sábado, marzo 28, 2015

Primavera plena.



Sería toda una obviedad, cuando no una cursilería, decir que la primavera supone un renacer. Sin embargo, en estos dos últimos años ha traído consigo al menos un par de estimulantes cambios en mi vida. El año pasado, su inicio coincidió con el de una nueva amistad cuya presencia ahora añoro, por ejemplo en días como este en el que tan bien lo podríamos pasar tomando unas sidras o paseando por ese par de calles Quiero-Ser-el Húmedo bautizadas como Ruta de los Vinos. ¡Vuelve pronto al viejo continente, amigo, si no este año para el que viene! Cuando comenzó la presente primavera, se produjo no tanto un cambio como una confirmación, merced a otro amigo cuya figura permanece estrechamente asociada con la del primero. Tras un invierno en el que no pudimos coincidir por razones varias, al fin lo hicimos en un prototípico día de la estación, con su astro solar iluminando terrazas. Por cierto, qué gusto la plaza de San Martín casi vacía. El reverso de lo que sucederá desde hoy hasta dentro de ocho días. 
Llega una primavera plena de proyectos: tesina, trabajo repe de Teoría Feminista (tengo que agradecer a la seño que me diera esa opción, pues considero que va a quedar algo mucho más sólido), concurso literario para el cual acabo de comenzar un relato largo o novela corta, como gusten, algo en todo caso más breve de lo que veo conveniente; no obstante, tal vez las elipsis vengan bien en su estructura de thriller... También hay buenas noticias, como las ayudas al doctorado en Género y Diversidad. Van  a salir en Sábado Santo, rara cosa, y, aunque imagino que no será nada fácil obtenerlas, su mera existencia ya resulta positiva. Me aplicaré todo lo que pueda en la gestión, aunque, por fortuna, mi cuenta corriente se está manteniendo bastante estable este año. 
Hablando de este tema, hoy tuve un encuentro curioso en el cajero automático. No con el homeless que se echaba siestas vespertinas allí, por lo visto ya desahuciado del lugar, sino con una madre y su hijo pequeño. Este, aburrido de la gestión, se entretenía leyendo una tarjeta que habían dejado ahí. Todo normal, salvo que la tarjeta contenía un anuncio del tipo: servicio completo, treinta euros, cariñosa, no te arrepentirás... Ejem. El chaval leía en voz alta, la madre pasaba del tema y yo me esforzaba en contener la risa. ¡Quién tuviera un corazón tan puro para leer algo así como quien lee una redacción del cole! Bueno, al menos parece que no se metió la tarjeta en el bolsillo. 
He cumplido mi objetivo de no pasar la Semana Santa entera en León. Conste que no tengo nada en contra de tan señalada fecha, pero aquí, en mi santuario, estoy aprovechando para avanzar en todos aquellos frentes antes citados. Ya habrá lugar para cuatro o cinco días de darse codazos contra la gente. Y sin limonada, a menos que hayan inventado alguna light. Algunas de mis arrobas sobrantes ya me abandonaron en invierno, como sucede con los osos. No las echo de menos y ni siquiera los esporádicos excesos, más cazurros que carbayones, están logrando que regresen. Así sea. 

viernes, marzo 13, 2015

El ciclo hobbit se cierra (a priori).


Quizá suene ridículo confesarlo, pero la otra noche tuve un sentimiento de orfandad bastante profundo. No solo porque se cerrara la trilogía dedicada a El Hobbit, sino por todo lo que ha supuesto la saga de Peter Jackson, seis filmes a lo largo de trece años. Irónicamente, la primera de estas películas llegué a verla, por segunda vez, en Parque Principado, ahí donde me estuve cebando hace poco más de una semana. Hemos crecido con ellas. Yo al menos. Sospecho que este es el verdadero final, no creo que Peter se atreva con otras obras menos conocidas, o más complejas, de Tolkien. Seguro que le daría otra úlcera, definitivamente no puede ser bueno perder treinta kilos o así en tan poco tiempo. 
El sentimiento melancólico venía motivado, también, por los recuerdos que me trae el capítulo inicial de la trilogía: mi favorito, y no solo porque lo viera en Copenhague. De todo ello hablaba en mi obra Escania, cuyo subtítulo hacía un guiño explícito a la novela y las películas. Por cierto, hoy he terminado el borrador de otra novela, la que he venido escribiendo estos meses a pesar del doctorado. La escritura académica debe ser compensada con la creativa, bajo mi particular punto de vista. Seguiré hablando en el futuro de esa novela, ahora me centraré en despedir a Bilbo Bolsón, que en esta tercera parte aparece por duplicado, al igual que las figuritas que tengo el cuarto de León: joven frente a maduro. 
Después del interminable (e inventado) clímax de la segunda parte, con el dragón Smaug, otro de mis personajes favoritos, lo cierto es que la tercera entrega se me hizo cortita. ¿Un poco eyaculación precoz, aunque el símil no sea apropiado? Es, casi toda ella, batalla. Luego está el amor interracial, enano-elfa, invención asimismo de los guionistas como era de esperar. La elfa, cabe decirlo, se enamora del enano más guapo de todos, casi el único guapo y, curiosamente, el único que tiene rasgos afeminados pese a la barba. El resto, que se fastidien. Bombur, ya tendrás tu oportunidad (o no, con el amor a la comida ya tienes bastante). 
Para darle un sentido cíclico a la cosa, llegué a pensar que podría volver a Escandinavia para ver la última entrega. No solo para eso, claro está, sino dentro de un programa de doctorado. No salió, los requisitos varían bastante de una nación a otra, pero no me importa. Aquí en Oviedo estoy fenomenal. Verdadero santuario de la creación es este, como he podido comprobar hoy mismo y sigo comprobando, escribiendo en este blog unas líneas más. Y luego está el concurso literario de la universidad, un chivatazo que me dio mi compañera de piso y doctorado, Cristina, para entregar un relato largo (o novela corta) de entre 50 y 70 folios. Es factible. Me será difícil parar, o cortar, como siempre, pero puedo hacerlo. Si no para ganar un hipotético premio, al menos para mantener vivo el espíritu de la escritura de ficción, que en Oviedo no me ha abandonado ni un instante a lo largo del otoño y de este agonizante invierno. 

jueves, marzo 05, 2015

Lujuria alimenticia.


Ayer me desplacé al mall de extrarradio. Si bien no tan monstruoso como los que describe Vicente Verdú en El planeta americano, sí al menos una digna copia para una ciudad mediana como esta. Entre la comida, la merienda y la cena se estableció una conexión cósmica, si se permite una expresión a lo Íker. Cierto, el almuerzo fue oriental y las dos siguientes comidas de carácter nórdico o sueco (más o menos), pero no debe olvidarse que en Suecia fui, en más de una ocasión, al bufet oriental, puesto que era una de las alternativas más baratas a la hora de comer fuera. Y porque dicha comida me encanta, desde luego. He comprobado una especie de regla de oro en todos los bufés libres, sean del tipo que sean: en ellos siempre descubro a más de una persona gorda, gorda de solemnidad, no tan solo con unas arrobas sobrantes. Conste que yo no pretendo discriminar a nadie ni menoscabar el orgullo con el que algunas de estas personas se reivindican (¡las ballenas nos comemos a las sirenas!) pero, francamente, el hecho de tener acceso ilimitado a la comida no debiera ser excusa para llenarse los platos de forma obscena, por acumulación antes que por selección. Lo mío sí que fue selectivo. Una comida de pajarito, picoteando un poquito por allí y por allá: lo que puede verse en la foto, además de una brocheta de sepia y vegetales cocinada al wok (lo cual justifica el nombre del lugar), fideos fritos y cerdo agridulce. Ah, y té chino, faltaría más, que fue en uno de esos restaurantes donde me aficioné a ese benéfico brebaje. En todo caso, la globalización ha llegado también a esta clase de lugares; ya no solo es que, para quienes no gusten de las delicias orientales, hubiera otras opciones poco sanas, de la categoría tapas fritas del Húmedo (patatas, croquetas, rabas, empanadillas), sino que había incluso ¡un jamón para que la gente se cortase allí! Como en cualquier tasca, vaya. Bueno, al menos obtuve la energía necesaria para ir al Ikea. 


