domingo, abril 29, 2018

La era del vacío.

El título de esta entrada alude al de la obra de Gilles Lipovetsky, que habla del posmodernismo y, por ende, la he estado repasando para introducir en mi lista bibliográfica. Esta colección de ensayos data de los años ochenta y no llega a la época de las redes sociales y demás inventos contemporáneos, pero, no obstante, creo que de forma lúcida se anticipa un poco al hablar de las características de la sociedad actual. 
Las redes, las apps, las webs y toda esa retahíla de creaciones posmodernas pueden suponer un vacío o, en todo caso, el intento de llenar uno, en muchas ocasiones de forma artificial, incompleta. Y se devoran unas a otras, presas de la obsolescencia programada. Hace una década conocía a bastante gente que aún escribía en un blog como este, el cual yo sigo manteniendo, sobre todo, a través de un hálito romántico. Páginas y aplicaciones que me dieron muchas alegrías, que ya forman parte de mi memoria sentimental, son tan producto del pasado como puedan serlo las murallas del León romano. 
Las modas son caprichosas y ahora está en auge Instagram, donde yo también estoy sin que eso suponga para mí ninguna pretensión de estrellato, mucho menos de perspectiva laboral. Eso sí, todas las patologías de nuestro tiempo, esas ya apuntadas por Lipovetsky, se encuentran reflejadas allí. Ya no es solo narcisismo, son egos de hormigón armado que esconden vacíos pavorosos. Las batallas de trasladan al ámbito virtual, con pequeñas mezquindades, venganzas, traiciones y trampas.  No digo que el sitio sea malo en sí; si lo fuera, me bajaría del barco. En todo caso, tanto ese como otros se han convertido en el refugio de seres que pretenden tener una cohorte de seguidores, cuando, en realidad, mejor les vendría el contacto humano y presencial, de manera más reducida e íntima. Esa es una mejor vía para llenar el vacío, a mi entender.

lunes, abril 23, 2018

Bibliogra- día.



La primavera puede que haya llegado con retraso, pero ha llegado dando la chapa, qué duda cabe, travestida de verano. Tuve que sacar el polvo de las gafas de sol para aventurarme esta tarde a ver los tenderetes del Día del Libro. Había variedad, y buenas opciones. Incluso tenían un manga yaoi cerca de la literatura infantil, quizá creyendo muy inocente la estampa de dos chicos japoneses metidos en la cama, tapados con una sábana y desnudos (al menos) de cintura para arriba. ¡Así me gusta! Pero no, no compré nada. La semana anterior me han llegado dos necesarias monografías sobre Winterson y, además, la confirmación de un proyecto solidario del amigo Víctor, una antología de relatos. No compro a tontas y a locas, por no hablar de que dos de los ejemplares que pillé hace un año en Oviedo todavía los tengo a la mitad. 
No solo son las lecturas pendientes, también las relecturas. Ahí está el libro que he escogido como símbolo de esta efeméride, el Corydon de Gide. Tras un destacamento de búsqueda por mi propia biblioteca para engordar la bibliografía, encontré este volumen como una meritoria aportación al tema de mi tesis. Además, es un placer releerlo, un placer que no quita mucho tiempo. Los diarios de este autor también los empezaré en breve. He pausado por algunos días la escritura, cuestión de sentido común. Si de verdad quiero profundizar en el análisis crítico, recomendación insistente de mi directora, qué menos que empaparme de algunas obras básicas a las que todavía no había hincado el colmillo. A falta de confirmar la fecha del depósito, a falta de confirmar el tema de los artículos (la incertidumbre es parte consustancial del doctorado), mi tutora, antigua casera, ya me ha confirmado la existencia del año de gracia que no pretendo. Solo aspiraré a él si hay contratiempos, por ahora me veo motivado para pisar el acelerador y convertir el florido mayo en una carrera de fondo. Aviso de antemano por si nos vemos poco por aquí. ¡Feliz Día del Libro! 

domingo, abril 15, 2018

El liquidador.



Me resulta irónico que ahora, en la matraca diaria informativa sobre política, se haya puesto de moda hablar de los cursos de máster, las tesis, los TFM y los doctorados. A mí el máster no me lo regalaron, desde luego, y defendí mi trabajo final ante un tribunal público, con asistentes y con un presidente en alpargatas. Todo lo narré ya aquí en su día. También que, antes de que naciera, ya conocía la existencia del Máster en Literatura Española y Comparada, y que siempre quise hacerlo. De todos modos, si finalmente me monté sobre este tren en marcha no fue por placer sino porque, sin él, era imposible hacer el doctorado en el que todavía me encuentro. Ahora, con todas estas polémicas, regresé a la página del máster para ver cómo ponía que este año no se imparte al alumnado de nuevo ingreso. Vamos, que lo han parado. En coma. ¿O muerto? Sería una muerte prematura, pero, a fin de cuentas, también lo fue la del título en Cinematografía de Ponferrada. ¿Seré un liquidador de estudios? De eso bromeamos ayer. ¡Que me quiten lo bailao! La validez de estos títulos (oficiales o propios) no se pierde porque sus programas originales hayan desaparecido. 
Confío en que lo del máster solo sea un bache temporal. Y, si no, ¡no hay dos sin tres! Who is the next? Es casi imposible que se carguen el grado en filología, por su importancia estratégica a la hora de enseñar español a la gente de fuera. ¿Y mi actual doctorado? Creo que goza de buena salud, aunque, eso sí, yo hasta que no defienda la tesis no podré asegurar que, realmente, voy a terminar el mismo. Lo que sí está claro es que, incluso aunque no me dejasen defenderla, voy a acabar la tesis. Tengo ya un primer borrador y un primer listado de fuentes. En mes y medio, si bien los plazos no son fijos aún, lo que debo hacer es profundizar y pulir. No hay previsto encierro final para terminarlo, como bien se puede comprobar en la foto de arriba, que denota una noche rara y que, si no se alargó más, fue porque no quise. Qué irónico, también, que me haya tocado recuperar ahora, justo ahora, algunos momentos que se perdieron el curso pasado, desde todos los campos: etílico, sexual, social... 

miércoles, marzo 28, 2018

Semana de Pasión.


 Pasiones hay muchas. Lo sabré yo, que además tengo una de las novelas de Winterson en mi particular canon, llamada precisamente La Pasión. Pasión antes de la tempestad, eso parece que es el signo de esta semana. Ya no me molesto en intentar aprovechar tiempo para dedicárselo a la tesis. No voy tan mal. Cuando lleguen las vacas flacas, entonces ya profundizaré todo lo que me ha pedido mi directora. Pero, si hay algo que he aprendido en los últimos años, es que las oportunidades hay que cazarlas al vuelo. Por ejemplo, quizá la última oportunidad de ir a la Cometcon. ¿Quién sabe a qué me dedicaré dentro de un año? ¿Quién sabe si podría ir acompañado, como en esta edición, o de nuevo solo? Me he divertido mucho más yendo con Juanjo, claro. Las pintas de la gente, los sorteos y tómbolas, todo es digno de comentar a dúo. Además, pudimos hacernos un selfie con un Jabba creación del equipo de Juan Villa. Sí, el mítico amigo Juan Villa de Cuarto Milenio.



 También mucho más divertido resultó comer allí, aunque la variedad siguiese brillando por su ausencia. Ramen, ya ni siquiera en bol oriental sino en vaso de cachi. Pero, teniendo en cuenta que tan solo había tomado un pincho de tortilla en la cafetería del campus después de la tutoría, necesitaba reponer fuerzas aunque fuese a base de fideos.




