martes, julio 17, 2018

Sex and noodles and ortography.

Extraño título, es cierto. Me ha venido a la mente por una serie de conexiones que he dilucidado, además de alguna que otra decepción de última hora. La semana pasada vi Tierra de Dios, un filme inglés sobre dos pastores (pastores de verdad, aquí no hay confusión posible con la figura del cowboy) que comienzan una relación, carnal y pasional, en lugares tan bruscos como su primer encuentro. Aislados de la civilización moralista, al comienzo solo hay silencio entre ellos, sentados ante una hoguera y ensimismados comiendo noodles instantáneos. Hasta que las emociones se desatan... ¿Por qué será que asocio el sexo y los noodles, al margen de esta película? Supongo que porque se trata de una combinación que yo mismo he experimentado, varias veces, algunas de ellas el presente año. Hay una conexión más profunda, ¿no? Permítaseme repetir la palabra conexión o cualquier otra, ya que este texto no va a ser revisado por ninguna entidad anónima. La metáfora reside en la rapidez. Fideos rápidos, comida rápida, sexo rápido también en ocasiones. Rápido no equivale a malo, como también he podido experimentar de manera reciente. ¿Y qué tiene que ver la ortografía? Ayer, ocho meses después, que ya es tiempo para lo que querían decirme, me responden que mi artículo, para la revista de mi propia facultad (ni siquiera cuenta el factor campo), es no publicable. Se adjunta el informe del revisor o revisora (o revisore, pero no creo que hayan admitido el tercer género), dándome más palos que a una estera. ¿Realmente ese artículo era tan malo? Quién sabe, tal vez durante la carrera me hubieran puesto sobresaliente por el mismo. Pero ya no estamos en la carrera, por desgacia. No he analizado la crítica en profundidad, tampoco es que tenga muchas ganas de hacerlo; el caso es que, dentro de lo que cabe, lo más divertido fue el último comentario de aquella, last but not least: que había errores de puntuación, bla, bla. Bueno, quizá sea así, quizá he amortizado toda la ortografía con la que años ha gané el premio fin de carrera. Pobre articulillo, rechazado ya dos veces, ¿lo mando a la clínica de estética o directamente a Mordor? En fin. La batalla no ha hecho más que comenzar, y falta todavía un año largo de plazo. La reacción todavía es posible.

miércoles, julio 04, 2018

Tiempo para la épica (parte II).




 Y se hizo la marcha. Tú y yo lo sabíamos, la lluvia iba a surgir, en su aparición estelar, y al menos es de agradecer que, durante buena parte del camino, lo hiciera de forma liviana, respetando el Orgullo. Ya se sabe, y se coreó mucho durante el mismo: tras la lluvia sale el arco iris. Arco iris hasta en los paraguas de la gente. Yo no llevé el mío, sabía que iba a ser un acto un poco suicida, pero llevarlo hubiera restado un poco de gracia al asunto.






El gran diluvio, la versión acuática de Sodoma y Gomorra, llegó cuando pasábamos junto al Ayuntamiento (antiguo) de León. Ese desde el que no quisieron colgar la bandera de la foto de arriba, pero sí que colgaron pancartas alusivas al fútbol que, a la larga, demostraron ser un poco cenizas. La lluvia arreciaba pero hubo quien sacó los emblemas bajo el chaparrón, parejas de chico-chico y chica-chica (adolescentes o no) besándose y calándose hasta los huesos, una estampa muy bonita. Diría que algo ñoña, pero quizá esa valoración no sea más que envidia por no haber tenido yo en aquel momento pareja con la que salir a disfrutar de ese momento fotográfico. Aunque no hace falta emparejarse para sostener, como sostengo, que algunos de los instantes transcurridos en esa marcha, y en ese húmedo interlapso, se quedarán grabados en mi memoria para siempre (al menos mientras la conserve). También salimos nosotros a modo de despedida, Claudia y Nuria por su parte, yo con la bandera bi, una despedida porque no nos quedamos a que frenara el chaparrón y finalizara la marcha donde siempre, en sindicatos. Gozamos ya de veteranía en el tema de la izada en sindicatos, por un año tampoco creo que se nos pueda tener en cuenta... En cambio, emprendimos una enloquecida carrera por un Ordoño II navegable, desierto, con las banderas al viento y la sensación, por mi parte e imagino también por la suya, de una indescriptible felicidad.







Merece la pena ser feliz aunque se termine como yo en la foto de arriba. Hasta la bandera destiñe de felicidad, como puede comprobarse en la siguiente instantánea. Una mancha rosácea en el suelo, bonita metáfora de cómo nuestros colores se extendieron por la ciudad, aunque no fuese más que una pequeña mancha dentro de la amplitud barrida por la marea.