Dado que iba allí buscando una pizarra, cosa que hubiese encontrado mejor en cualquier papelería y que allí no encontré, supongo que la excusa para la visita fue comprar arenque, sill, como el que tomaba en Furulund, con su pan de centeno y el snaps que ya había adquirido en la primera visita. Lo que sobró, a todas luces, fue la merienda. Ni siquiera necesitaba merendar, con el wok ya había tenido para rato. No todas las sensaciones se pueden recrear en la distancia, así que, además, el perrito caliente que tomé no se parecía demasiado a los suecos: la salchicha debiera haber sido el doble de larga que el pan, o así, y la textura más plástica. Suena masoquista, cierto, pero a mí me gustaban de ese modo. Hablando de Furulund, pude incluso retomar la tradición de brindar con el snaps, ahora con mi compañera de piso. De forma leve, por supuesto. Somos investigadores, nuestras neuronas deben aguantar mucho. Por lo que respecta la jornada de hoy, que ha comenzado temprano, toca ración de antioxidantes y desintoxicantes para compensar. Cuando este fin de semana vuelva a León, volveré decidido a desterrar los huevos rotos del bar conocido como Huevos Rotos (se llama de otra forma, pero da igual). Es una tradición, pero una tradición que dejaremos en el 2014. Ye lo que tiene. 



lunes, febrero 23, 2015

La noche del alpiste.

Que no se diga que Cuarto Milenio no puede aportar nada a un doctorado. En los trabajos de investigación, los palabros siempre resultan llamativos, así que, para el de Teoría Feminista que renacerá de sus cenizas, utilizaré el que dijeron ayer a referencia de su catálogo de freaks, la teratología. Combo clásico de los últimos años (cuando me lo he podido permitir), llegó luego la noche de los Oscar. 
Si estoy escribiendo aquí es porque me han cundido las escasas horas de sueño. Tal vez pueda echar luego una siesta en el tren, si no hay personas en el vagón dignas de ser abofeteadas al estilo del profesor Fletcher. A mí la gala no me aburrió. Siempre dicen lo mismo, que es larga y aburrida, pero ello se debe a que no todo es igual de interesante. Lógico. La gente quiere ver a famosos, no a quien gana los efectos sonoros o los premios técnicos. Sin embargo, pese a que en la escuela de cine a mí el apartado técnico se me diera mal, resulta que es algo imprescindible para el éxito de una película. Por otra parte, a veces es la gente desconocida la que da los mejores discursos, como el guionista de la biografía de Alan Turing. De mi misma edad, más o menos, por suerte no comparto con él el hecho de que intentara suicidarse de adolescente. Por ello, dedicó el premio a aquellos adolescentes raros, para que puedan sentirse empoderados (otro horrible y recurrente palabro). ¡Ya podría haber caído en los Goya algún discurso así!
Con eso, y el feminismo de Patricia Arquette, la gala ya merece el aprobado. Lo siento por Boyhood, que es un filme emotivo pero se pasó de largo y telefilmero. Yo aposté desde el principio por Birdman. Al igual que otros años, me convertí yo mismo en pajarraco y fui picando alpiste durante toda la noche. No lo acabé todavía, estoy en ello. Por cierto, para coincidencia, la de Julianne Moore y Eddie Redmayne. Fueron madre e hijo en el filme Savage Grace, rodado en España por un director gay. Había de todo ahí: incesto, homosexualidad, tríos... Eddie, que es de mi quinta, era un adolescente allí, y se ha conservado estupendamente. Lo mismo digo de Julianne. La peli no será muy buena, pero merece la pena que la conserve en mi colección. A diferencia de lo que comentaba el año pasado, imagino que los próximos Oscar los pasaré también aquí, al menos eso sería lo más previsible. El fin de semana concluye así de modo magnífico, a pesar de que comenzó con una pérdida del tren por un par de minutos, algo que no me había sucedido en años. El siguiente tren, por cierto, llegó a León diez minutos tarde. ¡Predicando con el ejemplo! 

miércoles, febrero 18, 2015

La increíble nota menguante (parte II).

En ocasiones cometo pequeños errores que, por su pequeñez, me hacen poner en duda mi inteligencia. A nivel menos traumático, compré dos candados para la taquilla del gimnasio creyendo que ninguno me valía, cuando en realidad es que estaba cerrando mal la puerta. A nivel más preocupante, el hecho de no haber sabido entrar en el correo oficial de la universidad, pese a que se accedía del mismo modo, casi, que en la secretaría virtual, me ha puesto trabas a la hora de enterarme de jornadas doctorales, cursos de formación transversal y, ya para colmo, de la nota de mi única asignatura. ¡Y vaya nota!
Cuando descubrí el acta, vi que me ponían como no presentado, pese a que yo entregué el trabajo sin problema. Investigando, resulta que habían mandado la nota provisional a ese correo corporativo, virgen hasta ayer, y yo no me enteré para ir a revisión. En realidad la nota era cinco, pero me pusieron no presentado por ver si quería mejorar el ensayo. Es decir, no es necesario: se trata de complementos de formación, pero me daban esa opción, para la próxima convocatoria. Desde luego que quiero esa oportunidad. ¿Pasar de diez en un máster a cinco en otro? Cualquiera diría que es que en León me tenían en palmitas, ja, ja. La diferencia en todo caso me parece exagerada, porque, siendo un vicio poco recomendable el de comparar notas, viendo las del resto del alumnado he notado que la media está bastante alta. ¿Qué he hecho yo mal? Tengo mis sospechas, sin necesidad de llamar a Santi Camacho para hacer un teoría de la conspiración. Una de ellas se basa en que, como en cada departamento universitario parecen tener sus propias normas de formato y estilo, es de suponer que algunas y algunos de mis compis ya conocerían a las profesoras y, por tanto, sabrían a qué atenerse a ese respecto. 
Yo, en vez de copiar el formato de mi TFM, decidí que... ¡Total, para cinco folios lo haré como me venga en gana! Un poco caótico. Quienes seguís el blog sabéis que yo soy, ante todo, escritor, no investigador. Como investigador, tengo que seguir un corsé de reglas que me irrita no poco. No queda otro remedio así que, mañana en la tutoría, mi profesora ya me dirá en qué he fallado y probablemente me hablará de lo que yo estoy comentando ahora. Seguiré las indicaciones, sin problema. Cuando escriba en el blog, en la novela o en cualquier otro proyecto ya lo haré de un modo creativo, como siempre. Solo espero no tener que arrepentirme de no haber comenzado la tesis en León. 

