miércoles, septiembre 29, 2010

LOS CERDOS. Entrega 25.

La besucona pareja se había esfumado. Jonás apenas se hallaba fuera de sus recuerdos cuando se acercó hasta su posición un joven latino que no daba la impresión de llegar a la mayoría de edad, o al menos eso aparentaba. Era bajito y arreglado como para salir de fiesta, el pelo engominado y camisa. Se sentó a su lado sin pedir permiso.

- Hola- dijo.

- Hola- repitió Jonás, de forma mecánica.

- ¿Estás aburrido?

- No- respondió, de forma no tan mecánica y sí bastante agria.

- Perdona que me presente así pero voy de buenas, ¿eh? Por cierto, creo que te conozco.

- ¿Seguro?

- Sí. ¿No eres tú el nuevo vecino de mi casa? Alguna vez te he visto por la escalera. Acabas de llegar y ya te estás convirtiendo en todo un héroe. ¡Vaya susto les metiste a esa pareja de idiotas!

- ¡Ah, ya! Eso… Algo así me contaron antes. Bien, vecinito, ¿y querías algo más entonces?

- Eh, sí, bueno, es que te he visto aquí solo y algo triste…

- ¿Cómo sabes que estoy triste? ¿Estudias Psicología acaso? Aunque te veo muy adolescente para eso.

- ¡Oye, tío, que tengo más de dieciocho! No hace falta estudiar nada, se te ve en la cara. Creo que te vendría bien algo de diversión.

- Y tú me la puedes dar, ¿no? Oye, no tengo nada en contra de eso, pero no llegas en momento oportuno…

- ¡No, tío! No he venido a hacer cruising.

- ¿Cru…qué?

- Que no quiero ligar contigo, coño. No te quiero dar placer, quiero que encuentres placer gracias a mí. Yo soy el intermediario…

- ¡Tócate los cojones!

El chico sacó unas tarjetas que mostraban la foto en primer plano de un par de nalgas, supuestamente femeninas, tan solo cubiertas por un tanga que dejaba ver la perfecta forma que tenían. Jonás, sin desdeñar el trasero, se puso a leer.

- Whiskería Hot Girls… Bueno, no es un nombre muy original, claro que en los restaurantes chinos pasa lo mismo. ¿Y qué?

- Buenas copas, buen ambiente y buenas chicas. Te quitarán esa cara de amargado que tienes.

- Joder, chaval, para ser relaciones públicas no tienes mucho tacto. ¿Por qué me das esto? ¿Tengo cara de putero?

- Esto no es un puticlub… Es una whiskería, Y también local de strip-tease. El resto… Bueno, todo es negociable.

- Todo es negociable- repitió Jonás, con una sonrisa- ¿Este culo también? Negociable no se, pero sí formidable, si es que es real y no de PhotoShop.

- ¡Es real! Bueno, no te digo que lo haya probado… Solo que lo he visto.

Jonás observó un poco más aquella tarjeta y luego se la guardó.

- Ah… Whiskería, ja, ja. Ojalá estuviera aquí un amigo al que le encantaría este eufemismo. En fin. ¿Sabes? Creo que igual necesito ir a ese sitio, pero por lo del whisky más que por lo otro… Necesito la bebida. Para lo otro no tengo ganas y, si quisiera, no pagaría por ello.

El joven latino le mostró una sonrisa casi compasiva, como si expresara: Eso dicen todos…

- Vale, tío. ¡A beber, pues! ¡A beber y disfrutar! Ya verás como cuando lleves un par de copas igual piensas de otra manera…

- Lo dudo.

Jonás fue guiado hacia la citada whiskería, un local cercano con luces de neón encima de una puerta que parecía sólida y en principio inexpugnable. Jonás, por mucha desesperación que llevara encima, no se habría atrevido a franquearla sin la presencia de su acompañante, que saludó al voluminoso cancerbero que vigilaba el acceso a ese inframundo de condenados por la lujuria.

Jonás no mintió al decir que solo estaba allí por la bebida, de hecho decidió no interesarse en principio por todas las partes del establecimiento que quedaran fuera de la barra. La luz era tenue y acogedora, él no perdió de vista al joven guía, que le hizo una seña al camarero.

- ¡A ver!- exclamó- Un par de chupitos para quitar penas, a cuenta de la casa.

Les sirvieron en efecto dos chupitos en los que Jonás, antes que especialidad de la casa, creyó que encontraría garrafón de la casa. Pero no era momento de tener remilgos… El joven latino alzó el suyo para brindar con él.

- ¡Porque tengas una feliz noche! ¡Y que te vea mañana por casa para que me lo puedas contar!

Jonás bebió la pequeña dosis de lo que le pareció una mezcla suave, que si acaso inducía al consumidor a pasar a licores con más potencia. Su cicerone se despidió con una palmadita en la espalda, dispuesto a buscar otros eventuales clientes, y Jonás se quedó solo, que a fin de cuentas era lo que estaba deseando. No supo muy bien explicarse qué sentía. Si a esa sensación podía llamarla ansiedad, entonces supuso que sería capaz de ahogarla en un whisky doble. No prestaba atención, al menos en el comienzo de su estancia allí, a lo que ocurría en el resto de sala y escenario. En este, dominado por la característica barra de strip tease, una bailarina de rasgos caucásicos daba vueltas, conservando aún la ropa interior, y de vez en cuando jugueteaba con, o quizá mejor sería decir desperdiciaba, un bote de nata montada.

El espectáculo no resultaba muy excitante para Jonás, quien en algún momento dirigió su mirada hacia la chica o hacia el público, que estaba constituido en su gran mayoría por varones de diferente edad, más o menos entusiastas de lo que estaban viendo. Él, aunque a todas luces no fuese el momento oportuno, trató de observar la escena bajo un punto de vista científico, como si en vez de utilizar su probeta estuviese analizando a diversos machos de su especie, atravesando un período de celo durante el cual acechaban a su posible hembra. No obstante, por mucho que quisiera animalizarlos no cabía la opción de que entre estos se iniciara una competición para conseguir la cópula, ni que se pelearan entre ellos, ahí estaba el cancerbero para disuadirles de esa iniciativa. ¿Quién necesitaba la ceremonia del cortejo? Mientras tuvieran la cartera bien abultada, nada de eso era necesario. Jonás en todo caso la tendría para tomar unos cuantos tragos hasta que la situación se le hiciera un poco más soportable. Quizá entonces tendría que cambiar su refugio de la barra por una mesa…

domingo, septiembre 12, 2010

LOS CERDOS. Entrega 24.

VIII

En efecto Jonás no había bebido demasiado esa noche, aún. La jarra de cerveza le refrescó, el líquido pronto fue a parar al urinario del restaurante. Concluyó la cena con un chupito de flores, invitación de la casa, dulzón y poco proclive a hacer mala mezcla con lo anterior. Su cabeza no sufría una nueva borrachera, tampoco el bochorno, por fortuna, ya que la noche, sin ser fresca, tampoco llegaba a los extremos del día. Jonás se dejó llevar por la llamada de la oscuridad, de esa aliada con la que Penélope podía haber contado para dar rienda suelta a todos sus demonios.

Se encontraba solitario pero no en soledad, puesto que, en su paseo sin destino prefijado, llegó hasta lo que parecía una animada zona de copas, un barrio de trazado bastante irregular que al menos le recordó a alguno de la ciudad que había dejado atrás. La diferencia principal era que este le resultó más sórdido, quizá por una iluminación mortecina, aunque también podría alegarse lo mismo de la propia calle en la que residía. Los rincones oscuros eran lugares tentadores para refugiarse, como pudo comprobar al sentarse en un banco de piedra. Cerca de allí, en un recodo del camino, pudo vislumbrar a dos hombres que se estaban dando el lote de manera pasional, pegados contra una pared. En realidad no podía estar del todo seguro acerca de su sexo desde su posición, sin embargo Jonás había mejorado su radar para percibir ese tipo de realidades.

No tenía curiosidad por espiarlos, de todos modos, esa noche no tocaba labor de mirón y observó por tanto un poco de reojo, para luego perder la vista en algún lugar inconcreto.

Una imagen irrumpió en la mente de Jonás. Eran dos hombres, no tan cariñosos entre sí pero de vez en cuando cogidos del hombro. Esos, que no eran otros que Al y el propio Jonás, regresaban de una noche de juerga, en medio de discusión que tenía parte de verdad y parte de broma, una característica bastante relacionada con el alcohol. De hecho estaban compartiendo una bebida para el camino, la cual contenía un vaso de plástico con capacidad para un litro. No hablaban demasiado fuerte, aunque sus voces retumbaban en el vacío de las callejuelas del regreso, por las que no se veía a mucha gente, si acaso algún que otro trasnochador que no se interesaba por lo que ellos estaban hablando. La voz de ambos se había convertido en un soniquete muy influenciado por el clásico tonillo que impone un exceso de bebida.

