viernes, junio 29, 2018

Tiempo para la épica (parte I).






Me resulta difícil ordenar mis impresiones acerca del día de ayer, son muchas y me bullen en una cabeza alterada por la fiesta de anoche, la primera fiesta de Orgullo a la que asisto en León desde 2014 (y a la que asistí por una carambola del destino, por cierto). Lo primero que me viene en mente es que, en ocasiones, las cosas se disfrutan más desde un segundo plano, sin necesidad de ostentar protagonismo. La envidia es mala, la competitividad puede serlo, esa es otra de las lecciones que nos deja este mes. Lo comprobé en Oviedo, lo comprobé ayer. Vale, en nuestros colectivos leoneses, ya extintos, nunca conseguimos hacer algo como el Orgullo de este año. ¿Y qué? Eran otros tiempos, otras circunstancias y lo hicimos lo mejor que pudimos o supimos. Por lo que respecta al actual colectivo organizador del evento, si no estoy enrolado en él ha sido porque no he querido, vaya. Es una decisión personal que puede variar o no. Lo que está claro es que cuentan con toda mi simpatía y apoyo, y que seguiré participando en las actividades que considere pertinentes. Han cogido mucha fuerza en solo un año, no puedo más que alegrarme por ello. Si en 2017 solo asistí al izado de bandera y a la marcha, lo de ayer fue mucho más completo. La bandera sigue sin ondear en el ayuntamiento, pero hubo una ocupación simbólica, forzada e improvisada, del edificio, ya lo iré narrando.




 El epicentro fue, de nuevo, Espacio Vías, donde salimos en la foto de arriba. Por la mañana había varios puestos de asociaciones y una barra de tapas. El sol pegaba que daba gusto, aunque no era más que una ilusión respecto a lo que sucedería por la tarde. La manifestación (suerte que podamos llamarla así, y no desfile o incluso cabalgata) salió poco después de las seis y media. Fui con Claudia y Nuria, como el año pasado, ahí están con la bandera trans, una de las pocas de ese estilo que se vieron, si bien este año, a nivel nacional, se hacía mucho hincapié en la defensa de la temática trans. Yo llevaba la bisexual, como otras veces, tan solo vi a un chaval que se la hubiera puesto a modo de capa. Sí, soy consciente de que he escogido la foto en que salgo con los ojos cerrados. Qué le vamos a hacer, paso de cambiarla. Creo que refleja muy bien mi estado de ánimo a la hora de redactar estas líneas.


 Por un momento temí que la tormenta fuese a impedir la salida de la marcha. No lo hizo, tan solo la cortó a la mitad, provocando, eso sí, una serie de momentos que difícilmente olvidaré. En fin, salimos en marcha, por una vez en retaguardia. No soy bueno con los números, pero digo yo que habría por lo menos un centenar de personas, el doble que el año pasado. Y bastantes adolescentes. ¿Dónde estaban hace cinco años? Imagino que todavía eran muy jóvenes para salir. Me alegra mucho esta evolución. ¡Todavía hay esperanza! Que digan lo que quieran acerca de ciudades como esta. Incluso en la universidad, que en mis tiempos jamás vio algo así, se hizo una concentración y una proyección en mi facultad de un documental sobre Stonewall, a cargo de otros colectivos. Ya se sabe, momentos en que uno cree llegar tarde a todo. Sea como fuere, eso no me hace menos feliz. Seguiré el relato de esta histórica jornada si el tiempo lo permite. No, no lo permitirá, pero da igual, ahí va a estar la gracia y la poesía. Hasta la épica. Nada comparable con el filme de Churchill que vi, claro, esto no es Dunkerke (pese al agua), pero siento que es un tiempo para la épica. Cuando termine el mes, las fiestas y el relato de este Orgullo, solo tomándome mi proyecto con perspectiva épica podré sacarlo adelante. Así pues, ¡en marcha!


domingo, junio 24, 2018

No bruxas.


Ha sido una semana importante, si bien la noche de ayer, de San Juan, la pasé en casa, viendo una película no de bruxas, sino de musas al estilo de bruxas, Muse, de Jaume Balagueró. No hay noches sagradas, por mucho que sean noches mágicas, de hogueras o de bruxas. No salí anoche porque quería frenar, aislamiento consciente que, en mi caso, ayuda bastante en semanas de compromisos, por lo general semanas de fiestas como la presente. 
La tensión me vino, de forma bastante absurda, cuando me llegó el certificado de un artículo pero no era capaz de encontrar todos los demás, todos aquellos que ya debería haber escaneado y subido (si es posible, porque eso funciona como el culo) en el célebre cuaderno de actividades del doctorado, que, por otra parte, de cuaderno no tiene más que el nombre. Con tantos papeles acumulados en esta habitación, cómo iba a imaginarme que hubiese colocado esos imprescindibles documentos en un altillo del armario. ¿En qué estaría pensando cuando hice la mudanza desde Oviedo? Sea como fuere, tardé menos de 24 horas en subsanar el error. Cero dramas. 
Vino mi hermano Paco por un par de días y eso supuso comidas copiosas, cuando realmente comienza el calor, con el resultado de indigestiones prolongadas, como la que me provocó un ataque de eructos que parecía interminable. Resulta gracioso comentarlo, pero en su momento fue bastante incómodo el convertirse en un sapo y soltar algunos erutos tan largos como los de algún vídeo de Youtube que solíamos ver. A eso hay que unir una cena en el Mongogo con quesadillas y pesadillas que, de hecho, producen malos sueños, por no hablar de la ración doble de chupitos de granizado de margarita. Vamos, que no fue tan mala idea descansar anoche. Aparte, he estrenado la piscina exterior del gym, con su césped y su libro-piscina, No soy un monstruo, de Carme Chaparro. Una recomendación de Cuarto Milenio, todavía es pronto para saber si realmente es de calidad. La piscina no es una biblioteca, desde luego. El primer día, clásicas distracciones auditivas en forma de dos paisanas hablando, pero hablando desde una sombrilla a la siguiente. ¿Tan difícil sería ponerse juntas? El segundo día, clásicas distracciones visuales, chicas con tanga con la imperiosa necesidad de broncear sus posaderas y de hacerlo justo delante de mí. ¡Ye lo que tiene el verano! 
Queda una semana de fiestas y no seré un ermitaño siempre. El 28, múltipes actividades por el Orgullo, no solo manifestación, el programa estaba colgado en el gimnasio (eso hace que me enorgullezca de ser socio). Mañana, el cantautor queer asturiano Rodrigo Cuevas, al que en Oviedo también vi de DJ pinchando Cocidito madrileño, dudo que alguien me acompañe a verle. En todo caso, variedad, que es buena. Un poco de frivolidad antes de seguir la batalla (que también vi la peli sobre Churchill y me siento épico).

miércoles, junio 13, 2018

No llorar por el alpiste derramado.

