principal, a mí que todavía me sigue dando bastante reparo el pescado...


La esperanza nunca ha flaqueado. Y sigue en lo alto, como esa vigía de la escultura de abajo. Todo se relativiza, ya lo dije, y todo se supedita a un fin mayor. El doctorado, esa inmensa catedral de varias cúpulas tal y como era reflejado en la novela gráfica que leí, debe aceptar su lugar en la jerarquía. Aunque, si el mes que viene finalmente presento mi comunicación como está previsto, espero que eso suponga que he vuelto a viajar a esta ciudad por una razón mucho más satisfactoria. Hasta entonces, y usando una metáfora a lo Susan Sontang en uno de los ensayos que utilizaré para aquella, solo cabe decir que vamos a seguir dando batalla. Mucha batalla. 


viernes, marzo 25, 2016

Pons Ferrata: el paraíso recobrado.


Tenía sentimientos encontrados respecto a Ponferrada, aunque no sea una ciudad que me desagrade, desde luego. Ello se debía a mi estancia allí durante mis estudios que desembocaron en mi primer título universitario (ya lo he repetido aquí: el hecho de no ser homologado no lo convierte en menos título). Me ocurrió un poco como en Oviedo ahora. Me creo altas expectativas, que no se cumplen. Antes bien, conozco a gente que no es la adecuada, por norma general. El azar, o no. El caso es que, gracias a la invitación de mi amigo Gonzalo, pude resarcirme en menos de veinticuatro horas. Tanto en su casco histórico como en el bello entorno natural, Ponferrada me mostró una imagen que era la que deseaba descubrir: un paraíso recobrado. Y, cuando el autobús pasó por delante de mi antiguo campus, no pude evitar que se me hiciera un nudo en la garganta. 



Viernes de Dolores, sin que los hubiera. Celebración, que se cruzó con algunos actos iniciales de la Semana Santa, algo boicoteados por la lluvia. Nosotros estuvimos a resguardo en varios bares. Ninguno de ellos los recuerdo de mi carrera, pero es que ya ha llovido, valga la redundancia, y mucho. Lo que no hice fue cometer el error de beber tanto como en mis primeros días en esa ciudad. He llegado a una época en la que valoro mucho mi regeneración neuronal. Me va la tesis en ello. 


Pese a mi moderación, cierto que no tenía demasiado sentido hacer al día siguiente una excursión a las diez de la mañana. Con todo, había que aprovechar la estancia. Y a mí me vino estupendamente. La primera parada fue en la presa de arriba, con una fuente de agua sulfurosa que olía como huevos podridos. Eso sí, llené mi dinosaurio-termo con ella y de sabor no era desagradable. Es más, quizá el azufre me diese fuerzas para continuar por la Senda de los Romeros, que es la que tomamos después, a la vera del río. 


Aquí estoy, frente a un amago de las ruinas de Moria, intentando dar el pego de que me mantengo muy fresco en la ruta. El resarcimiento no solo llegó a la ciudad de Ponferrada, sino que también pudimos disfrutar de esa pequeña y bonita ruta, casi dos años después de que abortara mi estancia en Picos de Europa, por una serie de motivos que ahora, relativizados, me resultan ridículos. Lo que tiene la distancia... Hacia el monte, ya lo dije en su momento. Siempre el monte. Es esa una herencia familiar que jamás perderé. No es cuestión baladí que esa jornada fuese el Día del Padre. Una burbuja de felicidad, antes de afrontar acontecimientos más amargos. Pero los afrontaremos, aunque sea perdiendo el resuello tal como yo me veía cuesta arriba y apoyándome en esa fina vara. Welcome back, Ponferrada! Ojalá pueda volver antes de que acabe la primavera. 


jueves, marzo 24, 2016

El Silencio.