lunes, febrero 16, 2015

Réquiem por el Tuerto.

http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/hay-mucha-mas-gente-que-vive-muere-soledad-de-cree_957069.html

Los personajes típicos de León siempre han sido fuente de inspiración literaria, desde el demasiado obvio ejemplo de Genarín hasta otros más actuales, algunos de los cuales han pasado a mejor vida (en especial aquellos cuya vida distaba de ser demasiado buena). La última vez que vi al Tuerto creo que fue en la feria del libro antiguo de octubre, de la cual fue expulsado por un librero que declaró estar ya hasta los cojones de tenerlo ahí todos los días. Ahora, en este artículo de prensa que he descubierto por una feliz casualidad, se narra que debió fallecer poco después, sobre Navidad. En efecto, no volví a verle. En todo caso, su presencia era más típica en verano, tiempo de terrazas. 
En invierno le recuerdo de aquellos años en los que madrugaba (cosa que no hago ahora, pero a la que podría verme obligado en cualquier momento). Iba a la facultad andando, un frío del carajo y el Tuerto apareciendo en San Marcelo con aquella inquietante presencia, no lo digo ya por su carácter de tuerto sino porque solía aparecer por cualquier recodo de forma sigilosa. Lo mismo sucedía al llegar el calor, estaba uno sentado con colegas y de repente aquella forma se materializaba casi de manera espontánea, con su cantinela de un euro para un café/bocadillo/etc. Tal y como se recoge en el artículo, no era, en absoluto, un sintecho. Es más, vivía en el mismo edificio al que yo iba a clase de Inglés. En alguna ocasión le vi salir de allí consultando un teléfono móvil que supongo no sería de atrezzo. Cerca de allí, en Botines, estaba yo sentado tomando una limonada con una amiga y una camarera lo largó de ahí rápido, diciendo: ¡Anda, que te he visto sacar dinero del cajero automático! Cierto. Si tenía una pensión de mil euros, que para mí quisiera, lo de ir pidiendo solo se entiende por la razón que se señala en el recorte: la ludopatía. Así pues, para el próximo verano nos quedará la rumana enfadada, quejándose de quien tiene dinero para una birra pero no para ella, así como posibles incorporaciones nuevas. En cuanto a personalidades típicas, que también aparecieron en el mismo periódico, siempre nos quedará el Titi-Charlot, aunque, si sigue cogiendo esos pedos y vacilando a la gente (léase, en especial, mujeres jóvenes), no le auguro un futuro demasiado prometedor. 

sábado, febrero 14, 2015

El cuerpo y el gozo.


Yo ya no puedo criticar el día de hoy porque, la última vez que pude celebrarlo, lo hice a lo grande, pardiez. En primer lugar, porque recibí un regalo no se si merecido, una cornucopia que a día de hoy, cuando acabo de apuntarme a un gimnasio, constituiría todo un atentado contra la tonificación y la línea. Además, si el tema ya no solo es el amor (concepto con múltiples interpretaciones), sino la pasión, la pasión pura y casi animal, entonces mejor será la pasión cuando surge de un impulso imprevisto y apresurado. Surgió aquel día, cierto. No tan apresurado hubiera sido de haber tenido, como a día de hoy, un nido de amor; no obstante, su gracia también se fundaba en eso, ¿no? Sin necesidad de fustas, cuerdas ni demás utillaje de la sección de ferretería. Si hay que dar azotes, se dan con la mano. 
Hablando de libros comerciales, ayer pasé por mi antiguo centro de trabajo, la librería del Corte Inglés (el de Salesas, en este caso). Me vino un comercial a explicarme cómo va eso de la tarjeta, desconocedor total de que yo ya había poseído una en mi día, con la que comprar sándwiches de langostinos y demás. No, señor mío, no tengo beca, aunque la merezca. Lo cierto es que la librería del Corte Inglés jugó un papel central durante la génesis de este blog y, ahora en San Valentín, a muchos, hayamos trabajado allí o no, nos ha sorprendido un corto promocional relacionado con dicha festividad. Uno de una serie de cinco, pero ha sido el que más ruido ha armado porque cuenta una historia de amor entre dos hombres jóvenes, uno de ellos hace de un Cupido barbudo, nada que ver con la imagen tradicional del Eros como niño desnudo y sonrosado. 
¡Justicia poética! ¿Qué opinarían los elementos más reaccionarios de la librería de Pozuelo, con sus colegios segregadores (por motivos científicos, claro)? Como sea que el corto solo puede verse por internet, imagino que no habrá llegado a todo el mundo, pese a que incluso apareció en la prensa escrita. Más allá de la posible apertura, es algo lógico. ¿Por qué renunciar a una parte del mercado que, en algunos casos, tiene un considerable poder adquisitivo? Ya se sabe, el mercado rosa, como suelen criticar los activistas más contrarios a todo este proceso consumista. Mejor será que estos no salgan a la calle hoy, porque será por consumismo... También otros han criticado la hipocresía del centro, que ha vendido (y no se si sigue vendiendo) libros con el título de Cómo curar la homosexualidad, que ya reseñé en este blog hace tiempo. Desde mi privilegiada posición de vendedor allí, pude leer ese libro y, qué deciros, una obra de humor que no tiene nada que envidiar a 8 apellidos vascos. Lo malo es si alguien se lo toma en serio... 
Aquel 14 de febrero, por mi parte, me limité a regalar un libro de mi colección, dedicado, El amante de Lady Chatterley. No lo hice por ahorrar dinero, ni por hacer hueco en la estantería. Ahora bien, no se si la persona destinataria se lo ha leído aún. Como sea que no me ha retirado la palabra, siempre cabrá preguntárselo. Por mi parte, hoy seguiré leyendo una gran historia de amor (sin distinción de sexos, como acabo de escuchar en la radio), Su cuerpo era su gozo, de Beatriz Gimeno. 

viernes, febrero 06, 2015

Totally frozen.


Las imágenes hablan por sí solas. No se si ya lo dije en este blog pero a mí, como a la reina Elsa de Frozen, el frío nunca me molestó. Tampoco es que me guste, claro, pero lo prefiero al calor, que me quita la energía y me hunde la tensión y a mí mismo con ella. Ya que en los últimos años las nevadas habían sido escasas, tenía ganas de ver a León blanco, y aquí estoy. Lo he visto, he pisado y tocado nieve aunque, eso sí, me perdí la gran nevada que debió caer entre el martes y el miércoles. ¿Tal vez se repita hoy o mañana? En Oviedo, ya se sabe, lo suyo es la lluvia. Y entre medias, el puerto de montaña, casi impracticable. Cortaron la línea férrea y me vine en autobús, en el cual pude disfrutar de unas excelentes y a veces enmudecedoras vistas, nada que envidiar a Suecia. 



