domingo, abril 15, 2012

EL CUARTO JINETE.


EL CUARTO JINETE.






15/4/12 (Trayecto Madrid-León). 


Ayer asistí a un evento de mucho interés junto al autor del libro que pretendo reseñar, Víctor Blázquez. Era una mesa redonda (bueno, sin mesa) en la que una docena aproximada de escritores afectos o practicantes del género de terror debatieron sobre el propio concepto de este género, su futuro y, en especial, los grandes problemas que tiene cualquiera que quiera publicar literatura, ahí ya puedo sumarme. Me gusta el género de terror, siempre me gustó. Lo he leído, no lo he cultivado de manera específica aunque, ciertamente, algunos pasajes de mis escritos están inspirados por un ánimo pesadillesco. 


Me es imposible hablar de forma objetiva acerca de la primera novela publicada, que no escrita, por uno de mis mejores amigos desde el colegio. Ya durante esos años nos pasábamos nuestros escritos, por mi parte menos pues siempre he sido algo perezosillo, excepto en raptos de inspiración como el que tengo en este tren. Ya en esos relatos primigenios se vislumbraba lo que es El cuarto jinete. Bajo la influencia de grandes maestros del horror, en especial Stephen King, del que Víctor me animó a leer muy buenos libros, nos llega una pesadilla que también bebe, por supuesto, de la tradición audiovisual. Es casi imposible hablar de zombis y no referirse a La noche de los muertos vivientes de Romero, pese a que la figura del muerto viviente hunde sus raíces en épocas muy pretéritas, como se comentó en alguna docta intervención ayer. 


En esa película de los años 60 se habló de un mensaje de calado social, a merced del contexto, como podía verse en su célebre desenlace. Siguiendo esa línea, podría deducirse que la actual oleada, por no usar lo de moda, de zombis, se entiende en un contexto de crisis global. Podría ser y podría no ser. No veo que, para dar pátina cultural a un género, sea necesario el dotarle de un mensaje social. La consideración de los géneros llamados menores ha variado a lo largo de los tiempos, como he podido estudiar en este último curso de carrera. Eso debiera considerarlo quien se acerque al terror con prejuicios de antemano. 


Entrando en el libro, creo que, más allá de un mensaje, lo que contiene es una historia de supervivencia, y eso nos afecta a todos. Estoy siendo subjetivo, pero de modo objetivo diré que la novela me ha gustado, me ha cautivado desde que entré a saco en la acción en otro viaje de tren, el de llegada, y dos días después estaba terminada. Víctor (paso de decir lo de el autor, me siento raro) ha sabido crear un crescendo a lo largo de las trescientas páginas, de manera que el primer tercio es como un acto introductorio, con una notable presencia del narrador, que al principio consideré narrador testigo aunque luego comprobé que no era así. Este narrador usa la segunda persona del plural, rara avis, dirigiéndose directamente hacia nosotros, nos lleva a través del pueblo de Castle Hill como si fuera un escenario de cine. Un poco a la manera de El diablo cojuelo, levantamos los tejados de las casas para ver los vicios ocultos de esta pequeña comunidad, que ni se sitúa ni existe pero representa lo que más o menos entendemos por pequeño pueblo (interior) de los Estados Unidos. Con todo, perfectamente podría ser un pueblo español, con sus hipocresías y sus extremos, no pueden faltar ni una iglesia ni un (encubierto) burdel. 


Una vez visto el escenario y los candidatos a superviviente, entramos de lleno en el conflicto. De hecho, la expresión zombi, que cualquiera esperaría pronto, tarda en llegar. Pero, en fin, ya nos habríamos hecho a la idea con la portada, ¿verdad? Por fortuna yo no he tenido que enfrentarme a una situación como la que se describe, ni de lejos, pero resulta interesante ver cómo evolucionan los contendientes de esta carrera. Pues carrera es, carrera por la vida. Francamente, a mí nunca me gustó mucho correr, así que, si no fuera por astucia o por suerte, sería comida para zombis pronto. En El cuarto jinete no hay darwinismo. No sobrevive el que mejor se adapta, ni el más apto. Hay toda una serie de factores: la solidaridad de los demás, la insolidaridad o traición de estos mismos, la suerte o incluso la mala suerte de quedarse encerrado en algún lugar, o la intervención providencial de un ejército al que, no obstante, tampoco conviene acercarse demasiado, con toda su retórica de bajas colaterales y demás parafernalia. 


Creo que en esta historia hay heroísmo, pero no hay un héroe que sobresalga sobre los demás. Y, si el lector creyera encontrarlo, convendría no perderle de vista en lo sucesivo para ver si responde a esas expectativas. Sí hay evoluciones de personajes. Me conmovió sobre todo la del cínico periodista Mark, que acaba exponiéndose a una misión suicida para rescatar a una niña que ni siquiera es su hija, pero por la que siente un súbito sentimiento paternal. ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de lo mismo? No es fácil de responder. 


El terror, se decía ayer asimismo, es ante todo un sentimiento interior. Lo que mueve historias como esta es la inminencia de la tragedia. Cámbiense los zombis por una catástrofe natural, por la guerra, el hambre o la miseria, y se tendrá también a un grupo de humanos enfrentados a los dilemas más cruciales en el menor de los tiempos. En ese sentido, el terror no es solo dar sustos. 


Concluyo. No quiero acabar con la paciencia de los lectores ni del propio autor, je, je. Además, acaban de servirme un zumo y, como diría Mark, es jodidamente difícil estar a las teclas y al zumo en este espacio. Os recomiendo El cuarto jinete y, de hecho, yo todavía tengo muchos cumpleaños y posibles citas para regalarlo, aunque habrá quien se asuste de la portada… Creo que este será el primero de una fructífera serie de libros, por parte de alguien que ha mamado la literatura y ha cogido su primer lápiz para inventar historias desde una edad casi prescolar, como en mi caso. Y me enorgullezco de haberle acompañado en este viaje, y mucho más porque se haya acordado de mí en los agradecimientos de esta su novela. Os aseguro que no me ha subvencionado para que le haga propaganda, ja, ja, y, si con toda sinceridad, os recomiendo esta novela es porque, de las pocas verdades absolutas que podemos asumir en este mundo, creo que una es que la literatura está para disfrutarla. 

2 comentarios:

Hopewell dijo...

Mil gracias por tu extenso comentario, Luis. Siempre es un placer tenerte como amigo.

Luis León Prieto dijo...

No hay de qué. Es la inspiración, que viaja en alta velocidad jeje. un abrazo!