- No te entiendo, Jonás… Tú querías quedar con Penélope… Pero ya lo has hecho, ¿no? La has invitado a cenar, todo un detalle por tu parte. ¿Por qué no le pediste que te invitara ella al postre?

- Coño, ya empiezas a hablar como ella…

- Será porque he pasado más tiempo con ella… Pero, ¿acaso no era lo que buscabas? ¿Hacer de celestino? Tampoco es que vivamos una luna de miel, tío, hemos echado solo unos pocos polvos, aunque alguno muy salvaje, y en algún otro se nos olvidó el condón…

- ¿Te importaría no decirme esas cosas cuando estoy compartiendo el cachi contigo?

Al cogió la bebida, escupió dentro y se la devolvió a Jonás.

- ¡No voy a permitir que desprecie mi saliva alguien que se ha enrollado conmigo!

Jonás miró alrededor, por si pasara alguien. Desde aquella noche Al y él no habían hablado demasiado claramente sobre lo que había ocurrido entre ellos. Bebió un trago, para que viera que ni despreciaba su saliva ni la noche que pasaron juntos.

- Te conozco, Jonás, creo saber qué buscas. ¿Alcanzar la estabilidad, tal vez? Estoy seguro de que podrás conseguirlo, gracias a tu talento y tu trabajo. Por lo que se refiere a tu vida privada… No, no busques donde no tienes que buscar. Ella no es uno de tus experimentos. Yo tampoco.

- Entonces ya tenéis otro punto en común…

- Para bien o, seguramente, para mal. Somos inestables, Jonás. Tú podrás serlo en ocasiones, pero nosotros lo llevamos ya en la sangre. ¿Con quién podría ser compatible ella? Con gente como yo, con gente que también padece un frágil equilibrio mental y, por tanto, sabe a lo que se está enfrentando.

- Ese desequilibrio no está solo en vosotros. A mí me estáis arrastrando hacia él.

- ¿Solo eso? Y entonces, ¿por qué no te apartas de nosotros? ¿No será que tenemos algo más que ofrecerte? Jonás, por mucho que lo intento no llego a entender qué significa ella para ti. Y lo peor de todo es que tampoco se qué significo yo para ti.

Jonás se sentó en un banco cogiendo el vaso, Al le imitó. Tras beber, miró a su amigo intentando parecer más sereno de lo que estaba.

- Al, creo que esta conversación va más allá de lo que podríamos considerar la típica filosofía de dos amigotes que vuelven a casa tras coger una trompa.

- Tú y yo no somos amigotes, aquí no hay filosofía que valga. Solo veo cierta actitud esquizofrénica en la que ni tú quieres follar conmigo, ni tampoco quieres que yo folle con ella.

- ¡Yo jamás he dicho eso!- protestó Jonás.

- No es necesario… Tú la quieres solo para ti y yo no te lo reprocho, pero sí voy a desanimarte. Eso no es posible, señor Pigmalión, esa chica modela pero no deja que la modelen. De todos modos, si consideras que soy un obstáculo entre vosotros, creo que podré quitarme de en medio.

Jonás le arrojó una mirada cortante.

- Y yo creo que ciertas cosas no deberían decirse ni bajo los efectos de la colonia que nos estamos tomando.

Al rió, cogiendo a su amigo por el hombro.

- No seas tonto. No me refería a eso, ¿eh? Mi época como bisexual suicida ya ha quedado atrás. Me refiero a quitarme de en medio en el sentido del que te hablé: largarme, alejarme del mundanal ruido.

Jonás esbozó una sonrisilla burlona, casi imperceptible.

- Hoy me permitirás que sea yo también charlatán y te diga: no te creo.

- ¿Que no me crees? Espero que seas más charlatán en tu explicación.

- Mira, Al, a lo largo de nuestra amistad me has contado bastantes cosas que yo no he podido creer, a menos que pensara que acabarías en un manicomio.

- Como en efecto acabé, poco tiempo por fortuna.

- En ocasiones me arrepentí de no creerte, como en tu intento de suicidio. Pero en otras muchas sencillamente tus ideas, tus proyectos, todos esos descabellados propósitos de los que hablabas acababan en la papelera de reciclaje de tu ordenador mental, por así decirlo.

Al sacó de su bolsillo trasero una libreta Moleskine negra.

- Apuntaré esa metáfora…

- ¿Por qué tendría que creerte ahora? ¿De verdad voy a creer que vas a ir al monte abandonando la carrera, a tu familia, que me vas a abandonar… y a ella también? Suena a otro de tus intentos para llamar la atención. ¿Qué encontrarías allí, Al?

Fuera para meditar o no una respuesta, su amigo permaneció en silencio contemplando las estrechas calles que les rodeaban, con unas paredes sucias por los carteles, pintadas y algún que otro desperfecto provocado por los viandantes que volvían de juerga como ellos. Jonás pensó en un primer momento si no estaría mareado, con ganas de vomitar; en ese caso la cosa no sería tan inusual, él mismo podría acabar de tal modo si continuaba bebiendo. Al estaba ebrio pero no inconsciente, su mirada regresó para cruzarse con la de Jonás.

- ¿Encontrar? Bueno, quizá me encuentre a mí mismo, al margen de todo y de todos, al margen de mis seres queridos entre los que tú te encuentras. Hay algo fabuloso en la naturaleza, y es su objetividad. Soy humano, me gusta vivir entre humanos, pero estos tienen la irremediable manía de juzgar, comentar, valorar… y castrar. Sobre todo a los castrados, a ellos les encanta castrar. En realidad, no creo que haya un solo sitio en este país en el que me encontrara fuera del alcance de los hombres, es lo que tiene esta civilización moderna. Sin embargo, hay algunos en los que el contacto se reduce al mínimo. ¿Por qué no? Cabras, piedras, árboles, arroyos, montañas… No juzgan, no comentan, no valoran, no castran. Se limitan a cumplir con la tarea que les ha encomendado la naturaleza, aunque no sean conscientes de ella. Habrá quien piense que por vivir de esa manera uno puede volverse loco pero… ¿Y aquí? Observa estas paredes, Jonás, observa estas calles; tampoco sienten, tampoco juzgan, pero noto cómo me oprimen. Son calles y paredes sucias, propias de una ciudad sucia, sí, aunque se crea limpia. Mejor es volver a la pureza de los orígenes. ¿No me crees? Pues no te culpo. Sí, en el pasado te mentí, Jonás, mentí a mucha gente. Pero, en realidad, ¿podríamos hablar de mentira? No creo. Hablemos de inestabilidad, como te dije antes, de esa carga tan inevitable tanto para ella como para mí. No es tanto mentir como cambiar de opinión, a veces en segundos. La veleta gira y gira… Pero ahora quedará quieta, Jonás. No creas que el alcohol habla por mí, como tampoco habló por ti la última noche.

Al no evitó que un par de lágrimas silenciosas se desplazaran por su rostro; Jonás lo vio y se las borró con su dedo índice, apretándose contra él de forma más envolvente.

- Tengo que irme, Jonás… Temo, temer también es humano. Temo a los cerdos. Y no a los cerdos en cuanto animales, sino temo empezar a ver esas grotescas mutaciones que ya conocemos en cada persona que se cruce conmigo…

- No es posible- objetó Jonás, queriendo interrumpirle por primera vez- ¿Como ella? Pero ella plasmó esos cerdos en sus cuadros, Al, no los veía en la realidad.

- ¿Estás seguro? Sí, aparecían en sus cuadros… ¿Y de dónde los sacó? ¿De sus pesadillas? Pero las pesadillas también pueden tenerse estando despierto, amigo mío. Por eso no hay ninguna necesidad de tener celos. Ella y yo estamos más unidos, sí, por experiencias comunes que tú no has tenido nunca y ojalá nunca tengas. Hazme caso, Jonás, aléjate de ella. Yo ya me alejaré de ti por mi propia cuenta. No te arriesgues a venir por nuestra senda. Encuentra trabajo, encuentra pareja. Yo estaré bien y, si no lo estuviera, jamás me iré de este mundo sin despedirme de ti, a menos que me lo impidan. Me siento afortunado, Jonás… Algunas de las cosas que quería decirte ya te las dije, quizá no con palabras pero en todo caso te las dije. Ahora es momento de partir. Me iré antes de lo que imaginas. Y no trates de impedirlo, si lo que quieres es mi beneficio y no lo contrario…

Al se puso de pie, dispuesto a marchar aunque Jonás le sujetaba por el brazo.