El viaje es un poco corto como para ver una peli pero, casualidades de la vida, entre ellas estaba Frozen y, por suerte, los títulos de crédito llegaron al mismo tiempo que el bus enfilaba hacia la estación de León. El filme era ofrecido en versión original, sin subtítulos. Yo ya lo había visto, así que no hubo mayor problema, además no soporto los musicales doblados, aunque reconozco que durante toda mi infancia me acostumbré a cantar canciones de Disney en versión española. En todo caso, Let it go no equivale a Suéltalo. ¿Soltar, qué? ¿Un pedo? Esta canción, por cierto, muy atacada por los reaccionarios por entender que es una especie de salida del armario encubierta del personaje. Pudiera ser. Lo que resulta indudable es la vitalidad que desprende todo el conjunto. Es un filme que recomendaría a quien tenga pensamientos suicidas. Tiene lo mejor de Disney y de Pixar, no en vano por ahí está Lasseter de productor ejecutivo. Disfruté de la concordancia entre el paisaje y la película. Todo era bonito, hasta la rubia del asiento de atrás, desconozco qué pensaría de mí por estar viendo una película considerada para niñas, aunque solo sea por el aluvión de merchandising que todavía hoy genera. 
Mi visita es breve porque la tesina ya está en marcha, su gestación obviamente menor que la de la tesis. He venido a probar un poco del auténtico invierno leonés y por ahora no estoy decepcionado, desde mi privilegiada posición en la que no debo afrontar el aislamiento en un remoto pueblo o el frío punzante que me llevó a observar un buen repunte de gente sin techo en la biblioteca pública ayer. 

sábado, enero 31, 2015

La marcha negra y rosa.


Cierto, la foto no tiene nada que ver con el tema que voy a tratar, pero... ¿a que mola? Lástima de los orellines que me han sacado, pero este calendario retro es mucho más llamativo que la orla del colegio. Yo seguiré hablando de cine, de la tanda de los Oscar y otros filmes que bien podrían haber sido nominados. He visto dos, que hablan, en diferente tono y formato, de la homofobia británica y sus consecuencias, las cuales todavía hoy se dejan sentir en antiguos territorios coloniales como la India y varios países africanos. 
El primero fue The Imitation Game, y es la crónica de una ingratitud anunciada, por así decirlo, en este caso contra Alan Turing. Este hombre, descrito como un genio con síndrome de Asperger o, cuando menos, serios problemas para relacionarse, llegó a ser un héroe secreto de la II Guerra Mundial y, además, uno de los antecesores de la informática, responsable de que ahora mismo me encuentre escribiendo estas líneas virtuales. Por si fuera poco, se había prometido con una brillante joven que en la película toma la figura de Keira Knightley. El problema, claro, es que además era homosexual en el armario. Un armario del que, tras la guerra, le sacaron a patadas, con su consiguiente humillación y trágico final (el cual, por cierto, es escamoteado en el filme). 
Mucho más positivo es Pride, como su propio título indica. A priori, debió de haberse estrenado en España el día de Navidad, pero no recuerdo que fuera así. ¿La habrán pospuesto para el 28 de junio, así como la del Grey ese la pospusieron para san Valentín? Quién sabe, el tema arco iris sigue asustando aunque, por lo que respecta a esta película, no está lejos de ser la versión queer de Full Monty. Tanto esta como la anterior son pacatas a la hora de mostrar la sexualidad, pero la segunda sí incluye algunos besos. Como muchas historias imposibles, resulta que se basa en un hecho real. En la Gran Bretaña de los años 80, grupos de mineros luchan por su futuro, y grupos de gays y lesbianas luchan por su dignidad. Me refiero a gays y lesbianas porque es lo único que aparece reflejado en la historia. La bisexualidad no se nombra, ni siquiera para negarse. Un grupo de gays y lesbianas recaudan fondos para los mineros y, pese a la inicial reticencia de estos, al final llegarán a manifestarse incluso conjuntamente en la marcha del Orgullo. Cualquier paralelismo con esta tierra en la que ando y mi tierra vecina, de gran tradición minera, me resultaría absurda. No obstante, sí es cierto que, en la última marchita del Orgullo en la que estuve en mi ciudad pasamos junto a un encierro de mineros, que nos miraban curiosamente. Hubo quienes, sonándoles a chino lo del Orgullo, se preguntaron si ese acto no sería a favor de la mina. Pues también, ¿por qué no? La unión hace la fuerza, ese es el lema casi explícito de la película. Irónicamente, esta refleja cierto número de escisiones internas: entre mineros, entre hombres y mujeres, entre reivindicativos y festivos... Siempre sucede. Que se lo digan a quienes harán esa marcha hoy en Madrid. 
Por mi parte, puede que corone esta trilogía con la última entrega de Torrente. Al margen de la calidad de sus filmes, no se puede negar que refleja cierto tipo de macho hispano, homófobo en apariencia pero que siempre anda buscando unas pajillas... Ahora, a la calle, a seguir aguantando el diluvio. 

miércoles, enero 28, 2015

Mefistófeles y el arte.


¡La modernidad ha llegado a mi refugio ovetense! (La posmodernidad ya lo había hecho hacía tiempo). Ayer al fin me instalaron el wifi, debo agradecer la profesionalidad del técnico, batallador frente a contratiempos varios. Me está funcionando bastante bien, salvo anoche, que quería hacerme un amago de boicot. Para paliarlo, me puse a ver Whiplash, una de las pocas candidatas a la terna de los Oscar que me faltaban por ver. Se da por fijo el premio para JK Simmons, y lo comprendo, su personaje es bastante más redondo e impactante que los de sus competidores. Interpreta a un mefistofélico profesor de conservatorio, que escupe más insultos homófobos que un instructor de marines, el cual establece una especie de pacto masoquista con un alumno: le llevará más allá de sus límites para sacar el genio que hay en él, pero a costa de debilitar su vida privada, familiar, su cordura e incluso sus dedos. El filme indaga en las relaciones entre el arte, el arte sublime y la locura. Los dos personajes son psicóticos, aunque se necesitan. 
El tema de la película es la música, el jazz, pero en verdad que podría extrapolarse a muchos otros campos. Los dilemas que plantea  admiten diversos planteamientos: ¿Merece la pena el esfuerzo, casi inhumano, si el resultado va a ser la gloria o incluso la inmortalidad? Un personaje con los métodos de ese instructor no duraría no dos días en un instituto público español, acabaría en la cárcel. Por lo que se ve en la película, su motivación cala en el alumno, pero a costa de socavar su integridad psicológica. Las obsesiones, a menudo, dan resultado, mas conllevan contrapartidas. En el terreno académico, por ejemplo, yo nunca llegué a obsesionarme, aunque hubiese quien sostuviera lo contrario (tampoco me obsesiono ahora, porque si no estaría escribiendo la tesina y no aquí). En los últimos años, sin embargo, sí me he visto rodeado por algunas personas que, por unas razones u otras, se han obsesionado por sus estudios en cierto grado, y yo me he visto afectado por las consecuencias, dado mi estado de implicación emocional con las mismas (a uno u otro nivel). Mis felicitaciones y admiración por su grado de compromiso, lo cual no me evita formular la incómoda pregunta: ¿ha merecido la pena o merecerá la pena lo que se deja por el camino? Yo, en mi propio campo, que no es otro que la escritura, por si a estas alturas alguien lo dudaba aún, creo que lo mejor será seguir ensayando casi a diario, como procuro hacer. Ya se sabe, ese rollo de ningún día sin una línea y demás. 
En todo caso, os recomiendo Whiplash y manifiesto mi sorpresa porque, según recoge Fotogramas, la corona de mejor película del año para la crítica haya pasado de un filme como La vida de Adele a otro tan distinto como Boyhood. Y eso que ambos recogen un proceso de adolescencia, pero desde puntos de vista bastante enfrentados. Boyhood es una película experimental pero, en lo temático, heteronormativa a más no poder, tan normal que se me hizo banal. Y, para sus aires de telefilme, bastante larga. ¿No podrían haber cortado alguna escena? Por ejemplo, aquella de camaradería adolescente en la que vuelan pullas machistas y, una vez más, homófobas. No pretendo dármelas de contestatario, a mí el filme me gustó pero sobre todo como documento de una época y de los cambios producidos: las consolas, el whats up, la música pop, Harry Potter, Star Wars, etc. No soy el único, varios de mis amigos tampoco la perciben como obra maestra. Sus tópicos americanos los he visto ya mil veces. Así que apuesto por Birdman, un filme mareante, sí, pero excelente (y que también tiene solos de batería). 

