Anoche tuvo lugar el último concierto del Musac en el ciclo de mujeres artistas Quimera. Fue el más concurrido y estuvo bastante bien, aunque nuestro grupo había menguado desde la última ocasión. Normal, la gente que vive fuera se ha ido y otra gente no apareció por allí. Se percibía, al menos por mi parte, sensación fin de fiesta, y no lo digo solo de forma literal porque el ciclo se haya terminado. Hubo algún episodio chusco, motivado por las siempre complicadas relaciones humanas, al margen del género y de otras consideraciones, con sus rituales cuasi darwinistas.
¿Cómo se rompen estas relaciones? A veces de forma cortante, en otras actúa el tiempo, el desgaste o la falta de comunicación. He comenzado un diario de sueños, a ejemplo del amigo Ricardo. A pesar de que no todas las noches recuerdo lo que he soñado, y que en ocasiones me resulta demasiado absurdo o estúpido para anotarlo en un cuaderno, este mes sí que he llenado varias páginas; no solo de retazos, sino de historias hilvanadas, a pesar de que no recuerde todos los detalles. En estos han aparecido personas, tanto del pasado como del presente. A algunas ya solo podré verlas (imagino) en el terreno onírico, porque en el físico no parece factible. Con otras mantengo el contacto, si bien breve, y, en casos como el de ayer, dicho contacto se ha perdido, no porque yo lo hubiese querido así.
El fantasma del pasado de anoche, perdido por varios años por razones derivadas, principalmente, del caótico funcionamiento de su psique, se me apareció en sueños y aquí no ha pasado nada, tan amigos. Incluso tenía que trasladarme de país para ir a buscarlo, tras haberme cerciorado de que no había muerto. Sí, es como buscar en Facebook el perfil de una persona para ver si sigue viva; y, a veces, ni eso. Esa vaporosa entidad onírica con quien compartí tanto, casi el nombre, volvió a desaparecer tras despertarme y, la verdad, tampoco es que me preocupe demasiado. Si el futuro quiere volver a juntarnos en la carne, allá habrá otra oportunidad. Yo procuro no perder contacto con la gente, lástima que me lo lleguen a poner tan difícil que solo quede el recurso a la materia de los sueños.
viernes, agosto 31, 2018
lunes, agosto 27, 2018
La epopeya Porygon.
La épica puede encontrarse en las cosas más, a priori, ridículas. Ya no hay epopeyas como las homéricas, porque incluso las guerras han cambiado de modo considerable, ya apenas quedan tierras que conocer y las metas se vuelven difusas o, directamente, virtuales. Por ello, la captura virtual no resulta tan descabellada como un fin a largo plazo. Sí, hablo del Pokémon Go, esa moda ya no moda pero que salió a la palestra hace dos años. Yo soy poco amigo de modas, pero Jose, el diez de agosto del infausto año de 2016, me enganchó y ahí sigo todavía. Lo irónico es que el propio Jose se había quedado un poco rezagado en este terreno y, cuando vuelve a León, sí que suele aprovechar para cazar bichos y para que le ponga un poco al día respecto a las novedades. Hace dos viernes, en su despedida, nos dedicamos básicamente al parchís y a Pokémon. La madurez era esto. Y, como en efecto sí sucede a medida que uno avanza en la madurez, hay objetivos que tienden a escaparse de nuestras manos una y otra vez. Para Jose, el pájaro del paraíso era una especie de loro virtual llamado Porygon. Mira que a mí me había salido de los huevos (con perdón) varias veces, pero él no tenía manera de amarrar al plumífero hasta que, hacia las dos de la mañana, se nos apareció en el radar al lado de un convento, a saber por qué. Si bien ya he indicado que a mí el pajarraco me ha visitado a menudo, me solidaricé con él y echamos una carrerita por el Húmedo hasta conseguir la preciada pieza, ante la mirada atónita de Antonio, que no es un friki de esta app.
Bien, no hay uno sin dos. Antes de comer, cuando volvía del gimnasio (gimnasio normal, no Pokémon), me sale Hitmontop, un enano luchador que pudiera haber conseguido hace año y medio en Oviedo, de no ser porque me equivoqué de botón. La verdad es que fue un error, sí, pero un error de mierda comparado con todos los que cometí en esas tierras; no obstante, a veces un desliz pequeño como este resulta representativo, la viva imagen de que las cosas van mal y de que lo mejor es hacer la maleta. Un error nimio y reparable, puesto que hoy, también correteando por el entorno de la catedral hasta el museo Vela Zanetti, con un ocho por ciento de batería, segundos antes de que se apagara el móvil, logré para mi colección al pequeño bastardo. Desconozco si eso es una señal de que la semana va a ir bien; en todo caso, para mí fue épico, tanto como lo de Porygon para Jose. ¿Absurdo? A diario se ven chorradas mucho más dañinas en cualquier red social así que, dado que dos años después todavía no nos hemos caído por un acantilado buscando little monsters, creo que podemos seguir nuestro safari en paz. Que además es bueno para reducir el sedentarismo, pardiez.
Bien, no hay uno sin dos. Antes de comer, cuando volvía del gimnasio (gimnasio normal, no Pokémon), me sale Hitmontop, un enano luchador que pudiera haber conseguido hace año y medio en Oviedo, de no ser porque me equivoqué de botón. La verdad es que fue un error, sí, pero un error de mierda comparado con todos los que cometí en esas tierras; no obstante, a veces un desliz pequeño como este resulta representativo, la viva imagen de que las cosas van mal y de que lo mejor es hacer la maleta. Un error nimio y reparable, puesto que hoy, también correteando por el entorno de la catedral hasta el museo Vela Zanetti, con un ocho por ciento de batería, segundos antes de que se apagara el móvil, logré para mi colección al pequeño bastardo. Desconozco si eso es una señal de que la semana va a ir bien; en todo caso, para mí fue épico, tanto como lo de Porygon para Jose. ¿Absurdo? A diario se ven chorradas mucho más dañinas en cualquier red social así que, dado que dos años después todavía no nos hemos caído por un acantilado buscando little monsters, creo que podemos seguir nuestro safari en paz. Que además es bueno para reducir el sedentarismo, pardiez.
miércoles, agosto 15, 2018
Ecuador!
Por ecuador no me refiero a las noches ecuatorianas que sufrimos, aunque no tanto como en otros lares, hace poco. Eso ya pasó, felizmente, me gustaría pensar que ya para lo que resta de verano. A donde hemos arribado es al ecuador del mes. Y, en cierto modo, al final anticipado de la estación. Desde una perspectiva psicológica, al menos para mí.
La semana pasada, si bien avancé en la corrección del artículo y considero que ya no sería tan vituperable por las mentes anónimas, ha sido una semana de golferío. Golferío según los estándares de nuestro grupo, claro, no según otros criterios de manada. Agosto, en especial la primera quincena, siempre trae visitas de gente de Legio que reside a lo largo y ancho del país. Mi agenda de cuentas japonesa se convirtió, literalmente, en la caña, al registrar gastos por cañas todos los días (desde el lunes seis hasta ayer mismo), y volvieron los futbolines, el Carta Blanca, el concierto electrónico del Musac, las cenas de pizza en casas ajenas y demás. Puestos a sacrificar algo, no me apunté a la nueva excursión, con canoas por el Porma, por muy buena pinta que tuviera. Ya se sabe, a veces o se juntan mil planes o no aparece ninguno.
Algunas visitas ya hicieron los bártulos y otras están cercanas a hacerlo. Si me referí al final anticipado del verano fue porque así es como lo siento. La piscina exterior del gimnasio la abandoné ya, al terminar mi libro-piscina. A la playa supongo que iré, pero me gustaría aprovechar la circunstancia para avanzar en temas más sustanciales por allí, aunque tenga que ir ya casi en otoño. Lo que me sugiere nuevo ciclo es el hecho de que en esta segunda mitad ya voy a comenzar los cambios que necesito, los cuales voy a compatibilizar, de un modo u otro, con esa tesis que debería estar en capilla y de la capilla apenas tenemos los cimientos. Hace un año, inmerso en la mudanza desde Oviedo, no quise meterme en esa clase de cambios, pero resulta obvio que sería contraproducente alargar más un estado que yo veía tan solo de transición, nunca definitivo. Pues eso, que el ecuador ha llegado. Apuremos las últimas mechas del golferío antes de tomar impulso.