 La foto del año pasado, con Yoda, pudo ser repetida por duplicado, junto a un Yoda de caramelos Pez que me había regalado Juanjo. Eso sí, nada de comer en la terraza al sol. Mi viaje me pilló en plena borrasca Bruno, sin paraguas aunque no fue por despiste, precisamente. De todos modos, el viernes libramos. El gran chaparrón nos alcanzó a resguardo en el palacio, mientras la lluvia caía a ríos por los cristales. Hubo que merendar, pues, bajo la carpa, y hacer un poco de tiempo hasta que amainara. 
 

 Una vez pude calentar un poco el estómago, ya me sentí con ganas de cumplir el ritual de aflojar, más o menos, la cartera. Menos esta vez que la anterior, supongo que porque ahora llevo las cuentas en una libreta de ahorro japonesa que, ante mi asombro, me ha informado que con el presupuesto de mis dos últimos viajes a Asturias podría haber alquilado durante un mes un piso en León. No me arrepiento, en todo caso. Como dije, Cometcon solo hay una vez al año y más vale aprovechar la ocasión mientras pueda. De todos modos, no gasté tanto. La típica bolita de la suerte o similar... Me salió una pulsera, una chapa y, con un descuento, pillé esas gafas steampunk con las que hice la única concesión cosplay al evento. Y no solo para eso, claro. A un Poe no le quedarían del todo mal.




 Y no digamos ya si Poe pudiera haber usado el cuaderno Death Note, basado en el manga y anime (amén de versiones fílmicas) del mismo nombre. Fue mi último recuerdo allí. No es caro y no lo usaré para malos fines. Quizá para un poemario, aunque igual no saldría muy luminoso.


 Superada la prueba del frikismo, lo siguiente fue hacer una concesión a la Semana Santa, como el año pasado, a través de sendas limonadas en bares leoneses. Las dos Com, Competencia y Comtienda. A mí no me cae bien el brebaje, ya he tenido tiempo para comprobarlo y en los próximos días desconozco si voy a recaer o no en ello. Pero los días excepcionales requieren medidas excepcionales, entre las que se encuentran las de tomar copas, como antaño.


 Aquí estoy con mi vodka, de nuevo en La Caja. Fiesta del festival Saco, con Paco Clavel como DJ, pinchando desde Los Payasos de la Tele hasta Enrique y Ana. Revival nostálgico al que asistimos un rato. Mezclas alcohólicas o no, dormí poco. Apenas habría amanecido cuando un tío en la habitación de al lado se puso a hablar por el móvil durante una hora. A menos que estuviera hablando solo, es otra opción.



 Desayuné por partes, pero antes la recepcionista del hotel me salvó, relativamente, al regalarme un paraguas que se habían olvidado allí hacía como año y medio. Yo creo que, más que olvidar, lo abandonaron porque está roto. Pese a ello, me sirvió y mucho durante aquella desapacible mañana. Decía la mujer que el color no era muy varonil. ¡Cómo se nota que no sabía que el morado es el color de mi doctorado! Gracias al paraguas llegué seco, primero al Panaria, para esperar a Juanjo, y luego a un sitio de donuts para que me dieran uno con un vale de la Cometcon. Último capricho insano del viaje relámpago antes de derrumbarme en el bus y volver. Fugaz y bien aprovechado, desde luego. Planeado en principio como estancia de placer, la tutoría volvió a insuflarme fuerzas y, al mismo tiempo, a inyectarme esas pequeñas dosis de ansiedad que, no controladas, pueden ser terribles para el doctorado. El caso es que esta Semana Santa, que comenzó ese viernes, de santa no tiene nada y supongo que por ello Luz Mar propuso el día 9 como alternativa para la entrega del último capítulo. Ahora, pasión. Tempestad, diluvio, después vendrá no la calma sino la tormenta, pero otra clase de tormenta. Que no decaiga.


miércoles, marzo 21, 2018

Día Mundial de la Poesía.

El invierno no ha defraudado, ni en lo personal ni en lo climatológico, al menos para aquellos como yo, que gustamos de un invierno que haga honor a su nombre, que deje frío, nieve, que llene los embalses y cubra la cumbre de las montañas. No quiero ponerme demasiado poético pero es que me he enterado de que hoy es el Día Mundial de la Poesía y no faltan motivos para celebrarlo. Nunca me consideré, per se, un poeta, quizá debería replantearme el hecho porque tengo un poemario publicado, otros dos escritos en borrador y digital, amén de numerosos poemas no adscritos, bastantes de los cuales podéis ver en el otro blog. Así que, en general, puedo decir ¡felicidades! 
Si no hay cambio de planes, esta semana volveré a ver esas montañas que me inspiraron el penúltimo poemario. De promedio, aunque no es una regla exacta, he ido a Oviedo una noche por mes desde la mudanza. En esta ocasión, la visita iba a ser meramente de placer, aunque al final (eso espero) se ha colado una muy necesaria tutoría. La visita pretende ser un desagravio, por así decirlo, y confío en que lo sea. En realidad no es que hace un año yo estuviera agraviado, pero por desgraciadas circunstancias acaecidas (una vez más) en marzo, se me hundió un plan y el otro lo tuve que hacer en solitario. Toco madera para que este mes de marzo lo recuerde, tan solo, por hechos positivos como alguno de los que he podido disfrutar. El plan hundido fue, dentro del festival de cine SACO, una fiesta de ambiente; el plan solitario (bueno, me acompañaba Yoda), la Cometcon, como escribí aquí en su momento. 
Lo cierto es que la Cometcon este año estuvo a punto de no celebrarse, finalmente ya tengo entradas para mi amigo y para mí este viernes. A la noche, hay fiesta del SACO en La Caja, el pub que descubrí hace un mes, con DJ Paco Clavel. ¡Nada menos! Es justo lo que necesito ahora, un corto y variado viaje que me saque de la rutina, puesto que la Semana Santa será, a priori, rutinaria, y espero que bien aprovechada para el doctorado.  Ya narraré la breve escapada, si es que este portátil, que con un año cumplido se quiere jubilar, me deja. Obsolescencia programada o simple estafa...

lunes, marzo 05, 2018

Noches de Óscar y mandanga.