viernes, enero 23, 2015

Tocaba nieve.



Pero menuda maldición informática que he tenido que soportar en el piso de Oviedo. ¿Se arreglará la semana que viene, como si se rompiera un hechizo de la Bruja en el musical Into the woods? Nada más regresé, tras Reyes, fui a visitar una delegación de una conocida empresa de telecomunicaciones de Asturias. La mujer que atendía no se daba demasiada prisa, y yo me esperé mi buen rato para nada, para que ella o su base de datos me dijeran, por unas o por otras, que no se fiaban de mí. Resulta que hace cinco años, un fantasmal inquilino de mi piso, del que nada conozco, dejó un pufo allí, por las razones que fueran. Yo no tenía la menor idea de quién sería aquel, pero querían que demostrara mi identidad para que se comprobase que yo no era él, o que no lo tenía viviendo dentro de un armario. No me valía ni el DNI, que se supone que vale para eso, ni nada que no fuera el contrato de alquiler, y este todavía no hemos podido concretarlo. Solución: al día siguiente volví a mi vieja compañía, y allí me atendieron con rapidez y eficiencia. Gracias a la tarifa de datos del móvil, he podido seguir con mi vida social en Oviedo sin necesidad de rapiñar wifi en bares o en el campus. 



Más complicado fue lo de instalar Internet en el piso. Pensaba que el proceso sería más inmediato. No, hubo que esperar siete días laborales y allí se planto el técnico, quien de verdad se portó muy bien en todo el proceso. El hecho de no tener ni idea en estos asuntos me hacía pensar que la cosa sería enchufar un cable, configurarlo un poco y carril. Qué va. Hubo que abrir un cuarto abajo, gracias a lo cual al menos ya conozco al portero y tengo su número. No encontrábamos la entrada principal de la línea y, voilá, estaba detrás del cabecero de la cama, contra el que ya me he llevado algún que otro cabezazo. El sitio que menos hubiera imaginado. A punto de instalarlo, por rollos burrocráticos de la empresa hubo que dejarlo para la semana que viene. Dijo que solo sería cuestión de un cuarto de hora. Esperemos que sí. No quiero tener que escribir el blog en el aulario del campus, por no hablar de tantas otras cosas. 

Por lo demás, cabe decir que a Oviedo no ha llegado la nieve. Estas fotos son del viaje en tren desde allí hasta León. Un viaje con un paisaje bellísimo, para mí, que me hizo recordar al de Escania. Además, durante el mismo fui avanzando con la lectura de Jeanette Winterson, con ideas frescas y prometedoras para la tesina y la tesis. Año de nieves, año productivo. Para compensar la ausencia del blanco elemento, en Oviedo sufrí lo que allí es habitual: lluvia. El domingo, diluvios de quince horas seguidas y rachas de viento tan fuertes que, viviendo en un ático, pareciera que las ventanas iban a separarse de cuajo. Cuando estaba viendo Cuarto Milenio, con esos alienígenas que dan tanto mal rollo, el viento aullaba con tanto ruido que casi no podía escuchar la televisión. La nieve es un fenómeno más tranquilo. Vine aquí por pocos días, a diferencia de en las fiestas, para hacer algunas gestiones que han salido bien. Desde luego que también espero ver a algunos de los amigos que han sobrevivido a la desbandada tras Navidad. Y alguna tapina gratis, ¿no? Tampoco demasiadas. En febrero espero ir a algún gimnasio barato de esos que se llevan ahora. De rebajas, lo único adquirido hasta ahora, ya compré el pantalón de chándal marca-culos. Mens sana...

martes, diciembre 30, 2014

Alcanzar el cielo.



Hace dos años me encontraba a punto de encarar la última jornada del 2012, que había sido especialmente productivo y movidito, llegando a un 31 de diciembre en el que alcanzaría el cielo, o al menos un adelanto de la parcela que me estaba esperando. Suena a hipérbole, es cierto, pero así me sentía. Como aquellos que se envuelven en una nube tóxica y parecen flotar, mi felicidad en aquella Nochevieja (que fue tan multitudinaria como una Nochebuena) me hacía levitar de una manera cercana a la estupidez. Quien llega hasta el cielo también debe saber caer hasta el infierno, y algo parecido me sucedió la Nochevieja pasada. En realidad, no fue tan malo, pero no fue la mejor manera de disolver el recuerdo de lo que me había sucedido en el 12. Mejor disolvente es el champán (o el cava). Si es que mañana no tengo otro a mano... 

El cielo de León, tocado de cerca en la terraza del Conde Luna, nos sirvió de escenario para brindar el día de Navidad. Encuentro familiar y literario, con la intervención estelar de una gran figura de la literatura leonesa contemporánea, Martín (aunque habrá quien siga opinando que el cómic no es literatura en sí). El encuentro fue organizado por mi hermano Paco y, para que se vea la relevancia del ilustre invitado, recordaré (desconozco ahora mismo si ya lo mencioné en el blog) que él ilustró el catálogo de la exposición sobre el pop del museo Thyseen, que estuve visitando con Oli el pasado julio. Por supuesto, compré el cómic y él no solo me lo dedicó, sino que incluyó un dibujo original de su personaje, Bitch, que guardaré como oro en paño junto a otros libros dedicados. Y es que, ¡qué suerte tuve la semana pasada! Al de Martín debo sumarle un libro cuya existencia desconocía y, por ello, la alegría de recibirlo ha sido mayor. Me refiero al primer volumen de poesía de mi hermano Pedro. Me está gustando mucho y, a juego con ese cómic de los Borbones que también me regaló y con el que me he partido de risa estos días, afirmo que me llena de orgullo y satisfacción. ¡Larga vida a las letras leonesas, ya sean en cómic, poesía o novela, como la que he dejado a la mitad y continuaré, si el gobernador de Libia lo permite, el año que viene!