- ¡Al! Vale, haz lo que creas oportuno pero… ¿Por qué me dejas ahora?

- Porque no me gustan las despedidas. Y creo que esta noche ya me he puesto más sentimental de lo que me hubiera gustado. No te preocupes, el camino es corto. En eso sí me gusta esta ciudad.

Jonás le dejó irse, mientras se quedaba a solas en el banco, con la bebida. En el breve lapso de tiempo durante el que terminó esta, no se molestó en asumir ninguna de las abundantes palabras de su amigo. Tampoco lo hubiese logrado.

martes, septiembre 07, 2010

A una semana.

A una semana del examen me siento cansado, no de estudiar sino de esperar el propio examen. ¡Suerte que la espera llega a su fin! Veo remota la hipótesis de suspender; en febrero me faltó tiempo, que ahora he tenido en cantidad suficiente para prepararme. Una planificación en este sentido me ha permitido no agobiarme y mantener suficientes ratos de ocio, pero también necesito un pequeño cambio de aires como el que pretendo darme en Madrid. Así pues, amigos de la capital, allí espero veros, como por ejemplo a Hopewell, a quien aprovecho para felicitar en su primer cumpleaños como padre. Os recomiendo que os paséis por su blog, está retomado y siempre goza de un contenido interesante. Yo pronto terminaré de colgar lo que llevo escrito de novela y entonces ya veremos si puedo continuar con esta o qué sucede con este espacio que ya va a cumplir nada menos que cuatro añitos...

sábado, septiembre 04, 2010

LOS CERDOS. Entrega 23.

Al Jonás solitario le sirvieron su plato principal, un cochinillo cocinado al estilo chino, no al estilo del mesón de sus padres. Cuando vio la inerte cabeza del puerquito, Jonás sintió un escalofrío, y un amago de náuseas antes incluso de empezar a comer, recordando la grotesca visión que había tenido en el locutorio. Miró a la camarera, por si acaso también fuera a percibir deforme su atractivo rostro oriental, no obstante la joven china le sonrió desde sus tersas facciones. Jonás bebió cerveza y trató de sosegarse un poco. Luego probó la carne que, al margen de otras consideraciones, encontraba deliciosa.

Jonás y Penélope degustaban varios platos en los que el cerdo, si aparecía, era agridulce y sin rostro identificable. Penélope tenía cierto manejo en el uso de los palillos, había tratado de impartir unas nociones básicas a Jonás pero los alimentos se le caían antes de llegar a la boca. Además, Penélope le notó tenso, y no por su poca pericia a la hora de usar esos instrumentos.

- Vamos, Jonás, escupe, y no me refiero al cerdo. Tienes algo que contarme, ¿no?

- Y no se cómo decirlo…- añadió Jonás, regresando al tenedor y la cuchara- Bueno, si se, solo estaba esperando el momento oportuno, gracias por ayudarme. Prefiero ser sincero, aunque me suele costar, y disculparme porque ayer no llamé a Al para que viniese a la fiesta.

- ¿Solo eso? Pero si ya me lo imaginaba…

- ¿Insinúas que no se mentir?

- Insinúo que eres muy susceptible, je, je. Vamos a ver, Jonás, estás confundiendo varios aspectos. Primero, no creo que él y tú seáis siameses como para tener que ir de la manita a todas partes… En segundo lugar, él ya sabía de sobra que yo iba a tener esa fiesta. Pero, aunque parezca mentira, ja, ja, Al todavía estudia y cada vez se toma más en serio su carrera. No pudo ir, pero le hubiera encantado.

A través de sus palabras, Jonás supo que su amigo y ella mantenían el contacto, al margen de él; nada que no hubiera imaginado ya.

- Yo no soy posesivo, Penélope… No quisiera que me juzgaras mal. Pero es que con vosotros siento una sensación… Bueno, parecida a la que sentí ayer, como de estar fuera de mi mundo. No me siento inferior, desde luego, me siento fuera. En ocasiones también me pasa con Al, pero con él he desarrollado una larga amistad y por eso no importa que a veces parezcamos de realidades opuestas.

- Natural… No quiero hacerme la lista, pero es evidente que tú al principio no tenías el menor interés en mí. Querías juntarme con tu amigo porque, como has señalado, nuestros mundos están más cercanos. Pero la vida no siempre es tan lógica, Jonás. Luego vinisteis a mi casa y pasó lo que pasó. Ahí está la clave. ¿Qué pasó? Ni tú estás saliendo conmigo, ni lo está haciendo Al. Vivimos un triángulo pero no un triángulo amoroso, luego no hay razón para los celos… Trata de mirarlo como una de tus fórmulas químicas: vosotros dos sois complementarios, por eso me gusta estar con vosotros. No quiero dos novios, ni un novio, solo espero que en el futuro podamos ser tres grandes amigos, y que hagamos lo que nos de la gana.

- Ojalá sea así, pero no veo esto tan fácil…

- Nadie dijo que lo fuera- comentó Penélope.

- Me alegro de que seas mi amiga, porque necesito tu ayuda. No entiendo algunas de las cosas que me están pasando últimamente. Por ejemplo, la noche que estuvimos los tres juntos. Mira, no voy a mentirte, me pareció un momento mágico, inolvidable… Pero no se cómo asumirlo. Me cuesta. ¿Podría entenderse también como una fórmula química?

- Ya lo creo. Dentro de esa fórmula, yo para vosotros no solo fui un fin, sino también un medio.

- ¿Un medio?

- Sí. Un medio de que llegarais a hacer algo que posiblemente no habríais hecho de haber estado los dos solos.

- ¡Penélope!

- Vamos, no te enfades porque te abra un poco los ojos. ¿Qué es lo que temes?

- Temo a los sentimientos contradictorios, a los valores que se vuelven relativos… No se, temo pero tampoco me avergüenzo de temer.

- No lo hagas. ¿Qué me vas a contar a mí? Un día estás bien y al siguiente quieres cortarte las venas. ¿Qué hay más relativo que eso? ¿Temes ser homosexual? No lo eres. Y yo tampoco, ja, ja. Si lo fueras solo me pedirías consejo, pero tú quieres más que eso de mí.

Jonás se encogió de hombros, sin pretender negar lo evidente.

- No se… Quizá lo mejor sería que me dedicara a mi trabajo. Creo que es lo único que puedo dominar.

- Eso es porque tu trabajo funciona bajo unos parámetros científicos, que sin embargo no valen para la vida en general… Tendrás que ampliar tu visión, Jonás, es inevitable.

Penélope se mantuvo en silencio durante unos segundos, mientras se llevaba a la boca los palillos con un puñado de arroz. De repente sonrió ante Jonás, quien no había sabido hasta entonces qué replicar.

- ¡Qué leches! ¿Sabes qué? Para mí también fue una noche inolvidable. Mejor, mucho mejor que otras experiencias similares que he tenido. Bueno, tampoco quiero que pienses que soy una furcia… Aunque hay cosas peores que eso.

- ¿Y qué la hizo mejor, si puedo saberlo?

- Posiblemente cómo surgió. En otras ocasiones monté tríos, pero eran como un acuerdo cerrado de antemano. Sin embargo, aquella noche… ¿Sabíamos lo que iba a pasar? Yo tenía ciertas pistas, pero no podía ver el desenlace de todo aquello. Al tampoco.

- Y yo mucho menos…

- ¡Pero surgió! Parece una fantasía, pero es como si en verdad el ambiente dionisíaco del cuadro se nos hubiera contagiado.

- Por no hablar del Lambrusco…

- Sí, pero tú en ocasiones anteriores te habrás emborrachado mucho más sin llegar al punto de acostarte con tu amigo, ¿verdad?

Jonás miró a las mesas situadas más cerca de la suya, y luego asintió.

- Seguro que esa experiencia volverá a repetirse en el futuro- prosiguió ella- No quiero elegir entre vosotros. Podré estar con uno, con el otro o con los dos a la vez… Si le preguntas a Al, te dirá que nos hemos acostado más veces. Y lo hemos hecho porque él así me lo pidió. ¿Es eso lo que quieres, Jonás? Quizá sea tu orgullo el que lo impida, tu orgullo el que te está jodiendo.

- Suele hacerlo bastante…- reconoció él.

- Entonces ya sabes cuál es el problema. Tú, él… Cada uno me gustáis de una manera. Pero no podéis atarme, eso no es posible. ¡Ya intentaron hacerlo! A lo largo de mi vida ya he sufrido demasiadas presiones, demasiados hilos que quisieron manejarme y al final todo eso me llevó al borde la muerte… Creo que ahora estoy en la cúspide de mi libertad, sí. ¿Por qué voy a renunciar tan pronto?