Hacía ya varios años que no me quedaba de noche golfa a ver los Óscar. También es cierto que, a diferencia de lo que sucedía antes, ahora la televisión a la carta me permite verlo al día siguiente, misma situación que ya conozco con Cuarto Milenio. Al final, siendo ya costumbre, me dormí en este último programa pero estuve muy despierto en la ceremonia. Como en los viejos tiempos, que no decaiga, quizá quise celebrar así el final de una semana que, sin duda, recordaré. 
Ya tenía todo el equipaje conmigo: revista con quiniela, coca-cola y mandanga de la buena y de la sana. No Mr. Corn, como otros años, sino esos aperitivos, ejem, saludables de la misma marca, realizados con harina de garbanzo y cosas por el estilo, que tan bien nos acompañan en las pachangas frikis que solemos hacer con un juego u otro. No quiero ser en exceso previsible, pero es evidente que mi favorita era Call me by your name. Ya he encargado la novela original, para hacer la comparativa. El guion adaptado fue la única estatuilla que se llevó, de récord: noventa años tiene James Ivory, la persona más longeva en recoger el premio. En el otro extremo, también se lo podría haber llevado por la misma película la persona más joven, Timothée Chalamet, pero ya hubiera sido demasiado, supongo. Si mantiene su nivel de talento y no lo echa a perder, oportunidades tendrá. Ya solo por él merecía la pena permanecer despierto, objeto de chistes y también imagen de la inocencia con su esmoquin blanco. ¿Se puede ser más mono?
Por supuesto que la película ha tenido polémica, y no lo digo ya por la diferencia de edad entre los dos amantes sino porque ha sido acusada de falta de realismo, de no comprometerse... Y es cierto. Ohú, no es una película activista, ni siquiera (hablando en términos estrictos, claro) podría definirse como película gay porque ninguno de los protagonistas se define o se muestra como tal. James Ivory, por otro lado, será un cineasta gay pero no un cineasta activista. Ayer, si bien recuerdo, habló de las personas gays, las hetero y también las que permanecían en un estado intermedio. Está bien romper dualismos y el filme lo hace. 
Lo que resulta sangrante es que no estuviera nominada la que sí es la gran película activista, con todas sus consecuencias, de la temporada: 120 pulsaciones por minuto. Un filme muy necesario pero que, en su afán de reflejar las interminables y tediosas asambleas de un grupo de activistas, lógicamente termina aburriendo a ratos. Su ausencia como película extranjera solo se compensa por el hecho de que el premio fue a parar a Una mujer fantástica, que no he visto aún pero que también ha hecho historia cuando salió a presentar la primera mujer trans, Daniela Vega. ¡Bellísima! Y no se olvide, claro está, que La forma del agua es un cuento lleno de freaks, monstruos e inadaptados de todo pelaje, a juego con el artículo que estoy escribiendo; entre estos, otro personaje homosexual que, a diferencia de las dos películas con parejas de jovencitos, representa una versión más madura y digna de ser visibilizada. 
Así pues, aunque no se habló mucho del movimiento Me Too, resultó productivo quedarse para comprobar la diversidad de las propuestas. Ahí están Coco y Déjame salir, película esta que vi hace un tiempo y que de terror no tenía mucho, quizá lastrada por partes cómicas prescindibles. Me faltan todavía por repescar algunas, de momento esto ha sido todo. Qué tiempos aquellos en que me metía la gala y al día siguiente iba a clase, hoy no he tenido que exponerme a algo parecido aunque el sopor no me lo quita nadie, eso sí... En fin, ya soñaré luego. Espero que no con melocotones. 

domingo, marzo 04, 2018

Lo grotesco y lo sublime.

En ocasiones, lo grotesco antecede a lo sublime. Pude comprobarlo esta semana, de manera imprevisible. Lo grotesco ya había sido surgido desde la tutoría en Oviedo, como motivo del tercer artículo con el que quiero tentar la suerte, de modo quizá un poco desesperado, para alcanzar todas las acreditaciones que necesito a la hora de defender la tesis. Lo grotesco como barraca de feria, lo grotesco de los freaks de diverso pelaje, de los monstruos y monstruas; en definitiva, y esto es lo que cuenta de cara a mi trabajo, lo que se sale del patrón normativo, los cuerpos incómodos y hasta difíciles de mirar. 
Difícil de mirar fue el vídeo que me mostraron, no diré que en contra de mi voluntad pero sin el concurso de mi entusiasmo, este jueves. Ya no puedo decir que se trata de postporno, porque faltaba el ánimo subversivo, feminista, que se le supone a este según las teorías que manejo. En ocasiones imagino que resulta difícil distinguir entre el postporno y otras grotescas manifestaciones que se escapan de los cauces de la pornografía más normativa. El caso es que, después de ese vídeo surgido de las profundidades abisales de internet, cuyo contenido no comentaré porque como ese hay millones más y mucho peores, llegó un momento sublime. Sexo no virtual. Esperado. No planeado. Mejor de lo esperado. 
Y, ahora, toca volver a lo grotesco, al menos respecto a algunas obras de Jeanette Winterson. Y a cumplir la paradoja de encerrar todos esos motivos discordantes en el estrecho margen de un artículo, ejem, científico. En realidad, todos estos artículos que he preparado no son otra cosa que piezas desgajadas de la madre tesis. No es que requieran mucho esfuerzo, en ese sentido, tan solo el aburrimiento, también sublime, de que cada vez que mando el mismo texto a un lugar u otro tenga que amoldarme a sus patrones de estilo, editoriales, bla, bla. No hay reglas universales en esto, imagino que es otro de los filtros que utilizan. Disuasión por aburrimiento. No me vencerán con esas mañas, ya he señalado cómo esto del artículo es mi último obstáculo antes de completar el proyecto y confío en que, de un modo u otro, llegue a tiempo para no alargarlo más. Lo sublime será el motor que me impulse en mi búsqueda de lo grotesco. Dos extremos más unidos de lo que parece.

miércoles, febrero 28, 2018

Final blanco.


 Como la última vez que escribí en este espacio, el mes termina en blanco, nevado de forma generosa. Me gusta la nieve, aunque obstaculice mis planes, como ha hecho en algún momento de las últimas semanas. En todo caso, el beneficio que deja es evidente, solo hace falta contemplar la foto de arriba, del pantano de Luna casi a la mitad de su capacidad, muy distinta de la estampa extraterrestre que pude observar en mis visitas de otoño. Hoy ha nevado también (menos que aquí) en Oviedo y, de nuevo, me lo he perdido, en esta ocasión por solo un par de días. ¿Qué decíamos del mal timing? Y del mal fario, claro, de eso hubo mucho allí. Solo hace falta indicar cómo el bar de ambiente más prometedor lo han abierto una vez yo abandoné la ciudad, por suerte he podido estrenarlo el pasado fin de semana.





 El sábado salí por allá, primero en un lugar llamado Chelsea, también con ciertas reminiscencias queer como ese corazón púrpura y luminoso de arriba. Después de cenar nos dirigimos a La Caja, el garito al que me refería antes, situado junto a la plaza del Ayuntamiento. Al comienzo no me dejó buena impresión, porque a la una estaba bastante vacío. Comparándolo con el último espacio de ese estilo que hubo en León, me preguntaba si la gente no llegaba por ser final de mes, por el frío que también sufrimos allí o porque era todavía demasiado pronto. Parece ser que esta última razón era la correcta, porque a partir de las dos la barra y la pista comenzaron a poblarse de un variopinto público. Yo, que ya solo suelo tomar brebajes de ese estilo en ocasiones especiales, degusté mi Absolut con limón y, valga la rima, un jamón de tapa. Nos fuimos a las tres, aunque no me hubiera importado quedarme algo más. Yo, que ya no acostumbro a salir de madrugada, estaría más dispuesto a hacerlo si encontrara más sitios en los que me encuentro cómodo, como este. Lamentablemente, ya lo indiqué antes, el lugar ha aparecido un poco tarde respecto a mi relación con Oviedo. No todos los meses voy a volver allí y, cuando lo haga, no siempre voy a quedarme dos noches seguidas para que me coincida bien el salir de fiesta.


 Pero, todo lo que pueda aprovechar, ¡bienvenido sea! Al día siguiente comí de tapas y luego tomamos el té en un lugar llamado Bendita Lokura que (a juego con su nombre, supongo), tiene el techo decorado con estas esculturas tan lisérgicas, ángeles no precisamente asexuados, como los que aparecen en alguna de las obras que analizo para la tesis. Y, hablando de esta, es hora de poner de relieve la verdadera razón de mi visita, de nuevo reunión del congreso de humanidades médicas junto a la tutoría individual. En la primera se avanzó mucho, aunque, quizá por hambre o quizá por un ataque de ansiedad pensando en la que podía deparar la segunda, devoré un donut con chocolate que mi directora, con toda su buena intención, había dejado en la merendola común del grupo, junto con polvorones o rosquillas. Vamos, que, con tanto discurso trans, me di un pequeño ataque de grasas trans, que no son precisamente positivas ni liberadoras.