Si hay una pérdida que de verdad voy a notar mañana va a ser la de mi amigo Robson, porque, a diferencia de otras personas que han desaparecido voluntariamente, él se ha ido por motivos académicos (los mismos por los que vino) y sería impreciso aventurar una fecha de regreso. Con él bien podría brindar en el lugar que me ha dado suerte en este 2014. Es posible que brinde de todas maneras, aunque sea yo solo. En la lista de propósitos del nuevo año, por ahora solo uno: limpiar mi carpeta de Archivos Bajados, me ha costado huevo y medio encontrar las fotos que quería colgar. Por suerte, Paco, además de hacer posible el cónclave cultural, me ha traído otro portátil que aliviará un poco la carga de este. Pronto serás un portátil emérito, querido, ya se sabe que este es año de abdicaciones. ¡Brindo por su generosidad, y porque tengáis un excelente año nuevo! 


lunes, diciembre 22, 2014

La sonrisa etrusca.

En este año que finaliza, he reducido de forma sustancial mi adquisición de libros, excepto aquellas compras por motivos académicos, y gracias a ello he podido rescatar viejas lecturas pendientes, ya sean de la biblioteca familiar, antiguos regalos olvidados o libros que dejaron mis hermanos aquí. Desde luego que en la actualidad me estoy centrando en lecturas relacionadas con la tesis, pero no de forma monotemática. 
He aprovechado para leer una novela que andaba rondando por la casa, La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro. Se lee muy bien, en tres o cuatro días y un par de viajes en tren, la historia es absorbente. Y su encanto se basa asimismo en su sencillez, pues es una historia de redención protagonizada por un personaje terminal, el clásico viejo cascarrabias. Bueno, más que cascarrabias, una insufrible versión de lo que se entiende por macho italiano. Machista hasta la náusea, sobre todo desde los estándares de mi doctorado, y por descontado homófobo; eso sí, firme defensor de la zoofilia como iniciación a la vida sexual. 
Este campesino calabrés, caricatura de la Italia más violenta y atrasada, atravesará no obstante un proceso de feminización a través, por un lado, del cuidado de su nieto y, por el otro, de una última relación con una mujer que le aporta más que el mero goce animal del que el sátiro se mostraba tan orgulloso, ya declinante a causa de su enfermedad (que no a causa de sus años porque, también según estándares actuales, tampoco es tan viejo). Este proceso incluso dejará huellas físicas, como el crecimiento de pechos debido a las hormonas de la terapia, que se subraya con el comentario de mitos como el de Tiresias. El personaje tiene también algo de don Quijote, pues va confundiendo la vida real con su lucha en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. El mundo de los partisanos, tan homoerótico, se revela un irónico contrapunto, fuera de ello consciente el autor o  no. De lo que seguro que sí fue consciente es de otras ambigüedades, como esa estudiante comunista que con pantalones prietos tiene el culo como un muchachito, ante la mirada lujuriosa y confundida del tío. Ye lo que tiene una figura tan extrema, hasta la parodia. Los extremos se tocan. 
La moraleja que, al menos yo, extraigo de la historia es la imbecilidad de todos esos abuelos y padres que quieren cortar a sus hjos y nietos por el mismo patrón que ellos mismos. Como es lógico, y sin lugar para sorpresas, el viejo pastor no llegará a comprobar si el nieto acabará dando navajazos y llevándose a mozas al pajar, como a él le gustaría. En todo caso, tampoco llegará a comprobar si sucede lo contrario, una posible decepción que se ahorra. Como don Quijote, representa a un mundo que se derrumba. Afortunadamente, debo añadir. 

miércoles, diciembre 10, 2014

Los pretendientes.

No se qué me afecta más en estos momentos, si el sentimiento de culpa o el catarro. No debiera estar escribiendo aquí, sino en las Jornadas Doctorales en Mieres. Sin embargo, en la misma tónica en la que comencé el doctorado, matriculándome a destiempo, también envié a dichas jornadas la inscripción pasado el plazo. Dado el carácter obligatorio del evento, confiaba en que al menos nos enviarían la información relevante al correo, pero no, todo quedó en ese espacio de múltiples recovecos llamado Aula Virtual. Plazo: 27 de noviembre por la mañana, yo lo envío el 2 de diciembre por la tarde. ¿Por qué? Bueno, el hecho de no tener internet en casa influyó en parte, pero no en el todo. Debo confesar mi despiste, despiste que en León tal vez no se hubiera dado. El ático de soltero me distrajo un poco, debo suponer, además de todas las novedades de playa, Ikea, etc. Intenté enmendar el error, eso sí. Envié la inscripción justificando en la medida de lo posible mi tardanza, pero no hubo respuesta, porque no quisieron responder o porque el puente ha sido bastante largo. En todo caso, no es el primer mensaje que queda sin respuesta. No solo yo he pecado de informalidad. Ayer, mirando las listas de admitidos, mi nombre no estaba ahí, como supuse. Un alivio, de todos modos, porque no tenía el cuerpo para plantarme a las nueve de la mañana en Mieres.


Poca tragedia, no obstante. Son jornadas anuales, ya podré ir el año que viene si no me han echado por mis novillos. En realidad, ¿qué sentido tenía asistir? Mi tesis está totalmente en pañales, poco iba a poder contar sobre ella. Esta clase de eventos, si bien albergan interés, entran en la lógica de Bolonia. Me libré de este plan en la carrera, pero no en el doctorado. Esto ya no es en plan de encerrarse en el estudio a investigar, todavía hay que aguantar la gaita de los créditos. Así sea, pero lo de hoy no tiene remedio ya. Todo lo que pudo salir mal, salió mal. Y, como penitencia, en uno de los bares de mi calle a los que suelo ir a mirar internet, y que también tiene la ventaja de poder leer un par de periódicos sin tener que comprarlos, me puso Hombres, mujeres y viceversa. Programa este del que nunca había visto más de treinta segundos y que, para colmo irónico y maléfico, presentaba a una mujer llamada Samira, y sus pretendientes. Por lo poco que pude escucharla, considero que no merecía ensuciar un nombre tan bonito y que ha tenido, y tiene, tanta repercusión para mí. Que el programa era machista no era ninguna sorpresa, pero también llegué a ver su homofobia a través de la aparición de un personajillo afeminado que se dedicaba a juzgar la estética de los heterosexuales viriles. Una parodia, como los sissies o fairies de las películas de Hollywood en los años 20, para hacer reír a los espectadores. Después de eso, ya tuve suficiente de Samira y sus admiradores. Marché, con la intención de no volver allí a partir de las 12:45 horas. En el primer mes del próximo año, mi intención es conectarme ya en casa y no tener que depender tanto de conexiones ajenas. Eso contribuirá a evitar absurdos fallos como el del día de hoy, el cual confío que a la larga se pueda compensar de algún modo. 

jueves, diciembre 04, 2014

Vuelve el mar.



Esto más que una entrada va a parecer un reportaje fotográfico. ¡Ye lo que tiene! Uno no ve un paisaje así todos los días, al menos si no vive en ciudades como Gijón. Y conste que Oviedo me encanta, pero, al igual que León, le falta el mar. Yo, que no tengo espíritu de hipster pero sí me gusta el exclusivismo en ciertos campos, prefiero pasear por la playa cuando no hay nadie. Por ejemplo, hace dos años también en noviembre, por Malmö. Entonces estaba lloviendo, y no había absolutamente nadie en la playa. En Gijón, por el contrario, no llovía y el tiempo permitió que, si no abarrotada, la arena sí estuviese poblada por varios paseantes, en realidad más perros que personas. Resulta curioso, porque en verano no se ve un chucho. En el agua, tan solo algunos surfistas. La ocasión mereció que hiciera lo que casi nunca hago: ¡un selfie! (Mejor sería hablar de autorretrato, que es un término bastante familiar gracias a la tradición pictórica). 