Hace unas horas, cuando volvía en bus hacia aquí, desparramé una bolsa de alpiste (frutos secos tan bajos en sal como incontrolables) y, dentro del ridículo, al menos tuve la suerte de ir sentado solo en la fila. Por dignidad (y civismo) recogí algunos cacahuetes del suelo y aprendí la lección, que posiblemente consista en llevar una bolsa más pequeña para la próxima vez. No fue esa la lección más importante que he aprendido en el viaje, desde luego. No hay que llorar por el alpiste derramado y, del mismo modo, tampoco hay que llorar por posibles errores u oportunidades perdidas en el pasado. Lo que hay que hacer es recuperar oportunidades o pasar por encima de los errores. 
Viaje corto y aprovechado hasta la última expresión, ayer con Juanjo en el Per Se, ante la presencia de un Lolito que, sin duda, sería un buen personaje literario, y esta mañana un té con mi directora y mis compis de doctorado a quienes ella también dirige, montando una reunión improvisada después del comité. Y, ¿cómo fue este? Bueno, fue el último, eso está fuera de duda. Y la valoración fue positiva. No muy positiva, pero positiva (son los dos grados en los que me he movido estos años). Mi dire dijo que no hay competición en el doctorado, es decir, que no hay mal ambiente entre quienes lo hacemos. Bien cierto, por mi parte. Vicios heredados de la carrera, quizá, me sigue resultando inevitable establecer comparaciones, por odiosas que sean. Pero voy a trascenderlas. Poco importa la situación de fulanito o menganita, aunque formen parte de mi misma promoción. Yo comparo, tan solo, si eso se encuadra en un ejercicio de motivación, no de un estéril ejercicio de remordimientos. Mi situación actual es que estoy cerca, pero no se cómo de cerca; por ello, debo permanecer alerta, y organizar una ofensiva si así es preciso. Es posible que yo sea de esas personas que juega mejor contra presión. Esto no es un juego... ¿O en parte sí? 

domingo, junio 10, 2018

La levedad del cambio.

En una semana no solo hemos cambiado de mes, también de gobierno. Y ha sido veloz, inesperado. Casi sin hacerse notar, leve. Al menos para mí, vaya. También ha faltado el elemento simbólico de las elecciones. Todavía recuerdo ese 20-N del 2011, esa lluviosa jornada electoral del otoño en la que se alumbró la era que, abruptamente, acaba de terminar. Y cómo olvidar aquella otra tarde de otoño del 2016, cerca ya de los espectros de Halloween, yo tomando una birra en el salón del piso de Palmira Villa para así compensar el hecho de que los espectros no se fueran todavía. Francamente, la llegada de ZP en el 2004 me hizo bastante más ilusión, lo cual es lógico porque yo fui presidente de mesa aquel día y viví el cambio en directo. Desde luego que este último relevo ha sido positivo, sobre todo en comparación con lo que había antes.  
La incertidumbre política es de vértigo y, aunque me interesa y la sigo en medios físicos y virtuales, permanezco más pendiente de mi propia incertidumbre. El viaje a Oviedo, más que para un mero trámite de cinco minutos, confío en que sirva para disipar un poco esa sensación. ¿Los cambios gubernamentales podrán tener su equivalente en el surgimiento de una nueva, y más ilusionante etapa, a todos los niveles? Habrá que confiar, y trabajar, para que así sea. 

jueves, mayo 31, 2018

Gran ganga.

Concluye un mes que ha pasado por variaciones tan vertiginosas, cuasi absurdas, que necesitaría el arte de un Poe, con cuyas grotescas narraciones me he estado inspirando, para relatarlas. Dentro de dos semanas voy a Oviedo y, aunque sigo en modo prórroga (probablemente alargada), me noto más fuera que dentro. Y no es una sensación de derrota, la verdad. Es solo la certificación del hecho de que, por mucho que aprecie mi investigación, y lo hago, la tesis doctoral va a pasar a segundo plano a partir del mes que viene. 
Ya este año he ido moderándome, por ejemplo, respecto a la adquisición de libros, ya fueran relacionados o no con el proyecto. Sin embargo, siguen existiendo ciertas gangas y golpes de suerte, del todo inesperados. En el mercadillo que, de forma esporádica pero recurrente, se organiza en el centro cívico del Crucero, hace una semana mi amigo Ricardo y yo nos aventuramos, como suele ser costumbre cuando lo montan, sabuesos a ras de suelo, olfateando los cajones de indolentes volúmenes apilados cual bragas en una mesa del rastro. Ya había adquirido allí novelas o ensayos que, en efecto, he ido introduciendo en mis fuentes, pero esta vez desenterré la trufa de oro: un volumen llamado Antropología de la sexualidad y la diversidad cultural. No tengo ni idea de cómo llegó ahí, entre obras de San José María Escrivá de Balaguer. En todo caso, fue mi eureka, mi logro de encontrar 16 artículos como 16 soles alumbrando el embellecimiento de mi tesis, al ridículo precio de un euro. En Amazon, como consultamos, sale por más de treinta veces la suma, no en vano es un manual que se utiliza en la Uned y estudiar allí no resulta barato. Porque la tesis la voy a terminar, al margen de lo que suceda con la defensa y, si hay algo positivo en el hecho de que el proceso se alargue, es que puedo otorgarle mayor calidad, sin demasiada prisa y disfrutando cuando existen buenas rachas en lo personal, como las que he disfrutado esta primavera (en mayor medida que en la anterior, a pesar, como dije la última vez, de aquellas semanas de soledad en Palmira Villa). 
Y, ante la incertidumbre, escribo, escribo y escribo. No necesariamente en la tesis, que ya pasa de las 300 páginas. No se puede estirar como un chicle, tan solo embellecer y reforzar. Escribo aquí, escribo en mis cuadernos y escribo lo que necesito escribir. Escribir me da la vida y es barato. Un vicio barato, más que un vicio. El único problema que he tenido con este programa doctoral ha sido la circunstancia de que, para superarlo, mi escritura debe contar con la valoración ajena. Y no. Yo nunca he escrito para agradar a nadie. No es lo que yo diré a la comisión de seguimiento, pero es lo que tengo bien claro y difícilmente va a cambiar. 

martes, mayo 22, 2018

Las flores de la liberación.