- No deberías hacerlo- comentó Jonás, queriendo ser comprensivo aunque su voz dejaba traslucir un suave tono de amargura- En fin, creo que debería llamar a Al, será lo mejor. ¿Me permites que le cuente la conversación que hemos tenido?

- Si lo ves necesario… Pero ten en cuenta que, lo mismo que te he dicho ahora, se lo he dicho él, aunque sea con otras palabras. Creo que sería más necesario que hablarais de vosotros, no de mí. A mí me acabas de conocer, Jonás, pero lo que hay entre vosotros tiene más largo recorrido, sea lo que sea. Ojalá puedas averiguarlo, pero te digo de entrada que eso tampoco será fácil.

- Lo se…

Jonás salió del otro restaurante chino. Esa noche no había bebido demasiado aún, sin embargo pareció deambular sin rumbo fijo por las céntricas calles adyacentes al local.

miércoles, septiembre 01, 2010

LOS CERDOS. Entrega 22.

Finalmente Jonás abandonó el locutorio y, lejos de poder ir a descansar como quería, fue necesario el realizar alguna que otra compra. Luego, cargando con las bolsas, regresó a su edificio en medio de una pesadumbre que el calor agravaba. Supuso que, al igual que la noche anterior, el subir los escalones iba a constituir toda una prueba olímpica para él, con el hándicap de llevar esos lastres. Una prueba absurda, como en general le estaba resultando toda aquella jornada. Tan penosa era su ascensión que una anciana que bajaba en sentido contrario, apoyándose tanto en su cachava como en la barandilla aunque por motivos diferentes a los suyos, no tardó en cruzarse con él. Jonás la reconoció, era la misma viejecita que no le había devuelto el saludo cuando llegó por primera vez al edificio. Jonás, por si acaso la hubiera juzgado mal, sacó a relucir de nuevo su cortesía, aunque en sus condiciones le resultara complicado.

- ¡Hola!- dijo, de un modo lo más alegre que pudo.

La anciana volvió a pasar delante de él, sin mirarle y sin separar los labios. Jonás no quiso entonces pensar que tal vez ella tuviera motivos para ignorarle y, decidido a darle un escarmiento en nombre de todos los vecinos maleducados, dejó las bolsas en el suelo y gritó:

- ¡He dicho HOLA, joder!

De esa manera, si la señora tuviese problemas de oído podría haberle escuchado a la perfección. Jonás pensó que probablemente no los tuviera, puesto que su grito, como una onda expansiva, casi dio con sus frágiles huesos en la escalera. Ella, aterrada, se dio la vuelta y masculló algo que parecía un saludo, aunque Jonás no pudo escucharlo. De todos modos se dio por satisfecho.

- Que tenga un buen día, señora- añadió, con una sonrisa, y luego continuó subiendo. A la altura del piso de Ari, la colombiana salió como si le estuviera esperando, aunque quizá no fuese más que una coincidencia.

- ¿Qué tal estás?- se interesó su vecina.

- ¡Buf! Ya me gustaría decirte que bien, pero, tras lo de anoche, pensarías que estoy mintiendo, je, je. Sin embargo tú debes de tener buena resistencia a tu cóctel de ron.

- ¡Pues claro chico!- respondió ella, entre carcajadas- ¡Yo soy la autora y yo tengo el antídoto, ja, ja! ¿Qué llevas ahí? ¿Comida o bebida? ¡Ja, ja!

- Mira, no quiero ni recordarlo, solo se que llevo algo que me pesa más hoy de lo que me pesaría cualquier otra vez.

- ¿Te ayudo a subirlas? Te debo un favor…

Jonás se mostró estupefacto.

- ¿Un favor? En todo caso te lo deberé yo a ti, por lo bien que me trataste anoche. ¿Por qué te lo debo?

Ari debió de pensar que Jonás se estaba haciendo el sueco.

- Bueno… Las noticias vuelan, y más en un vecindario pequeño como este. Mucha gente se ha enterado ya del susto que le metiste a esa niñata… Y la verdad es que, como vecino nuevo, les empiezas a caer muy bien, Jonás. Hay mucha gente que no soporta a esa parejita, pero no todos están dispuestos a enfrentarse al novio…

- ¿El novio? Quieres decir… ¿La choni y el otro? No se muy bien de qué me estás hablando…

Ari le guiñó un ojo, dándole una palmadita en la espalda.

- ¡Ay! Mira que eres modesto, desde luego que quien acabe contigo se llevará una joya, ¡ja, ja! Esta noche estás invitado a otra jornada de pollo y ron, bueno, con más pollo que ron, que todos los días no puedes acabar como hoy, ja, ja.

- No debiera, desde luego. De todos modos creo que no voy a poder, Ari, tengo comprometida otra cena…

Por el rostro de la mujer pareció verse por un segundo la decepción, pero al instante ya lo había distorsionado en una mueca burlona.

- ¡Ajá! Muchas citas tienes tú, ¿no? ¡Picarón! Bueno, bueno, pues que la disfrutes, y no bebas demasiado. No te pregunto más detalles que luego me llaman marujona… ¡Ja, ja! Eso sí, si la cena te dura poco y te quedas con hambre, ya sabes dónde estoy.

Jonás le dio las gracias y, sin aceptar su ayuda, ya se disponía a subir las bolsas cuando Ari le llamó por última vez.

- Nos vemos esta tarde en el curso, ¿verdad?

Jonás lo había olvidado por completo, de ahí que su reacción fuera muy natural.

- ¡Oh! Hoy no tengo la cabeza en su sitio, desde luego… ¡Sí, nos vemos!

Jonás mintió, había tomado bastante antes la decisión de no asistir. En algo no mintió, y fue en decir que tenía una cena comprometida. Lo que no concretó a Ari es que el compromiso lo había adquirido consigo mismo, nadie más estaba invitado a ese evento. Esa noche Jonás se dirigió a un restaurante chino situado en una zona céntrica de la ciudad, y, aunque acudiese de forma solitaria, no por ello había descuidado su aspecto, llevaba una americana y camisa. Al entrar pidió mesa para uno a la joven camarera, sin por ello sentirse peor. Esta, con la cortesía que ya había comprobado en ese tipo de establecimientos, le acompañó hasta una pequeña mesa, bastante acogedora teniendo en cuenta que el local era céntrico y solía estar bastante abarrotado.

Jonás comenzó a mirar la carta, sin demasiado interés. Tenía una cierta idea mental acerca de lo que quería, así que fue pasando las fotos que la ilustraban hasta que encontró el plato adecuado, que pidió a la camarera. Para beber, tentó a la suerte y preguntó que si tenían Lambrusco. Como imaginaba, la joven ni siquiera pareció entender sus palabras, así que se conformó con una jarra de cerveza, pensando que Italia estaba muy lejos de China. Que se lo digan a Marco Polo, hubiera añadido Al de haber estado en aquel momento con él.

A Jonás no le importaba estar solo porque, como había planeado, quería volver a sumergirse en recuerdos de escenas que habían transcurrido en un escenario semejante al que se encontraba en aquel instante, aunque situado en otra ciudad. Penélope había aceptado su invitación para cenar asimismo en un chino. Por aquel entonces, también vestido con esmero, Jonás se encontraba en una mesa para dos, leyendo también la carta, no tanto para encontrar algún plato que le convenciera sino para disimular sus nervios. No quería caer en el pesimismo por adelantado, pero sabía que ella había salido la noche anterior, y que existían ciertas posibilidades, comprensibles hasta cierto modo, de que se rajara, aunque en ese caso él esperaba que tuviera la bondad de avisarle. No obstante, tampoco llevaba un retraso considerable.

De repente apareció, vistiendo de un modo sencillo pero atractivo a la vez. Antes que en la ropa, Jonás se fijó en su rostro, que estaba casi libre de ojeras y otros signos de juerga nocturna. Penélope no parecía muy aficionada al maquillaje, pero él pensó que quizá esa noche hubiera querido recurrir ligeramente a ese truco. ¿Para él? Sonaba vanidoso por su parte.

- Mucho me miras- dijo Penélope entre risas, después de saludarle- ¿Estoy mona?

- ¡Mucho! No es que me extrañe por eso, es solo que no tienes cara de haber salido hasta las tantas.

- Bueno… Todo es relativo, Jonás. Salí, pero tampoco fue para tanto. De todos modos, no todas las personas tenemos las mismas necesidades de sueño. Durante mucho tiempo la noche ha sido una aliada para mí, el momento ideal para dar rienda suelta a mi trabajo y plasmar mis pesadillas… Me he acostumbrado a dormir poco.

- ¡Qué chollo! Yo soy bastante marmota, pero es un vicio que suelo moderar.

- Bueno, para estudiar tanto tendrías que sacar horas de donde pudieras, ¿no?