Y faltaba el broche final, la fiesta, a la que pude asistir gracias a la aparición providencial de un nuevo amigo, que también me acompañó al concierto de Rodrigo Cuevas (un evento que bien pudiera interpretarse como el pre-Orgullo). La fiesta tuvo lugar en el Moloko, en el que también se habían celebrado algunas de mi facultad. Con La Canalla de maestra de ceremonias y el aderezo de unos bastones luminosos de semejanza galáctica y un cóctel de Red Bull y champán de semejanza a un colutorio dental, pasamos un rato estupendo pero moderado, que en mi situación actual no puedo permitirme resacas de cerrar el bar. ¿Habrá sido el mejor Orgullo de mi vida, incluyendo los de Madrid? ¿Incluyendo aquellos que me tenían a mí mismo de protagonista, y que siguen siendo atacados por gente de ignorancia infinita? Sí, bajo mi perspectiva actual, creo que ha sido el mejor. Con una perspectiva más amplia, solo el tiempo dirá. (Y me acaban de conceder la última prórroga, así que solo cabe considerar que ha sido una semana estupenda).





lunes, julio 02, 2018

La era de la certidumbre.

Interrumpo el relato del Orgullo para hacer ciertas reflexiones al hilo de la nueva derrota futbolística de ayer, que no es algo que, debido a mi falta de afición, me preocupe mucho pero que, en perspectiva, me permite extraer ciertos paralelismos. ¿Cuándo triunfaba la selección española? Ya hablé hace dos años, en el contexto de la Eurocopa, sobre esa edad de oro, muy ligada al colectivo Diversidad León y sus Orgullos de entonces, así como a la licenciatura de Filología Hispánica, que no en vano transcurrió desde el 2008 al 2012, coincidiendo con la citada época gloriosa de la Roja. 
Una era de la certidumbre. ¡Qué fácil parece ahora! (Aunque no lo fue). En esa carrera, a la tercera va la vencida, bastaba con aprobar exámenes, ir a clase y hacer los trabajos de marras para garantizarse el título. Nada más, y nada menos. Nadie esperaba que pubicáramos nuestros humildes trabajillos de diez folios en ninguna revista, con o sin index. Ahora estoy llegando al desenlace de la era de la incertidumbre. Todavía no abarcó esta el Mundial de Brasil del 2014, durante el cual andaba yo ultimando mi TFM. Sí, claro está, la Eurocopa del 2016, año nefasto donde los haya. Y, en el presente, pues sigue la debacle. Ello no implica paralelismo con el doctorado, creo yo. Yo no quiero vivir de glorias pasadas. 
La incertidumbre significa, no solo respecto a mi tesis, que no se puede dar nada por hecho. Algo tan evidente que, en los dos primeros días de este mes, ya he comprobado de forma reiterada. Habrá que aplicarse el cuento. Acabadas las fiestas, quiero llenar el hueco entre el fin del curso y el comienzo del siguiente (curso universitario, que es mi principal objetivo para dar clase de español), mediante un nuevo envío masivo, o casi masivo, de textos como reseñas, entrevistas, artículos o lo que se tercie. Es mi único colchón de seguridad ante el requisito que se me pide y ante la exasperante tardanza de algunas publicaciones a la hora de contestar, lo cual constituye el mayor factor de incertidumbre. Creo que, más que la prórroga, lo que me voy a jugar ahora son los penaltis... 

viernes, junio 29, 2018

Tiempo para la épica (parte I).






Me resulta difícil ordenar mis impresiones acerca del día de ayer, son muchas y me bullen en una cabeza alterada por la fiesta de anoche, la primera fiesta de Orgullo a la que asisto en León desde 2014 (y a la que asistí por una carambola del destino, por cierto). Lo primero que me viene en mente es que, en ocasiones, las cosas se disfrutan más desde un segundo plano, sin necesidad de ostentar protagonismo. La envidia es mala, la competitividad puede serlo, esa es otra de las lecciones que nos deja este mes. Lo comprobé en Oviedo, lo comprobé ayer. Vale, en nuestros colectivos leoneses, ya extintos, nunca conseguimos hacer algo como el Orgullo de este año. ¿Y qué? Eran otros tiempos, otras circunstancias y lo hicimos lo mejor que pudimos o supimos. Por lo que respecta al actual colectivo organizador del evento, si no estoy enrolado en él ha sido porque no he querido, vaya. Es una decisión personal que puede variar o no. Lo que está claro es que cuentan con toda mi simpatía y apoyo, y que seguiré participando en las actividades que considere pertinentes. Han cogido mucha fuerza en solo un año, no puedo más que alegrarme por ello. Si en 2017 solo asistí al izado de bandera y a la marcha, lo de ayer fue mucho más completo. La bandera sigue sin ondear en el ayuntamiento, pero hubo una ocupación simbólica, forzada e improvisada, del edificio, ya lo iré narrando.