Belleza que se marchita, pero belleza. Estas flores no eran para mí; sin embargo, las acogí como si lo fuesen, durante mis primeros días de regreso a la soledad en el piso de Oviedo, justo ahora hace un año. No eran para mí, pero formaban parte de la herencia de mi penúltima compañera, junto a chucherías, especias, material de papelería y algo que me hizo especial ilusión, un libro de Ray Bradbury que no había leído aún y que hoy, en el aniversario, he comenzado. Sin ánimo de ofender, además todo eso ya es agua pasada, me reafirmo en la idea de que nunca quise compartir ese piso pero, no obstante, eso no quita para que, con sus defectos y virtudes, lo considere el mejor piso en el que he residido hasta la fecha. Hubo buenos momentos con mis compañeras, también sin ellas. ¿Qué faltó? Considero que momentos no buenos sino, sencillamente, mágicos, como los que han tenido lugar (algunos este mismo año) tanto en esta casa como en esta habitación desde la que escribo. 
Hace un año desde el día de la liberación, conmigo deambulando como un espectro por mi castillo, a la sombra del Naranco, contemplando los atardeceres rosáceos. ¿Y la maldición? Curiosa teoría la de la maldición, que sostenemos un amigo y yo. Cuanto más espacio para la soledad, menos probabilidades de que alguien venga a compartir dicha soledad. Creo que hace unas horas he podido comprobar aquí una variante del aserto. Sí, los últimos meses solitarios de Oviedo se habían zambullido en una maldición que no supe reparar; por otra parte, en esa misma temporada pude conocer en León a una persona que me daría, al fin, lo que estaba buscando. Si es que no hace falta irse lejos... Ni fuera de la ciudad ni del país. Lo tengo comprobado, esta tierra, con todos los sentimientos encontrados que pueda provocar, ha acogido mis experiencias vitales más luminosas. Ahora, las flores de la liberación me envían otra señal. Es hora de enfrentarse a la maldición de nuevo, de dejarse engullir por ella o de romperla en mil pedazos. Oviedo quedó atrás. Hoy es Martes de Campo, celebración popular que yo nunca celebré, por la sencilla razón de que no tenía con quién hacerlo. Ya solo por ese pequeño detalle se entenderá por qué este curso, que ya termina, se ha elevado a una distancia sideral sobre los anteriores. Y, aunque la situación haya mejorado, falta el paso decisivo.

viernes, mayo 18, 2018

Re-Prorrogamos.

La tesis doctoral es perjudicial para la salud mental, ese es el (poco optimista) título de un artículo de El País que tengo guardado como un mal recordatorio. Un estudio asegura que doctorandos como yo somos seis veces más propensos a desarrollar ansiedad o depresión. En su encuesta, un 16 por ciento de encuestados se declaraba inútil, que es algo con lo que me identifico bastante ahora mismo, a punto de asumir el mantra Emosido engañao. En todo caso, es algo anunciado y que, desde un punto de vista más divertido e irónico, ya había podido comprobar en el cómic Maldita tesis, adquirido en maldita la hora. El 60 por ciento de quienes hacen la tesis por Literatura no la terminan, se afirmaba en esa novela gráfica. Eso no es verdad respecto a la mía. Por supuesto que voy a terminarla, casi lo he hecho, llevo sobre 300 o incluso más de 300 páginas, el objetivo acordado. El problema es que no estoy seguro de que vayan a dejarme defenderla. 
 También anunciado, también previsible. Siempre supe que por la tesis no habría ningún problema, que, si acaso, lo habría con algo tan risiblemente llamado cuaderno de actividades. Debería de haberlo pensado dos veces cuando vi la lista de requisitos del programa. Yo deprimido no estoy, por ahora, pero sufrí un breve ataque de ansiedad al ver esta mañana, en la web, la primera tesis depositada de una compi de promoción. Eso sí, una compi que ya antes de comenzar venía pisando fuerte, poca sorpresa que se haya adelantado. Las comparaciones son muy perras. Yo, que quería hacerme el monje este mes, he visto que no había prisa de ningún tipo, que no puedo hacer el depósito porque me falta el cuadernillo de vacaciones (de hecho, creo que va a ser en verano cuando tendré que retomarlo con más fuerza). Mientras espero a que las cosas se vayan aclarando, he vuelto a la piscina, sauna y jacuzzi, actividades saludables excepto cuando al tedio hay que sumar un catarro, como sucede hoy. 
Tanto mi directora como mi tutora, obviamente, me han recomendado pedir lo que se llama prórroga adicional y yo llamo año de gracia o seguro de vida. Así me cubro las espaldas y puedo ir con esa baza al comité de seguimiento; este, cuando vivía allí, siempre me relegaba a la última posición, y, ahora que no vivo, me toca tercero. ¡Pero es el último ya! No quiero despedirme sin alguna consideración menos ceniza que aquellas ya expuestas. Hay un dato más que lógico: cuanto mayor tiempo tenga para preparar la tesis, más completa y de mejor calidad quedará. El TFM, al que tanto cariño tengo, ya apenas puedo leerlo, porque ha habido un salto cualitativo bestial desde entonces. No digo que la tesis sea, ahora mismo, de cum laude, cosa que no me preocupa, pero, a fin de cuentas, su calidad importa poco en este contexto. Si algún doble ciego, comité científico o alquímico o entidad fantasmática de esas no tiene a bien admitir alguno de mis artículos, o me invento una opción alternativa (a ser posible que no sea un certificado fake) o me pillo la tesis y me la llevo a otra universidad en la que no tengan una lista de deseos tan larga. De momento, re-prorrogando, qué difícil en todos los sentidos resulta decir esto. No se si es estancamiento, pero eso no va a parar las novedades, que las habrá y pronto. 

domingo, mayo 06, 2018

Sincronicidades.

Algunos de los temas de mi tesis están muy pegados a la actualidad, por desgracia. Dado que la comencé hace tres años, intento mantenerla, por así decirlo, actualizada en cuanto a sus referencias, ya no solo artículos académicos sino también alusiones a lo que está pasando en el mundo, a través de las cansinas notas a pie de página o similar. Hace poco se produjo un atropello mortal y múltiple en Toronto y, según se ha informado, el causante pertenecía a un grupúsculo misógino del que no había oído hablar, si bien conocía a uno de sus más venerados ídolos o mártires, porque había utilizado su historia para introducir uno de los capítulos. 
Y ayer estaba en las noticias, Elliot Rodger, recitando a la cámara su manifiesto Retribution: las mujeres no me dan su afecto, bla, bla. Por lo visto, los denominados InCel (por celibato involuntario) son hombres, a priori heterosexuales porque si no me resultaría incomprensible, que, como se deduce del nombre, son ignorados sexual e imagino que también sentimentalmente por las mujeres. Es de suponer, del mismo modo, que se refieren a un tipo de mujer joven, que prefiere otorgar sus favores a un prototipo de hombre, que encajaría con esa masculinidad tradicional de la que me estoy ocupando en mi análisis. Es todo muy USA, desde luego, aunque se pueda exportar a otros lugares; no es de extrañar que haya surgido allí. 
Rodger debió de ser un InCel adelantado a su movimiento, cuando grabó su manifiesto y luego mató a varias personas en un campus, no solo mujeres. Se quejaba de tener 22 años y ser virgen todavía. En fin, el mundo está mal repartido, eso es evidente, pero ser virgen tampoco constituye una anomalía. O no debería constituirla. Lo que el grupúsculo propone es que se obligue a las mujeres a mantener relaciones (no se especifica a cuáles) y, desde luego, apoyan la violación. Lo curioso es que Rodger, bajo mi punto de vista, no era feo en absoluto; lo contrario. Pero, claro, no es tan solo una cuestión de físico. La actitud de estos foros es machista, si bien, en realidad, ellos no dejan de ser víctimas del machismo, de la noción normativa y tradicional de hombría en la que, desde luego, no parecen encajar, por más hetero que sean. Más les valdría, según las posturas que aseguran que la orientación sexual se elige, abrirse un poco más en sus gustos, tal vez así compensarían un poco su frustración. Es difícil quedar al margen de una sociedad que glorifica la hipersexualización pero al precio de que haya ganadores y perdedores; no obstante, la violencia no es justificable, ni la sexual ni la de si no es mía, de nadie.

domingo, abril 29, 2018

La era del vacío.