La semana pasada, si bien avancé en la corrección del artículo y considero que ya no sería tan vituperable por las mentes anónimas, ha sido una semana de golferío. Golferío según los estándares de nuestro grupo, claro, no según otros criterios de manada. Agosto, en especial la primera quincena, siempre trae visitas de gente de Legio que reside a lo largo y ancho del país. Mi agenda de cuentas japonesa se convirtió, literalmente, en la caña, al registrar gastos por cañas todos los días (desde el lunes seis hasta ayer mismo), y volvieron los futbolines, el Carta Blanca, el concierto electrónico del Musac, las cenas de pizza en casas ajenas y demás. Puestos a sacrificar algo, no me apunté a la nueva excursión, con canoas por el Porma, por muy buena pinta que tuviera. Ya se sabe, a veces o se juntan mil planes o no aparece ninguno.
Algunas visitas ya hicieron los bártulos y otras están cercanas a hacerlo. Si me referí al final anticipado del verano fue porque así es como lo siento. La piscina exterior del gimnasio la abandoné ya, al terminar mi libro-piscina. A la playa supongo que iré, pero me gustaría aprovechar la circunstancia para avanzar en temas más sustanciales por allí, aunque tenga que ir ya casi en otoño. Lo que me sugiere nuevo ciclo es el hecho de que en esta segunda mitad ya voy a comenzar los cambios que necesito, los cuales voy a compatibilizar, de un modo u otro, con esa tesis que debería estar en capilla y de la capilla apenas tenemos los cimientos. Hace un año, inmerso en la mudanza desde Oviedo, no quise meterme en esa clase de cambios, pero resulta obvio que sería contraproducente alargar más un estado que yo veía tan solo de transición, nunca definitivo. Pues eso, que el ecuador ha llegado. Apuremos las últimas mechas del golferío antes de tomar impulso.
lunes, agosto 06, 2018
Olas de calor y frikismo.
Resulta redundante decir que hace calor en verano, aunque quizá no lo sea tanto si la noticia abre informativos. La noticia sería, en todo caso, que por primera vez este año hace, realmente, calor. Lo ha hecho durante los últimos cinco días, y mañana, según lo previsto, diremos adiós, yo el primero, a esta ola que ojalá no se repita. Si para algo ha servido, al menos, es para potenciar las hormonas, algo que ya reflejé en un espacio más apropiado, y para que hayamos podido bañarnos en el pantano de Arbás o de Casares. Primero lo intentamos en una presilla junto a Viadangos de Arbás, pero esa sí que tenía el agua como para destruir tanto las hormonas como otros mecanismos relacionados. Así que nos mojamos un ratín, lo justo para regresar al pantano, cuyas aguas sí gozaban de la temperatura adecuada, salvo corrientes internas, como para dejarse mecer y echar unas brazadas.
Durante todo el curso me había rajado a la hora de unirme al grupo de alegres cabras tirando al monte, pero me pareció el momento más apropiado para apuntarme a la timba. Seguro que repito. De hecho, existe la opción de alquilar canoas para recorrer la presa, cual indígenas exploradores conquistando algún peñón con cascotes. Sería una excelente excursión para otro fin de semana, suponiendo que la situación metereológica no vuelva a las lluvias otoñales que, esas sí, desentonan ciertamente en la canícula.
El baño suele dar hambre y almorzamos en Cubillas de Arbás, al alcance de la mirada de un cónclave gallináceo que se lanzó a picotazos contra los restos de manzanas de nuestro postre. Tanto las aves como otros animales, pongamos que este pavo cornudo o unicornio alado (visto con imaginación), pertenecían a un refugio coordinado por un chaval que nos organizó una visita guiada por el recinto e incluso nos invitó luego al té. Una jornada de buen rollo, habrá que regresar por allí en las próximas semanas o meses. En invierno, según me han dicho, debe ser espectacular, siempre y cuando sea posible transitar por allí.
¿Y este verano no iba a tener su festival friki? Me enteré de casualidad pero sí, volvió el Level Up, algo más tarde que en otros años, al instituto Juan del Enzina. Así que, tras dejar bañadores y atavíos de monte, fuimos a dar un garbeo por allí y a jugar en las absurdas tómbolas con sus premios de chapas, pulseras y unos pokémon que parecen diseñados como una abominación de Lovecraft. Cumplimos la cuota de frikismo veraniego y, después, la noche iba a ser bastante larga. Lo que la ola de calor me quitó de sueño al menos me lo devolvió respecto a un ocio y una vida social con bastante variedad y interés, que continuará esta semana. ¿Y la tesis pa cuándo? Ya tenemos canción del verano, también...
domingo, julio 29, 2018
Noche de eclipse y sushi.
He estado ahora viendo el exitoso filme Perfectos desconocidos, en el que, sin saberlo previamente, uno de los motivos principales era un eclipse de luna roja o luna de sangre, como quiera que se llame; en fin, un eclipse como el que se dio en la noche del viernes. Sincronicidad, pues. En la película, esta circunstancia provoca una especie de locura y agresividad general en la población. No fue el caso de la otra noche, en la que tan solo terminamos con cierta pesadez, al menos en mi caso, por la gran comilona de sushi que dispusimos para celebrar un par de cumpleaños. Y gracias que pudimos presenciar el eclipse pese a las nubes, y registrarlo con mi cámara. Supongo que alguien menos fotográficamente analfabeto que yo podría haber captado una mejor instantánea, pero lo que cuenta en este caso es el testimonio. Luna roja. Sin locura, con fartura.
Ricos bodegones estos que retraté, casi se pueden paladear. Desconozco si hoy todavía quedarán sobras, o simplemente volveremos a la mandanga clásica de los domingos. Ligerito, ligerito. Parece que la próxima semana será la primera, esperemos que única, con esas famosas olas de calor que hasta ahora habían tenido la gentileza de no haber asomado el hocico. Por cierto, desde la última vez que escribí (de hecho, al día siguiente de la última entrada) me han rechazado otro artículo. Dos en tres días, eso sí que es una estrategia de motivación. Con diferencias, debo señalar. Si el primer artículo se adjuntaba de una única revisión, tan sucinta como negativa de principio a fin, sin un solo comentario medianamente positivo, en el segundo aparecían varios informes, que al menos sabían ver el potencial del texto. Pero no me rindo, todo lo contrario. La misma semana de los dos rechazos, regresé al lugar donde todo comenzó, mi facultad. No la de Oviedo, sino la de siempre, aquella desvencijada que ahora anda en obras. Con Natalia, mi antigua directora, estuve charlando y ella me prestó su apoyo moral y, aunque no esté ya obligada a ello, su consejo para los próximos pasos a dar, allá por septiembre. Ahora solo cabe corregir, por insufrible que sea eso, no digamos ya con calor. También le dije a Natalia que voy a buscar curro, utilizando la facultad como uno de los principales centros de propaganda. Yo quería haber terminado con el asunto tesis este verano, pero se alarga como una interminable velada en una noche de juerga cansina. Trabajaré de un modo u otro, no voy a esperar hasta los penaltis.
martes, julio 17, 2018
Sex and noodles and ortography.
Extraño título, es cierto. Me ha venido a la mente por una serie de conexiones que he dilucidado, además de alguna que otra decepción de última hora. La semana pasada vi Tierra de Dios, un filme inglés sobre dos pastores (pastores de verdad, aquí no hay confusión posible con la figura del cowboy) que comienzan una relación, carnal y pasional, en lugares tan bruscos como su primer encuentro. Aislados de la civilización moralista, al comienzo solo hay silencio entre ellos, sentados ante una hoguera y ensimismados comiendo noodles instantáneos. Hasta que las emociones se desatan... ¿Por qué será que asocio el sexo y los noodles, al margen de esta película? Supongo que porque se trata de una combinación que yo mismo he experimentado, varias veces, algunas de ellas el presente año. Hay una conexión más profunda, ¿no? Permítaseme repetir la palabra conexión o cualquier otra, ya que este texto no va a ser revisado por ninguna entidad anónima. La metáfora reside en la rapidez. Fideos rápidos, comida rápida, sexo rápido también en ocasiones. Rápido no equivale a malo, como también he podido experimentar de manera reciente. ¿Y qué tiene que ver la ortografía? Ayer, ocho meses después, que ya es tiempo para lo que querían decirme, me responden que mi artículo, para la revista de mi propia facultad (ni siquiera cuenta el factor campo), es no publicable. Se adjunta el informe del revisor o revisora (o revisore, pero no creo que hayan admitido el tercer género), dándome más palos que a una estera. ¿Realmente ese artículo era tan malo? Quién sabe, tal vez durante la carrera me hubieran puesto sobresaliente por el mismo. Pero ya no estamos en la carrera, por desgacia. No he analizado la crítica en profundidad, tampoco es que tenga muchas ganas de hacerlo; el caso es que, dentro de lo que cabe, lo más divertido fue el último comentario de aquella, last but not least: que había errores de puntuación, bla, bla. Bueno, quizá sea así, quizá he amortizado toda la ortografía con la que años ha gané el premio fin de carrera. Pobre articulillo, rechazado ya dos veces, ¿lo mando a la clínica de estética o directamente a Mordor? En fin. La batalla no ha hecho más que comenzar, y falta todavía un año largo de plazo. La reacción todavía es posible.
miércoles, julio 04, 2018
Tiempo para la épica (parte II).