Jonás rió con desgana, como de un chiste que ya le hubieran contado varias veces.

- En fin. Lo cierto es que no he estudiado tanto como muchos pensáis. Yo creo que la vocación es lo importante… Si no me gustara mi carrera, ya podría haber estado años y años, todavía andaría entre Segundo y Tercero. He tenido suerte. Y hoy también.

- Ja, ja. Vamos, caballero, que no estás en el Palace. ¿Tienes suerte de tenerme hoy aquí? Bueno, a mí me hubiera gustado tenerte un poco más anoche…

- Eso me pareció. Luego pensé que me tendría que haber quedado algo más, sin embargo me dio la neura, debería saber adaptarme mejor a ese tipo de ambientes.

- No te disculpes, cariño. Aquí nadie está libre ni de neuras ni de demonios. Te lo diré yo… ¿Has mirado ya la carta?

- Estaba en ello…

lunes, agosto 30, 2010

LOS CERDOS. Entrega 21.

Cuando su mente regresó al locutorio, comenzó a pensar que su ardiente fantasía le estaba jugando una mala pasada, que le estaba cegando. ¿Por qué Penélope tendría que haberse acostado, a cambio de alabanzas, con ese crítico pedante que apenas era conocido fuera de su ciudad natal? No podía separar sus ojos de las fotos del blog, de los porcinos rostros que había diseñado Penélope. La chiquillería que le rodeaba no había parado de armar jaleo en ningún momento, y, de la pantalla del ordenador, Jonás desplazó su mirada hacia ellos, deseando que de ese modo pudiera transmitir todo el odio reconcentrado que sentía. De pronto, no supo si motivada por la resaca o por el estado de agitación en el que se encontraba, Jonás comenzó a notar una metamorfosis en los niños: sus infantiles rostros empezaron a deformarse, los tiernos dientes se afilaban hasta convertirse en colmillos, las orejas se alargaban de modo notable y, aunque la visión no llegaba al extremo de los cuadros de Penélope, adquirieron una naturaleza más propia de cerdos. Los niños gritaban y reían, como antes, pero para Jonás parecía que estuviesen gruñendo.

Asustado de su propia visión, que no sabía entonces cómo interpretar, Jonás volvió la vista a su ordenador, centrándose en su perfil dentro de una red social. Buscó en él una foto que formaba parte de las que se habían tomado en la fiesta de clausura de un curso de arte al que se había apuntado Penélope, al margen de su carrera oficial. El evento se había celebrado en la misma galería de la exposición de la artista. A través de las fotos Jonás echó un vistazo a los compañeros del citado curso, la mayoría con un previsible aspecto de bohemios y estrafalarios en cuanto al atuendo. También estaba el crítico, que no lo era menos. Aparte de la mencionada boina y gafas, Hitch fumaba en su pipa y llevaba una vieja gabardina que podría haberle cogido a su abuelo, como en efecto había sucedido aunque Jonás no lo supiera.

Él no aparecía en demasiadas instantáneas de aquellas, en las que sí lo hacía ostentaba una sonrisa un tanto forzada, puesto que no se hallaba como pez dentro del agua. Daba la impresión, antes bien, de que Jonás se había mezclado con ellos, como un espontáneo que aparece en medio de una foto de repente. Mientras se le acababa el saldo para navegar, y sin querer volver a observar a los extraños niños-puercos que no dejaban de chillar dentro de su batalla interminable, Jonás recayó en la abstracción, remontándose a un recuerdo real, que él mismo había vivido. Volvió a aquella noche en la que su imagen había quedado registrada de esa manera, a la fiesta de fin de curso de Penélope, a la que él llegó, en esa ocasión, solo.

Cuando Jonás apareció por la galería, quedó un tanto extrañado por la presencia de tanto variopinto personaje. Penélope, que estaba departiendo con todos ellos, yendo de un corrillo a otro con la soltura de una abejita, hizo un aparte para ir a hablar con él.

- ¡Hola!

- ¡Hola!- antes de que Penélope se le adelantara, Jonás se apresuró a justificar la ausencia del amigo- Me temo que Al no ha podido acompañarme.

Jonás no pareció muy creíble, pero tampoco demostró la clásica actitud de alguien que está mintiendo, y que en cierto modo sufre por esa mentira. Penélope no necesitó que le diera explicaciones, y él tampoco estaba dispuesto a dárselas.

- Oye…- añadió Jonás, casi en susurro- Me imagino que te lo estarás pasando muy bien con tus compis, pero, ¿te apetece ir a cenar luego? Estoy dispuesto a invitarte pero, con la cuantía de mi beca, creo que nos dará para ir a un chino… ¡Je, je! Si no te importan todos esos tópicos sobre su comida creo que podría ser agradable.

- ¡Me encanta el chino! Me encantará ir contigo cualquier noche, Jonás, pero esta… Ya sabes, es la fiesta de clausura del curso, será mejor que no me separe mucho del rebaño, luego saldremos todos de fiesta y si quieres puedes unirte. No querría que ellos pensaran, viendo los cuadros, que odio la sociedad y no quiero integrarme en ninguna clase de grupo…

- ¡Ya te estás integrando!- comentó Jonás- Yo aquí, a bote pronto, me siento un poco perdido. Sin duda pintaría, nunca mejor dicho, Al aquí mucho más.

- Oh, vamos, Jonás, ya te iré presentando a la gente de aquí poco a poco. Por cierto, ¿notas algún hueco en la galería?

- Hum…

- No busques, je, je. Ya te he reservado el cuadro que te prometí, y Al me tendrá que indicar el suyo. Quizá sea necesario que poséis otra vez para mí, aunque tal vez no tenga que molestaros.

Jonás estuvo tentado de preguntar si la sesión incluiría cena… y postre. Sin embargo, prefirió renovar su propia invitación a cenar, para la noche siguiente.

- ¡Muy bien! Mañana cenamos, aunque quizá tenga que enfrentarme a una buena resaca… Bueno, pero no habrás venido solo por eso, ¿verdad? Quédate aunque sea un rato, hombre, que conozco por aquí gente muy interesante… Mira, hablando de eso… ¡Hitch!

Penélope llamó al crítico, que saludó a Jonás sin, desde luego, quitarse las gafas de sol, con cierto aire de superioridad.

- Este- señaló Penélope- es Hitch, uno de los críticos multidisciplinares más influyentes de nuestra pequeña ciudad, de los pocos que han trascendido el ámbito de la misma, de los más independientes y, por ello, de los más odiados, sobre todo a nivel local.

- ¿Hitch?- preguntó Jonás intrigado.

El crítico le miró como si él mismo se preguntase: ¿A qué clase de mentecatos me presenta Penélope? Esta aclaró un poco las cosas.

- Sí, viene de Hitchcock. Ya sabes, el director de cine.

Jonás meditó un rato al respecto.

- ¡Ah! Ya, ¿ese tío calvo y gordo que aparecía en una vieja serie de televisión?

- Sí- confirmó Hitch fríamente- También es el mejor cineasta de todos los tiempos y, en general, uno de los grandes genios de la historia contemporánea.

Jonás no pareció conmoverse mucho por esta declaración.

- Penélope me ha hablado un poco de ti- dijo Hitch- Es pronto para que te juzgue, desde luego, pero da la impresión de que sabes apreciar el buen arte, aunque tu lado creativo no se haya despertado aún de su letargo. ¿Qué te parece la exposición de tu amiga? ¿No crees que, en ella, se conjugan a la perfección tanto la belleza como el talento, constituyendo un insulto para el resto de los mortales?

- Oh, Hitch…- protestó ella de forma leve.

- Puede que tampoco tenga muy desarrollado mi lado crítico- comentó Jonás- Pero, si lo tengo que decir en pocas palabras, diré que me encanta.

- ¿La exposición o ella?- apuntilló Hitch.

- Ambas- confesó Jonás, mirándola a los ojos. Había decidido que, si ese estrafalario personaje se ponía en plan pelota, él no iba a quedar atrás.

- Bueno, chicos, creo que ya habéis complacido bastante a mi ego- indicó Penélope- Ahora vamos a divertirnos. Por cierto, Jonás, antes de que te vayas, si es que te vas, quiero que poses otra vez para mí… Pero esta vez en una foto, je, je.

Jonás no se notaba muy cómodo en ese entorno, pero se prestó a hacer la foto grupal, y también otras como las que luego aparecerían en su perfil.

viernes, agosto 27, 2010

LOS CERDOS. Entrega 20.