El título de esta entrada alude al de la obra de Gilles Lipovetsky, que habla del posmodernismo y, por ende, la he estado repasando para introducir en mi lista bibliográfica. Esta colección de ensayos data de los años ochenta y no llega a la época de las redes sociales y demás inventos contemporáneos, pero, no obstante, creo que de forma lúcida se anticipa un poco al hablar de las características de la sociedad actual. 
Las redes, las apps, las webs y toda esa retahíla de creaciones posmodernas pueden suponer un vacío o, en todo caso, el intento de llenar uno, en muchas ocasiones de forma artificial, incompleta. Y se devoran unas a otras, presas de la obsolescencia programada. Hace una década conocía a bastante gente que aún escribía en un blog como este, el cual yo sigo manteniendo, sobre todo, a través de un hálito romántico. Páginas y aplicaciones que me dieron muchas alegrías, que ya forman parte de mi memoria sentimental, son tan producto del pasado como puedan serlo las murallas del León romano. 
Las modas son caprichosas y ahora está en auge Instagram, donde yo también estoy sin que eso suponga para mí ninguna pretensión de estrellato, mucho menos de perspectiva laboral. Eso sí, todas las patologías de nuestro tiempo, esas ya apuntadas por Lipovetsky, se encuentran reflejadas allí. Ya no es solo narcisismo, son egos de hormigón armado que esconden vacíos pavorosos. Las batallas de trasladan al ámbito virtual, con pequeñas mezquindades, venganzas, traiciones y trampas.  No digo que el sitio sea malo en sí; si lo fuera, me bajaría del barco. En todo caso, tanto ese como otros se han convertido en el refugio de seres que pretenden tener una cohorte de seguidores, cuando, en realidad, mejor les vendría el contacto humano y presencial, de manera más reducida e íntima. Esa es una mejor vía para llenar el vacío, a mi entender.

lunes, abril 23, 2018

Bibliogra- día.



La primavera puede que haya llegado con retraso, pero ha llegado dando la chapa, qué duda cabe, travestida de verano. Tuve que sacar el polvo de las gafas de sol para aventurarme esta tarde a ver los tenderetes del Día del Libro. Había variedad, y buenas opciones. Incluso tenían un manga yaoi cerca de la literatura infantil, quizá creyendo muy inocente la estampa de dos chicos japoneses metidos en la cama, tapados con una sábana y desnudos (al menos) de cintura para arriba. ¡Así me gusta! Pero no, no compré nada. La semana anterior me han llegado dos necesarias monografías sobre Winterson y, además, la confirmación de un proyecto solidario del amigo Víctor, una antología de relatos. No compro a tontas y a locas, por no hablar de que dos de los ejemplares que pillé hace un año en Oviedo todavía los tengo a la mitad. 
No solo son las lecturas pendientes, también las relecturas. Ahí está el libro que he escogido como símbolo de esta efeméride, el Corydon de Gide. Tras un destacamento de búsqueda por mi propia biblioteca para engordar la bibliografía, encontré este volumen como una meritoria aportación al tema de mi tesis. Además, es un placer releerlo, un placer que no quita mucho tiempo. Los diarios de este autor también los empezaré en breve. He pausado por algunos días la escritura, cuestión de sentido común. Si de verdad quiero profundizar en el análisis crítico, recomendación insistente de mi directora, qué menos que empaparme de algunas obras básicas a las que todavía no había hincado el colmillo. A falta de confirmar la fecha del depósito, a falta de confirmar el tema de los artículos (la incertidumbre es parte consustancial del doctorado), mi tutora, antigua casera, ya me ha confirmado la existencia del año de gracia que no pretendo. Solo aspiraré a él si hay contratiempos, por ahora me veo motivado para pisar el acelerador y convertir el florido mayo en una carrera de fondo. Aviso de antemano por si nos vemos poco por aquí. ¡Feliz Día del Libro! 

domingo, abril 15, 2018

El liquidador.



Me resulta irónico que ahora, en la matraca diaria informativa sobre política, se haya puesto de moda hablar de los cursos de máster, las tesis, los TFM y los doctorados. A mí el máster no me lo regalaron, desde luego, y defendí mi trabajo final ante un tribunal público, con asistentes y con un presidente en alpargatas. Todo lo narré ya aquí en su día. También que, antes de que naciera, ya conocía la existencia del Máster en Literatura Española y Comparada, y que siempre quise hacerlo. De todos modos, si finalmente me monté sobre este tren en marcha no fue por placer sino porque, sin él, era imposible hacer el doctorado en el que todavía me encuentro. Ahora, con todas estas polémicas, regresé a la página del máster para ver cómo ponía que este año no se imparte al alumnado de nuevo ingreso. Vamos, que lo han parado. En coma. ¿O muerto? Sería una muerte prematura, pero, a fin de cuentas, también lo fue la del título en Cinematografía de Ponferrada. ¿Seré un liquidador de estudios? De eso bromeamos ayer. ¡Que me quiten lo bailao! La validez de estos títulos (oficiales o propios) no se pierde porque sus programas originales hayan desaparecido. 
Confío en que lo del máster solo sea un bache temporal. Y, si no, ¡no hay dos sin tres! Who is the next? Es casi imposible que se carguen el grado en filología, por su importancia estratégica a la hora de enseñar español a la gente de fuera. ¿Y mi actual doctorado? Creo que goza de buena salud, aunque, eso sí, yo hasta que no defienda la tesis no podré asegurar que, realmente, voy a terminar el mismo. Lo que sí está claro es que, incluso aunque no me dejasen defenderla, voy a acabar la tesis. Tengo ya un primer borrador y un primer listado de fuentes. En mes y medio, si bien los plazos no son fijos aún, lo que debo hacer es profundizar y pulir. No hay previsto encierro final para terminarlo, como bien se puede comprobar en la foto de arriba, que denota una noche rara y que, si no se alargó más, fue porque no quise. Qué irónico, también, que me haya tocado recuperar ahora, justo ahora, algunos momentos que se perdieron el curso pasado, desde todos los campos: etílico, sexual, social... 

miércoles, marzo 28, 2018

Semana de Pasión.


 Pasiones hay muchas. Lo sabré yo, que además tengo una de las novelas de Winterson en mi particular canon, llamada precisamente La Pasión. Pasión antes de la tempestad, eso parece que es el signo de esta semana. Ya no me molesto en intentar aprovechar tiempo para dedicárselo a la tesis. No voy tan mal. Cuando lleguen las vacas flacas, entonces ya profundizaré todo lo que me ha pedido mi directora. Pero, si hay algo que he aprendido en los últimos años, es que las oportunidades hay que cazarlas al vuelo. Por ejemplo, quizá la última oportunidad de ir a la Cometcon. ¿Quién sabe a qué me dedicaré dentro de un año? ¿Quién sabe si podría ir acompañado, como en esta edición, o de nuevo solo? Me he divertido mucho más yendo con Juanjo, claro. Las pintas de la gente, los sorteos y tómbolas, todo es digno de comentar a dúo. Además, pudimos hacernos un selfie con un Jabba creación del equipo de Juan Villa. Sí, el mítico amigo Juan Villa de Cuarto Milenio.