¡El mar! Tenía ganas de verlo, ya que no lo hice en verano. No me bañé, pero me mojé los pies. Ya puede verse. No llevaba muda, y tuve que transportar la arena hasta el piso, como un canelo. Alguna ola traicionera así lo quiso. 



Era la semana del Festival de Cine de Gijón, pero no vi ninguna película. Eso no quiere decir que no me imbuyera del espíritu del certamen, había algunas casetas con libros relacionados con el cine y yo adquirí, a precio rebajado, uno editado por el festival a propósito del eterno enfant terrible, Larry Clark. 




Hubo un sitio que me faltó de ver en Suecia. No es ningún monumento histórico ni natural, ni siquiera es necesario viajar allí para hacerlo pues se trata del Ikea. Fui allí y, envuelto por los efluvios de la nostalgia, comencé a soltar pasta con demasiada alegría. Eso sí, a precios españoles, no suecos. 


No faltaron las albóndigas, con salsa de arándanos y bandera incluida. En realidad, me hubiera bastado con ese plato para comer, al margen del menú. Hasta que llegué al restaurante, me perdí por ese leviatán diseñado para perderse, de hecho. Para la casa compré solo baratijas, la parte del león vino en la tienda de alimentos puesto que, claro está, disponían de cosas que tomaba allí en Suecia y que en España no son fáciles de conseguir: el glögg, vino navideño, las botellitas para el snaps y, por supuesto, los rollos de canela. Para no naufragar, dejé en el tintero el arenque (se toma con el snaps, pero me traía sin cuidado allí y me trae sin cuidado aquí) y tomar un perrito caliente con textura de goma, pero delicioso sabor, en la cafetería. Tiempo habrá, para eso y para el bufé asiático del Parque Principado. Desde luego que, al salir del coloso sueco, ya no quise fundirme más presupuesto allí, pese a visitar la Fnac y alguna cadena de ropa no vista aún. 


Espero que a raíz de estas fotos no se piense que me estoy dedicando tan solo a hacer turismo (incluyendo el turismo de centro comercial). Han sido mis dos únicos viajes, el primero a media hora y el segundo tan cercano que fui en autobús local. El doctorado va bien, salvo algún despiste en los horarios debido, en parte, a la inconstante conexión a Internet que por el momento tengo. Nada que no se pueda arreglar, supongo... Demos por finalizado el reportaje, que ya me está entrando hambre de ver las albóndigas. 

lunes, noviembre 17, 2014

Pumarín: Año Cero.


Desde luego que, en mi nueva vivienda asturiana, no me puedo quejar de vistas, ni de sol. En la cocina, con su pequeña terraza (posiblemente un rincón proclive para escanciar sidra), veo toda esta maraña de tejados, con la torre de la catedral al fondo. Me siento como el personaje del magistral en La Regenta. De hecho, creo que me voy a llevar unos prismáticos para imitarle. 


En el salón, un gran espacio con escasos muebles todavía, puedo ver el monte, y la calle en la que resido, con su centro para mayores y sus tradicionales bailes de salón. Llegué el lunes por la tarde, y al día siguiente tuve que desplazarme a la facultad de Medicina, bastante más lejos que el campus de Humanidades, para asistir a unas jornadas de bienvenida al doctorado. Una de las facultades más feas que he visto, de carácter se diría que industrial, aunque reconozco que la cafetería era muy luminosa. El aula en la que nos dieron la charla se refleja en la foto de abajo. Un espeluznante portaaviones, que, dado que tuve que sentarme bastante arriba, me provocó vértigo y sin duda constituiría un excelente decorado para una película de terror: Tesis 2 (para miedo, la retahíla interminable de puntos e indicaciones que tuve que enumerar de cara a mi propia tesis). 


 Ha sido una semana magnífica, no tengo dudas a la hora de afirmarlo. Bien en clase, bien fuera de clase, bien al ir descubriendo el barrio del Pumarín y otros rincones de Oviedo. He tenido fogonazos de creatividad, ya no solo por lo que respecta a la escritura sino también a avances en el doctorado, razón primordial de mi estancia allí, y en el trabajo. A falta de beca, algo habrá que trabajar para costearme el privilegio de vivir en ese piso tan mono. Dejándome llevar del tan cacareado espíritu emprendedor, me ha surgido alguna idea defendible como trabajo a tiempo parcial y, sobre todo, relacionada con mis estudios y/o preferencias. A fin de cuentas, para trabajar de camarero no necesitaba irme tan lejos. Para saber si esas ideas, bien desarrolladas, pueden tener éxito al menos para pagar el montante del alquiler, me parece que habrá que esperar al año que viene. La casa debe ser más habitable aún para desarrollarlas, aunque mi cuarto ha quedado bastante bien, como podéis comprobar en la foto. El ventanal es tan amplio que, salvando las distancias, podría emular al protagonista de Shame cuando se pone a hacer el amor pegado al cristal desde un rascacielos de Nueva York. No, pardiez, no es algo que haya probado y dudo que lo haga. Me conformo con tener un rincón privilegiado para continuar con este espacio allí cuando disponga de red. El blog comenzó en Madrid, y le toca viajar más al norte. Suerte que muchos bares (y la universidad) sí ofrecen conexión, aunque me quedo con el rótulo que vi en uno: Esti chigre tien wifi pa toos

domingo, noviembre 09, 2014

Con M de Mudanza.



Yo también voy a hacer mi Movember particular, no para dejarme bigote, como sea que no me gusta raspar ni ser raspado (aunque a veces sea inevitable), sino en el sentido de que voy a moverme (move)-trasladarme a otra ciudad, mañana. No es un traslado trágico, desde luego. Todo lo contrario. Mientras no adquiera obligaciones mayores, podré venir a León cuantas veces tenga en gana. Hace dos años (6 de noviembre), me mudaba a Suecia, destino que desde luego no permitía tanta movilidad en ese sentido. El extranjero (que, por cierto, forma parte del doctorado para la estancia investigadora) no se descarta en absoluto, pero ahora lo que toca es esta cercana y vecina ciudad, con mucho encanto, cuyo trayecto desde el campus hasta el barrio céntrico ya me conozco casi de memoria. Os digo yo que una ciudad que tiene una estatua dedicada a un culo no puede ser una mala ciudad para vivir. 
De hecho, el primer viaje que hice al volver de Suecia fue a Oviedo, y parece ser que no por una mera casualidad. Como viaje no resultó inútil, pese a que sí lo fuera el examen del TOEFL y un par de peluches que compré junto a la catedral y a la Regenta, una vaca y un huevo Kinder con la leyenda Te quiero un huevo, que a saber dónde estarán tanto ellos como su persona destinataria. En todo caso, eso no importa ahora. Que la corrupción rampante no solo afecta a la economía, sino a los más sencillos modales es algo que descubrí ya hace tiempo. Y en Oviedo seguirá habiendo gente que me lo recuerde, ya lo creo que sí. No me desilusiona. Mis expectativas son altas porque la ciudad me gusta, el doctorado y las clases me gustan (aunque de estas solo queda un puñado), el piso me gusta y confío en que me guste vivir en él. Lo único que está fuera de duda, ahora mismo, es que no voy a compartirlo con un casero que termine en un psiquiátrico. Ya solo eso merece brindar con un culín de sidra. Caerán muchos culines en la ciudad del Culis Monumentalibus. A vuestra salud. 

martes, noviembre 04, 2014

Pospor.