VII

Jonás, antes de rendirse definitivamente a la bebida la noche anterior, fue consciente de que podría arrepentirse al despertar, aunque no respecto al curso, ya había decidido no asistir ese día pese a la charla con el monitor. Su mayor remordimiento, con todo, se debía a no haber estado ágil en buscar una decente conexión a Internet. Eso le obligó a escoger alguno de los innumerables locutorios de su barrio y, con la mala suerte dándole una palmadita en la espalda, fue a topar con el de peor ambiente para su resaca.

De precio no podía quejarse, desde luego, pero tampoco el servicio valía demasiado. Había dispuestos algunos diminutos cubículos con ordenadores, la mayoría de los cuales estaban copados por un grupo de niños, conectados en red entre sí como Jonás no tardó en comprobar. Los chavales estaban inmersos en una batalla campal, cruenta tan solo en la ficción, desarrollada en un mundo de espada y brujería al que con mucho gusto Jonás hubiera mandado a aquel hatajo de chicuelos cuyos gritos le estaban trepanando la sien. En su, por otro lado inofensivo, afán de matar, los niños se chillaban unos a otros, se provocaban, se burlaban de los caídos y todo ello con una jerga preñada de palabrotas, la cual solo podía escandalizar a Jonás por el mero hecho de encontrarse bajo su alcance, y que de todos modos le resultaba incomprensible.

- ¡Hostia, maricón, ahora que tengo la espada de tres filos del Templo de Miscanandrios te voy a cortar los sesos en dos, por el poder de Mut Ul- Kronon!

- ¡Y yo invoco el poder de la semidiosa Isi Vendrilla para protegerme con un campo vital de fuerza etérea a nivel dos millonésimas!

- ¡Comemierdas, maricones, probad la fuerza del mago Gran Sumbán en su vigésimo tercera reencarnación tras purificarse en el santuario de la Orden del Basilisco Tricéfalo!

De no ser por la resaca, Jonás todavía podría haber encontrado cierta gracia en esos renacuajos profiriendo términos tan extraños como acompañados de expresiones soeces entre las que maricón era la más repetida de todas. Él no iba a darse por aludido, pese a haber abierto una pequeña brecha en su muralla, sin embargo, a través de algún vistazo fugaz, comprobó que varios de los héroes con los que los chavales jugaban en realidad tenían un aspecto más bien andrógino, ambiguo, y le pareció escuchar a Al hablando de Alejandro Magno, Hefestión y demás remotos personajes. Finalmente decidió centrarse en el asunto que le había traído al locutorio, si es que ello era posible dentro de aquella atmósfera tan enrarecida.

Abrió su correo electrónico, pero pronto su ceño fruncido dio a entender que no había encontrado lo que buscaba. Comenzó luego a deambular por varias páginas, hasta que se detuvo en un blog dedicado, al parecer, a la crítica de arte, cuyo autor firmaba como Hitch. Al encontrar ese espacio, titulado LA VENTANA INDISCRETA, Jonás disimuló una mueca de asco, aunque meditó la idea de convertirse en uno más dentro de ese locutorio y empezar también a lanzar maldiciones, por motivos nada virtuales. Se fijó en un artículo en cuyo encabezamiento había una foto de uno de los cuadros expuestos por Penélope, cuyo texto comenzaba así:

PENÉLOPE PALACIOS: CARETAS FUERA.

Es la vida de un crítico independiente multidisciplinar una existencia ingrata, malpagada (y eso cuando pagan algo), proclive a los momentos amargos… Pero también es posible encontrar diamantes en el cieno y, cuando uno asiste a ese milagro, entonces sabe que su vocación no puede estar equivocada, que aún quedan artistas sin prostituir y obras que no se crean para acabar en el urinario de algún mercachifle con poco gusto pero generoso talonario.

¡Oh, Penélope! ¡Qué dilema se presenta ante este humilde crítico! ¿Cómo fingir objetividad cuando en tu caso me es imposible? Desde que te conocí, desde que noté cómo nuestros espíritus se fusionaban en un espacio común y muy alejado de la vulgaridad reinante… Debo advertir a los seguidores de La ventana indiscreta que voy a intentar que os hagáis una idea de su talento a través de mis propias percepciones y la reproducción de su obra… Pero todo eso es insuficiente. A pesar de mis esfuerzos, queridos lectores, tendréis que ser vosotros (siempre y cuando tengáis un ápice de sentido artístico) quienes disfrutéis en persona de la creación firmada por la señorita Palacios.

(…)

Así comenzaba la crítica, quizá antes bien una adulación, y Jonás, pese a hallarse en un lugar poco propicio para la abstracción, dejó volar su mente. Esta se remontó no a un recuerdo como los anteriores, sino a un recuerdo fingido. El artículo de Hitch había provocado un brote perverso dentro de su imaginación, y comenzó a formarse una imagen mental cuyo parecido con la realidad no estaba asegurado. Recordaba no lo que había pasado, sino lo que él creía que pudiera haber pasado.

Jonás se imaginó al crítico escribiendo en un portátil, recostado en su cama. Solo llevaba encima una sábana y, pese a la desnudez de cuerpo, el rostro se hallaba cubierto por dos de sus accesorios fetiche, que al parecer no se quitaba ni en la intimidad: una boina negra, caída hacia un lado, y unas enormes gafas de sol que le cubrían media cara. Aunque era difícil adivinarlo bajo ese atuendo, el crítico solo tenía algunos años más que Jonás. En esa postura se encontraba redactando la crítica de Penélope en su blog. A su lado, en la mesita de noche, descansaba una pequeña pipa que cogió para hacer un aparte. Encendió una cerilla y aspiró una profunda bocanada de humo, que luego expulsó con satisfacción. Permaneció como pensativo durante unos instantes y luego continuó tecleando.

(…)

LOS CERDOS. ¿Es este un título vulgar para una exposición de arte? Para nada. Los cuadros de Penélope Palacios no son fabricados como salchichas, ni como latas de sopa a lo Warhol. Cada uno contiene un chispazo de la reveladora visión de su autora, una visión que desnuda al género humano hasta llevarlo a ese animalismo del que surgimos hace siglos y siglos y que, lamentablemente, la gran mayoría parece no haber abandonado. ¿Somos puercos? ¿Gorrinos, aunque en muchas ocasiones, como refleja Penélope, nos cubramos con ropajes que valen lo que kilos y kilos de chuletas? Debo confesar que yo tenía desde hace ya tiempo cierta visión animalesca de esta raza a la que, para bien o para mal, pertenezco, y al contemplar estas obras casi se me saltaban las lágrimas al comprobar que alguien me había entendido. ¡Y qué alguien! Si hay algo más placentero que conocer su arte, es conocer a la propia Penélope Palacios.

(…)

Jonás imaginó luego que, proveniente de la ducha, aparecía la propia Penélope, con una toalla enrollada en su cuerpo. Ella se acercó hacia la cama del crítico, al que dedicó un gesto cariñoso, acariciándole la mejilla, una de las pocas zonas libres de su rostro. Él, pese a todo, continuó escribiendo, como si pretendiera que la profesionalidad triunfara frente a todo, pero no por ello dejó de esbozar media sonrisa de agradecimiento hacia la joven.

miércoles, agosto 25, 2010

LOS CERDOS. Entrega 19.

De repente, notaron gritos provenientes de algún piso superior, que Jonás catalogó como los mismos que escuchara antes de su casual encuentro con Ari. En efecto, la choni y su novio estaban bajando las escaleras, casi de tres en tres peldaños y, pese a la escasa iluminación, sin caerse. Jonás supuso que ello podía deberse a que ese tipo de escenita ya había sido practicada por la pareja en otras ocasiones, constituyendo como una farsa necesaria para el desarrollo de la relación. No obstante, él no tuvo tiempo de reaccionar. La choni volvió a estar, de nuevo, en medio de su camino, tropezó con ella y estuvo a punto de caer al suelo de no haberse anclado a la barandilla. El novio la iba persiguiendo como un hombre de las cavernas sin garrote. Eso le pareció a Jonás, un joven que necesitaba alardear de masculinidad sobre todo cuando otro joven de su especie, constituyera o no una amenaza, se atravesaba en el camino de su novia. Jonás solo tuvo tiempo de vislumbrar a un chaval con el pelo de punta y un físico nada espectacular, quizá definido en un par de días de gimnasio a la semana y realzado con una camiseta de tirantes.

- ¡Aparta, idiota!- aulló, mientras su novia se paraba. Curiosamente, Jonás le había dado la oportunidad de escapar pero ella no la había aprovechado, confirmando que todo ello no era más que un paripé.

- Ten un poco de cortesía con los nuevos vecinos- le espetó Ari, encarándose con él.

El novio observó de reojo a Jonás, riendo con desprecio.

- ¿El nuevo vecino? ¿No será más bien tu nuevo chapero, mona Chita?