Pero no había motivos para la ansiedad y sí, como siempre que voy a estas periódicas reuniones, un chute de energía y optimismo, un poco diluido a mi regreso a León pero que, en espíritu, subsiste dentro de mí y más vale que lo haga. El depósito de la tesis (a priori), dentro de tres meses. El tema artículos, que, como suponía, he dejado demasiado para el final, va lento pero aún es posible arreglarlo, de un modo u otro. Para las dificultades que vayan surgiendo sobre la marcha, la única opción será dedicarles una mirada inteligente como la que tiene la niña de la foto de abajo, un póster que me gustó tanto (mi directora lo tenía en su despacho) que decidí hacerle una foto. Las chicas listas leen libros. Y algunas tontas también, supongo, pero, en fin, sigamos leyendo y acabando con esto, que ya va siendo hora. 



domingo, febrero 18, 2018

¿Año de bienes?



 El segundo mes del año está transcurriendo tal vez sin esos hitos de perfección que alumbraron algunos días de enero, pero, en todo caso, de forma bastante positiva e incluyendo alguna jornada nevada con la que he querido seguir aumentando el reportaje fotográfico del León blanco. Además, si el año de nieves puede ser un año de bienes, ¿qué mejor bien que el haberme enterado esta semana de que estoy esperando un nuevo sobrino o sobrina? Relativa sorpresa, claro. La primera vez que te dan una noticia así resulta un acontecimiento, pero luego te acostumbras a todo, supongo. El verdadero shock sería que yo fuese protagonista de un hecho así; sobre todo, sin haberlo previsto. Creo que todavía es pronto para ello, si bien no faltaron oportunidades pasadas.




 Estoy leyendo ahora Elogio de la lentitud, obra muy necesaria en los tiempos que corren. A mí no me gusta la prisa, pero reconozco que, cuando estás sujeto a proyectos con fechas más o menos definidas de cierre, el desasosiego se hace más evidente, sobre todo cuando el hecho de acelerarlo más o menos no depende solo de ti. No es una idea nueva, ya la he expresado en más ocasiones respecto al doctorado. Pero, claro, pesa más cuando este ya va acercándose al final. La tutoría de comienzos de febrero ha ido retrasándose durante todo el mes, quizá a finales de la semana que viene ya vaya a Oviedo un día o dos, para intentar avanzar en esos frentes, ver a gente a la que no veo tanto como me gustaría y comprobar los efectos del invierno por las montañas tantas veces observadas, también por el Naranco. Casi tres años estuve esperando a que nevara por allí, y justo lo hace cuando ya no vivo en la ciudad. Me temo que, en materia de timing, Oviedo y yo no nos hemos coordinado demasiado bien, no es de extrañar que tuviese que abandonarla. Pero siempre vuelvo allí con gusto.




 Y sí, hablando de lentitud, digo que la tesis avanza lenta pero inexorablemente hacia las 300 páginas previstas. Trescientas tontas, es cierto, al final será un puñadito más. Pero, por un quítame allá uno o dos artículos, no se todavía si podré defender ese pequeño tocho. Suerte que siempre está el año de gracia. En el lenguaje doctorando, tres equivale a cinco. Sea como fuere, esperemos que en verdad sea un año de bienes. Y, si no, pues viva la anarquía, como pone aquí abajo.



domingo, enero 28, 2018

Reflexiones sobre la perfección.


 Me refería hace una semana al régimen monacal, pero, en ocasiones, basta mentar algo para destruirlo casi al instante. Ni concienzuda labor de monje ni celibato voluntario ni nada de eso. Esta semana no ha ido en esa senda. ¡Y es una verdadera suerte! De hecho, uno de mis principales objetivos para este año ha venido a cumplirse pronto, antes de que acabara el presente mes. Tras constatar ese hecho, me queda una sensación de alivio y, por otro lado, también de cierto vacío pues... ¿Qué sigue ahora? Es evidente, tengo otros muchos objetivos, pero lo sublime, lo que nos parece perfecto, también abruma. ¿Se puede mejorar la perfección? Ya lo creo que sí, sobre todo desde una perspectiva amplia.



 No es el caso de una serie que terminé de ver hoy, Motel Bates. En ningún caso se pretendía mejorar el original de Hitchcock; de hecho, solo la última temporada coincide con la trama de Psicosis. Por ejemplo, la escena de la ducha. Una perfección que no es posible, ni necesario, superar. Así es la rosa, no la toques más. Pues bien, tuvieron la inteligencia de no repetir la escena original, sino de darle un toque posmoderno, queer y feminista, incluso. Eso me gustó. Por lo que respecta al desenlace, no es malo pero es conservador. Lógico, se trata de un producto televisivo, de una televisión generalista que no arriesga. No es un producto de autor  y ya me gustaría saber qué hubiera pensado Hitch del mismo. Nada se respeta, eso es evidente. Si incluso Poe ha aparecido como personaje en nefastas películas que le toman como excusa y yo mismo he vuelto a transformarme en él, ayuda mediante, para un toque nuevamente posmoderno en el que lee su propia obra y la de algún discípulo suyo.





No hago estas sesiones de Poe para pasar el rato, aunque, desde luego, es pronto para saber si el potencial de las mismas va a ser aprovechado en el futuro. Lo que sí se es que podría; no es un chiste, es una estrategia de trabajo tan válida como la del doctorado. A este último respecto debo señalar que el perfeccionismo también es una amenaza, pero no demasiado grande. Además, mi perfección no cuenta, creo. Para mí, perfección es entregar una tesis bien escrita; para las diversas personas que van a erigirse en filtros evaluadores, escribir bien es un plus pero lo que importa es investigar. No en vano se llaman tesis de investigación. Las ideas surgen, surgen, se modifican con la actualidad pero deben llegar a un desenlace. Puede que esté cerca, ahora mismo me temo que no puedo confirmarlo. Me encuentro algo indispuesto este fin de semana, serán cosas de abandonar el monasterio... Si puedo añadir algunas frases más al trabajo (hoy serán de mi cosecha, probablemente), podré dar por bien aprovechada esta semana. Y, si no, también. ¿Acaso no he rozado la perfección o quizá haya caído directamente sobre ella?

domingo, enero 21, 2018

Nieve y silencio.


 A lo largo de los últimos años, he podido ir viendo la evolución climatológica reflejada en un símbolo como el pantano de Luna, tan tristemente célebre a nivel de los medios cuando alcanzó solo un cuatro por ciento de capacidad, mostrándose desnudo cual páramo lunar. Muy lejos esa estampa de cuando lo contemplaba azul y orgulloso, rodeado de montes coronados de nieve. Ahora se ha recuperado un poco, aunque la sequía sigue siendo una amenaza. Parece un recordatorio evidente del cambio climático, al igual que el hecho de que cada vez nieve menos en la ciudad de León. Y no es que antes nevara como en el pueblo de Furulund, pero ahora se ha convertido en una verdadera rareza. Carne de Instagram, por así decir, y yo no iba a quedarme atrás, ahora que debo amortizar una cámara que no compré como mero capricho. Así pues, la semana pasada, en lo más álgido de la nevada, salí como un chiflado a documentar un momento fugaz. Fugaz, desde luego, porque ya por la tarde pararía y las calles estarían bastante más despejadas de su blanco manto. La estética no siempre concuerda con la comodidad de los peatones a la hora del tránsito.