Y se hizo la marcha. Tú y yo lo sabíamos, la lluvia iba a surgir, en su aparición estelar, y al menos es de agradecer que, durante buena parte del camino, lo hiciera de forma liviana, respetando el Orgullo. Ya se sabe, y se coreó mucho durante el mismo: tras la lluvia sale el arco iris. Arco iris hasta en los paraguas de la gente. Yo no llevé el mío, sabía que iba a ser un acto un poco suicida, pero llevarlo hubiera restado un poco de gracia al asunto.
El gran diluvio, la versión acuática de Sodoma y Gomorra, llegó cuando pasábamos junto al Ayuntamiento (antiguo) de León. Ese desde el que no quisieron colgar la bandera de la foto de arriba, pero sí que colgaron pancartas alusivas al fútbol que, a la larga, demostraron ser un poco cenizas. La lluvia arreciaba pero hubo quien sacó los emblemas bajo el chaparrón, parejas de chico-chico y chica-chica (adolescentes o no) besándose y calándose hasta los huesos, una estampa muy bonita. Diría que algo ñoña, pero quizá esa valoración no sea más que envidia por no haber tenido yo en aquel momento pareja con la que salir a disfrutar de ese momento fotográfico. Aunque no hace falta emparejarse para sostener, como sostengo, que algunos de los instantes transcurridos en esa marcha, y en ese húmedo interlapso, se quedarán grabados en mi memoria para siempre (al menos mientras la conserve). También salimos nosotros a modo de despedida, Claudia y Nuria por su parte, yo con la bandera bi, una despedida porque no nos quedamos a que frenara el chaparrón y finalizara la marcha donde siempre, en sindicatos. Gozamos ya de veteranía en el tema de la izada en sindicatos, por un año tampoco creo que se nos pueda tener en cuenta... En cambio, emprendimos una enloquecida carrera por un Ordoño II navegable, desierto, con las banderas al viento y la sensación, por mi parte e imagino también por la suya, de una indescriptible felicidad.
Merece la pena ser feliz aunque se termine como yo en la foto de arriba. Hasta la bandera destiñe de felicidad, como puede comprobarse en la siguiente instantánea. Una mancha rosácea en el suelo, bonita metáfora de cómo nuestros colores se extendieron por la ciudad, aunque no fuese más que una pequeña mancha dentro de la amplitud barrida por la marea.
Y faltaba el broche final, la fiesta, a la que pude asistir gracias a la aparición providencial de un nuevo amigo, que también me acompañó al concierto de Rodrigo Cuevas (un evento que bien pudiera interpretarse como el pre-Orgullo). La fiesta tuvo lugar en el Moloko, en el que también se habían celebrado algunas de mi facultad. Con La Canalla de maestra de ceremonias y el aderezo de unos bastones luminosos de semejanza galáctica y un cóctel de Red Bull y champán de semejanza a un colutorio dental, pasamos un rato estupendo pero moderado, que en mi situación actual no puedo permitirme resacas de cerrar el bar. ¿Habrá sido el mejor Orgullo de mi vida, incluyendo los de Madrid? ¿Incluyendo aquellos que me tenían a mí mismo de protagonista, y que siguen siendo atacados por gente de ignorancia infinita? Sí, bajo mi perspectiva actual, creo que ha sido el mejor. Con una perspectiva más amplia, solo el tiempo dirá. (Y me acaban de conceder la última prórroga, así que solo cabe considerar que ha sido una semana estupenda).
lunes, julio 02, 2018
La era de la certidumbre.
Interrumpo el relato del Orgullo para hacer ciertas reflexiones al hilo de la nueva derrota futbolística de ayer, que no es algo que, debido a mi falta de afición, me preocupe mucho pero que, en perspectiva, me permite extraer ciertos paralelismos. ¿Cuándo triunfaba la selección española? Ya hablé hace dos años, en el contexto de la Eurocopa, sobre esa edad de oro, muy ligada al colectivo Diversidad León y sus Orgullos de entonces, así como a la licenciatura de Filología Hispánica, que no en vano transcurrió desde el 2008 al 2012, coincidiendo con la citada época gloriosa de la Roja.
Una era de la certidumbre. ¡Qué fácil parece ahora! (Aunque no lo fue). En esa carrera, a la tercera va la vencida, bastaba con aprobar exámenes, ir a clase y hacer los trabajos de marras para garantizarse el título. Nada más, y nada menos. Nadie esperaba que pubicáramos nuestros humildes trabajillos de diez folios en ninguna revista, con o sin index. Ahora estoy llegando al desenlace de la era de la incertidumbre. Todavía no abarcó esta el Mundial de Brasil del 2014, durante el cual andaba yo ultimando mi TFM. Sí, claro está, la Eurocopa del 2016, año nefasto donde los haya. Y, en el presente, pues sigue la debacle. Ello no implica paralelismo con el doctorado, creo yo. Yo no quiero vivir de glorias pasadas.
La incertidumbre significa, no solo respecto a mi tesis, que no se puede dar nada por hecho. Algo tan evidente que, en los dos primeros días de este mes, ya he comprobado de forma reiterada. Habrá que aplicarse el cuento. Acabadas las fiestas, quiero llenar el hueco entre el fin del curso y el comienzo del siguiente (curso universitario, que es mi principal objetivo para dar clase de español), mediante un nuevo envío masivo, o casi masivo, de textos como reseñas, entrevistas, artículos o lo que se tercie. Es mi único colchón de seguridad ante el requisito que se me pide y ante la exasperante tardanza de algunas publicaciones a la hora de contestar, lo cual constituye el mayor factor de incertidumbre. Creo que, más que la prórroga, lo que me voy a jugar ahora son los penaltis...
Una era de la certidumbre. ¡Qué fácil parece ahora! (Aunque no lo fue). En esa carrera, a la tercera va la vencida, bastaba con aprobar exámenes, ir a clase y hacer los trabajos de marras para garantizarse el título. Nada más, y nada menos. Nadie esperaba que pubicáramos nuestros humildes trabajillos de diez folios en ninguna revista, con o sin index. Ahora estoy llegando al desenlace de la era de la incertidumbre. Todavía no abarcó esta el Mundial de Brasil del 2014, durante el cual andaba yo ultimando mi TFM. Sí, claro está, la Eurocopa del 2016, año nefasto donde los haya. Y, en el presente, pues sigue la debacle. Ello no implica paralelismo con el doctorado, creo yo. Yo no quiero vivir de glorias pasadas.
La incertidumbre significa, no solo respecto a mi tesis, que no se puede dar nada por hecho. Algo tan evidente que, en los dos primeros días de este mes, ya he comprobado de forma reiterada. Habrá que aplicarse el cuento. Acabadas las fiestas, quiero llenar el hueco entre el fin del curso y el comienzo del siguiente (curso universitario, que es mi principal objetivo para dar clase de español), mediante un nuevo envío masivo, o casi masivo, de textos como reseñas, entrevistas, artículos o lo que se tercie. Es mi único colchón de seguridad ante el requisito que se me pide y ante la exasperante tardanza de algunas publicaciones a la hora de contestar, lo cual constituye el mayor factor de incertidumbre. Creo que, más que la prórroga, lo que me voy a jugar ahora son los penaltis...
viernes, junio 29, 2018
Tiempo para la épica (parte I).