Hoy me he levantado pronto, rara cosa para un día festivo, envuelto en un profundo silencio. Considero esto necesario, después de la muy extraña semana que he vivido, con estancias en nada menos que cuatro ciudades norteñas, por motivos diversos. Ayer hubo que regresar a Santander, así como volveremos allí al final de esta Semana Santa, y durante el viaje de vuelta sopesábamos la posibilidad de toparnos con la única, que yo recuerde, procesión que pasa por esta calle, la del Silencio. Finalmente no aparcamos en la misma, pero justo cuando yo iba a cruzarla, ya es casualidad, me encontré con el cortejo fúnebre que reflejo en la foto de arriba. Fui respetuoso, al menos por esa vez, y no pasé la calle hasta que hubo un alto en el inexorable camino de los papones. Sí, es esa procesión que lleva el rótulo de Solo hombres, como es lógico por su carácter monacal y conexión con la orden franciscana. Me resulta coherente con el origen medieval de esta tradición. No se puede pedir igualdad en un evento que, por más popular que se pretenda, tiene una estructura tan jerárquica como la Iglesia a la que pertenece. Al menos, eso sí, había espacio para los monaguillos, de los pocos que no iban encapuchados. Hombres y hombrecitos, a lo que se ve. 



Es esta una ciudad de contrastes, desde los rebuznos del Genarín de esta noche (que los hay y bien que los he escuchado) hasta la seca y austera religiosidad del silencio de esta procesión. Es este el espíritu que se pretende en la Semana Santa leonesa, y que las autoridades cofrades se desviven en recuperar. Pero, en fin, lo que tira al final es el espectáculo, y no es de extrañar que anoche tan solo cuatro gatos asistiéramos desde la acera al paso de los hermanos. Una suerte, gracias a ello pude tomar las fotos. Desde un punto de vista estético, reconozco que me gustó el imprevisto encuentro con este desfile de penitentes. Aunque, claro, eso también se debía a la correspondencia con mi estado anímico. Si yo tuviera esas creencias, quizá me pondría asimismo un cruz al hombro y, descalzo o no, me purgaría solicitando el amparo divino, para mí y, en especial, para mis seres queridos. Pero no, yo no estoy en esa comunidad, mucho menos cada vez que algún obispo, urgentemente necesitado del mismo silencio de anoche, abre la boca. Valoro, en todo caso, la metáfora de que cada cual debe llevar su cruz a cuestas. Para lo bueno y para lo malo. De todo ello ha habido en la anterior, intensa, semana. Y de ello seguiré hablando aquí en estos días, supuestamente, libres. 

martes, marzo 22, 2016

Macabras coincidencias II.



Suele suceder. Cuantos más acontecimientos me encuentro en la vida, menos ratos libres en los que poder reflejarlos en este espacio. En el caso del fin de semana anterior, porque, una vez más, me llevé la tableta y no el portátil de viaje, y no quería volver a sufrir esos problemas de ajuste fotográfico. 
Me gustaría haber retomado el blog hablando de muchas cosas, de forma directa o sutil, de la enfermedad y el deseo, de la grandeza y la intimidad, de todas las cales y arenas con que la vida se torna en bandazos. Sin embargo, siento que debo continuar mi entrada del pasado noviembre. Ayer me llegó por correo (físico) un sobre con la información turística que había solicitado sobre la ciudad de Brujas, en Bélgica. Mi iniciativa se enmarca, por un lado, en un ejercicio de la clase de Francés; por el otro, en un posible viaje a dicha ciudad, para visitarla así como la exposición temporal que alberga, sobre las brujas de Brueghel. Operación Bruxas Constrictor, la había apodado. Sin embargo, decidí posponer el viaje, mucho antes del atentado de esta mañana en Bruselas, ciudad por la que también quería pasar. 
Primavera es una estación movida para el doctorado y, por otra parte, a fines de verano me había surgido una oportunidad más golosa en Irlanda, esta vez con amigos, no en solitario. La ciudad flamenca queda como posible destino, sobre todo ahora que me han llegado un par de mapas y una guía de sus museos. Mi hipotética excursión, por cierto, se me había aparecido como una revelación porque mi próximo artículo quiero hacerlo acerca de la brujería en una novela de Jeanette Winterson (y de paso compararlo con la rica tradición española, desde luego). Pero, en fin, no se puede tener todo. Mi cuota de viaje extranjero la cubrí, de sobra, con París, así que gracias si me escapo unos días, cuando ya haya avanzado con la tesis, a Dublín o alrededores. 
Así, si el viaje belga queda postergado, y no cancelado, no será por este nuevo acto de barbarie. En París, pese a controles de seguridad incluso en la Fnac, me sentí feliz, libre y satisfecho de contribuir con mi pequeño grano de arena al restablecimiento de una normalidad que nunca debió perderse. He de decir, a riesgo de que suene como una taza de Mr. Wonderful, que el amor puede ser mucho más potente que el odio si se lo propone. Yo he sentido amor, en diversas formas, en los últimos días. Amor y esperanza, de todo eso espero hablar aquí durante las jornadas libres de Semana Santa, si me es posible. Terrible comienzo de primavera, en una semana que, para mucha gente (también en el accidente de autobús con el grupo Erasmus) se ha tornado de verdadera Pasión. Frente a estos hechos, otros se relativizan. Y se puede tomar fe de la fortuna que, con todo, nos sonríe. 