 También mucho más divertido resultó comer allí, aunque la variedad siguiese brillando por su ausencia. Ramen, ya ni siquiera en bol oriental sino en vaso de cachi. Pero, teniendo en cuenta que tan solo había tomado un pincho de tortilla en la cafetería del campus después de la tutoría, necesitaba reponer fuerzas aunque fuese a base de fideos.




 La foto del año pasado, con Yoda, pudo ser repetida por duplicado, junto a un Yoda de caramelos Pez que me había regalado Juanjo. Eso sí, nada de comer en la terraza al sol. Mi viaje me pilló en plena borrasca Bruno, sin paraguas aunque no fue por despiste, precisamente. De todos modos, el viernes libramos. El gran chaparrón nos alcanzó a resguardo en el palacio, mientras la lluvia caía a ríos por los cristales. Hubo que merendar, pues, bajo la carpa, y hacer un poco de tiempo hasta que amainara. 
 

 Una vez pude calentar un poco el estómago, ya me sentí con ganas de cumplir el ritual de aflojar, más o menos, la cartera. Menos esta vez que la anterior, supongo que porque ahora llevo las cuentas en una libreta de ahorro japonesa que, ante mi asombro, me ha informado que con el presupuesto de mis dos últimos viajes a Asturias podría haber alquilado durante un mes un piso en León. No me arrepiento, en todo caso. Como dije, Cometcon solo hay una vez al año y más vale aprovechar la ocasión mientras pueda. De todos modos, no gasté tanto. La típica bolita de la suerte o similar... Me salió una pulsera, una chapa y, con un descuento, pillé esas gafas steampunk con las que hice la única concesión cosplay al evento. Y no solo para eso, claro. A un Poe no le quedarían del todo mal.




 Y no digamos ya si Poe pudiera haber usado el cuaderno Death Note, basado en el manga y anime (amén de versiones fílmicas) del mismo nombre. Fue mi último recuerdo allí. No es caro y no lo usaré para malos fines. Quizá para un poemario, aunque igual no saldría muy luminoso.


 Superada la prueba del frikismo, lo siguiente fue hacer una concesión a la Semana Santa, como el año pasado, a través de sendas limonadas en bares leoneses. Las dos Com, Competencia y Comtienda. A mí no me cae bien el brebaje, ya he tenido tiempo para comprobarlo y en los próximos días desconozco si voy a recaer o no en ello. Pero los días excepcionales requieren medidas excepcionales, entre las que se encuentran las de tomar copas, como antaño.


 Aquí estoy con mi vodka, de nuevo en La Caja. Fiesta del festival Saco, con Paco Clavel como DJ, pinchando desde Los Payasos de la Tele hasta Enrique y Ana. Revival nostálgico al que asistimos un rato. Mezclas alcohólicas o no, dormí poco. Apenas habría amanecido cuando un tío en la habitación de al lado se puso a hablar por el móvil durante una hora. A menos que estuviera hablando solo, es otra opción.



 Desayuné por partes, pero antes la recepcionista del hotel me salvó, relativamente, al regalarme un paraguas que se habían olvidado allí hacía como año y medio. Yo creo que, más que olvidar, lo abandonaron porque está roto. Pese a ello, me sirvió y mucho durante aquella desapacible mañana. Decía la mujer que el color no era muy varonil. ¡Cómo se nota que no sabía que el morado es el color de mi doctorado! Gracias al paraguas llegué seco, primero al Panaria, para esperar a Juanjo, y luego a un sitio de donuts para que me dieran uno con un vale de la Cometcon. Último capricho insano del viaje relámpago antes de derrumbarme en el bus y volver. Fugaz y bien aprovechado, desde luego. Planeado en principio como estancia de placer, la tutoría volvió a insuflarme fuerzas y, al mismo tiempo, a inyectarme esas pequeñas dosis de ansiedad que, no controladas, pueden ser terribles para el doctorado. El caso es que esta Semana Santa, que comenzó ese viernes, de santa no tiene nada y supongo que por ello Luz Mar propuso el día 9 como alternativa para la entrega del último capítulo. Ahora, pasión. Tempestad, diluvio, después vendrá no la calma sino la tormenta, pero otra clase de tormenta. Que no decaiga.


miércoles, marzo 21, 2018

Día Mundial de la Poesía.

El invierno no ha defraudado, ni en lo personal ni en lo climatológico, al menos para aquellos como yo, que gustamos de un invierno que haga honor a su nombre, que deje frío, nieve, que llene los embalses y cubra la cumbre de las montañas. No quiero ponerme demasiado poético pero es que me he enterado de que hoy es el Día Mundial de la Poesía y no faltan motivos para celebrarlo. Nunca me consideré, per se, un poeta, quizá debería replantearme el hecho porque tengo un poemario publicado, otros dos escritos en borrador y digital, amén de numerosos poemas no adscritos, bastantes de los cuales podéis ver en el otro blog. Así que, en general, puedo decir ¡felicidades! 
Si no hay cambio de planes, esta semana volveré a ver esas montañas que me inspiraron el penúltimo poemario. De promedio, aunque no es una regla exacta, he ido a Oviedo una noche por mes desde la mudanza. En esta ocasión, la visita iba a ser meramente de placer, aunque al final (eso espero) se ha colado una muy necesaria tutoría. La visita pretende ser un desagravio, por así decirlo, y confío en que lo sea. En realidad no es que hace un año yo estuviera agraviado, pero por desgraciadas circunstancias acaecidas (una vez más) en marzo, se me hundió un plan y el otro lo tuve que hacer en solitario. Toco madera para que este mes de marzo lo recuerde, tan solo, por hechos positivos como alguno de los que he podido disfrutar. El plan hundido fue, dentro del festival de cine SACO, una fiesta de ambiente; el plan solitario (bueno, me acompañaba Yoda), la Cometcon, como escribí aquí en su momento. 
Lo cierto es que la Cometcon este año estuvo a punto de no celebrarse, finalmente ya tengo entradas para mi amigo y para mí este viernes. A la noche, hay fiesta del SACO en La Caja, el pub que descubrí hace un mes, con DJ Paco Clavel. ¡Nada menos! Es justo lo que necesito ahora, un corto y variado viaje que me saque de la rutina, puesto que la Semana Santa será, a priori, rutinaria, y espero que bien aprovechada para el doctorado.  Ya narraré la breve escapada, si es que este portátil, que con un año cumplido se quiere jubilar, me deja. Obsolescencia programada o simple estafa...

lunes, marzo 05, 2018

Noches de Óscar y mandanga.