Me resulta difícil ordenar mis impresiones acerca del día de ayer, son muchas y me bullen en una cabeza alterada por la fiesta de anoche, la primera fiesta de Orgullo a la que asisto en León desde 2014 (y a la que asistí por una carambola del destino, por cierto). Lo primero que me viene en mente es que, en ocasiones, las cosas se disfrutan más desde un segundo plano, sin necesidad de ostentar protagonismo. La envidia es mala, la competitividad puede serlo, esa es otra de las lecciones que nos deja este mes. Lo comprobé en Oviedo, lo comprobé ayer. Vale, en nuestros colectivos leoneses, ya extintos, nunca conseguimos hacer algo como el Orgullo de este año. ¿Y qué? Eran otros tiempos, otras circunstancias y lo hicimos lo mejor que pudimos o supimos. Por lo que respecta al actual colectivo organizador del evento, si no estoy enrolado en él ha sido porque no he querido, vaya. Es una decisión personal que puede variar o no. Lo que está claro es que cuentan con toda mi simpatía y apoyo, y que seguiré participando en las actividades que considere pertinentes. Han cogido mucha fuerza en solo un año, no puedo más que alegrarme por ello. Si en 2017 solo asistí al izado de bandera y a la marcha, lo de ayer fue mucho más completo. La bandera sigue sin ondear en el ayuntamiento, pero hubo una ocupación simbólica, forzada e improvisada, del edificio, ya lo iré narrando.
El epicentro fue, de nuevo, Espacio Vías, donde salimos en la foto de arriba. Por la mañana había varios puestos de asociaciones y una barra de tapas. El sol pegaba que daba gusto, aunque no era más que una ilusión respecto a lo que sucedería por la tarde. La manifestación (suerte que podamos llamarla así, y no desfile o incluso cabalgata) salió poco después de las seis y media. Fui con Claudia y Nuria, como el año pasado, ahí están con la bandera trans, una de las pocas de ese estilo que se vieron, si bien este año, a nivel nacional, se hacía mucho hincapié en la defensa de la temática trans. Yo llevaba la bisexual, como otras veces, tan solo vi a un chaval que se la hubiera puesto a modo de capa. Sí, soy consciente de que he escogido la foto en que salgo con los ojos cerrados. Qué le vamos a hacer, paso de cambiarla. Creo que refleja muy bien mi estado de ánimo a la hora de redactar estas líneas.
Por un momento temí que la tormenta fuese a impedir la salida de la marcha. No lo hizo, tan solo la cortó a la mitad, provocando, eso sí, una serie de momentos que difícilmente olvidaré. En fin, salimos en marcha, por una vez en retaguardia. No soy bueno con los números, pero digo yo que habría por lo menos un centenar de personas, el doble que el año pasado. Y bastantes adolescentes. ¿Dónde estaban hace cinco años? Imagino que todavía eran muy jóvenes para salir. Me alegra mucho esta evolución. ¡Todavía hay esperanza! Que digan lo que quieran acerca de ciudades como esta. Incluso en la universidad, que en mis tiempos jamás vio algo así, se hizo una concentración y una proyección en mi facultad de un documental sobre Stonewall, a cargo de otros colectivos. Ya se sabe, momentos en que uno cree llegar tarde a todo. Sea como fuere, eso no me hace menos feliz. Seguiré el relato de esta histórica jornada si el tiempo lo permite. No, no lo permitirá, pero da igual, ahí va a estar la gracia y la poesía. Hasta la épica. Nada comparable con el filme de Churchill que vi, claro, esto no es Dunkerke (pese al agua), pero siento que es un tiempo para la épica. Cuando termine el mes, las fiestas y el relato de este Orgullo, solo tomándome mi proyecto con perspectiva épica podré sacarlo adelante. Así pues, ¡en marcha!
domingo, junio 24, 2018
No bruxas.
Ha sido una semana importante, si bien la noche de ayer, de San Juan, la pasé en casa, viendo una película no de bruxas, sino de musas al estilo de bruxas, Muse, de Jaume Balagueró. No hay noches sagradas, por mucho que sean noches mágicas, de hogueras o de bruxas. No salí anoche porque quería frenar, aislamiento consciente que, en mi caso, ayuda bastante en semanas de compromisos, por lo general semanas de fiestas como la presente.
La tensión me vino, de forma bastante absurda, cuando me llegó el certificado de un artículo pero no era capaz de encontrar todos los demás, todos aquellos que ya debería haber escaneado y subido (si es posible, porque eso funciona como el culo) en el célebre cuaderno de actividades del doctorado, que, por otra parte, de cuaderno no tiene más que el nombre. Con tantos papeles acumulados en esta habitación, cómo iba a imaginarme que hubiese colocado esos imprescindibles documentos en un altillo del armario. ¿En qué estaría pensando cuando hice la mudanza desde Oviedo? Sea como fuere, tardé menos de 24 horas en subsanar el error. Cero dramas.
Vino mi hermano Paco por un par de días y eso supuso comidas copiosas, cuando realmente comienza el calor, con el resultado de indigestiones prolongadas, como la que me provocó un ataque de eructos que parecía interminable. Resulta gracioso comentarlo, pero en su momento fue bastante incómodo el convertirse en un sapo y soltar algunos erutos tan largos como los de algún vídeo de Youtube que solíamos ver. A eso hay que unir una cena en el Mongogo con quesadillas y pesadillas que, de hecho, producen malos sueños, por no hablar de la ración doble de chupitos de granizado de margarita. Vamos, que no fue tan mala idea descansar anoche. Aparte, he estrenado la piscina exterior del gym, con su césped y su libro-piscina, No soy un monstruo, de Carme Chaparro. Una recomendación de Cuarto Milenio, todavía es pronto para saber si realmente es de calidad. La piscina no es una biblioteca, desde luego. El primer día, clásicas distracciones auditivas en forma de dos paisanas hablando, pero hablando desde una sombrilla a la siguiente. ¿Tan difícil sería ponerse juntas? El segundo día, clásicas distracciones visuales, chicas con tanga con la imperiosa necesidad de broncear sus posaderas y de hacerlo justo delante de mí. ¡Ye lo que tiene el verano!
Queda una semana de fiestas y no seré un ermitaño siempre. El 28, múltipes actividades por el Orgullo, no solo manifestación, el programa estaba colgado en el gimnasio (eso hace que me enorgullezca de ser socio). Mañana, el cantautor queer asturiano Rodrigo Cuevas, al que en Oviedo también vi de DJ pinchando Cocidito madrileño, dudo que alguien me acompañe a verle. En todo caso, variedad, que es buena. Un poco de frivolidad antes de seguir la batalla (que también vi la peli sobre Churchill y me siento épico).
miércoles, junio 13, 2018
No llorar por el alpiste derramado.
Hace unas horas, cuando volvía en bus hacia aquí, desparramé una bolsa de alpiste (frutos secos tan bajos en sal como incontrolables) y, dentro del ridículo, al menos tuve la suerte de ir sentado solo en la fila. Por dignidad (y civismo) recogí algunos cacahuetes del suelo y aprendí la lección, que posiblemente consista en llevar una bolsa más pequeña para la próxima vez. No fue esa la lección más importante que he aprendido en el viaje, desde luego. No hay que llorar por el alpiste derramado y, del mismo modo, tampoco hay que llorar por posibles errores u oportunidades perdidas en el pasado. Lo que hay que hacer es recuperar oportunidades o pasar por encima de los errores.
Viaje corto y aprovechado hasta la última expresión, ayer con Juanjo en el Per Se, ante la presencia de un Lolito que, sin duda, sería un buen personaje literario, y esta mañana un té con mi directora y mis compis de doctorado a quienes ella también dirige, montando una reunión improvisada después del comité. Y, ¿cómo fue este? Bueno, fue el último, eso está fuera de duda. Y la valoración fue positiva. No muy positiva, pero positiva (son los dos grados en los que me he movido estos años). Mi dire dijo que no hay competición en el doctorado, es decir, que no hay mal ambiente entre quienes lo hacemos. Bien cierto, por mi parte. Vicios heredados de la carrera, quizá, me sigue resultando inevitable establecer comparaciones, por odiosas que sean. Pero voy a trascenderlas. Poco importa la situación de fulanito o menganita, aunque formen parte de mi misma promoción. Yo comparo, tan solo, si eso se encuadra en un ejercicio de motivación, no de un estéril ejercicio de remordimientos. Mi situación actual es que estoy cerca, pero no se cómo de cerca; por ello, debo permanecer alerta, y organizar una ofensiva si así es preciso. Es posible que yo sea de esas personas que juega mejor contra presión. Esto no es un juego... ¿O en parte sí?