sábado, marzo 12, 2016

Expectativas y realidad.

En este mismo espacio decía, no hace demasiado tiempo, cómo las experiencias es preferible juzgarlas con una cierta perspectiva. En lo que se refiere al curso actual, sigo creyendo que es la mejor estrategia. Hace un par de días narraba aquí cómo me surgió, de manera bastante inesperada, mi primer alumno a quien impartir clase, en sí, de Español. Pese a que tuve que repasar sobre la marcha las nociones de análisis sintáctico y gramatical de mi carrera, considero que la clase salió bien y, en la medida de lo posible, pude aclararle algunos conceptos de cara al examen que tiene el martes. 
No obstante, a pesar de que ayer yo ya tenía pensado permanecer en Oviedo para impartirle otra clase de refuerzo, me llamó por la noche para decirme que había encontrado otro profesor que, dado que él vive en un pueblo, podía asistir a su domicilio y, por lo tanto, le resultaba más cómodo. Me parece bien. Otra cosa, por supuesto, es que supeditar el aprendizaje a la comodidad no siempre es una buena idea. No se quién será ese profesor, yo no me considero un profesional, no todavía, y solo espero que de verdad le ayude con la asignatura. Este fugaz alumno, eso sí, me ha vuelto a poner de relieve las peculiaridades de este trabajo que, por ser parcial, no deja de ser trabajo. 
Ye lo que tiene ser pseudo-autónomo. No aguanto a personas mediocres en el puesto de jefe (es feo decirlo, pero eso pienso) como pasaba en Madrid; no obstante, la estabilidad no es tan grande como si me hubiesen contratado en una academia. Si el chaval paga un mes en un centro así, se lo piensa dos veces antes de abandonarlo tras el primer día (o no, como esa gente de Francés que ha pagado por todo el curso y apenas ha aparecido un mes). Abonando el montante de hora en hora, la perspectiva es diferente. Además, el caso de este alumno es sintomático. Es que ya me pasó algo casi igual durante la carrera. Llega un examen o una recuperación. La madre, casi siempre es la madre, se rebota y busca lo que sea para que su hija o hijo no se la carguen. Pasado el examen, o incluso antes, encuentran a otra persona más barata, o más flexible, y se cambian como quien cambia de camisa, incluso sacando a la palestra excusas absurdas (Es una profesora de toda la vida). 
No es serio, claro, pero es la ley de la oferta y la demanda. Yo no he firmado ningún contrato. Si me establezco realmente como autónomo (en otro país sería más factible), me contratan en una academia o monto la mía propia, entonces ya hablaríamos de otro sistema. Por ahora, yo estoy con la tesis y no puedo establecerme como primera ocupación en ese ámbito. Me alegro, eso sí, de que me sigan saliendo empleos. Un empleo de una hora, sí, el paradigma de un país que se cree en post-crisis, pero no está seguro. Recomiendo el documental En tierra extraña, de Iciar Bollaín. 

jueves, marzo 10, 2016

Vuelve la sintaxis.