 El epicentro fue, de nuevo, Espacio Vías, donde salimos en la foto de arriba. Por la mañana había varios puestos de asociaciones y una barra de tapas. El sol pegaba que daba gusto, aunque no era más que una ilusión respecto a lo que sucedería por la tarde. La manifestación (suerte que podamos llamarla así, y no desfile o incluso cabalgata) salió poco después de las seis y media. Fui con Claudia y Nuria, como el año pasado, ahí están con la bandera trans, una de las pocas de ese estilo que se vieron, si bien este año, a nivel nacional, se hacía mucho hincapié en la defensa de la temática trans. Yo llevaba la bisexual, como otras veces, tan solo vi a un chaval que se la hubiera puesto a modo de capa. Sí, soy consciente de que he escogido la foto en que salgo con los ojos cerrados. Qué le vamos a hacer, paso de cambiarla. Creo que refleja muy bien mi estado de ánimo a la hora de redactar estas líneas.


 Por un momento temí que la tormenta fuese a impedir la salida de la marcha. No lo hizo, tan solo la cortó a la mitad, provocando, eso sí, una serie de momentos que difícilmente olvidaré. En fin, salimos en marcha, por una vez en retaguardia. No soy bueno con los números, pero digo yo que habría por lo menos un centenar de personas, el doble que el año pasado. Y bastantes adolescentes. ¿Dónde estaban hace cinco años? Imagino que todavía eran muy jóvenes para salir. Me alegra mucho esta evolución. ¡Todavía hay esperanza! Que digan lo que quieran acerca de ciudades como esta. Incluso en la universidad, que en mis tiempos jamás vio algo así, se hizo una concentración y una proyección en mi facultad de un documental sobre Stonewall, a cargo de otros colectivos. Ya se sabe, momentos en que uno cree llegar tarde a todo. Sea como fuere, eso no me hace menos feliz. Seguiré el relato de esta histórica jornada si el tiempo lo permite. No, no lo permitirá, pero da igual, ahí va a estar la gracia y la poesía. Hasta la épica. Nada comparable con el filme de Churchill que vi, claro, esto no es Dunkerke (pese al agua), pero siento que es un tiempo para la épica. Cuando termine el mes, las fiestas y el relato de este Orgullo, solo tomándome mi proyecto con perspectiva épica podré sacarlo adelante. Así pues, ¡en marcha!


domingo, junio 24, 2018

No bruxas.


Ha sido una semana importante, si bien la noche de ayer, de San Juan, la pasé en casa, viendo una película no de bruxas, sino de musas al estilo de bruxas, Muse, de Jaume Balagueró. No hay noches sagradas, por mucho que sean noches mágicas, de hogueras o de bruxas. No salí anoche porque quería frenar, aislamiento consciente que, en mi caso, ayuda bastante en semanas de compromisos, por lo general semanas de fiestas como la presente. 
La tensión me vino, de forma bastante absurda, cuando me llegó el certificado de un artículo pero no era capaz de encontrar todos los demás, todos aquellos que ya debería haber escaneado y subido (si es posible, porque eso funciona como el culo) en el célebre cuaderno de actividades del doctorado, que, por otra parte, de cuaderno no tiene más que el nombre. Con tantos papeles acumulados en esta habitación, cómo iba a imaginarme que hubiese colocado esos imprescindibles documentos en un altillo del armario. ¿En qué estaría pensando cuando hice la mudanza desde Oviedo? Sea como fuere, tardé menos de 24 horas en subsanar el error. Cero dramas. 
Vino mi hermano Paco por un par de días y eso supuso comidas copiosas, cuando realmente comienza el calor, con el resultado de indigestiones prolongadas, como la que me provocó un ataque de eructos que parecía interminable. Resulta gracioso comentarlo, pero en su momento fue bastante incómodo el convertirse en un sapo y soltar algunos erutos tan largos como los de algún vídeo de Youtube que solíamos ver. A eso hay que unir una cena en el Mongogo con quesadillas y pesadillas que, de hecho, producen malos sueños, por no hablar de la ración doble de chupitos de granizado de margarita. Vamos, que no fue tan mala idea descansar anoche. Aparte, he estrenado la piscina exterior del gym, con su césped y su libro-piscina, No soy un monstruo, de Carme Chaparro. Una recomendación de Cuarto Milenio, todavía es pronto para saber si realmente es de calidad. La piscina no es una biblioteca, desde luego. El primer día, clásicas distracciones auditivas en forma de dos paisanas hablando, pero hablando desde una sombrilla a la siguiente. ¿Tan difícil sería ponerse juntas? El segundo día, clásicas distracciones visuales, chicas con tanga con la imperiosa necesidad de broncear sus posaderas y de hacerlo justo delante de mí. ¡Ye lo que tiene el verano! 
Queda una semana de fiestas y no seré un ermitaño siempre. El 28, múltipes actividades por el Orgullo, no solo manifestación, el programa estaba colgado en el gimnasio (eso hace que me enorgullezca de ser socio). Mañana, el cantautor queer asturiano Rodrigo Cuevas, al que en Oviedo también vi de DJ pinchando Cocidito madrileño, dudo que alguien me acompañe a verle. En todo caso, variedad, que es buena. Un poco de frivolidad antes de seguir la batalla (que también vi la peli sobre Churchill y me siento épico).