Viaje corto y aprovechado hasta la última expresión, ayer con Juanjo en el Per Se, ante la presencia de un Lolito que, sin duda, sería un buen personaje literario, y esta mañana un té con mi directora y mis compis de doctorado a quienes ella también dirige, montando una reunión improvisada después del comité. Y, ¿cómo fue este? Bueno, fue el último, eso está fuera de duda. Y la valoración fue positiva. No muy positiva, pero positiva (son los dos grados en los que me he movido estos años). Mi dire dijo que no hay competición en el doctorado, es decir, que no hay mal ambiente entre quienes lo hacemos. Bien cierto, por mi parte. Vicios heredados de la carrera, quizá, me sigue resultando inevitable establecer comparaciones, por odiosas que sean. Pero voy a trascenderlas. Poco importa la situación de fulanito o menganita, aunque formen parte de mi misma promoción. Yo comparo, tan solo, si eso se encuadra en un ejercicio de motivación, no de un estéril ejercicio de remordimientos. Mi situación actual es que estoy cerca, pero no se cómo de cerca; por ello, debo permanecer alerta, y organizar una ofensiva si así es preciso. Es posible que yo sea de esas personas que juega mejor contra presión. Esto no es un juego... ¿O en parte sí?
domingo, junio 10, 2018
La levedad del cambio.
En una semana no solo hemos cambiado de mes, también de gobierno. Y ha sido veloz, inesperado. Casi sin hacerse notar, leve. Al menos para mí, vaya. También ha faltado el elemento simbólico de las elecciones. Todavía recuerdo ese 20-N del 2011, esa lluviosa jornada electoral del otoño en la que se alumbró la era que, abruptamente, acaba de terminar. Y cómo olvidar aquella otra tarde de otoño del 2016, cerca ya de los espectros de Halloween, yo tomando una birra en el salón del piso de Palmira Villa para así compensar el hecho de que los espectros no se fueran todavía. Francamente, la llegada de ZP en el 2004 me hizo bastante más ilusión, lo cual es lógico porque yo fui presidente de mesa aquel día y viví el cambio en directo. Desde luego que este último relevo ha sido positivo, sobre todo en comparación con lo que había antes.
La incertidumbre política es de vértigo y, aunque me interesa y la sigo en medios físicos y virtuales, permanezco más pendiente de mi propia incertidumbre. El viaje a Oviedo, más que para un mero trámite de cinco minutos, confío en que sirva para disipar un poco esa sensación. ¿Los cambios gubernamentales podrán tener su equivalente en el surgimiento de una nueva, y más ilusionante etapa, a todos los niveles? Habrá que confiar, y trabajar, para que así sea.
La incertidumbre política es de vértigo y, aunque me interesa y la sigo en medios físicos y virtuales, permanezco más pendiente de mi propia incertidumbre. El viaje a Oviedo, más que para un mero trámite de cinco minutos, confío en que sirva para disipar un poco esa sensación. ¿Los cambios gubernamentales podrán tener su equivalente en el surgimiento de una nueva, y más ilusionante etapa, a todos los niveles? Habrá que confiar, y trabajar, para que así sea.
jueves, mayo 31, 2018
Gran ganga.
Concluye un mes que ha pasado por variaciones tan vertiginosas, cuasi absurdas, que necesitaría el arte de un Poe, con cuyas grotescas narraciones me he estado inspirando, para relatarlas. Dentro de dos semanas voy a Oviedo y, aunque sigo en modo prórroga (probablemente alargada), me noto más fuera que dentro. Y no es una sensación de derrota, la verdad. Es solo la certificación del hecho de que, por mucho que aprecie mi investigación, y lo hago, la tesis doctoral va a pasar a segundo plano a partir del mes que viene.
Ya este año he ido moderándome, por ejemplo, respecto a la adquisición de libros, ya fueran relacionados o no con el proyecto. Sin embargo, siguen existiendo ciertas gangas y golpes de suerte, del todo inesperados. En el mercadillo que, de forma esporádica pero recurrente, se organiza en el centro cívico del Crucero, hace una semana mi amigo Ricardo y yo nos aventuramos, como suele ser costumbre cuando lo montan, sabuesos a ras de suelo, olfateando los cajones de indolentes volúmenes apilados cual bragas en una mesa del rastro. Ya había adquirido allí novelas o ensayos que, en efecto, he ido introduciendo en mis fuentes, pero esta vez desenterré la trufa de oro: un volumen llamado Antropología de la sexualidad y la diversidad cultural. No tengo ni idea de cómo llegó ahí, entre obras de San José María Escrivá de Balaguer. En todo caso, fue mi eureka, mi logro de encontrar 16 artículos como 16 soles alumbrando el embellecimiento de mi tesis, al ridículo precio de un euro. En Amazon, como consultamos, sale por más de treinta veces la suma, no en vano es un manual que se utiliza en la Uned y estudiar allí no resulta barato. Porque la tesis la voy a terminar, al margen de lo que suceda con la defensa y, si hay algo positivo en el hecho de que el proceso se alargue, es que puedo otorgarle mayor calidad, sin demasiada prisa y disfrutando cuando existen buenas rachas en lo personal, como las que he disfrutado esta primavera (en mayor medida que en la anterior, a pesar, como dije la última vez, de aquellas semanas de soledad en Palmira Villa).
Y, ante la incertidumbre, escribo, escribo y escribo. No necesariamente en la tesis, que ya pasa de las 300 páginas. No se puede estirar como un chicle, tan solo embellecer y reforzar. Escribo aquí, escribo en mis cuadernos y escribo lo que necesito escribir. Escribir me da la vida y es barato. Un vicio barato, más que un vicio. El único problema que he tenido con este programa doctoral ha sido la circunstancia de que, para superarlo, mi escritura debe contar con la valoración ajena. Y no. Yo nunca he escrito para agradar a nadie. No es lo que yo diré a la comisión de seguimiento, pero es lo que tengo bien claro y difícilmente va a cambiar.
Ya este año he ido moderándome, por ejemplo, respecto a la adquisición de libros, ya fueran relacionados o no con el proyecto. Sin embargo, siguen existiendo ciertas gangas y golpes de suerte, del todo inesperados. En el mercadillo que, de forma esporádica pero recurrente, se organiza en el centro cívico del Crucero, hace una semana mi amigo Ricardo y yo nos aventuramos, como suele ser costumbre cuando lo montan, sabuesos a ras de suelo, olfateando los cajones de indolentes volúmenes apilados cual bragas en una mesa del rastro. Ya había adquirido allí novelas o ensayos que, en efecto, he ido introduciendo en mis fuentes, pero esta vez desenterré la trufa de oro: un volumen llamado Antropología de la sexualidad y la diversidad cultural. No tengo ni idea de cómo llegó ahí, entre obras de San José María Escrivá de Balaguer. En todo caso, fue mi eureka, mi logro de encontrar 16 artículos como 16 soles alumbrando el embellecimiento de mi tesis, al ridículo precio de un euro. En Amazon, como consultamos, sale por más de treinta veces la suma, no en vano es un manual que se utiliza en la Uned y estudiar allí no resulta barato. Porque la tesis la voy a terminar, al margen de lo que suceda con la defensa y, si hay algo positivo en el hecho de que el proceso se alargue, es que puedo otorgarle mayor calidad, sin demasiada prisa y disfrutando cuando existen buenas rachas en lo personal, como las que he disfrutado esta primavera (en mayor medida que en la anterior, a pesar, como dije la última vez, de aquellas semanas de soledad en Palmira Villa).
Y, ante la incertidumbre, escribo, escribo y escribo. No necesariamente en la tesis, que ya pasa de las 300 páginas. No se puede estirar como un chicle, tan solo embellecer y reforzar. Escribo aquí, escribo en mis cuadernos y escribo lo que necesito escribir. Escribir me da la vida y es barato. Un vicio barato, más que un vicio. El único problema que he tenido con este programa doctoral ha sido la circunstancia de que, para superarlo, mi escritura debe contar con la valoración ajena. Y no. Yo nunca he escrito para agradar a nadie. No es lo que yo diré a la comisión de seguimiento, pero es lo que tengo bien claro y difícilmente va a cambiar.
martes, mayo 22, 2018
Las flores de la liberación.