Si no me he pasado por el blog hasta el día de hoy, en lo que a marzo se refiere, ha sido por razones bastante sólidas. La dos patas, por así decirlo, que sostienen mi estancia en Oviedo, se han reforzado de cara a la entrante primavera. Respecto al doctorado, ya me he inscrito en un simposio en Santander para el mes que viene. Organizado por un compañero doctorando, que pertenece a un asociación de profesores de literatura, el tema no podría encajar mejor en mi línea de investigación: la diversidad en la literatura en lengua española. Además, le ha parecido interesante tanto mi comunicación como que la haga sobre Beatriz Gimeno, una de las autoras que se tratarán en las jornadas. Así que regresando a tierras cántabras, esta vez por motivos de investigación. Y a desempolvar los apuntes del curso de Comunicación Oral, que ahora es el momento óptimo para sacarles jugo. Además, ya tengo un plan de escritura para la tesis este año, me han mandado la lista de universidades extranjeras con convenio para nuestro programa y me ha surgido la idea de un próximo artículo, que quizá conlleve un viaje. Eso lo dejo para otra entrada. 
Por otra parte, respecto a mi corta pero variada trayectoria como docente, además de mis dos alumnos universitarios y del chaval que mañana cumple siete añitos, ayer me llamaron sorpresivamente para impartir, por fin, algo relacionado con mi especialidad: Sintaxis para segundo de bachillerato. Hacía bastante que no refrescaba esa materia (no se olvide, la que más problemas me dio en la carrera); no obstante, gracias al conocimiento adquirido en las clases de Manuel Iglesias y de Carmen Lanero, así como al libro escrito por ellos junto a Salvador Gutiérrez, me he podido defender bien. Lo repasé por cuestión de una hora, y ya en León haré acopio de apuntes y ejercicios de Sintaxis y Gramática. Si el chaval aprueba el examen que tiene el martes, con tan solo un par de clases por mi parte, podré sentirme contento. La sintaxis es un hueso duro de roer y he de confesar que, si me dificultó la carrera, me lo pone fácil para impartir Español a españoles, sobre todo de cara al instituto y la selectividad. 
Un trabajo parcial ya es más que no tener ningún trabajo. No se si me podría dedicar profesionalmente a esto, en todo caso soy consciente de que lo más importante ahora es la tesis, que me permitiría llevar la docencia, y la investigación, a un nivel más adecuado a mis estudios y mis intereses. Sea como fuere, interesante revival sintáctico... 

lunes, febrero 29, 2016

Oscar interruputus.

En efecto, ayer no me quedé a ver los Oscar. Al igual que con Cuarto Milenio (que tampoco terminé), no era necesario. Gracias al nuevo paquete televisivo del que disfrutamos, ahora puedo ver la ceremonia a la carta, cuando me apetezca. Lástima que, si duraba cuatro horas incluyendo las pausas, solo me diera tiempo a visualizar, a ratos, dos. Me quedé justo cuando salieron los Minion. Ahí lo retomaré, tal vez, el próximo fin de semana, pese a que todas las sorpresas ya hayan sido destripadas. 
Divertido el discurso sobre la falta de diversidad racial, pero eso no hizo olvidarme de la falta de diversidad en otros ámbitos. Carol se fue de vacío completamente. Al menos salió Alicia Vikander por La chica danesa, película que no ha gustado a toda la comunidad trans. Sam Smith ganó por una canción de James Bond que no era muy buena, pero sí dedicó el premio a la comunidad LGTB. Y no, por supuesto, no era el primer artista declarado gay en recoger el galardón, pese a que así lo dijera en un momento ofuscado. 
Bien por los premios técnicos a Mad Max, y me sorprendió el de efectos visuales a Ex Machina. Cuando vi esa peli, de dos veces en el bus, confieso que me fijé más en los espectaculares desnudos, pese a la pequeñez de la pantalla. No se si alguien más de quienes viajaran conmigo echó un vistazo también. Si es así, espero que lo disfrutara...
Yo también disfruté no teniendo que esperar hasta las seis y media de la mañana, razón por la cual puedo escribir sereno estas líneas y dentro de un rato daré mi clase con álbum de pegatinas y animalitos en inglés. Sí, también eso es trabajo. Quizá esta gala interruptus tenga su continuación el próximo fin de semana. Podré entonces ver la actuación de Lady Gaga y recordar que llevo desde diciembre queriendo terminar la temporada de American Horror Story, y que si no lo he conseguido aún no ha sido del todo culpa mía. 

domingo, febrero 28, 2016

Educadores y deseducados.