miércoles, junio 13, 2018

No llorar por el alpiste derramado.

Hace unas horas, cuando volvía en bus hacia aquí, desparramé una bolsa de alpiste (frutos secos tan bajos en sal como incontrolables) y, dentro del ridículo, al menos tuve la suerte de ir sentado solo en la fila. Por dignidad (y civismo) recogí algunos cacahuetes del suelo y aprendí la lección, que posiblemente consista en llevar una bolsa más pequeña para la próxima vez. No fue esa la lección más importante que he aprendido en el viaje, desde luego. No hay que llorar por el alpiste derramado y, del mismo modo, tampoco hay que llorar por posibles errores u oportunidades perdidas en el pasado. Lo que hay que hacer es recuperar oportunidades o pasar por encima de los errores. 
Viaje corto y aprovechado hasta la última expresión, ayer con Juanjo en el Per Se, ante la presencia de un Lolito que, sin duda, sería un buen personaje literario, y esta mañana un té con mi directora y mis compis de doctorado a quienes ella también dirige, montando una reunión improvisada después del comité. Y, ¿cómo fue este? Bueno, fue el último, eso está fuera de duda. Y la valoración fue positiva. No muy positiva, pero positiva (son los dos grados en los que me he movido estos años). Mi dire dijo que no hay competición en el doctorado, es decir, que no hay mal ambiente entre quienes lo hacemos. Bien cierto, por mi parte. Vicios heredados de la carrera, quizá, me sigue resultando inevitable establecer comparaciones, por odiosas que sean. Pero voy a trascenderlas. Poco importa la situación de fulanito o menganita, aunque formen parte de mi misma promoción. Yo comparo, tan solo, si eso se encuadra en un ejercicio de motivación, no de un estéril ejercicio de remordimientos. Mi situación actual es que estoy cerca, pero no se cómo de cerca; por ello, debo permanecer alerta, y organizar una ofensiva si así es preciso. Es posible que yo sea de esas personas que juega mejor contra presión. Esto no es un juego... ¿O en parte sí? 

domingo, junio 10, 2018

La levedad del cambio.

En una semana no solo hemos cambiado de mes, también de gobierno. Y ha sido veloz, inesperado. Casi sin hacerse notar, leve. Al menos para mí, vaya. También ha faltado el elemento simbólico de las elecciones. Todavía recuerdo ese 20-N del 2011, esa lluviosa jornada electoral del otoño en la que se alumbró la era que, abruptamente, acaba de terminar. Y cómo olvidar aquella otra tarde de otoño del 2016, cerca ya de los espectros de Halloween, yo tomando una birra en el salón del piso de Palmira Villa para así compensar el hecho de que los espectros no se fueran todavía. Francamente, la llegada de ZP en el 2004 me hizo bastante más ilusión, lo cual es lógico porque yo fui presidente de mesa aquel día y viví el cambio en directo. Desde luego que este último relevo ha sido positivo, sobre todo en comparación con lo que había antes.  
La incertidumbre política es de vértigo y, aunque me interesa y la sigo en medios físicos y virtuales, permanezco más pendiente de mi propia incertidumbre. El viaje a Oviedo, más que para un mero trámite de cinco minutos, confío en que sirva para disipar un poco esa sensación. ¿Los cambios gubernamentales podrán tener su equivalente en el surgimiento de una nueva, y más ilusionante etapa, a todos los niveles? Habrá que confiar, y trabajar, para que así sea.