Belleza que se marchita, pero belleza. Estas flores no eran para mí; sin embargo, las acogí como si lo fuesen, durante mis primeros días de regreso a la soledad en el piso de Oviedo, justo ahora hace un año. No eran para mí, pero formaban parte de la herencia de mi penúltima compañera, junto a chucherías, especias, material de papelería y algo que me hizo especial ilusión, un libro de Ray Bradbury que no había leído aún y que hoy, en el aniversario, he comenzado. Sin ánimo de ofender, además todo eso ya es agua pasada, me reafirmo en la idea de que nunca quise compartir ese piso pero, no obstante, eso no quita para que, con sus defectos y virtudes, lo considere el mejor piso en el que he residido hasta la fecha. Hubo buenos momentos con mis compañeras, también sin ellas. ¿Qué faltó? Considero que momentos no buenos sino, sencillamente, mágicos, como los que han tenido lugar (algunos este mismo año) tanto en esta casa como en esta habitación desde la que escribo.
Hace un año desde el día de la liberación, conmigo deambulando como un espectro por mi castillo, a la sombra del Naranco, contemplando los atardeceres rosáceos. ¿Y la maldición? Curiosa teoría la de la maldición, que sostenemos un amigo y yo. Cuanto más espacio para la soledad, menos probabilidades de que alguien venga a compartir dicha soledad. Creo que hace unas horas he podido comprobar aquí una variante del aserto. Sí, los últimos meses solitarios de Oviedo se habían zambullido en una maldición que no supe reparar; por otra parte, en esa misma temporada pude conocer en León a una persona que me daría, al fin, lo que estaba buscando. Si es que no hace falta irse lejos... Ni fuera de la ciudad ni del país. Lo tengo comprobado, esta tierra, con todos los sentimientos encontrados que pueda provocar, ha acogido mis experiencias vitales más luminosas. Ahora, las flores de la liberación me envían otra señal. Es hora de enfrentarse a la maldición de nuevo, de dejarse engullir por ella o de romperla en mil pedazos. Oviedo quedó atrás. Hoy es Martes de Campo, celebración popular que yo nunca celebré, por la sencilla razón de que no tenía con quién hacerlo. Ya solo por ese pequeño detalle se entenderá por qué este curso, que ya termina, se ha elevado a una distancia sideral sobre los anteriores. Y, aunque la situación haya mejorado, falta el paso decisivo.
viernes, mayo 18, 2018
Re-Prorrogamos.
La tesis doctoral es perjudicial para la salud mental, ese es el (poco optimista) título de un artículo de El País que tengo guardado como un mal recordatorio. Un estudio asegura que doctorandos como yo somos seis veces más propensos a desarrollar ansiedad o depresión. En su encuesta, un 16 por ciento de encuestados se declaraba inútil, que es algo con lo que me identifico bastante ahora mismo, a punto de asumir el mantra Emosido engañao. En todo caso, es algo anunciado y que, desde un punto de vista más divertido e irónico, ya había podido comprobar en el cómic Maldita tesis, adquirido en maldita la hora. El 60 por ciento de quienes hacen la tesis por Literatura no la terminan, se afirmaba en esa novela gráfica. Eso no es verdad respecto a la mía. Por supuesto que voy a terminarla, casi lo he hecho, llevo sobre 300 o incluso más de 300 páginas, el objetivo acordado. El problema es que no estoy seguro de que vayan a dejarme defenderla.
También anunciado, también previsible. Siempre supe que por la tesis no habría ningún problema, que, si acaso, lo habría con algo tan risiblemente llamado cuaderno de actividades. Debería de haberlo pensado dos veces cuando vi la lista de requisitos del programa. Yo deprimido no estoy, por ahora, pero sufrí un breve ataque de ansiedad al ver esta mañana, en la web, la primera tesis depositada de una compi de promoción. Eso sí, una compi que ya antes de comenzar venía pisando fuerte, poca sorpresa que se haya adelantado. Las comparaciones son muy perras. Yo, que quería hacerme el monje este mes, he visto que no había prisa de ningún tipo, que no puedo hacer el depósito porque me falta el cuadernillo de vacaciones (de hecho, creo que va a ser en verano cuando tendré que retomarlo con más fuerza). Mientras espero a que las cosas se vayan aclarando, he vuelto a la piscina, sauna y jacuzzi, actividades saludables excepto cuando al tedio hay que sumar un catarro, como sucede hoy.
Tanto mi directora como mi tutora, obviamente, me han recomendado pedir lo que se llama prórroga adicional y yo llamo año de gracia o seguro de vida. Así me cubro las espaldas y puedo ir con esa baza al comité de seguimiento; este, cuando vivía allí, siempre me relegaba a la última posición, y, ahora que no vivo, me toca tercero. ¡Pero es el último ya! No quiero despedirme sin alguna consideración menos ceniza que aquellas ya expuestas. Hay un dato más que lógico: cuanto mayor tiempo tenga para preparar la tesis, más completa y de mejor calidad quedará. El TFM, al que tanto cariño tengo, ya apenas puedo leerlo, porque ha habido un salto cualitativo bestial desde entonces. No digo que la tesis sea, ahora mismo, de cum laude, cosa que no me preocupa, pero, a fin de cuentas, su calidad importa poco en este contexto. Si algún doble ciego, comité científico o alquímico o entidad fantasmática de esas no tiene a bien admitir alguno de mis artículos, o me invento una opción alternativa (a ser posible que no sea un certificado fake) o me pillo la tesis y me la llevo a otra universidad en la que no tengan una lista de deseos tan larga. De momento, re-prorrogando, qué difícil en todos los sentidos resulta decir esto. No se si es estancamiento, pero eso no va a parar las novedades, que las habrá y pronto.
También anunciado, también previsible. Siempre supe que por la tesis no habría ningún problema, que, si acaso, lo habría con algo tan risiblemente llamado cuaderno de actividades. Debería de haberlo pensado dos veces cuando vi la lista de requisitos del programa. Yo deprimido no estoy, por ahora, pero sufrí un breve ataque de ansiedad al ver esta mañana, en la web, la primera tesis depositada de una compi de promoción. Eso sí, una compi que ya antes de comenzar venía pisando fuerte, poca sorpresa que se haya adelantado. Las comparaciones son muy perras. Yo, que quería hacerme el monje este mes, he visto que no había prisa de ningún tipo, que no puedo hacer el depósito porque me falta el cuadernillo de vacaciones (de hecho, creo que va a ser en verano cuando tendré que retomarlo con más fuerza). Mientras espero a que las cosas se vayan aclarando, he vuelto a la piscina, sauna y jacuzzi, actividades saludables excepto cuando al tedio hay que sumar un catarro, como sucede hoy.
Tanto mi directora como mi tutora, obviamente, me han recomendado pedir lo que se llama prórroga adicional y yo llamo año de gracia o seguro de vida. Así me cubro las espaldas y puedo ir con esa baza al comité de seguimiento; este, cuando vivía allí, siempre me relegaba a la última posición, y, ahora que no vivo, me toca tercero. ¡Pero es el último ya! No quiero despedirme sin alguna consideración menos ceniza que aquellas ya expuestas. Hay un dato más que lógico: cuanto mayor tiempo tenga para preparar la tesis, más completa y de mejor calidad quedará. El TFM, al que tanto cariño tengo, ya apenas puedo leerlo, porque ha habido un salto cualitativo bestial desde entonces. No digo que la tesis sea, ahora mismo, de cum laude, cosa que no me preocupa, pero, a fin de cuentas, su calidad importa poco en este contexto. Si algún doble ciego, comité científico o alquímico o entidad fantasmática de esas no tiene a bien admitir alguno de mis artículos, o me invento una opción alternativa (a ser posible que no sea un certificado fake) o me pillo la tesis y me la llevo a otra universidad en la que no tengan una lista de deseos tan larga. De momento, re-prorrogando, qué difícil en todos los sentidos resulta decir esto. No se si es estancamiento, pero eso no va a parar las novedades, que las habrá y pronto.
domingo, mayo 06, 2018
Sincronicidades.
Algunos de los temas de mi tesis están muy pegados a la actualidad, por desgracia. Dado que la comencé hace tres años, intento mantenerla, por así decirlo, actualizada en cuanto a sus referencias, ya no solo artículos académicos sino también alusiones a lo que está pasando en el mundo, a través de las cansinas notas a pie de página o similar. Hace poco se produjo un atropello mortal y múltiple en Toronto y, según se ha informado, el causante pertenecía a un grupúsculo misógino del que no había oído hablar, si bien conocía a uno de sus más venerados ídolos o mártires, porque había utilizado su historia para introducir uno de los capítulos.