Hacía ya varios años que no me quedaba de noche golfa a ver los Óscar. También es cierto que, a diferencia de lo que sucedía antes, ahora la televisión a la carta me permite verlo al día siguiente, misma situación que ya conozco con Cuarto Milenio. Al final, siendo ya costumbre, me dormí en este último programa pero estuve muy despierto en la ceremonia. Como en los viejos tiempos, que no decaiga, quizá quise celebrar así el final de una semana que, sin duda, recordaré. 
Ya tenía todo el equipaje conmigo: revista con quiniela, coca-cola y mandanga de la buena y de la sana. No Mr. Corn, como otros años, sino esos aperitivos, ejem, saludables de la misma marca, realizados con harina de garbanzo y cosas por el estilo, que tan bien nos acompañan en las pachangas frikis que solemos hacer con un juego u otro. No quiero ser en exceso previsible, pero es evidente que mi favorita era Call me by your name. Ya he encargado la novela original, para hacer la comparativa. El guion adaptado fue la única estatuilla que se llevó, de récord: noventa años tiene James Ivory, la persona más longeva en recoger el premio. En el otro extremo, también se lo podría haber llevado por la misma película la persona más joven, Timothée Chalamet, pero ya hubiera sido demasiado, supongo. Si mantiene su nivel de talento y no lo echa a perder, oportunidades tendrá. Ya solo por él merecía la pena permanecer despierto, objeto de chistes y también imagen de la inocencia con su esmoquin blanco. ¿Se puede ser más mono?
Por supuesto que la película ha tenido polémica, y no lo digo ya por la diferencia de edad entre los dos amantes sino porque ha sido acusada de falta de realismo, de no comprometerse... Y es cierto. Ohú, no es una película activista, ni siquiera (hablando en términos estrictos, claro) podría definirse como película gay porque ninguno de los protagonistas se define o se muestra como tal. James Ivory, por otro lado, será un cineasta gay pero no un cineasta activista. Ayer, si bien recuerdo, habló de las personas gays, las hetero y también las que permanecían en un estado intermedio. Está bien romper dualismos y el filme lo hace. 
Lo que resulta sangrante es que no estuviera nominada la que sí es la gran película activista, con todas sus consecuencias, de la temporada: 120 pulsaciones por minuto. Un filme muy necesario pero que, en su afán de reflejar las interminables y tediosas asambleas de un grupo de activistas, lógicamente termina aburriendo a ratos. Su ausencia como película extranjera solo se compensa por el hecho de que el premio fue a parar a Una mujer fantástica, que no he visto aún pero que también ha hecho historia cuando salió a presentar la primera mujer trans, Daniela Vega. ¡Bellísima! Y no se olvide, claro está, que La forma del agua es un cuento lleno de freaks, monstruos e inadaptados de todo pelaje, a juego con el artículo que estoy escribiendo; entre estos, otro personaje homosexual que, a diferencia de las dos películas con parejas de jovencitos, representa una versión más madura y digna de ser visibilizada. 
Así pues, aunque no se habló mucho del movimiento Me Too, resultó productivo quedarse para comprobar la diversidad de las propuestas. Ahí están Coco y Déjame salir, película esta que vi hace un tiempo y que de terror no tenía mucho, quizá lastrada por partes cómicas prescindibles. Me faltan todavía por repescar algunas, de momento esto ha sido todo. Qué tiempos aquellos en que me metía la gala y al día siguiente iba a clase, hoy no he tenido que exponerme a algo parecido aunque el sopor no me lo quita nadie, eso sí... En fin, ya soñaré luego. Espero que no con melocotones. 

domingo, marzo 04, 2018

Lo grotesco y lo sublime.

En ocasiones, lo grotesco antecede a lo sublime. Pude comprobarlo esta semana, de manera imprevisible. Lo grotesco ya había sido surgido desde la tutoría en Oviedo, como motivo del tercer artículo con el que quiero tentar la suerte, de modo quizá un poco desesperado, para alcanzar todas las acreditaciones que necesito a la hora de defender la tesis. Lo grotesco como barraca de feria, lo grotesco de los freaks de diverso pelaje, de los monstruos y monstruas; en definitiva, y esto es lo que cuenta de cara a mi trabajo, lo que se sale del patrón normativo, los cuerpos incómodos y hasta difíciles de mirar. 
Difícil de mirar fue el vídeo que me mostraron, no diré que en contra de mi voluntad pero sin el concurso de mi entusiasmo, este jueves. Ya no puedo decir que se trata de postporno, porque faltaba el ánimo subversivo, feminista, que se le supone a este según las teorías que manejo. En ocasiones imagino que resulta difícil distinguir entre el postporno y otras grotescas manifestaciones que se escapan de los cauces de la pornografía más normativa. El caso es que, después de ese vídeo surgido de las profundidades abisales de internet, cuyo contenido no comentaré porque como ese hay millones más y mucho peores, llegó un momento sublime. Sexo no virtual. Esperado. No planeado. Mejor de lo esperado. 
Y, ahora, toca volver a lo grotesco, al menos respecto a algunas obras de Jeanette Winterson. Y a cumplir la paradoja de encerrar todos esos motivos discordantes en el estrecho margen de un artículo, ejem, científico. En realidad, todos estos artículos que he preparado no son otra cosa que piezas desgajadas de la madre tesis. No es que requieran mucho esfuerzo, en ese sentido, tan solo el aburrimiento, también sublime, de que cada vez que mando el mismo texto a un lugar u otro tenga que amoldarme a sus patrones de estilo, editoriales, bla, bla. No hay reglas universales en esto, imagino que es otro de los filtros que utilizan. Disuasión por aburrimiento. No me vencerán con esas mañas, ya he señalado cómo esto del artículo es mi último obstáculo antes de completar el proyecto y confío en que, de un modo u otro, llegue a tiempo para no alargarlo más. Lo sublime será el motor que me impulse en mi búsqueda de lo grotesco. Dos extremos más unidos de lo que parece.

miércoles, febrero 28, 2018

Final blanco.


 Como la última vez que escribí en este espacio, el mes termina en blanco, nevado de forma generosa. Me gusta la nieve, aunque obstaculice mis planes, como ha hecho en algún momento de las últimas semanas. En todo caso, el beneficio que deja es evidente, solo hace falta contemplar la foto de arriba, del pantano de Luna casi a la mitad de su capacidad, muy distinta de la estampa extraterrestre que pude observar en mis visitas de otoño. Hoy ha nevado también (menos que aquí) en Oviedo y, de nuevo, me lo he perdido, en esta ocasión por solo un par de días. ¿Qué decíamos del mal timing? Y del mal fario, claro, de eso hubo mucho allí. Solo hace falta indicar cómo el bar de ambiente más prometedor lo han abierto una vez yo abandoné la ciudad, por suerte he podido estrenarlo el pasado fin de semana.