 Así pues, aproveché el momento, que desconozco si volverá a repetirse en este año. Por lo demás, puedo decir que la cuesta de enero, el blue monday, la blue week o cualquier otro invento que se saquen de la manga lo estoy llevando bastante bien. En la misma lógica que ya había iniciado en Navidad, han sido unas semanas tranquilas, sin apenas novedades pero con sus necesarios momentos de ocio, en las que, no obstante, se van rumiando planes decisivos de futuro. He enviado el penúltimo capítulo de la tesis y estoy terminando el último. La tutoría se retrasará unas dos semanas más. El proyecto se está terminando a un ritmo lento, porque no necesita ser rápido, pero imparable. Además, ha habido y habrá reuniones y contactos familiares para preparar otros proyectos laborales, a medida que vaya concluyendo con este, incluso si no lo terminara este año. Anoche, extraño plan para un sábado, visioné el documental Walk with me, sobre la figura del maestro zen Thich Nhat Hanh y su monasterio Plum Village. Me gustó el valor que dan al silencio. El silencio no es un lujo, es absolutamente necesario, al menos en ciertas dosis. En Oviedo, por lo general, tuve silencio y, en ocasiones, lo sufrí. Aquí tengo algunas distracciones diferentes, pero el grado de silencio también es bastante aceptable para mi actual labor creadora. No me equivoqué en ese sentido. Temo perder ese precioso don si me traslado a un espacio propio pero, en todo caso, procuraré ser cauto en mi búsqueda y tampoco creo que vaya a perder del todo el contacto con esta habitación-celda-santuario que tantas alegrías me ha dado en tantos sentidos. Me quedo con una de las frases más bonitas del filme de ayer: El sonido también se puede provocar a través de una bonita sonrisa. O algo así.




domingo, enero 07, 2018

Pues Eso.



Después de una semana en la que, a ratos, me había transmutado en eremita, en islas de tiempo que me parecía bastante sensato albergar, el año acabó de manera similar. No salí en Nochevieja y no resulta grave. Es una noche bastante lamentable, por otro lado. Quedó ya muy atrás el tiempo de los cotillones y la barra libre. El hecho de ver al día siguiente las desastrosas noticias que ponían en la tele me confirmó la buena idea de no salir de casa. Y no es que fueran desastrosas por hablar de asesinatos y guerras, sino porque, enmedio de los asesinatos y las guerras, nos torturaban con noticias de nochevieja que, supuestamente, hablaban de celebración y fiesta, cuando en realidad eran una muy penosa muestra de comportamientos humanos. Ahora eso ya ha quedado atrás, junto con el resto de la Navidad. 
He continuado con el siguiente capítulo de la tesis, que entregaré el próximo día quince, esté bien o sea una basura; si por algo me he distinguido hasta ahora es por la seriedad en las fechas de entregas. Al menos quiero seguir destacando en eso. Aunque, puestos a buscar algo más en lo que distraerse, ahí está mi auto-regalo de Reyes, ese tocho cuya foto incluyo arriba. Perteneció a la biblioteca flotante de este cuarto, en versión antigua, y ahora he adquirido la última edición, a rebufo de la versión cinematográfica reciente, que solo adapta una parte de la historia.  Me gustaría pensar que en la continuación, la de los personajes adultos, vaya a aparecer un fragmento del libro que no incluyeron en la teleserie original. La parte adulta de la obra se desarrolla en los años ochenta, década que en el último filme sirve de escenario para la historia adolescente, masacrando un poco el éxito de Stranger Things. Había leído, no obstante, que Stephen King había incluido un episodio verídico de su localidad, un crimen homófobo que, en efecto, aparece muy temprano en la novela, después del famoso prólogo con el barquito de papel y el payaso Pennywise. ¡Todos flotan!
Leí ese trozo anoche (cuando tampoco salí) y me sorprendió gratamente aunque, claro, también me produjo escalofríos, mucho más agudos porque la maldad que se refleja es real aunque, en la obra, el escritor la conecte con el mal atávico, profundo, que envuelve a Derry. El amante del personaje asesinado, a fin de cuentas, exclama que todo el pueblo le parece responsable de ese crimen, que la esencia de  ese sitio es el mal, que toma la forma del payaso, en fin, ese Eso, valga la redundancia, que da nombre a la obra. Cierto que el episodio no tiene relación con ninguno de los personajes principales pero, si King lo colocó al comienzo del relato, por algo sería, dado su valor simbólico. Es algo que deberían tener en cuenta los adaptadores de la próxima versión al cine. No obstante, no creo que entre en sus cálculos comerciales... Lástima. Por lo demás, el bueno de Stephen nunca decepciona, aunque yo no sea tan fiel seguidor como el amigo Víctor. Me sumergiré en la magna obra mientras descanso de buscar artículos de bibliografía, que en muchas ocasiones no hacen más que decir la misma cosa, o decir la misma cosa con palabras raras. En un año en el que debería reducir el número de libros adquiridos, al menos hasta que disponga de otro espacio en el que almacenarlos, este, que no es precisamente de bolsillo, me ha parecido una muy buena primera entrada en la lista.

domingo, diciembre 31, 2017

Cierre por demolición.


Acaba este año a la carrera, y bien está que acabe. Sin ser malo, no ha cumplido expectativas, ya me he referido a ello y también soy consciente de que en algunos campos mejor será rebajar un poco dichas expectativas. Me he permitido el lujo de tomarme un par de días de eremita esta semana navideña, sin importarme el qué dirán. Un freno necesario. No obstante, antes de ello nos desplazamos una vez más por Nochebuena; en esta ocasión a Astorga, ciudad milenaria y que, desde mi perspectiva personal, alberga cierto sentimiento fúnebre de escaso consuelo. Antes de llegar allí, comimos en El Capricho, y ahí estoy con mi neo-bigote de Poe posando delante de las bodegas, o casas de hobbits. 





 Hubo hotel y spa al día siguiente, para rematar el chuletón de buey comimos en Navidad el cocido maragato en Castrillo de los Polvazares, espero recordar bien el nombre del pueblo porque ya me satura tanta excursión. En todo caso, un sitio bien bonito, como se puede comprobar en la foto de abajo. 



 Tradiciones navideñas que no suelen fallar, aunque el año pasado no pudiera apuntarme, en este sí que retomé la saga de Star Wars, con la presencia de Yoda en la sala; el cual, ya en su versión fílmica, me ha dejado el que será mi lema para el próximo año: el mejor profesor el fracaso es. Cierto. No se si llegaré a defender la tesis o no pero tengo algo muy claro: voy a ganar de todas maneras. Incluso en el, ahora mismo, improbable caso de que me descabalgaran del doctorado en Oviedo, no solo el fracaso me haría aprender sino que, con todo el conocimiento que me ha aportado este proceso, el fracaso en realidad no existiría. Así pues, rescataré un poco del optimismo al que me refería en mi última entrada, deseando un feliz año. May the Force be with you. 



sábado, diciembre 23, 2017

La suerte relativa.