Y ayer estaba en las noticias, Elliot Rodger, recitando a la cámara su manifiesto Retribution: las mujeres no me dan su afecto, bla, bla. Por lo visto, los denominados InCel (por celibato involuntario) son hombres, a priori heterosexuales porque si no me resultaría incomprensible, que, como se deduce del nombre, son ignorados sexual e imagino que también sentimentalmente por las mujeres. Es de suponer, del mismo modo, que se refieren a un tipo de mujer joven, que prefiere otorgar sus favores a un prototipo de hombre, que encajaría con esa masculinidad tradicional de la que me estoy ocupando en mi análisis. Es todo muy USA, desde luego, aunque se pueda exportar a otros lugares; no es de extrañar que haya surgido allí.
Rodger debió de ser un InCel adelantado a su movimiento, cuando grabó su manifiesto y luego mató a varias personas en un campus, no solo mujeres. Se quejaba de tener 22 años y ser virgen todavía. En fin, el mundo está mal repartido, eso es evidente, pero ser virgen tampoco constituye una anomalía. O no debería constituirla. Lo que el grupúsculo propone es que se obligue a las mujeres a mantener relaciones (no se especifica a cuáles) y, desde luego, apoyan la violación. Lo curioso es que Rodger, bajo mi punto de vista, no era feo en absoluto; lo contrario. Pero, claro, no es tan solo una cuestión de físico. La actitud de estos foros es machista, si bien, en realidad, ellos no dejan de ser víctimas del machismo, de la noción normativa y tradicional de hombría en la que, desde luego, no parecen encajar, por más hetero que sean. Más les valdría, según las posturas que aseguran que la orientación sexual se elige, abrirse un poco más en sus gustos, tal vez así compensarían un poco su frustración. Es difícil quedar al margen de una sociedad que glorifica la hipersexualización pero al precio de que haya ganadores y perdedores; no obstante, la violencia no es justificable, ni la sexual ni la de si no es mía, de nadie.
Y ayer estaba en las noticias, Elliot Rodger, recitando a la cámara su manifiesto Retribution: las mujeres no me dan su afecto, bla, bla. Por lo visto, los denominados InCel (por celibato involuntario) son hombres, a priori heterosexuales porque si no me resultaría incomprensible, que, como se deduce del nombre, son ignorados sexual e imagino que también sentimentalmente por las mujeres. Es de suponer, del mismo modo, que se refieren a un tipo de mujer joven, que prefiere otorgar sus favores a un prototipo de hombre, que encajaría con esa masculinidad tradicional de la que me estoy ocupando en mi análisis. Es todo muy USA, desde luego, aunque se pueda exportar a otros lugares; no es de extrañar que haya surgido allí.
Rodger debió de ser un InCel adelantado a su movimiento, cuando grabó su manifiesto y luego mató a varias personas en un campus, no solo mujeres. Se quejaba de tener 22 años y ser virgen todavía. En fin, el mundo está mal repartido, eso es evidente, pero ser virgen tampoco constituye una anomalía. O no debería constituirla. Lo que el grupúsculo propone es que se obligue a las mujeres a mantener relaciones (no se especifica a cuáles) y, desde luego, apoyan la violación. Lo curioso es que Rodger, bajo mi punto de vista, no era feo en absoluto; lo contrario. Pero, claro, no es tan solo una cuestión de físico. La actitud de estos foros es machista, si bien, en realidad, ellos no dejan de ser víctimas del machismo, de la noción normativa y tradicional de hombría en la que, desde luego, no parecen encajar, por más hetero que sean. Más les valdría, según las posturas que aseguran que la orientación sexual se elige, abrirse un poco más en sus gustos, tal vez así compensarían un poco su frustración. Es difícil quedar al margen de una sociedad que glorifica la hipersexualización pero al precio de que haya ganadores y perdedores; no obstante, la violencia no es justificable, ni la sexual ni la de si no es mía, de nadie.
domingo, abril 29, 2018
La era del vacío.
El título de esta entrada alude al de la obra de Gilles Lipovetsky, que habla del posmodernismo y, por ende, la he estado repasando para introducir en mi lista bibliográfica. Esta colección de ensayos data de los años ochenta y no llega a la época de las redes sociales y demás inventos contemporáneos, pero, no obstante, creo que de forma lúcida se anticipa un poco al hablar de las características de la sociedad actual.
Las redes, las apps, las webs y toda esa retahíla de creaciones posmodernas pueden suponer un vacío o, en todo caso, el intento de llenar uno, en muchas ocasiones de forma artificial, incompleta. Y se devoran unas a otras, presas de la obsolescencia programada. Hace una década conocía a bastante gente que aún escribía en un blog como este, el cual yo sigo manteniendo, sobre todo, a través de un hálito romántico. Páginas y aplicaciones que me dieron muchas alegrías, que ya forman parte de mi memoria sentimental, son tan producto del pasado como puedan serlo las murallas del León romano.
Las modas son caprichosas y ahora está en auge Instagram, donde yo también estoy sin que eso suponga para mí ninguna pretensión de estrellato, mucho menos de perspectiva laboral. Eso sí, todas las patologías de nuestro tiempo, esas ya apuntadas por Lipovetsky, se encuentran reflejadas allí. Ya no es solo narcisismo, son egos de hormigón armado que esconden vacíos pavorosos. Las batallas de trasladan al ámbito virtual, con pequeñas mezquindades, venganzas, traiciones y trampas. No digo que el sitio sea malo en sí; si lo fuera, me bajaría del barco. En todo caso, tanto ese como otros se han convertido en el refugio de seres que pretenden tener una cohorte de seguidores, cuando, en realidad, mejor les vendría el contacto humano y presencial, de manera más reducida e íntima. Esa es una mejor vía para llenar el vacío, a mi entender.
Las redes, las apps, las webs y toda esa retahíla de creaciones posmodernas pueden suponer un vacío o, en todo caso, el intento de llenar uno, en muchas ocasiones de forma artificial, incompleta. Y se devoran unas a otras, presas de la obsolescencia programada. Hace una década conocía a bastante gente que aún escribía en un blog como este, el cual yo sigo manteniendo, sobre todo, a través de un hálito romántico. Páginas y aplicaciones que me dieron muchas alegrías, que ya forman parte de mi memoria sentimental, son tan producto del pasado como puedan serlo las murallas del León romano.
Las modas son caprichosas y ahora está en auge Instagram, donde yo también estoy sin que eso suponga para mí ninguna pretensión de estrellato, mucho menos de perspectiva laboral. Eso sí, todas las patologías de nuestro tiempo, esas ya apuntadas por Lipovetsky, se encuentran reflejadas allí. Ya no es solo narcisismo, son egos de hormigón armado que esconden vacíos pavorosos. Las batallas de trasladan al ámbito virtual, con pequeñas mezquindades, venganzas, traiciones y trampas. No digo que el sitio sea malo en sí; si lo fuera, me bajaría del barco. En todo caso, tanto ese como otros se han convertido en el refugio de seres que pretenden tener una cohorte de seguidores, cuando, en realidad, mejor les vendría el contacto humano y presencial, de manera más reducida e íntima. Esa es una mejor vía para llenar el vacío, a mi entender.
lunes, abril 23, 2018
Bibliogra- día.
La primavera puede que haya llegado con retraso, pero ha llegado dando la chapa, qué duda cabe, travestida de verano. Tuve que sacar el polvo de las gafas de sol para aventurarme esta tarde a ver los tenderetes del Día del Libro. Había variedad, y buenas opciones. Incluso tenían un manga yaoi cerca de la literatura infantil, quizá creyendo muy inocente la estampa de dos chicos japoneses metidos en la cama, tapados con una sábana y desnudos (al menos) de cintura para arriba. ¡Así me gusta! Pero no, no compré nada. La semana anterior me han llegado dos necesarias monografías sobre Winterson y, además, la confirmación de un proyecto solidario del amigo Víctor, una antología de relatos. No compro a tontas y a locas, por no hablar de que dos de los ejemplares que pillé hace un año en Oviedo todavía los tengo a la mitad.