 El sábado salí por allá, primero en un lugar llamado Chelsea, también con ciertas reminiscencias queer como ese corazón púrpura y luminoso de arriba. Después de cenar nos dirigimos a La Caja, el garito al que me refería antes, situado junto a la plaza del Ayuntamiento. Al comienzo no me dejó buena impresión, porque a la una estaba bastante vacío. Comparándolo con el último espacio de ese estilo que hubo en León, me preguntaba si la gente no llegaba por ser final de mes, por el frío que también sufrimos allí o porque era todavía demasiado pronto. Parece ser que esta última razón era la correcta, porque a partir de las dos la barra y la pista comenzaron a poblarse de un variopinto público. Yo, que ya solo suelo tomar brebajes de ese estilo en ocasiones especiales, degusté mi Absolut con limón y, valga la rima, un jamón de tapa. Nos fuimos a las tres, aunque no me hubiera importado quedarme algo más. Yo, que ya no acostumbro a salir de madrugada, estaría más dispuesto a hacerlo si encontrara más sitios en los que me encuentro cómodo, como este. Lamentablemente, ya lo indiqué antes, el lugar ha aparecido un poco tarde respecto a mi relación con Oviedo. No todos los meses voy a volver allí y, cuando lo haga, no siempre voy a quedarme dos noches seguidas para que me coincida bien el salir de fiesta.


 Pero, todo lo que pueda aprovechar, ¡bienvenido sea! Al día siguiente comí de tapas y luego tomamos el té en un lugar llamado Bendita Lokura que (a juego con su nombre, supongo), tiene el techo decorado con estas esculturas tan lisérgicas, ángeles no precisamente asexuados, como los que aparecen en alguna de las obras que analizo para la tesis. Y, hablando de esta, es hora de poner de relieve la verdadera razón de mi visita, de nuevo reunión del congreso de humanidades médicas junto a la tutoría individual. En la primera se avanzó mucho, aunque, quizá por hambre o quizá por un ataque de ansiedad pensando en la que podía deparar la segunda, devoré un donut con chocolate que mi directora, con toda su buena intención, había dejado en la merendola común del grupo, junto con polvorones o rosquillas. Vamos, que, con tanto discurso trans, me di un pequeño ataque de grasas trans, que no son precisamente positivas ni liberadoras.



Pero no había motivos para la ansiedad y sí, como siempre que voy a estas periódicas reuniones, un chute de energía y optimismo, un poco diluido a mi regreso a León pero que, en espíritu, subsiste dentro de mí y más vale que lo haga. El depósito de la tesis (a priori), dentro de tres meses. El tema artículos, que, como suponía, he dejado demasiado para el final, va lento pero aún es posible arreglarlo, de un modo u otro. Para las dificultades que vayan surgiendo sobre la marcha, la única opción será dedicarles una mirada inteligente como la que tiene la niña de la foto de abajo, un póster que me gustó tanto (mi directora lo tenía en su despacho) que decidí hacerle una foto. Las chicas listas leen libros. Y algunas tontas también, supongo, pero, en fin, sigamos leyendo y acabando con esto, que ya va siendo hora. 



domingo, febrero 18, 2018

¿Año de bienes?



 El segundo mes del año está transcurriendo tal vez sin esos hitos de perfección que alumbraron algunos días de enero, pero, en todo caso, de forma bastante positiva e incluyendo alguna jornada nevada con la que he querido seguir aumentando el reportaje fotográfico del León blanco. Además, si el año de nieves puede ser un año de bienes, ¿qué mejor bien que el haberme enterado esta semana de que estoy esperando un nuevo sobrino o sobrina? Relativa sorpresa, claro. La primera vez que te dan una noticia así resulta un acontecimiento, pero luego te acostumbras a todo, supongo. El verdadero shock sería que yo fuese protagonista de un hecho así; sobre todo, sin haberlo previsto. Creo que todavía es pronto para ello, si bien no faltaron oportunidades pasadas.




 Estoy leyendo ahora Elogio de la lentitud, obra muy necesaria en los tiempos que corren. A mí no me gusta la prisa, pero reconozco que, cuando estás sujeto a proyectos con fechas más o menos definidas de cierre, el desasosiego se hace más evidente, sobre todo cuando el hecho de acelerarlo más o menos no depende solo de ti. No es una idea nueva, ya la he expresado en más ocasiones respecto al doctorado. Pero, claro, pesa más cuando este ya va acercándose al final. La tutoría de comienzos de febrero ha ido retrasándose durante todo el mes, quizá a finales de la semana que viene ya vaya a Oviedo un día o dos, para intentar avanzar en esos frentes, ver a gente a la que no veo tanto como me gustaría y comprobar los efectos del invierno por las montañas tantas veces observadas, también por el Naranco. Casi tres años estuve esperando a que nevara por allí, y justo lo hace cuando ya no vivo en la ciudad. Me temo que, en materia de timing, Oviedo y yo no nos hemos coordinado demasiado bien, no es de extrañar que tuviese que abandonarla. Pero siempre vuelvo allí con gusto.




 Y sí, hablando de lentitud, digo que la tesis avanza lenta pero inexorablemente hacia las 300 páginas previstas. Trescientas tontas, es cierto, al final será un puñadito más. Pero, por un quítame allá uno o dos artículos, no se todavía si podré defender ese pequeño tocho. Suerte que siempre está el año de gracia. En el lenguaje doctorando, tres equivale a cinco. Sea como fuere, esperemos que en verdad sea un año de bienes. Y, si no, pues viva la anarquía, como pone aquí abajo.



domingo, enero 28, 2018

Reflexiones sobre la perfección.


 Me refería hace una semana al régimen monacal, pero, en ocasiones, basta mentar algo para destruirlo casi al instante. Ni concienzuda labor de monje ni celibato voluntario ni nada de eso. Esta semana no ha ido en esa senda. ¡Y es una verdadera suerte! De hecho, uno de mis principales objetivos para este año ha venido a cumplirse pronto, antes de que acabara el presente mes. Tras constatar ese hecho, me queda una sensación de alivio y, por otro lado, también de cierto vacío pues... ¿Qué sigue ahora? Es evidente, tengo otros muchos objetivos, pero lo sublime, lo que nos parece perfecto, también abruma. ¿Se puede mejorar la perfección? Ya lo creo que sí, sobre todo desde una perspectiva amplia.



 No es el caso de una serie que terminé de ver hoy, Motel Bates. En ningún caso se pretendía mejorar el original de Hitchcock; de hecho, solo la última temporada coincide con la trama de Psicosis. Por ejemplo, la escena de la ducha. Una perfección que no es posible, ni necesario, superar. Así es la rosa, no la toques más. Pues bien, tuvieron la inteligencia de no repetir la escena original, sino de darle un toque posmoderno, queer y feminista, incluso. Eso me gustó. Por lo que respecta al desenlace, no es malo pero es conservador. Lógico, se trata de un producto televisivo, de una televisión generalista que no arriesga. No es un producto de autor  y ya me gustaría saber qué hubiera pensado Hitch del mismo. Nada se respeta, eso es evidente. Si incluso Poe ha aparecido como personaje en nefastas películas que le toman como excusa y yo mismo he vuelto a transformarme en él, ayuda mediante, para un toque nuevamente posmoderno en el que lee su propia obra y la de algún discípulo suyo.