Ya imaginaba desde un principio que este máster, por el cual voy a pasar de manera tan breve, iba a ser ligeramente distinto del anterior. En efecto, no creo recordar que en la Universidad de León, durante todos los cursos que pasé allí, en algún momento nos pusieran un vídeo con una performance de una artista meando en lugares públicos, de pie. Sí. Las cuestiones de género y la teoría queer nos llevaron a valorar las diferencias mingitorias entre hombres y mujeres. Así que, cuando salí de clase, me llamó la atención encontrarme este cartel en el aseo. No me di por aludido, claro, yo cumplí su recomendación a rajatabla. 
No obstante, el gran punto de inflexión llegó al día siguiente, cuando las clásicas exposiciones de PowerPoint alcanzaron un grado nunca visto hasta entonces, con fotos pornográficas: falos en ristre, squirting (término muy buscado por la red, seguramente esta entrada consiga más visitantes con su mera inclusión), variedades diversas de lo que se considera como parafilias, etc. No es que nos pusieran eso para que no nos aburriéramos, tan solo que era una conferencia sobre post-porno a cargo de una doctoranda, como yo, pero que lleva el tema de su investigación bastante más avanzado que el difuso embrión del que dispongo por mi parte. Más allá de la anécdota, la verdad es que la clase me resultó bastante útil. Ya había escuchado antes algo acerca del término, y considero que me servirá más para mi propio tema más que otras cuestiones más teóricas y profundas. Eso sí, me gustaría saber qué hubiera pasado si en mi exposición de TFM me hubiera presentado con una sarta de imágenes de ese calibre. Hubiese merecido la pena solo por ver la cara de algunos y algunas...
Asistir a estas sesiones está mereciendo la pena. Eso sí, por el momento hay pleno: tres clases, y las tres con trancazo de garganta irritada, tos, cansancio... Mañana tal vez podamos sumar una cuarta. En fin, la misma canción de todos los otoños, nada novedoso y que no pueda explicarse en una estación que es capaz de variar de treinta grados a quince en pocos días. El Halloweeen no fue tan nocturno como mi cumpleaños. Después de la tormenta, llegó la calma. Pero disfrutando, aun así, de pequeños placeres, como el que se ve aquí abajo...


domingo, octubre 26, 2014

La gran belleza / Knock, knock, knocking on Heaven´s door.



Tengo reciente el visionado de La gran belleza, el filme italiano que barrió sin piedad a La vida de Adele en unos cuantos galardones. No estoy seguro de que sea mejor, pero la verdad es que me impactó y me dejó mal cuerpo (también pudo ser por un conato de catarro) la trayectoria decadente y banal del protagonista, incapaz de proseguir su carrera literaria ante una vida que encadena fiestas, algunas de carácter risiblemente hortera, y otras de pretendido carácter artístico pero horteras de todos modos. Esas mezclas de performances y strip-teases me han traído a la mente mi propia fiesta de ayer, la de mi cumpleaños (que cayó en lunes tal y como dije aquí). Visita a sitios clásicos, como el Zoe, donde están tomadas las fotos, y también a alguna nueva incorporación con sus propias dosis de decadencia: strippers masculinos, hombres objeto, que también los hay (como tal vez podamos comentar en la asignatura de máster que ya ha comenzado), para disfrute de hombres y mujeres, reptando por una plataforma mientras su culo se abre casi en un gesto tridimensional. Bueno, igual la imagen no es muy agradable, pero es que la tengo reciente. Solo nos faltó que pusieran también, como en el filme, eso de ¡Mueve la colita, mamita rica! Cola entendida como culo, claro está, en la acepción del otro lado del charco. 



¿Que es para mí la gran belleza? Un dulce despertar, esa podría ser una de las respuestas. He tenido la suerte de disfrutar de una de las mejores celebraciones de cumpleaños de los últimos tiempos. Esas fotos enrojecidas, que parecen más de Halloween o para enviarlas a Cuarto Milenio a que busquen algo extraño en ellas, las hicimos en el Zoe, mientras sonaba Knock, knock, knocking on Heaven´s door (o como se escriba). Si bien no volvimos muy tarde, hoy me siento tan magullado que no debería estar escribiendo. Lo haré porque tengo más frescas las sensaciones ahora. Y porque no quiero que las francachelas disuelvan mi vocación literaria, como al Jep de la película. Aprovechemos ahora que la tormenta de la tesis aún está un poco lejos. Mucho podría contar de mi viaje a Oviedo el jueves, pero me temo que tendrá que ser en otra ocasión, y probablemente refiriéndome a otro viaje, cuando no al inicio de mi estancia allí. De momento, hoy toca reponerse y abjurar del gin-tonic por muy moderno que sea. Si acaso, gin-limón o gin-naranja, algo que no me recuerde a algún vomitivo remedio contra la gripe. 

lunes, octubre 20, 2014

33.



Tenía dudas sobre si este año mi cumpleaños me pillaría fuera de España o no. Finalmente aquí sigo, pero lo cierto es que casi me pilla fuera de León. Ya tengo piso en Oviedo, y sin necesidad de buscar. Se ha dado la feliz circunstancia de que mi tutora disponía de uno para alquilar a partir de noviembre, nuevo y en buena zona, y además me ha puesto condiciones bastante ventajosas. Así que no es una oportunidad como para ser desperdiciada. El jueves estuve allí, una visita bien aprovechada: tarjeta universitaria, tutoría para el doctorado, seguir descubriendo la ciudad y algunas calles de peculiar nombre como la de la foto de arriba... Y el próximo jueves, si nada cambia, ya tengo clase. Una única asignatura, pero que en apariencia resulta muy interesante y útil para mi investigación. 
El cumpleaños cae en lunes esta vez. ¿El peor día posible? Puede, pero ya el sábado pasado nos pegamos una buena juerga, con tributo incluido a los old times: visita a Casa Benito, que ya había aparecido en televisión un par de días antes, y por primera vez nos pusieron una aceituna. Picante, eso sí. Pero me sentó mejor que el calimocho que tomábamos tiempo ha, eso lo aseguro. Al próximo sábado ya podrá hacerse una celebración oficial, con toda la gente que se pueda reunir. Hoy lo que se dice hoy, baste con ir a un par de sitios para dar por bueno el día. Yo creía que iba a echar de menos las tapas de León, pero el otro día en un bar de allá nos vienen con dos bandejas, una de pimientos de Padrón y luego otra de patatas bravas o ali-oli. Me dijo mi tutora que era imposible adelgazar en Asturias. Bueno, supongo que eso depende de cuánto se alterne, yo por mi parte procuraré experimentar platos saludables en mi nueva cocina. 
Así pues, este nuevo año sí trae cambios. No tan radicales como los de hace un par de otoños, pero cambios muy estimulantes para mí. No se va a perder el contacto de forma brusca. Viviré entre dos tierras, como la canción, con muchos lazos en común. No hay mejor regalo posible para mí que el proceso que acaba de empezar.