No solo son las lecturas pendientes, también las relecturas. Ahí está el libro que he escogido como símbolo de esta efeméride, el Corydon de Gide. Tras un destacamento de búsqueda por mi propia biblioteca para engordar la bibliografía, encontré este volumen como una meritoria aportación al tema de mi tesis. Además, es un placer releerlo, un placer que no quita mucho tiempo. Los diarios de este autor también los empezaré en breve. He pausado por algunos días la escritura, cuestión de sentido común. Si de verdad quiero profundizar en el análisis crítico, recomendación insistente de mi directora, qué menos que empaparme de algunas obras básicas a las que todavía no había hincado el colmillo. A falta de confirmar la fecha del depósito, a falta de confirmar el tema de los artículos (la incertidumbre es parte consustancial del doctorado), mi tutora, antigua casera, ya me ha confirmado la existencia del año de gracia que no pretendo. Solo aspiraré a él si hay contratiempos, por ahora me veo motivado para pisar el acelerador y convertir el florido mayo en una carrera de fondo. Aviso de antemano por si nos vemos poco por aquí. ¡Feliz Día del Libro!
domingo, abril 15, 2018
El liquidador.
Me resulta irónico que ahora, en la matraca diaria informativa sobre política, se haya puesto de moda hablar de los cursos de máster, las tesis, los TFM y los doctorados. A mí el máster no me lo regalaron, desde luego, y defendí mi trabajo final ante un tribunal público, con asistentes y con un presidente en alpargatas. Todo lo narré ya aquí en su día. También que, antes de que naciera, ya conocía la existencia del Máster en Literatura Española y Comparada, y que siempre quise hacerlo. De todos modos, si finalmente me monté sobre este tren en marcha no fue por placer sino porque, sin él, era imposible hacer el doctorado en el que todavía me encuentro. Ahora, con todas estas polémicas, regresé a la página del máster para ver cómo ponía que este año no se imparte al alumnado de nuevo ingreso. Vamos, que lo han parado. En coma. ¿O muerto? Sería una muerte prematura, pero, a fin de cuentas, también lo fue la del título en Cinematografía de Ponferrada. ¿Seré un liquidador de estudios? De eso bromeamos ayer. ¡Que me quiten lo bailao! La validez de estos títulos (oficiales o propios) no se pierde porque sus programas originales hayan desaparecido.
Confío en que lo del máster solo sea un bache temporal. Y, si no, ¡no hay dos sin tres! Who is the next? Es casi imposible que se carguen el grado en filología, por su importancia estratégica a la hora de enseñar español a la gente de fuera. ¿Y mi actual doctorado? Creo que goza de buena salud, aunque, eso sí, yo hasta que no defienda la tesis no podré asegurar que, realmente, voy a terminar el mismo. Lo que sí está claro es que, incluso aunque no me dejasen defenderla, voy a acabar la tesis. Tengo ya un primer borrador y un primer listado de fuentes. En mes y medio, si bien los plazos no son fijos aún, lo que debo hacer es profundizar y pulir. No hay previsto encierro final para terminarlo, como bien se puede comprobar en la foto de arriba, que denota una noche rara y que, si no se alargó más, fue porque no quise. Qué irónico, también, que me haya tocado recuperar ahora, justo ahora, algunos momentos que se perdieron el curso pasado, desde todos los campos: etílico, sexual, social...
miércoles, marzo 28, 2018
Semana de Pasión.
Pasiones hay muchas. Lo sabré yo, que además tengo una de las novelas de Winterson en mi particular canon, llamada precisamente La Pasión. Pasión antes de la tempestad, eso parece que es el signo de esta semana. Ya no me molesto en intentar aprovechar tiempo para dedicárselo a la tesis. No voy tan mal. Cuando lleguen las vacas flacas, entonces ya profundizaré todo lo que me ha pedido mi directora. Pero, si hay algo que he aprendido en los últimos años, es que las oportunidades hay que cazarlas al vuelo. Por ejemplo, quizá la última oportunidad de ir a la Cometcon. ¿Quién sabe a qué me dedicaré dentro de un año? ¿Quién sabe si podría ir acompañado, como en esta edición, o de nuevo solo? Me he divertido mucho más yendo con Juanjo, claro. Las pintas de la gente, los sorteos y tómbolas, todo es digno de comentar a dúo. Además, pudimos hacernos un selfie con un Jabba creación del equipo de Juan Villa. Sí, el mítico amigo Juan Villa de Cuarto Milenio.
También mucho más divertido resultó comer allí, aunque la variedad siguiese brillando por su ausencia. Ramen, ya ni siquiera en bol oriental sino en vaso de cachi. Pero, teniendo en cuenta que tan solo había tomado un pincho de tortilla en la cafetería del campus después de la tutoría, necesitaba reponer fuerzas aunque fuese a base de fideos.
La foto del año pasado, con Yoda, pudo ser repetida por duplicado, junto a un Yoda de caramelos Pez que me había regalado Juanjo. Eso sí, nada de comer en la terraza al sol. Mi viaje me pilló en plena borrasca Bruno, sin paraguas aunque no fue por despiste, precisamente. De todos modos, el viernes libramos. El gran chaparrón nos alcanzó a resguardo en el palacio, mientras la lluvia caía a ríos por los cristales. Hubo que merendar, pues, bajo la carpa, y hacer un poco de tiempo hasta que amainara.
Una vez pude calentar un poco el estómago, ya me sentí con ganas de cumplir el ritual de aflojar, más o menos, la cartera. Menos esta vez que la anterior, supongo que porque ahora llevo las cuentas en una libreta de ahorro japonesa que, ante mi asombro, me ha informado que con el presupuesto de mis dos últimos viajes a Asturias podría haber alquilado durante un mes un piso en León. No me arrepiento, en todo caso. Como dije, Cometcon solo hay una vez al año y más vale aprovechar la ocasión mientras pueda. De todos modos, no gasté tanto. La típica bolita de la suerte o similar... Me salió una pulsera, una chapa y, con un descuento, pillé esas gafas steampunk con las que hice la única concesión cosplay al evento. Y no solo para eso, claro. A un Poe no le quedarían del todo mal.
Y no digamos ya si Poe pudiera haber usado el cuaderno Death Note, basado en el manga y anime (amén de versiones fílmicas) del mismo nombre. Fue mi último recuerdo allí. No es caro y no lo usaré para malos fines. Quizá para un poemario, aunque igual no saldría muy luminoso.
Superada la prueba del frikismo, lo siguiente fue hacer una concesión a la Semana Santa, como el año pasado, a través de sendas limonadas en bares leoneses. Las dos Com, Competencia y Comtienda. A mí no me cae bien el brebaje, ya he tenido tiempo para comprobarlo y en los próximos días desconozco si voy a recaer o no en ello. Pero los días excepcionales requieren medidas excepcionales, entre las que se encuentran las de tomar copas, como antaño.
Aquí estoy con mi vodka, de nuevo en La Caja. Fiesta del festival Saco, con Paco Clavel como DJ, pinchando desde Los Payasos de la Tele hasta Enrique y Ana. Revival nostálgico al que asistimos un rato. Mezclas alcohólicas o no, dormí poco. Apenas habría amanecido cuando un tío en la habitación de al lado se puso a hablar por el móvil durante una hora. A menos que estuviera hablando solo, es otra opción.
Desayuné por partes, pero antes la recepcionista del hotel me salvó, relativamente, al regalarme un paraguas que se habían olvidado allí hacía como año y medio. Yo creo que, más que olvidar, lo abandonaron porque está roto. Pese a ello, me sirvió y mucho durante aquella desapacible mañana. Decía la mujer que el color no era muy varonil. ¡Cómo se nota que no sabía que el morado es el color de mi doctorado! Gracias al paraguas llegué seco, primero al Panaria, para esperar a Juanjo, y luego a un sitio de donuts para que me dieran uno con un vale de la Cometcon. Último capricho insano del viaje relámpago antes de derrumbarme en el bus y volver. Fugaz y bien aprovechado, desde luego. Planeado en principio como estancia de placer, la tutoría volvió a insuflarme fuerzas y, al mismo tiempo, a inyectarme esas pequeñas dosis de ansiedad que, no controladas, pueden ser terribles para el doctorado. El caso es que esta Semana Santa, que comenzó ese viernes, de santa no tiene nada y supongo que por ello Luz Mar propuso el día 9 como alternativa para la entrega del último capítulo. Ahora, pasión. Tempestad, diluvio, después vendrá no la calma sino la tormenta, pero otra clase de tormenta. Que no decaiga.
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