 Qué mejor manera de cerrar el año que en Oviedo. Este, el año en que he dejado de vivir allí, no obstante considero que ha sido el mejor en cuanto a mi estancia. Quizá me equivoque un poco, pero es la sensación que tengo. No quiero perder el contacto, ni con la región ni con las personas a las que he conocido allí. En el caso de Giovana, mi compi doctoranda, aunque en otra rama, me temo que se ha convertido en ex-doctoranda debido a los célebres y nefastos recortes que han terminado con su contrato. Tres años para esto... Y yo que creía que mi tesis iba un poco mal. La suerte es relativa, desde luego. A mí no me va mal, otra cosa es lo que pueda suceder el año que viene, si no me pongo en plan intensivo y con verdadero afán de cometer sacrificios que merezcan la pena. Sea como fuere, brindamos en el café Ópera con unos cócteles Madame Butterfly para que el optimismo no se pierda y el 2018 se porte bien. Ojalá sigamos en contacto, y que un día se venga de visita por aquí.




 También tuve la fortuna de coincidir el mismo día con Juanjo y, para celebrarlo, abandoné todo atisbo de dieta moderada y cenamos en el american diner Billy Bob. El entrante se superpuso al principal, con unos nachos obscenamente hundidos en mayonesa y queso fundido. Y, coronando, el sundae de postre, helado sobre galleta con chocolate caliente. En realidad, considero que la cena de Nochebuena debió de ser esa. No se qué vamos a tomar mañana pero, dado que vamos a un sitio con spa, creo que eso es un buen incentivo para moderarse y no lucir como un Papá Noel en bañador. En fin, esta fiesta de Pantagruel fue seguida al día siguiente por la verdadera razón de mi estancia, tutoría y después reunión. Ambas muy satisfactorias, ambas productivas. La tesis mejora, con ya unos dos tercios del total (fácilmente alargable). La reunión era para un congreso planeado para otoño, aunque podría celebrarse después de que, en el mejor de los casos, ya hubiera defendido mi proyecto. Nada imposible, salvo por la frustrante y ya expuesta sensación de que algunos de los complementos no dependen de mí. Pero mandaré todos los articulitos que sean necesarios. Felices fiestas, y felices aunque razonablemente saludables farturas...




domingo, diciembre 17, 2017

Duendes y pequeños engendros.

Si, en conjunto, cabe poca duda acerca de que este año ha resultado mejor que el anterior, eso no quita para que el catálogo de mezquindades se haya alargado hasta el último mes. Visitas que no fueron devueltas, personas que prometían más y actitudes que se dirían malvadas si no fuera porque, probablemente, reflejan carencias emocionales profundas. La verdad es que esta semana no ha tenido nada especial, ni tendría por qué, siendo la calma que precede a la tormenta y que antecede la tormenta. 
Pequeños engendros podría ser una traducción malintencionada de los little monsters, los fans de Lady Gaga, una legión fiel pese a las adversidades, de la cual yo conocí un insigne ejemplar durante el puente. Lástima que el divismo que desprende la figura de la artista, una actitud que a fin de cuentas tiene mucho de pose, se haya contagiado a pequeñas divas como esa. De hecho, fue una semana bastante saturada de divismo. Contuvo, además, reveladoras confesiones que yo no hubiese esperado, acerca de encuentros entre personas de mi pasado y de mi presente que yo solo había imaginado como hipótesis. Bueno, encuentros virtuales, cabría decir, pero mucho menos constructivos de lo que a mí me hubiese gustado. Más vale ser críptico en estos terrenos, salteando así asuntos de índole privada que, no obstante, quería dar salida de un modo u otro. 
Criaturillas pesadillescas antes de Navidad, los duendes, no de Papá Noel, y los monstruitos, a priori, parece que se van a tomar un descanso durante estas fechas. Mejor así. Las fiestas suelen estar bastante concentradas en lo que es su esencia, del 24 al 31, y resulta infrecuente que pueda mantenerme con el mismo nivel de energía todo ese período. No obstante, el 20 y 21 estaré en Oviedo, despidiendo el año en Asturias, al igual que hace un año regresé de allí por estas mismas jornadas. Teniendo en cuenta que en cuatro meses solo he tenido una tutoría, a la que se deben sumar la reunión preparatoria de un simposio y otra tutoría la semana que viene, desde luego que no hubiera parecido muy necesario seguir viviendo allí. El doctorado se basa, de manera importante, en los plazos y las esperas, y eso (junto a las abominables actividades de formación transversal) es lo que me resulta más detestable del proceso. Siento, por un lado, que podría haber hecho más; por el otro, que esto no es la carrera, que esto descansa en la incertidumbre del depender de muchas entidades evaluadoras externas, con criterios que pueden estar un millón de veces alejados de los míos. En todo caso, no voy a desplegar aquí un pesimismo pre-navideño. Lo único que puedo asegurar es que el periodo de exclusividad de la tesis llega a su fin. El plazo que me concedí a mí mismo concluye, y ahora toca afrontar las consecuencias.

jueves, noviembre 30, 2017

Poe, Take One.


 Este mes, que concluye hoy, ha resultado especialmente brillante en su comienzo, parte intermedia y desenlace. Esta semana, sin haberlo planificado mucho, tuvo lugar el inicio de un proyecto del que, medio en bromas medio en serio, habíamos hablado mucho: mi transformación, por así decirlo, en Edgar Allan Poe. Para ello pude valerme de dos factores básicos: la cámara, estrenada la semana pasada, si bien la del móvil también hubiera valido y, en especial, la presencia de mi amigo Álvaro como maquillador, campo en el que, desde luego, tiene bastante más experiencia que yo.




 No disponíamos de mucho tiempo, tampoco de mucho material o atrezzo; no obstante, bastó un rato para conseguir esta primera prueba, estas primeras instantáneas que, a decir de la gente a la que se las mandé, dan bien el pego. Aunque, claro, ya de entrada la mayoría de esa gente había reconocido mi parecido con Poe, por lo que pudo celebrar de buen grado el disfraz. En lo sucesivo se podrá ir perfeccionando y, además de la fotografía, incorporar vídeo, algo más complicado para mí pero que puede otorgar muchas más posibilidades y alcance.



Esta sesión se justificaría tan solo como parte de un proyecto artístico, pero va mucho más allá. Si este mes he dado un paso clave para desarrollar la opción laboral con mayor salida, que es la docencia (en varios niveles), no por ello voy a abandonar otras salidas, como los planes más artísticos y creativos, que también son trabajo y también, si son bien dirigidos, pueden derivar en beneficios. El primer destino de mi Poe será, lógicamente, las redes sociales, pero ayer estuve pensando sobre todas las posibilidades, también comerciales, que podría sacarle y me salió una lista extensa, que iré apuntando a medida que se concreten. Afronto el último mes del año, pues, con bastante ilusión. Ahora ya solo queda una tutoría final para cerrar, algo que llegará no demasiado tarde, si todo va según lo previsto.

viernes, noviembre 24, 2017

Dos.