Ari no era la novia de Jonás, y este no tenía la menor intención de hacerse el gallo delante de ella, no obstante en su estado no iba a dejar impunes esos insultos.

- La mona Chita en realidad era macho- dijo- y seguro que tenía más cojones que tú.

El novio se quedó inmóvil, ciertamente sorprendido porque en su limitado cerebro no entraba la posibilidad de que alguien a quien había catalogado como inofensivo pudiera rebelarse.

- ¿Qué dices? Hablando de cojones, por menos que eso se los he cortado yo a otros y luego se los he servido en bandeja para que se los comieran.

- Mejor te los cortas tú- añadió Jonás- Nos harías un favor, no es de justicia que subnormales como vosotros deis hijos a esta sociedad.

Ari conocía un poco al novio de la choni, no con agrado, sabía que tenía mucho de perro ladrador pero que podía ser peligroso especialmente si alguien ponía en duda su hombría delante de su novia. Temió no que le pegara un puñetazo, sino que sacara una navaja cuyo filo ya había visto brillar en alguna ocasión. Con todo, su novia no le estaba jaleando, ni mucho menos. Ella había insultado a Jonás cuando este llegó al edificio, pero, cuando se chocó contra él, pese a su aparente debilidad, pese a que hubiera caído de no ser por la barandilla, notó que de sus ojos emanaba una sensación amenazadora que la había intranquilizado aunque no supiese explicar por qué.

- Escúchame- dijo el novio, con voz calmada- no se quién eres, de dónde vienes ni si vives aquí… Tampoco se si eres siempre así o es que, como parece, llevas un pedo que no te sostienes. Vamos a dejarlo por esta noche pero, si te vuelvo a ver en esta casa, te pediré disculpas, disculpas y quizá algo más por las molestias que nos has causado. ¿Entiendes? No te perdono, pero ya es tarde, desaparece y si de verdad eres vecino ya pondremos las cositas claras.

Luego cogió a la choni del brazo, con violencia como si fuera cualquier objeto, y la llevó casi a rastras hacia arriba sin que esta se resistiera demasiado.

- Por cierto- añadió el novio dándose la vuelta para dirigirse a Ari- Vigila a tu nuevo amiguito. Y tú ándate con ojo. No te creas que me da miedo el otro gorila al que has puesto los cuernos.

Cuando la pareja se perdió de vista, Jonás no supo bien qué decir.

- Bueno… ¿Entonces es ahora necesario que me quede contigo?

Ari lanzó una carcajada.

- No te preocupes por ese. Con la chavala no pierde el tiempo de proclamar lo hombre que es; pero quizá a partir de ahora tengas que andar un poco con cuidado.

- Lo mejor hubiera sido hacer oídos sordos, como hice con la tonta de su novia, pero… En fin. Un poco de alcohol me suele ayudar, un mucho trae consecuencias nefastas. De todos modos, si no me hubiese enfrentado a él quizá me habría subestimado. Eso sería peor. Te agradezco, eso sí, que te encararas con él. Te tengo que estar agradecido por tantas cosas esta noche… ¡Je, je! Ahora toca descansar.

Jonás permitió que Ari le acompañara hasta la entrada a su terraza, pero nada más. No quería pasar por algo que en ese momento no era, un borrachín perdido a quien tienen que acostar en su propia cama, con ropa y todo. Se despidió de ella con dos besos y la impresión, eso sí, de que al día siguiente no iban a coincidir en clase. Aunque la bebida le ayudara, creyó que no iba a pasar buena noche por el calor y, sobre todo, por el confuso huracán de sentimientos que se abatía sobre una situación anímica ya de por sí quebradiza. ¿Podía enfrentarse desnudo a esos vientos inmisericordes? ¿O dar más combustible al vehículo con el que trataba de huir de ellos? Esta última opción era accesible en el caso de que, como había imaginado, hiciese pellas. Se dirigió al congelador para buscar hielos.

Al día siguiente la choni tenía que trabajar, y para ella no había ninguna opción de pirarse una jornada de empleo, un empleo que cada vez escaseaba más. Dejaba a su novio durmiendo como un bebé. El descanso del guerrero… Tras el encuentro con Jonás y Ari, él había hecho el amor con resentimiento, pero no con violencia. Ella encontraba atractiva su agresividad… siempre y cuando la demostrara con otros y, si lo hacía con ella, que no pasara de ser algo inocuo, como una fase del cortejo que repitiera de vez en cuando para que su relación no se enfriara.

Guardó su uniforme de cajera en un macuto. El uniforme era lo de menos, lo que tendría que arreglar era su agraciado, pero maltratado, rostro. De poco le era útil la lozanía de su juventud si las ojeras delataban su ajetreada noche y si el alcohol, el tabaco y otras drogas de uso no tan diario repercutían sobre la misma. Todas esas marcas se difuminaban bajo varias capas de maquillaje, que ella aplicaba de modo rutinario frente a un espejillo antes de salir de casa, y más tarde repasaría de forma fugaz antes de incorporarse a su puesto. Cuestión de imagen, aunque luego esta solo sirviese para aguantar los piropos que con mayor o menor gracia dejaban caer los jubilados y algunos hombres solitarios, por no hablar de su obeso y obseso encargado, que parecía reprimir toda su energía testicular para no darle una palmadita en el trasero en cualquier momento de disimulo.

Eso era lo que había por el momento, así que la joven, para aliviarse durante el breve recorrido hasta el metro, volvió al vicio del pitillo, que ya estaba encendiendo al abrir la puerta de su casa. No obstante, al pisar el felpudo con su fina sandalia notó que un objeto, quizá varios, de extraña forma sobresalía debajo del mismo, clavándose en su pie. Gruñó y, aspirando la primera calada del cigarro, levantó el felpudo de un tirón. Entonces, escupió el pitillo encendido pues un grito de pavor se abrió paso dentro de ella sin que pudiese controlarlo. El aullido se elevó por el patio, donde seguramente sería mal recibido por aquellos que aún no habían necesitado levantarse. La choni miró hacia abajo, con la mano tapándose la boca y un par de lágrimas en sus ojos mientras, dentro, su novio roncaba con placidez.

Los objetos que había debajo del felpudo no eran otra cosa que varias cabezas tanto de pollo como de conejo, alineadas y observándola a través de sus ojos inertes, carentes de sentimiento. Ella se había clavado en su sandalia el pico de uno de estos pollos y, aunque la planta de su pie no había sufrido daños, el golpe psicológico había sido mucho más duro, hasta el punto de que estuvo por desmayarse, regresó dentro de su piso para sentarse durante algunos segundos. Pensó en coger una baja, pero, ¿con qué motivo? ¿Porque alguien había llenado su felpudo de animales muertos? Esa excusa podría aceptarla su encargado, quien le permitiría todo pero a qué precio… Finalmente se recuperó del susto y sacó la escoba para barrer aquellos engendros, sin saber muy bien qué fin les daría. Del miedo pasó a la rabia. Fuera quien fuese el culpable de aquella inocentada de tan mal gusto lo pagaría. Y todo hacía indicar hacia dónde había que volver el dedo acusatorio en el proceso.

domingo, agosto 22, 2010

TE QUIERO, PHILIP MORRIS.

TE QUIERO, PHILIP MORRIS.

Esta película no ha llegado a León, prefirieron, como resulta obvio, la colección de machos tipo vieja escuela de Los mercenarios. Si acaso llegará al cine del Albéitar, no obstante creo que en estas circunstancias la piratería está justificada. Lo sorprendente es que, dos años después de que fuera rodada, todavía no haya encontrado distribuidor en Estados Unidos. Es un signo preocupante, habida cuenta de que el filme tampoco es explícito en cuanto a la sexualidad, al menos a mi juicio, que no es el juicio de la gran mayoría…

¿Enarbola este filme la bandera de la homosexualidad? En absoluto. Quienes hayan ido a verlo por ese motivo, quedarán defraudados (cosa que ya he podido comprobar). No se defiende ninguna causa, no es Milk ni nada parecido, ni tampoco tendría por qué serlo, no todas las películas que aborden este motivo, o similar, tienen por qué ser reivindicativas. La historia funcionaría igual si la pareja fuera heterosexual, con la diferencia de que no se habría conocido en la cárcel. Uno de los problemas del filme para su distribución es que es difícil de describir. Es una historia real pero parece increíble, en la línea de que la realidad siempre supera a la ficción. Es una comedia pero no tiene lo que se diría un final feliz (aquí sí se impone la realidad). ¿De qué va esto, entonces?