Este año, yo mismo me he boicoteado para la ceremonia de los Oscar. Nadie me obligó a colgar carteles para impartir clases particulares, pero desde luego que no me arrepiento de haberlo hecho. Al margen del dinero, la experiencia adquirida durante este curso puede resultar indispensable de cara a ganarme la vida en el extranjero en un hipotético futuro. Mañana tendré una o dos, que siempre requieren más atención que cuando, después de trasnochar, podía asistir a alguna clase de la carrera desconectando un poquillo. Sea como fuere, los Oscar no son una condición inexcusable. La profesionalidad, sí. Y la versatilidad que todo profesor debiera tener, como cuando me puse a jugar al fútbol con mi alumno tras la clase. Si es para echar una pachanga, no más sea de cinco minutos, mejor ir descansado.


El invierno no se resigna a dar paso a la primavera, gracias a lo cual puedo disfrutar de estas bellas imágenes. En esta semana, antiguos amigos reaparecen y otras personas, a las que también conocí al comienzo de mi estancia, deciden borrarse recurriendo a la ignorancia. La ignorancia, como la nieve en estos montes, todo lo cubre. Lo sorprendente, o no, es que muchos de los prejuicios e injustificados reproches que he soportado allí vengan de gente que también ha estudiado Filología. ¿Dónde quedó el compañerismo? Por mi parte, yo no me distraigo. Siempre hay fuerzas que buscan una parálisis, de forma directa o indirecta, ante lo cual solo queda centrarse y buscar recursos para progresar. Yo los busco y los encuentro, ya es motivo suficiente para el optimismo. Y, respecto a los Oscar de esta noche, no me pierdo gran cosa. La mejor de todas, Carol, ni siquiera nominada a mejor película. Desde lo de Brokeback no veía algo así. 


jueves, febrero 25, 2016

Nuevo blog en francés (sí, en serio).

http://lehitch.canalblog.com/


Bueno, este blog no tiene anuncios pero sí autopropaganda. El otro día vi la última versión de Frankenstein, en la que la creación del monstruo no es el detonante, sino el clímax de la historia. Y el monstruo es, per se, monstruo, no esa criatura que hace versos y pelín pesada de la serie Penny Dreadful. Mi creación particular, Hitch, se sigue bregando en toda clase de saraos virtuales. Twitter (@LeRealHitch), Instagram (tisandhitch), etc. ¿No habíamos quedado en que cualquier información a este respecto se daría en el blog poético (y artístico)? Sí, pero las circunstancias me han hecho crearme una cuenta en un sitio de blogs francés, para así poder compartir con mis compis de la Casa de las Lenguas mis fotos del viaje a París. Y, ya teniendo ese espacio, he decidido crearle un blog propio y en francés (aunque no es obligatorio, de hecho no descarto usar otras lenguas). A fin de cuentas, va a ser un blog preminentemente visual. ¿Qué importa que tenga que idear algunos títulos o frases en la lengua de Montaigne, Chateaubriand, Laclos, Beauvoir y otros autores/as que estoy leyendo? Así practico, y la empresa se hace llevadera con el traductor de Google o Word Reference. Si os interesa, ahí queda. No quiero que haya overbooking de espacios, si bien esta es la tónica de nuestro mundo digital. 

miércoles, febrero 24, 2016

Au revoir, Legazpi!



Tras superar una época de vacas flacas, y aún con un cuantioso superávit de viviendas vacías, el mercado inmobiliario se despereza un poco y de ahí que el viejo y querido piso de Legazpi, apenas amortizado por mi parte salvo para siete u ocho jornadas al año, vaya a pasar a un nuevo propietario. Por ello, si bien mis últimos viajes a la capital habían coincidido con la primavera o el caluroso estío, decidí realizar una visita postrera y rendir honores en el castizo barrio. Y tuve la suerte de que esta fuera casi inmejorable. Cumplí el objetivo de ver a aquellos amigos con los que difícilmente suelo coincidir en cualquier otra ciudad, con el añadido de comprar algunos libros para la tesis en Berkana y ver una exposición sobre el cómic en los museos, con mención a los Mitos del Pop de Martín. 