No hago estas sesiones de Poe para pasar el rato, aunque, desde luego, es pronto para saber si el potencial de las mismas va a ser aprovechado en el futuro. Lo que sí se es que podría; no es un chiste, es una estrategia de trabajo tan válida como la del doctorado. A este último respecto debo señalar que el perfeccionismo también es una amenaza, pero no demasiado grande. Además, mi perfección no cuenta, creo. Para mí, perfección es entregar una tesis bien escrita; para las diversas personas que van a erigirse en filtros evaluadores, escribir bien es un plus pero lo que importa es investigar. No en vano se llaman tesis de investigación. Las ideas surgen, surgen, se modifican con la actualidad pero deben llegar a un desenlace. Puede que esté cerca, ahora mismo me temo que no puedo confirmarlo. Me encuentro algo indispuesto este fin de semana, serán cosas de abandonar el monasterio... Si puedo añadir algunas frases más al trabajo (hoy serán de mi cosecha, probablemente), podré dar por bien aprovechada esta semana. Y, si no, también. ¿Acaso no he rozado la perfección o quizá haya caído directamente sobre ella?

domingo, enero 21, 2018

Nieve y silencio.


 A lo largo de los últimos años, he podido ir viendo la evolución climatológica reflejada en un símbolo como el pantano de Luna, tan tristemente célebre a nivel de los medios cuando alcanzó solo un cuatro por ciento de capacidad, mostrándose desnudo cual páramo lunar. Muy lejos esa estampa de cuando lo contemplaba azul y orgulloso, rodeado de montes coronados de nieve. Ahora se ha recuperado un poco, aunque la sequía sigue siendo una amenaza. Parece un recordatorio evidente del cambio climático, al igual que el hecho de que cada vez nieve menos en la ciudad de León. Y no es que antes nevara como en el pueblo de Furulund, pero ahora se ha convertido en una verdadera rareza. Carne de Instagram, por así decir, y yo no iba a quedarme atrás, ahora que debo amortizar una cámara que no compré como mero capricho. Así pues, la semana pasada, en lo más álgido de la nevada, salí como un chiflado a documentar un momento fugaz. Fugaz, desde luego, porque ya por la tarde pararía y las calles estarían bastante más despejadas de su blanco manto. La estética no siempre concuerda con la comodidad de los peatones a la hora del tránsito.


 Así pues, aproveché el momento, que desconozco si volverá a repetirse en este año. Por lo demás, puedo decir que la cuesta de enero, el blue monday, la blue week o cualquier otro invento que se saquen de la manga lo estoy llevando bastante bien. En la misma lógica que ya había iniciado en Navidad, han sido unas semanas tranquilas, sin apenas novedades pero con sus necesarios momentos de ocio, en las que, no obstante, se van rumiando planes decisivos de futuro. He enviado el penúltimo capítulo de la tesis y estoy terminando el último. La tutoría se retrasará unas dos semanas más. El proyecto se está terminando a un ritmo lento, porque no necesita ser rápido, pero imparable. Además, ha habido y habrá reuniones y contactos familiares para preparar otros proyectos laborales, a medida que vaya concluyendo con este, incluso si no lo terminara este año. Anoche, extraño plan para un sábado, visioné el documental Walk with me, sobre la figura del maestro zen Thich Nhat Hanh y su monasterio Plum Village. Me gustó el valor que dan al silencio. El silencio no es un lujo, es absolutamente necesario, al menos en ciertas dosis. En Oviedo, por lo general, tuve silencio y, en ocasiones, lo sufrí. Aquí tengo algunas distracciones diferentes, pero el grado de silencio también es bastante aceptable para mi actual labor creadora. No me equivoqué en ese sentido. Temo perder ese precioso don si me traslado a un espacio propio pero, en todo caso, procuraré ser cauto en mi búsqueda y tampoco creo que vaya a perder del todo el contacto con esta habitación-celda-santuario que tantas alegrías me ha dado en tantos sentidos. Me quedo con una de las frases más bonitas del filme de ayer: El sonido también se puede provocar a través de una bonita sonrisa. O algo así.




domingo, enero 07, 2018

Pues Eso.



Después de una semana en la que, a ratos, me había transmutado en eremita, en islas de tiempo que me parecía bastante sensato albergar, el año acabó de manera similar. No salí en Nochevieja y no resulta grave. Es una noche bastante lamentable, por otro lado. Quedó ya muy atrás el tiempo de los cotillones y la barra libre. El hecho de ver al día siguiente las desastrosas noticias que ponían en la tele me confirmó la buena idea de no salir de casa. Y no es que fueran desastrosas por hablar de asesinatos y guerras, sino porque, enmedio de los asesinatos y las guerras, nos torturaban con noticias de nochevieja que, supuestamente, hablaban de celebración y fiesta, cuando en realidad eran una muy penosa muestra de comportamientos humanos. Ahora eso ya ha quedado atrás, junto con el resto de la Navidad. 
He continuado con el siguiente capítulo de la tesis, que entregaré el próximo día quince, esté bien o sea una basura; si por algo me he distinguido hasta ahora es por la seriedad en las fechas de entregas. Al menos quiero seguir destacando en eso. Aunque, puestos a buscar algo más en lo que distraerse, ahí está mi auto-regalo de Reyes, ese tocho cuya foto incluyo arriba. Perteneció a la biblioteca flotante de este cuarto, en versión antigua, y ahora he adquirido la última edición, a rebufo de la versión cinematográfica reciente, que solo adapta una parte de la historia.  Me gustaría pensar que en la continuación, la de los personajes adultos, vaya a aparecer un fragmento del libro que no incluyeron en la teleserie original. La parte adulta de la obra se desarrolla en los años ochenta, década que en el último filme sirve de escenario para la historia adolescente, masacrando un poco el éxito de Stranger Things. Había leído, no obstante, que Stephen King había incluido un episodio verídico de su localidad, un crimen homófobo que, en efecto, aparece muy temprano en la novela, después del famoso prólogo con el barquito de papel y el payaso Pennywise. ¡Todos flotan!
Leí ese trozo anoche (cuando tampoco salí) y me sorprendió gratamente aunque, claro, también me produjo escalofríos, mucho más agudos porque la maldad que se refleja es real aunque, en la obra, el escritor la conecte con el mal atávico, profundo, que envuelve a Derry. El amante del personaje asesinado, a fin de cuentas, exclama que todo el pueblo le parece responsable de ese crimen, que la esencia de  ese sitio es el mal, que toma la forma del payaso, en fin, ese Eso, valga la redundancia, que da nombre a la obra. Cierto que el episodio no tiene relación con ninguno de los personajes principales pero, si King lo colocó al comienzo del relato, por algo sería, dado su valor simbólico. Es algo que deberían tener en cuenta los adaptadores de la próxima versión al cine. No obstante, no creo que entre en sus cálculos comerciales... Lástima. Por lo demás, el bueno de Stephen nunca decepciona, aunque yo no sea tan fiel seguidor como el amigo Víctor. Me sumergiré en la magna obra mientras descanso de buscar artículos de bibliografía, que en muchas ocasiones no hacen más que decir la misma cosa, o decir la misma cosa con palabras raras. En un año en el que debería reducir el número de libros adquiridos, al menos hasta que disponga de otro espacio en el que almacenarlos, este, que no es precisamente de bolsillo, me ha parecido una muy buena primera entrada en la lista.