Hay mucho de lo que podría hablar desde mi última entrada, y también varias fotos más o menos bonitas que podría colgar. He estado en Valladolid, un viaje breve pero muy bien aprovechado, con posible continuidad futura. Hoy mismo ha tenido lugar un reencuentro y una nueva sesión de fotos, en el Musac. He ejercido tanto de fotógrafo como de fotografiado y para ello he estrenado la cámara que compré esta semana de Black Friday que ya se extiende a toda la Black Week. Ni tan black, vaya. Black monday and tuesday, de eso no cabe duda. Otra vez el otoño vuelve a golpearnos. Por segundo año consecutivo, el lunes decidió terminar con su vida una persona que previamente había pasado por la mía, de forma inconstante pero intensa. Aunque cabe señalar que su influencia podría haber sido mucho mayor si yo hubiese querido, o sabido, o podido. Me pilla ya un poco lejos, si bien no tanto como para que no me afectara. Me afecta, de nuevo con alguien a quien perdí la pista sin pretenderlo. Ahora está en paz. El lunes, precisamente, fue el Día Memorial Trans, que conmemora las muy numerosas, por desgracia, muertes que se han producido y producen en este colectivo, muchas de manera violenta. Mantener viva su llama es un acto de justicia y de reivindicación. Que la memoria nunca se apague. Este año va a llegando a su fin, y (hasta la fecha) no ha resultado tan devastador como el pasado aunque sí que ha asestado ciertos golpes, ante los que solo cabe cuadrarse y seguir adelante. Porque esta semana, además, he continuado creándome un presente aquí, siendo asesorado sobre clases de español, sobre la nueva cámara para preparar proyectos artísticos, etc. De todo ello hablaré en la medida en la que sea pertinente; hoy, en un día verdaderamente otoñal pero no tan lluvioso como sería necesario, quiero dedicar esta entrada a esa persona sensible, quizá demasiado para los tiempos que corren, que me acompañó en la fase final de la carrera y luego reapareció contándome todos sus proyectos, que ojalá no hubieran sido interrumpidos. Esto sí que es verdaderamente black, no la posibilidad de comprar hasta las doce de la noche.

sábado, noviembre 11, 2017

Regreso y performance.


 Tercera visita a Asturias desde el fin de mi estancia, segunda a Oviedo, si bien en realidad el verdadero motivo del viaje residía en el Centro Niemeyer de Avilés. Allí, desde primeros de octubre, había tenido lugar una exposición sobre la artista irlandesa Amanda Coogan, comisariada por mi directora de tesis, Luz Mar González Arias. No se por qué se habla de comisaria o comisario al referirse a la persona que organiza estos eventos pero, en fin, habrá que usar el término con propiedad. A Coogan ya la había visto en un congreso en Oviedo el año pasado, en el cual yo participé (a la espera de un próximo simposio con muy buena pinta, a cargo también de Luz Mar). Y, dentro de una muy previsible serie de hechos, trasladarme a León ha sido lo mejor que podía hacer, desde mi punto de vista, pero también me ha hurtado la posibilidad de asistir a varias actividades de gran interés por tierras asturianas. En el caso de esta exposición, se vio acompañada de performances, conferencias y proyecciones. No podía permitirme ir a todo, le dije a Luz Mar que asistiría a la clausura y allí estuve. Nueva visita a ese centro que, según la foto de arriba, a veces me recuerda a un huevo duro, a un corazón, a una vagina (con su maja desnuda)...



 Llegué el domingo pasado a las dos y media. Había reservado una sola noche en un hotel bastante económico y con buena relación calidad-precio, si bien, después de quedar in extremis con una amiga doctoranda allí, es bastante posible que la próxima vez ella me aloje generosamente en su casa. El caso es que, tras dejar mis cosas y tomar algo en la Tapina Sixtina, bar habitual de mis devaneos allí, fui hasta Avilés y adquirí la entrada para la Cúpula del centro.


No voy a colgar todas las fotos que tomé, no es este el espacio y ya lo hice en Instagram, por ejemplo. Coogan es una artista célebre por sus performances duracionales y, en concreto, la de ese día se había desarrollado por la mañana y, por la tarde, desde las cuatro hasta las siete. Qué duda cabe de que, aparte de un físico portentoso para llevar a cabo estas representaciones, debe seguir un entrenamiento acorde con la tarea. Había una significativa muestra de objetos, proyecciones y otros materiales relacionados con la carrera de Coogan, aparte, claro está, del evento central con su propia actuación, llamada Spit, spit, scrub, scrub



 Dentro de una escenografía que se ajustaba perfectamente a la estética de su performance, otorgándole una atmósfera todavía más hipnótica y sugerente, la artista permanecía en el centro, con ese vestido y fondo azul, realizando movimientos pausados mientras buena parte del público, incluyéndome a mí mismo, se apoltronaba en el suelo para asistir a tan magnética danza. Allí me encontré a Iván, un compañero doctorando que también es dirigido por Luz Mar y cuya tesis comparte ciertas temáticas con la mía. Él está fascinado con Coogan, no es para menos. En un acto de estas características, por otra parte, ya desde el principio te dan una pulsera para que puedas entrar y salir cuando te apetezca, cosa que yo hice para tomar un té y luego regresar para el final de su actuación, así como la clausura del evento. Ya había saludado y charlado un rato con Luz Mar por entonces.



 Tras sus discursos finales, además, Luz Mar y Amanda nos obsquiaron con un vino y piscolabis adjunto que me sirvió para no tener que tomar muchas tapas de cena en mi regreso a Oviedo. Dado que no pude quedar esta vez con mi amigo Juanjo, la merendola me resultó bastante conveniente. Y, tal y como me había indicado, Luz Mar me presentó a la artista antes de que me despidiera. ¡Tan simpática como atractiva, realmente se redoblaron mis ganas de visitar Irlanda tras esa jornada! Pero, de momento, me conformé con pillar el Dublinenses de James Joyce al día siguiente. En todo caso, hay un proyecto más cercano y relevante ahora mismo, que sería rescatar esa galería de arte virtual cuya idea surgió en Santander el pasado año, y de la cual ya teníamos hasta registrado el dominio web... Amanda Coogan se disculpó por haber secuestrado a mi directora pero, a la vista del resultado, lo doy por bueno. La conclusión de la tesis no solo depende de mí o de cuándo me corrija ella los capítulos, sino de otros factores sobre los que tengo poco control, como el tiempo de espera antes de la evaluación de mis artículos, la aparición de congresos en mi línea temática y que, lógicamente, me admitan... Ante la posibilidad de que el doctorado se alargue más, todavía, surgen proyectos paralelos, algunos más obvios y otros no tanto. Y, este de la galería, desde luego que bastante complementario a la tesis, siguiendo en cierto modo unas mismas pautas temáticas.



martes, octubre 31, 2017

Crónicas finlandesas, III.


 El último día de Helsinki no hubo Helsinki, en realidad. Dado que la jornada anterior ya había constituido una intensiva ruta por la mayoría de puntos de interés de la ciudad y que íbamos a salir al aeropuerto hacia la una, me limité a hacer el equipaje y disfrutar del hotel, que ya de por sí bien hubiera valido el viaje sin salir un momento de sus instalaciones. En el trayecto de vuelta, estaba todo muy medido. Demasiado, al parecer. El mayor contraste tuvo lugar entre el tiempo que debí esperar en el aeropuerto hasta que salía el avión a Amsterdam, de una a seis, y las cortas escalas para tomar el enlace a Madrid, y, una vez allí, llegar hasta el autobús para León. En el aeropuerto, ni siquiera aproveché ese tiempo sobrante para comprar souvenirs, bastantes llevaba ya. Tampoco para mí, no veía mucho sentido a comprar por comprar. Si acaso, un cuaderno de Tom of Finland... Pero solo tenían café. El vuelo de KLM, a diferencia del de ida, tenía comida, bebida (¡vino blanco nada menos!), incluso un té servido en uno de esos vasos de cartón tan monos como el de la foto.