¿Y ahora? Seguiré yendo a Madrid, de un modo u otro, según las necesidades y los eventos, ya sea alojándome en los sitios que generosamente dispongan para mí los amigos y amigas, ya en algún hotel o hostal, no demasiado infecto a ser posible. En este invierno he viajado bastante, pero ha sido circunstancial. Oportunidades que no debían ser desaprovechadas, desplazamientos imprevistos, y esta venta del piso de la que no he tenido noticia hasta hace relativamente poco tiempo. Por razones tanto personales como ajenas a mi persona, yo ya había previsto que en este curso, al igual que en el anterior, la mayor carga del trabajo la haría entre primavera, verano y comienzos del otoño, poco importa que esas fechas sean consideradas como menos proclives para grandes esfuerzos. Si todo transcurre según lo previsto, eso haré, y también confío en que la mala pata que ha perseguido en este año a las tutorías con mi directora (siempre programadas para cuando yo estaba fuera) desaparezca. De todos modos, no me estoy limitando tan solo al doctorado como proyecto vital. Ya en la plaza de Chueca, tomando una Coke Zero (cosas del catarro) en una terraza a modo de despedida del viaje, continué pergeñando el Hitch Project, que es a largo plazo y por tanto no espero resultados de la noche a la mañana. Y, fuera del arte, las posibilidades profesionales de docencia se siguen expandiendo. Un profesor debe ser versátil, sí, tanto como para jugar al fútbol en un salón tras enseñar Inglés a un chaval. ¡Nunca se sabe cómo se tendrá que ganar la vida uno el día de mañana! Por ahora, demos la despedida al piso, que no al barrio, de Legazpi, con un profundo agradecimiento por los servicios prestados. 



sábado, febrero 13, 2016

Crónicas cántabras.


En los formularios de los hoteles se pregunta si viajamos por placer o por negocio. Absurda dicotomía, como tantas otras. El viaje a París fue por placer, qué duda cabe, pero hay otros que no responden a esta categoría, ni tampoco a la de cualquier tipo de negocio. Hace varios años viajé a Santander por motivos de asociacionismo, una estancia entre el activismo y el petardeo, como ese imborrable momento en que fui asaltado por un par de locazas muy pasadas de vueltas. Sin embargo, la ciudad cántabra representa para mí un recuerdo permanente de su hospital, puntero en trasplantes, y que tantas veces hemos visitado por razones familiares. Aceptando las duras así como las maduras, tras el viaje parisino tuve que fumarme otra semana para ir allí, sin haberlo previsto lo más mínimo. En todo caso, me lo puedo permitir. Una de las grandes ventajas del doctorado es su movilidad, al no tener clases (salvo las de formación transversal, que ya he completado). Por lo que respecta a las demás, las de Francés no son obligatorias aunque me fastidia perderlas; las que yo imparto de Inglés gozan de cierta flexibilidad, dada mi condición de pseudo-autónomo...


En todo caso, encerrarse muchas horas en una habitación de hospital no está reñido con romper la monotonía por un método u otro, a veces con pequeños detalles que hay que saber apreciar. El martes cené en un restaurante japonés cercano, de ahí estas fotos de sushi y de mi primer sake. No de los más fuertes que tenían, cierto, pero lo suficiente para secarme en una semana de tiempo horripilante, que continúa así en León, con una galerna que no invitaba a pasear cerca de la playa. 



Hubo ciertos signos de estoicismo en la semana, a juego con la actitud que había que desplegar ante las esperas clásicas de un recinto así. Esperas que, no obstante, hasta ahora han merecido la pena. Se puede tomar ejemplo del maestro Yoda, aunque no sea más que esta versión convertida en botella de agua. Se pueden rememorar, como si ya pareciesen muy lejanos, los días de París a través de una obra que, pese a que hubiese sido lo lógico, no adquirí en Shakespeare and Co. (de hecho, recuerdo que no la tenían): París era una fiesta. 


Y luego queda, siempre, la beatitud del mar. Mereció la pena escoger un hotel sito en el puerto, bastante lejos del hospital, por su tranquilidad y porque me permitió disfrutar de estas vistas. No llegué hasta la playa. Tampoco importa, para eso está Gijón. 




Me toca regresar a Oviedo, donde han surgido posibles oportunidades laborales nuevas y esa tutoría bailona que ha resbalado entre mis estancias francesa y cántabra. Si debo volver a Santander, lo haré sin dudar, además tengo la suerte de que la distancia desde Oviedo es bastante corta. Aprendamos de la naturaleza en la lucha contra la adversidad, aprendamos de esta humilde gaviota que, impertérrita ante el temporal, con un estoicismo digno de analizar, permanece estática, a la espera de no se sabe muy bien qué.