Pues es la historia de un estafador, ese es el punto clave y no la homosexualidad. Entre las múltiples estafas del protagonista está la de fingirse un padre de familia heterosexual, hasta que decide pegarse la gran vida y para eso, claro, necesita dinero rápido. Uno de los tópicos citados es que ser homosexual es muy caro, lo cual es cierto si, como este personaje, se decide llevar una existencia de lujo y mantener a un novio. Yo he conocido, y conozco, homosexuales sin un céntimo y puedo dar fe de que la orientación no tiene nada que ver con el despilfarro que al final, por muy hábil que sea este tramposo, le lleva a la cárcel. Allí se encuentra con un Ewan McGregor con bastante pluma (habría que ver la versión original) y pasamos a tener un ambiente carcelario por fortuna bastante distinto al de Celda 211, hasta que la película se convierte en un carrusel de idas y venidas del presidio, fugas, estafas, etc. Todo ello a un ritmo endiablado, porque tiene la virtud de no ser aburrida, y sí divertida al menos en su mayor parte, aunque quizá sobre decir que el festival de muecas de Jim Carrey puede exasperar un poco, tal vez pueda justificarse por las mil caras que necesita tener este maestro de estafadores.

Quien quiera ver cómo acaba la trama puede saltarse el párrafo, solo quiero añadir que al final, pese a que el protagonista no trabaja y vive del cuento (frente a las humildes personas que en momentos como este debemos pensar menos en fiesta y más en exámenes), consigue despertar simpatía sobre todo porque el aparato judicial de Texas se ensaña con él. Era un estafador pero de guante blanco, no obstante el estado, gobernado entonces por un tipo de pocas luces que llegaría a presidente, no le perdonó su inteligencia y acabó confinándolo en una especie de Guantánamo a pequeña escala en el que todavía hoy sigue. Eso suena a revancha antes que a justicia…

Se podría reflexionar sobre la película en sí y aún más sobre sus circunstancias externas. Trata la homosexualidad de un modo natural, no como reivindicación, e incide en algunos tópicos que, como todos los tópicos, en ocasiones se cumplen y en otras no. Los personajes no son perseguidos por homofobia sino por sus estafas y supuestas complicidades. Incluso un personaje como la ex mujer, fanática religiosa, termina convirtiéndose en un punto de apoyo comprensivo para el protagonista. Ojalá pueda llegar a las salas de Estados Unidos, aunque sea para un estreno minoritario, al margen de que luego pudiera tener éxito con los premios. Ewan McGregor es un actor siempre dispuesto a correr riesgos, y Jim Carrey ya demostró hace tiempo que no solo se defiende en tonterías de mayor o menor calibre. Es una película bien realizada, teniendo en cuenta que partía de un material difícil. Lamento que no haya gustado a todo el mundo, pero creo que hubo no pocos que fueron buscando lo que no tenía, cosa que en el cine a mí me sucede de manera constante…

LOS CERDOS. Entrega 18.

El brebaje de Ari le resultó, por otra parte, refrescante y delicioso, era como una golosina pero Jonás tenía conciencia de los peligros a los que enfrentarse si abusaba de la misma. Además, ella había preparado una salsa especial para el pollo, cuyos trozos había dispuesto en enormes cubos de papel. Jonás se colocó uno sobre el regazo.

- Esto está de muerte- masculló, tras el primer mordisco, para luego añadir una mentirijilla- Ari, es una pena que no te haya encontrado antes por aquí.

- ¡Lo mismo digo! Estoy un poco sola acá. Mi hija y mi nieta andan al otro lado del charco. Y tengo mucha más familia por aquí, pero repartida por toda la ciudad. Bueno, también hay alguien que de vez en cuando me hace compañía… Ya tú sabes, ja, ja. Igual te has cruzado alguna vez con él por las escaleras, si le has visto seguro que no le has olvidado…

- ¿Cómo es?- inquirió Jonás, haciendo teatro.

Ari pareció pensárselo durante unos instantes.

- Es muy… muy… ¡negro!- dijo al fin, tronchándose de risa.

- Ah… Y, quizá, ¿muy… muy… grande?

- ¡Sí! ¡Todo lo tiene grande, y no es por sacar el tópico, pero en él el tópico se cumple a la perfección, ja, ja!

Jonás intentó darle un giro tal vez más constructivo a la conversación.

- Pero, Ari, si te sientes sola, ¿por qué no vive él aquí?

- Buena pregunta. Porque también es muy bruto, ja, ja. Si supiera que estoy aquí contigo, a mí me daba dos guantazos y a ti intentaría hacerte lo mismo que al pollo.

- Muy tranquilizador…- murmuró Jonás por lo bajo.

- No quiero que pienses que todos los latinos acabamos de salir de la selva, en fin… Él es dominicano, y cuando se le calienta la sangre parece un endemoniado. No, no puede vivir aquí, él no quiere una novia sino una chacha, le dejo que duerma algunas noches… cuando no ha bebido demasiado en el bar de la esquina, ja, ja.

Jonás se alegró al comprobar que el misterio podía ser descubierto sin necesidad de espiar más. Mientras dejaba que el cóctel hiciera sus efectos, comenzó a preguntarse si la invitación de Ari se habría debido a algún fin concreto. Le estaba contando problemas de pareja, también porque él se había interesado, en cierto modo, por ellos. ¿Querría, pues, un confidente? Ella le había preguntado que si tenía pareja, pero no que si tenía novia. En el caso de que le hubiera catalogado como homosexual, no parecía lógico que ella iniciase una aproximación hacia él. Pero Ari no se aproximaba más allá de la cercanía en la que ya se encontraban en el sofá. Él supuso que el instante crítico sería a la hora en que se dispusiera a regresar a su piso, ya que tenía una bonita cama de matrimonio, bastante desaprovechada, y se imaginó que ella tendría otra por el estilo. Tal vez Ari trabajara por la mañana, él disponía de un horario para su investigación, flexible sobre todo cuando en noches como esa, otra noche más, bebía más de lo esperado. Al ir al baño Jonás vio allí pruebas de que el novio de Ari en ciertas ocasiones tomaba esa casa como suya, pues había algunas cuchillas de afeitar, muy usadas ya, en un vaso.

Por lo que se refiere al acto carnal, Jonás estaba seguro de que Ari quedaría satisfecha por completo con su novio, amante o la etiqueta que se le pudiera adjudicar. En él buscaba otra cosa, seguramente comprensión. Por eso ella parloteaba sin parar, al tiempo que ambos bebían sin parar y comían sin parar. El cóctel de ron le resultaría más dañino a la postre que el Lambrusco, y Jonás tenía sus dudas sobre si sería capaz de enfrentarse al monitor una tarde más en el mismo estado, si no peor. Por eso, mientras aún disponía de algún cartucho de consciencia en la recámara, trató de enderezarse, con poco éxito en el primer intento.

- ¡Muchas gracias por la invitación, Ari! Como diría mi amigo Al, tu cóctel sabe a néctar de los dioses, y de tu salsa solo puedo decir que está para chuparse los dedos.

- ¡Ya he visto que te los chupabas bastante, ja, ja!

El culo de Jonás se resistía a abandonar su posición.

- Creo que será mejor que me suba- comentó el dueño del culo- Ya sabes, mis experimentos, luego el curso… En fin. ¡No todos los días son juerga!

- ¡Pero quédate un rato más, aunque no sea a dormir! Y si es a dormir… Ya sabes, sin compromiso, ja, ja.

Jonás sonrió cansadamente, sin querer dar su brazo a torcer.

- Tendremos muchas noches más, Ari… Pero ahora mismo veo dos inconvenientes para dormir contigo: primero, que estoy acostumbrado a hacerlo solo y, si lo hago con alguien, prefiero que sea en invierno, para que me de calorcito; segundo, no te aseguro que esta noche no vaya a vomitar, y no querría hacerlo en tu cama… ni encima de ti, claro, ja, ja.

- ¡Pero si eso nos ha pasado a todos!- le justificó Ari.

Fuera inocente o no el motivo por el que ella quería que él se acostase en su casa, no quiso insistir más, aunque sí en acompañarle hasta las escaleras.

- Tendré que ir escalón a escalón- confesó Jonás, mientras se apoyaba en la barandilla- ¡Buf! Y no tanto por la bebida, sino por la comida… Un poco más y me hubiera puesto como una foca.

- ¿Como yo?- comentó Ari, con una mueca burlona.

- Oh, vamos… Tú no estás tan mal- el joven no quería que ella se aprovechase de su ebriedad para extraerle un juicio de valor en ese sentido.

- ¿Como una vaca más bien?

- ¡Oh, dejemos los animales! Y sobre todo no me recuerdes las vacas, que ya estoy temblando de cuando haya que volver a cortar filetes. Habrá que practicar más con eso.

Jonás levantó la mano de su apoyo para hacer un giro con la muñeca.

- ¡Suave y que corra!

- ¡Suave y que se corra!- le imitó Ari entre risas.