 Supongo que lo mejor hubiese sido un vuelo directo, aunque no recuerdo bien si los había. De haberlos, hubieran encarecido el ya de por sí elevado pasaje. En todo caso, el primer vuelo llegó puntual, a diferencia del segundo. Una suerte. De haber perdido el enlace, las opciones básicas eran o bien sacar con urgencia un billete para el siguiente trayecto a España, o bien quedarme en Amsterdam reservando alojamiento sobre la marcha. Una opción apetecible, tras haber comprado la guía en Madrid, pero que ni llevaba preparada ni era adecuada para ese momento. No es mi intención viajar en solitario a esa ciudad, el año que viene veremos si surge una oportunidad factible para visitarla en plan bien. La ridícula estancia en el aeropuerto de la ciudad, de menos de una hora, me había traido en todo caso problemas a la hora de acceder a Finlandia. Sin embargo, ningún problema en los controles ni en los enlaces a la vuelta. Desplazamiento final hasta Madrid, con nueva ración de penne, así se llama, y más vino. Lástima que sucediera con una media hora de retraso, al menos.



Pequeños contratiempos que sirven para aprender. Esa noche hubiera querido dormir en Madrid, pero, siendo un día en apariencia normal, las reservas hoteleras estaban muy menguadas. Por esas cosas de la oferta y la demanda, una habitación de hostal en la que ya había estado, que por estos lares rondaría si acaso los 30 euros, allá se había puesto por 300. ¡Una locura absoluta! Y, si bien pensé en principio en avisar a algún amigo o amiga para que me alojaran, al fin me las di de confiado, pensando que llegaría sin problema al bus. Y, cuando no llegué, dado que era día laborable y la mayoría de coleguis allí curran, les pillé en la cama. Despropósitos en cascada, el avión llega tarde, luego toca esperar la lanzadera para la terminal y, para colmo, es en la T4 donde sale el Alsa, por lo que o me hacía la cola de taxis o me subia en el bus gratuito. Error. Más me hubiera valido hacer la cola. Llegué, lamentablemente, con solo unos cinco minutos de retraso. Así que tocaba hacer tiempo de una a cinco, y con una maleta que llevaba como una rémora en el caso de que hubiera querido tomar unas copas, por hacer algo. De todos modos, es Madrid, ciudad en la que he vivido varios años y a la que siempre vuelvo cuando tengo excusa para hacerlo. ¿Qué era pasar tres horas allí, aunque fuese de madrugada? Así podría ver la otra cara, la de la verdadera gente sin hogar, no como yo, que me vi sin hogar brevemente y por simple torpeza. Me hubiese planteado incluso ir a visitar la parroquia del Padre Ángel al lado de Chueca, esa que abre las 24 horas, pero no precisamente pensada en principio para viajantes con los esquemas torcidos. Todavía está el transporte público como no-lugar en esos casos. En búho me fui hasta el viejo barrio de Legazpi, añorando el viejo piso, valorando más que nunca lo que se pierde, admirando la capital dormida en esas calles, el vacío por el que comencé la ruta por el paseo de las Delicias hasta de nuevo Cibeles. Paseo largo para meditar y, una vez llegado a la meta, voilá, búho de nuevo a la estación de bus, que abría a las cinco, y bus a León a las seis. Por primera vez en el año, siesta. Aunque, ¿cabría hablar de siesta si no había dormido? Sueño atrasado, tal vez. Eso fue todo, cero dramas. Y esa fue la espinita que me quité del extranjero, a la espera de ver cómo planifico un año que podría ser crucial, el próximo.

sábado, octubre 28, 2017

Crónicas finlandesas, II.



La del martes 17 fue la única jornada completa en el viaje a Finlandia, así pues, LA jornada por excelencia que debía aprovechar de un modo u otro. 27000 pasos, ya lo dije. Incluyó los principales monumentos de Helsinki, la mayoría de los cuales también había visitado tiempo ha. En primer lugar, la catedral luterana, voy a valerme de estos rótulos para evitar nombres raros. Imponente sobre la plaza del senado. 

Visité luego la otra catedral, la ortodoxa, seguida de un paseo por la plaza del mercado, con sus puestos tanto de artesanía como de productos tradicionales del país. Todavía no me había entrado el hambre por entonces... Caminé por la gran explanada del centro, llegando hasta el barrio del diseño y por allí sí recalé en la socorrida oferta de un bufé oriental, de las más económicas que se podía encontrar salvando las grandes cadenas de fast-food que no llegué a pisar. Energía necesaria para quemar la tarde. Comenzando por la iglesia Temppeliaukio, esta vez no me ahorro el palabro, conocida como Rock Church por motivos obvios, quizá el lugar más visitado de Helsinki, frente a las catedrales, por su peculiar estructura excavada en la propia roca, su iluminación y acústica, que pude comprobar bien al estar un coro de chicas ensayando en el mismo momento de mi visita. 


 Otro lugar archifotografiado es el monumento a Sibelius, esta especie de bosque de tubos de órgano junto al busto del artista. Aunque lo que de verdad me impresionó fue el propio parque de Sibelius, espectacular en pleno otoño, como también me sucedió con el parque que rodeaba el lago Tölöö, del cual incluyo una bucólica estampa debajo. Naturaleza en plenitud, siempre en simbiosis con el espíritu de la ciudad. Lo que me hubiera gustado ver el atardecer en cualquiera de estos dos parajes... Pero se puso a llover, algo también bastante típico de Helsinki. Poco atardecer, entonces. Algunos lugares ya visitados estaban de obras, como el estadio olímpico y su torre panorámica, al norte. También en la zona norte se encontraba una sauna pública, alimentada con leña, digamos que un enclave turístico más por su autenticidad. Sin embargo, dado que no estaba seguro de que fuera a merecer la pena y de que ya el hotel contaba con su propia sauna gratuita, cambié de idea respecto a la decisión de no visitar ningún museo durante mi breve estancia.
 

 El Museo de la Historia de Finlandia, no se si se llama así pero el concepto es muy apropiado, me venía de camino y faltaba una hora para que cerrase. Buena manera de esquivar el chaparrón, remontándome desde la Edad de Piedra hasta el centenario de la independencia de Finlandia, en 1917, que se celebra este mismo año, pasando por revoluciones sociales como las relacionadas con el colectivo LGTB. Solo faltó Tom de Finlandia. Al salir, los horarios desde luego que no son parecidos a los españoles, todavía me dio tiempo a comprar algunos souvenirs antes de que cerrara la tienda. Casi todo imanes, por eso de que no abultan, casi no pesan y de que cada casa, por lo general, tiene nevera.



 Descartada la sauna pública y la posibilidad de despelotarme junto a algún rudo lugareño, la conclusión de una jornada tan larga como aprovechada fue en el pequeño spa del hotel, por fortuna desierto en todo el tiempo que permanecí en él. Así que sauna sin bañador, como hacen en la tierra. No tenía nadie con quien mostrar pudor.



 Finalmente, Paco y yo fuimos un rato al gimnasio, por eso de probar todas las facilidades, y menos mal que pasamos porque eso compensó un poco el sandwich poco ligero que cené. Ahí estamos en el bar, en una mesa que podría ser histórica porque ahí se fraguó un acuerdo que pudiera lograr grandes avances en el campo de la medicina. ¡Tiempo al tiempo! Aparte de ello, también sirvió para brindar por este feliz reencuentro, por otro viaje que sale bien, y por el futuro, por los posibles planes de futuro ya sean en el extranjero o no. Kippis!, como dicen allí.